14. León
León
Estoy entrenando oficialmente al peor equipo infantil de baloncesto de la historia de... del mundo, joder.
Observo al grupo de niños de entre tres y seis años que corre de un lado a otro.
Solo uno intenta botar un balón. La mayoría los persiguen mientras estos botan por encima de sus cabezas y hay un grupo notorio de críos girando en la pista con los brazos abiertos y los ojos cerrados.
Para sorpresa de absolutamente nadie, estos últimos están capitaneados por Bella.
—¡Y cuando yo cuente tres, nos tumbamos y miramos las nubes! —grita mi sobrina.
—¿Y por qué no mejor cogéis una pelota, la botáis y...?
—¡Uno, dos y tres!
En efecto. Isabela Lobo tiene la misma capacidad para acatar órdenes que su madre.
Y que su abuela. Es decir: ninguna. Debe de ser cosa de la línea femenina de la familia, porque, digan lo que digan, yo no soy así.
Observo cómo caen al suelo un total de cinco críos y crías que abren brazos y piernas mientras miran al cielo.
—¡Allí hay un caballo con dos cabezas! —grita Sergio, de cinco años.
—¡Y allí un helado volador! —Mi sobrina está tan extasiada que, si tuviera quince años más, pensaría que se ha metido cuatro rayas de coca.
—Los helados no volan —dice Alicia, de tres años.
—Si Sergio puede ver un caballo con dos cabezas, mis helados pueden volar —resuelve Bella sin inmutarse.
—¿Y si os levantáis y empezáis a pasaros el balón? —pregunto en vano, porque ni siquiera me miran.
Suspiro y voy hacia los que sí intentan entrenar.
He estado en la NBA, alcancé la gloria. Entrenar a un grupo de críos no puede ser tan difícil, pero es la primera vez que hago algo relacionado con el baloncesto desde que todo se fue a la mierda, y todavía hay días en los que no sé realmente qué estoy haciendo.
Tengo dinero suficiente para pasarme la vida entera sin trabajar.
De hecho, dediqué el año pasado a estar encerrado en mi casa siendo un completo ogro con todo el mundo.
Podría haber seguido así, pero mi familia insistió hasta la saciedad en que entrenara a los más pequeños de Valdelila.
No quería hacerlo, no soporto que nadie me hable de baloncesto, ni de mi carrera y el modo en que todo saltó por los aires, y cuando se lo confesé a mi hermana me dijo que lo bueno de estar con los más pequeños es que a ellos les importa una mierda mi carrera.
Lo único que les importa es pasarlo bien.
Fue decisivo. Pensé que, quizás, después de todo no estaría mal probar.
Y por ese mismo motivo accedí también a enseñar a niños pequeños a montar a caballo en clases sueltas.
Me comprometí a las dos cosas por un solo curso.
De septiembre a junio. Si no me gustaba, siempre podía negarme para el año próximo.
Además, no podía ser tan complicado..., pero estamos a finales de mayo, el curso acaba el mes que viene y, aunque dar clases de hípica es más fácil, en baloncesto no he conseguido que hagan más que algunos pases decentes.
Es frustrante, pero al menos, cuando estoy con ellos, no me dedico a pensar en que soy un auténtico fracaso.
Me coloco en el centro del patio del colegio de Valdelila, que hace las veces de pista de entrenamiento, y toco el silbato que llevo colgado del cuello.
—Vale, chicos, venid aquí.
La mayoría me hace caso porque el silbato les da miedo. No estoy orgulloso de reconocerlo, pero es la verdad.
Bella, en cambio, se queda tumbada.
—Oye, niña hippie , también va por ti.
—Has dicho «chicos». Yo soy una chica.
Suspiro y cuento mentalmente hasta diez.
—Perdona, tienes razón. Chicos y chicas, ¿podéis venir aquí?
—¿Por qué los chicos van antes?
—Bella, jod... —Aprieto los dientes y me recuerdo que es mi sobrina y la adoro, aunque sea un grano en el culo, como su madre—. Tesoro, ven aquí, ¿quieres?
Ella sonríe, enseñándome los hoyuelos, y se levanta con agilidad antes de acercarse, por fin. Va vestida con un tutú rosa y zapatillas con luces. Es... es muy ella.
—¿Me das la pelota rosa? —pregunta señalando la caja en la que están todos los materiales del cole.
—La pelota rosa es de fútbol, cielo. Lo hemos hablado muchas veces. Muchísimas.
—Pero es más bonita.
—Ya, pero es de fútbol y estamos jugando al baloncesto. Esta es la pelota de baloncesto —digo cogiendo una del suelo—. ¿Ves? Es muy bonita también.
—El naranja no me gusta.
—También hay una negra.
—El negro es muy triste. Yo quiero la rosa.
—La rosa no puede ser, porque la rosa no bota.
—Pero es más bonita.
—Pero no bota.
—Pero me gusta más.
Hay algo muy particular en el modo en que puedes querer a una persona con toda tu alma y aborrecer su actitud con esa misma alma.
Mi sobrina es una muestra de ello. Aprieto los dientes de nuevo e intento no gritar.
Aprendí pronto que a los niños no les gusta que les griten.
Se ponen a llorar y lo empeoran todo. Y luego me toca aguantar a las madres protestando.
Y más tarde algunas de esas madres intentan coquetear conmigo, incluso si están casadas.
Es incómodo, vergonzoso y estresante, así que tengo que mantener mi humor de mierda bajo control y no gritar, pero Isabela me lo está poniendo increíblemente difícil.
—Bella, dime una cosa.
—¿Sí, tito guapo? —Que use el apodo que sabe que me derrite solo me confirma que ella tiene muy claro que está rozando el límite de mi paciencia.
—¿Tú por qué vienes a baloncesto, si no te gusta?
—Para cuidarte.
—Para cuidarm...
—Hay niños malos aquí —susurra—. Pero, tranquilo. Yo te cuido.
Intento decir algo. Lo que sea, pero antes de conseguirlo oigo una risa a mi espalda y, cuando me giro, me encuentro con Giulia mordiéndose el labio inferior.
Otra vez los lleva pintados de rojo. No sé cuánto tiempo hace que está ahí, pero imagino que el suficiente para haber sido testigo de mi triste intento de no perder los nervios.
Lleva un vestido. Otra vez. ¿Por qué se pone solo vestidos?
Está para comérsela, la condenada, así que mi primer impulso es desechar ese pensamiento y soltarle una bordería, pero sujeto a su mano está Giuliano y, joder, he intentado convencer a la madre de este niño un montón de veces para que lo trajera a entrenar.
Y por un montón me refiero a dos, que para mí es muchísimo.
Pero cuando Abi me contó que el crío tenía problemas para relacionarse y que esto le vendría bien.
.., supuse que merecía la pena insistir.
También le sugerí que lo llevara a montar a caballo, y me consta que mi hermana hizo lo mismo, pero Fiorella se negó y ni siquiera se molestó en buscar una buena excusa.
Ahora, la esperanza de que Giulia haya accedido es tanta que hasta hablo en tono bajo y amable.
O, bueno, lo más amable que soy capaz de ser.
—¿Qué tal, amigo? ¿Cómo va eso?
Giulia enarca una ceja y sonríe de medio lado.
—¿«Cómo va eso»? ¿En serio?
—¿Qué quieres que diga? —pregunto entre dientes.
—No sé, gatito. Un «hola» habría estado bien.
Aprieto los dientes por tercera vez en menos de media hora. De verdad, solo me faltaba Giulia llamándome por ese estúpido mote para rematar mi día.
—¿Qué quieres? —pregunto sin paciencia.
—El otro día hablé con tu hermana, no sé si te lo ha comentado.
—Puede.
—¿Puede?
—Mi hermana habla un montón. Normalmente sin parar. No son pocas las veces que hago como que la escucho y en realidad, no.
—Mmm. Me encargaré de tener en cuenta esa información para dársela cuando lo crea conveniente. —Joder. No he estado listo ahí, pero da igual porque ella se agacha y acaricia el pelo del niño—. Oye, colega, ¿por qué no vas a jugar con Bella? Tengo que hablar con León un momento.
—Pero ¿te vas a ir? —pregunta Giuliano ansioso.
—No, si no quieres.
—No quiero.
—Pues aquí estaré, no te preocupes.
El niño duda un poco, pero ella le sonríe con tanta confianza que, al final, se dirige hacia mi sobrina, que lo abraza y se lo lleva con el resto de los niños.
Me fijo en que Giuliano apenas le habla a nadie y solo asiente o niega con la cabeza cuando le hablan a él.
Cuando me giro hacia Giulia, veo que ella está mirando lo mismo que yo y, por raro que parezca, con solo ver sus ojos confirmo lo que ya vi el otro día, cuando casi se muere de un infarto buscando a Giuliano por nuestro terreno: puede que esta mujer sea una insolente y un incordio, pero su preocupación por el niño es real.
Y el pequeño no quiere separarse de ella. Son cosas que tener en cuenta.
—Solo tienes que saber que le dije que me pensaría lo de apuntar a Giuliano a baloncesto o llevarlo a montar a caballo. Sé que el curso está acabando, pero...
—Está bien —la interrumpo—. Es buena idea.
—Oh. ¿En serio? ¿Lo vas a poner así de fácil? Guau.
—¿Qué esperabas? ¿Que te hiciera suplicar de rodillas?
—Ya quisieras tú tenerme de rodillas —me dice riendo.
No deberían, pero sus palabras lanzan la imagen clara y nítida a mi mente. Esos malditos labios mullidos y rojos no ayudan y, por un instante, siento algo... excitante. Algo que no debería sentir, ni de lejos.
—Entrenamos lunes y miércoles por la tarde y sábados por la mañana.
Tiene que traer ropa de deporte y no esos vaqueros con los que ni siquiera estará cómodo.
Zapatillas bien atadas, protector solar puesto y la merienda, si es que se queda a merendar con los demás al acabar la clase.
Los sábados no comen aquí. O se supone que no deberían, porque más de uno también trae algo de picar. ¿Alguna duda?
—No, señor —dice juntando los pies y llevándose una mano a la frente, como si estuviera en un cuartel. La miro mal y se ríe—. Bueno, en realidad, sí.
—¿Y por qué has dicho que no?
—No sé, es lo primero que me ha venido. El caso es que tengo una duda.
—El recibo lo expide el ayuntamiento. Yo no cobro ni quiero saber nada de eso.
—Vale, pero no era mi duda.
—Pues dispara, joder.
—Qué mal carácter tienes, de verdad. Bien, ahí va: ¿dónde puedo comprarle a Giu ropa para clases de baloncesto que sea práctica pero bonita? Voy esta tarde a la ciudad y... —La miro boquiabierto, pero solo encoge los hombros—. ¿Qué pasa?
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Pues claro.
—Vas a la tienda que sea, coges un pantalón de chándal y una camiseta cualquiera, lo pagas, se lo pones y lo traes.
Giulia pone los ojos en blanco.
—Pero yo quiero un conjunto de esos de jugadores de baloncesto de verdad, solo que en miniatura. Como el que tú llevabas cuando jugabas para los Denver Blaze. Era precioso.
El dolor es tan certero e intenso que, por un instante, me pregunto si lo ha dicho para provocarlo. La miro sin respiración y me doy cuenta enseguida de que no es así. No pretende ser dañina.
—¿Cómo sabes cuál era mi uniforme?
—Te he buscado en internet —admite sin ningún tipo de pudor.
—¿Qué?
—Esta mañana, mientras desayunábamos. Recordé que, cuando era adolescente y venía a Valdelila, todo el mundo hablaba de ti como si fueras un héroe local, pero no soy muy de deportes, así que no estaba muy al tanto de tu historial y he decidido buscarte en internet.
¿Qué pasa? ¿Te da miedo lo que haya podido averiguar?
—¿Qué has averiguado? —pregunto con la voz estrangulada.
Algo en su mirada cambia. Se suaviza, aunque odie reconocerlo.
—¿De verdad saliste con Sky Wilder? —No respondo, pero no parece necesitar una confirmación por mi parte, porque sigue hablando—. ¿En serio? ¡Es una supermodelo! Una belleza. Una diosa. Y tú eres... ¡un ogro!
Elevo una ceja. Salí con Sky algunas veces.
Era encantadora y divertida en la cama, pero nunca fue nada serio.
Aun así, no pienso decir ni una palabra para bien, ni para mal.
Tengo la ligera impresión de que cualquier cosa que diga frente a Giulia será usada en mi contra en algún momento.
Además, maldita sea, ¿me ha buscado en internet y eso es lo que más le impresiona?
—¿Me has buscado en internet y eso es lo que más te impresiona? —pregunto dando voz a mis pensamientos.
—Es que no entiendo de baloncesto. Bueno, sí, ahora tiene sentido que seas un gigante.
—¿Gigante?
—Altísimo. Cuerpo grande, manos grandes, pies grandes... Haces que una mujer se pregunte cosas acerca de las proporciones.
No sé si la he entendido bien. Creo que sí, pero no puede ser tan descarada, ¿no? Carraspeo y reconduzco la conversación antes de que mis pensamientos se desvíen demasiado.
—Bueno, lo que tú digas. El caso es que no hay uniformes de los Denver Blaze en miniatura. No en España, al menos —contesto de mala gana, zanjando el tema.
—¿Y por internet?
—Cómprale un puto chándal y ya está.
—Pero me gusta ese uniforme burdeos y dorado. Es elegante y bonito y...
—Giulia.
—¿Sí?
—Me estás colmando la paciencia.
—Bah, como si tú tuvieras de eso. —Inspira, mira a su alrededor y, cuando localiza las gradas del patio, las señala—. Estaré ahí mismo, esperando que conviertas a mi pequeño niño taciturno en una mariposa social. Gracias y adelante.
No puedo responder. Se dirige a la grada mientras contonea las caderas como si fuera la reina del baile o algo así. Y lo peor de todo es que, aunque quiera detestarla, una parte de mí, la visual, sobre todo, no puede dejar de admirar la forma en que su culo se mueve y...
—Bella dice que me des la pelota rosa.
Bajo la mirada a Giuliano, que se aprieta su propio pantalón vaquero en un puño.
Luego miro a mi sobrina, que intenta hacerse la inocente desde un lateral de la pista.
Y por último miro a Giulia, que parece más familia de mi sobrina que yo mismo.
De hecho, el hijo de su prima se parece más a mí que Bella.
Tal vez deberíamos intercambiarnos los niños.
Niego con la cabeza y bufo mientras me retiro el pelo de la frente y me la froto distraído. Está claro que necesito acabar con la clase de hoy. El calor, los gritos infantiles y la tensión empiezan a pasarme factura.
Y que cierta chica italiana, preciosa y descarada, tenga los ojos fijos en mí me hace sentir de todo, menos cómodo.