Giulia, el amor y un puñado de lavanda Fiorella
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Fiorella

Odio las tormentas de verano. No deberían existir.

El viento golpea con fuerza la ventana de mi cuarto y cuando suena un nuevo trueno me encojo en la cama.

Tengo nueve años. Casi diez. Soy una niña mayor, no debería tener miedo, pero cuando oigo ruido en el pasillo, el corazón se me acelera todavía más.

Me quedo mirando el pomo de la puerta y deseo con todas mis fuerzas que no se mueva.

Pero mis deseos casi nunca se hacen realidad.

El pomo gira despacio y, aunque tengo muchísimo miedo, no grito. Si grito y despierto a mamá, vendrá y me dirá que soy una cobarde. Que los niños valientes de verdad no armarían un escándalo por una estúpida tormenta. No, no puedo gritar.

Elijo esconderme debajo de la colcha. Es un poco tonto y yo sé que si es un asesino va a verme igual, pero estoy tan asustada que prefiero no ver qué o quién viene a por mí. La tormenta suena otra vez y ahogo un grito de terror.

—Pst, pst. Eh, prima, ¿estás despierta?

Bajo la colcha de inmediato, mi respiración está acelerada y las lágrimas llenan tanto mis ojos que, si parpadeo, van a salirse.

En la puerta, mi prima Giulia sonríe como si nada.

Me siento en el colchón y hago un esfuerzo por respirar hondo para calmarme.

Por suerte, tengo mucha práctica. En el internado donde vivo la mayor parte del tiempo lo hago a menudo porque a los cuidadores no les gustan mucho las niñas lloronas.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Me da miedo la tormenta y no pienso dormir sola. Iba a dormir con mis padres, pero he pensado que a lo mejor tú también tenías miedo. Si quieres, dormimos juntas.

—Yo estoy bien. —Es mentira, pero otra cosa que he aprendido en el internado es a mentir siempre. Si no le enseñas a la gente cómo te sientes de verdad, lo tienen más difícil para reírse de ti.

—Pues qué valiente eres. Será por el cuartel en el que estás.

—No es un cuartel. Es un internado de calidad que me dotará de todo lo necesario para ser una triunfadora —contesto repitiendo las palabras que mi madre dice a menudo, pese a que yo no termino de entender lo que significan.

—Ah. Qué bien —dice Giulia en tono perezoso, como si le aburriera hablar de eso—. Entonces, ¿quieres que me quede o me voy con mis padres?

Si se va, sus padres dejarán que se meta en la cama con ellos; ya ha pasado otras veces.

Antes me daba envidia, pero la verdad es que ya he entendido que la suya es una actitud de niños pequeños.

Y yo no soy ningún bebé. Tengo mi propio espacio y mi propia habitación y eso está bien, pero. .., aun así, no quiero que se vaya.

—Si tienes mucho miedo y quieres quedarte, no me molesta —digo después de unos segundos.

Mi prima sonríe y entra trotando, gatea sobre mi cama y me empuja un poco para que le haga sitio. Cuando las dos estamos tapadas hasta la barbilla, un nuevo trueno suena a lo lejos y ambas nos estremecemos, solo que ella no disimula y yo sí.

—Es una simple tormenta —murmuro—. No puede hacernos nada.

—Si un trueno cae contra la casa y la hace arder, sí que nos hará algo.

Dios mío, espero que no pase eso. La miro con los ojos desorbitados y frunzo el ceño.

—¿Y por qué sonríes?

—No sé —admite encogiendo los hombros—. Es como inventar historias de miedo. ¿Jugamos?

—No. Quiero dormir.

—Jo, qué aburrida eres a veces.

—No soy aburrida. Es que no me gustan las historias de miedo. Son estúpidas y absurdas.

—¿Qué significa absurdo ?

—Significa «estúpido».

—Y si ya has dicho que son estúpidas, ¿por qué dices que también son absurdas? —La miro sin responder y se ríe—. Te crees muy lista, ¿eh? Pero solo estabas repitiendo como un loro lo que dicen los mayores.

—Lo que tú digas. Duérmete.

—¡Sí, sargento!

La miro enfadada, pero solo se ríe más. Cierra los ojos y yo suspiro de alivio, porque sigo teniendo miedo, pero con ella aquí todo es mejor.

No lo he dicho en voz alta, pero en realidad yo sé que, si cayera un trueno en la casa y todo empezara a arder, Giulia encontraría la forma de sacarnos de aquí.

Porque lo sé todo acerca de los modales, pero mi prima sabe mucho más acerca de la vida.

La tormenta hace que los cristales se estremezcan y me tenso tanto que pienso que podría partirme en trocitos pequeñísimos, pero entonces siento la mano de Giulia sobre la mía.

Sus dedos se entrelazan con los míos y, cuando la miro, tiene los ojos cerrados, aunque yo sé que está despierta.

Lo confirmo cuando, poco después, la oigo susurrar.

—No tengas miedo, Fio. Yo estoy aquí.

—No tengo miedo.

—Vale.

—Pero no te vayas.

—Vale.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo. No me iré si tú no quieres.

Después de oírla cierro los ojos y consigo, por fin, dormirme.

Las tormentas son un verdadero asco, pero qué suerte tener una prima como Giulia.