13. Giulia
Giulia
Tres días después de mi cena en casa de los Lobo estoy en la cocina debatiéndome entre abrir una cerveza o hacerme una infusión.
Bueno, en realidad no me debato. Es casi medianoche y sé muy bien que quiero la cerveza; lo que no quiero es que Giuliano se despierte, aparezca de pronto y me diga que el alcohol mata porque lo ha visto en un vídeo.
Mañana hará una semana que llegué a Valdelila pensando que me iría antes de tener tiempo siquiera de sacar el poco contenido de mi mochila, y todavía, en algunos momentos, no tengo ni idea de cómo he acabado envuelta en toda esta situación.
Me estoy dejando llevar, porque no puedo hacer mucho más, y Giuliano es increíble; me ha puesto las cosas tan fáciles que ni siquiera me ha costado acostumbrarme a esta rutina tan extraña para mí.
De hecho, disfruto llevándolo al colegio, ayudándolo a decidir cada día qué ponerse y qué comer —aunque, para ser sinceros, muchas veces es él quien me ayuda a mí—, y descubriendo qué le gusta y qué no a medida que se va sintiendo más cómodo en mi presencia.
Es un niño maravilloso, de verdad, y me encanta pasar tiempo con él, pero no puedo quitarme de la cabeza el abandono de Fiorella.
Mi madre dice que no es abandono, porque piensa volver, pero para mí lo es.
Todavía no se ha dignado a hacer una videollamada con su hijo.
Le he insistido varias veces en los pocos mensajes que hemos intercambiado, incluso le he dicho que el niño pregunta por ella, aunque sea mentira, pero eso no parece importarle lo suficiente.
Quiero pensar que mi madre tiene razón, que esto no es más que otro arrebato de mi prima, pero, honestamente, es la primera vez que uno de esos arrebatos hace que me den ganas de zarandearla hasta que espabile y se dé cuenta de que es muy posible que le esté generando un trauma a un niño increíble que no tiene la culpa de haber nacido.
Me decanto por la cerveza, porque mi ánimo de mierda, esta noche, no me permite siquiera plantearme la idea de hacer una manzanilla o algo parecido.
De pequeña, cuando no podía dormir, mi abuela me hacía una infusión a la que agregaba lavanda.
No importaba que fuera manzanilla, tila, menta o cualquier otra variedad.
Siempre añadía una cucharadita de flores de lavanda seca envuelta en unas bolsitas de papel especiales para infusionar.
Decía que era el distintivo de la familia.
Esta casa era su todo. Igual que era el todo de mi abuelo.
Y ahora yo estoy aquí intentando criar temporalmente al hijo de mi prima mientras esta explora el mundo con un novio al que ni siquiera he visto, y mis padres.
.. ¿Dónde están mis padres? Quién sabe, pero no pienso quejarme porque vivo con el pánico de que, en cualquier momento, me digan que se vuelven a Italia.
Suspiro, abro el botellín y me dirijo al porche trasero con la intención de sentarme en el balancín y esconder la cerveza entre trago y trago por si Giuliano aparece, como la primera noche que estuve aquí.
Llevo un pijama que no me gusta, pero es lo único que tengo.
Tuve que echar el mío a lavar y esto es lo que he encontrado en el armario de Fiorella.
En realidad, nada de su ropa me gusta, porque ella es mucho más estirada que yo en todos los sentidos: sus pantalones me quedan largos, porque yo soy más bajita, y hasta sus prendas de dormir me resultan serias.
Así que a diario utilizo las pocas mudas que traje en la mochila y, cuando no me queda otro remedio, alguno de los vestidos más monos que he encontrado entre sus cosas.
Le he prometido a Giuliano ir de compras mañana, que no tiene cole, y conseguirle algo de dinosaurios y caballos.
Lo último lo dije así, como quien no quiere la cosa, pero no me pasó desapercibido el modo en que sus ojos se abrieron con sorpresa.
Me duele el alma cada vez que me doy cuenta de que a Giuliano sí le gustan muchas cosas, pero no se atreve a mostrarlo abiertamente porque.
.. No sé. ¿Quizás porque su madre le ha hecho creer que es impropio y ridículo, como cuando le dijo que los estampados eran para niños cutres?
Abro la puerta del porche y salgo, pero mis planes se ven interrumpidos de inmediato.
En el césped, justo enfrente de mí, mi madre se contorsiona haciendo yoga desnuda a la luz de los pequeños focos nocturnos que hay en el saliente de la entrada y los que adornan el borde de la piscina.
Mi padre está en los escalones, sentado con una cerveza entre las manos y con la mirada fija en ella.
—¿Por qué haces yoga casi a las doce de la noche? ¿Y por qué estás desnuda? —Sueno enfadada, pero de verdad esperaba tener un momento de paz a solas.
—Pilates, cariño. Es pilates.
—Lo que sea.
—¿No has visto a Miley Cyrus? El pilates te deja el cuerpo de una diosa.
Podría decir muchas cosas. En serio, muchas, pero decido mirar a mi padre y elevar una ceja.
—¿Y tú? ¿También piensas hacer pilates?
Señala su botellín y bufa.
—¿Crees que esto es compatible con el pilates? Además, no puedo. Estoy demasiado concentrado.
—¿Concentrado en qué?
—Ya sabes, en la vida, en tu madre, en el césped que crece bajo nuestros pies sin que nosotros lo apreciemos siquiera. Lo pisamos como si nada, principessa , ¿no te parece cruel?
Observo a mi padre fijamente. Reparo en sus ojos rojos, en su sonrisa bobalicona... Abro la boca en un intento de decir algo, pero de primeras solo logro boquear como un pez fuera del agua. Y cuando consigo decir algo estoy tan enfadada que apenas me controlo.
—Mierda, papá, ¿estás colocado?
—Shhh. No digas tacos. A Giuliano no le gustan; prometiste no decirlos y tienes que ser un buen ejemplo.
—Giuliano está dormido y creo que, de los tres, yo soy el mejor ejemplo que tiene ahora mismo —contesto enfadada—. Y eso ya es bastante malo —murmuro en tono apenas audible.
—En realidad, el mejor ejemplo soy yo —dice mi madre mientras se contorsiona en otra postura imposible que me hace cerrar los ojos para no ver sus partes íntimas, y aun así encuentra la forma de seguir hablando—. Giuliano debería hacer pilates conmigo. El deporte fortalece el carácter.
—Ese niño ya tiene suficiente carácter —respondo—. Además, hará deporte, pero no este. ¡Ni viéndote así! Mañana vamos al entrenamiento de baloncesto del equipo infantil.
—El pilates es mejor que el baloncesto —insiste mi madre.
Quiero responder, pero mi padre suelta una carcajada y, cuando me fijo en él, está mirando las estrellas mientras niega con la cabeza y se ríe de a saber qué cosa que esté imaginando.
—Dios mío, no puedo con esto ahora mismo. —Mi tono es seco mientras le hablo a mi padre—. Tú, vete a la cama y procura que Giuliano no te vea colocado. Teníamos un trato, joder. ¡Y tú, vístete! —digo señalando a mi madre.
—Me dijiste que no fumara nada delante del niño ni de día. ¿Tú ves al niño? ¿Tú ves el sol, principessa ? He cumplido las normas.
Resoplo, porque técnicamente tiene razón, pero aun así estoy saturada, estresada y ansiosa, así que vuelvo dentro dando un portazo.
Me bebo un buen trago de cerveza y subo a mi habitación.
Al parecer, la única manera de relajarme será encerrarme y esperar a que llegue el día para ver de qué formas contribuyo a mejorar o empeorar los traumas de Giuliano.
Entro en mi dormitorio y me paro en seco al ver el pequeño bulto que hay en la alfombra, justo al lado de mi cama.
—¿Giu? —pregunto antes de encender la luz de la lámpara de la mesita de noche.
—¿Puedo dormir aquí?
Me acerco en cuanto me doy cuenta de que tiene los ojos llenos de lágrimas. Entro en pánico, trago saliva y me siento a su lado mientras le acaricio el pelo.
—¿Qué pasa, colega?
—¿Puedo dormir aquí? —repite—. No ronco y te prometo que no te molestaré. Tengo miedo.
—No puedes dormir en la alfombra, Giu —murmuro con el corazón roto.
—Es «Giuliano» —susurra entre lágrimas, con sus increíbles ojos verdes puestos en mí.
—El suelo es incómodo y está duro, Giuliano.
—No quiero estar solo.
—Duerme conmigo, entonces.
—Los niños grandes duermen solitos. Ya casi tengo seis. Solo faltan cuatro días.
Odio-a-Fiorella-con-todas-mis-fuerzas.
Es un hecho irrefutable porque está claro que alguien le ha tenido que repetir eso hasta la saciedad, y ese alguien solo puede ser ella, teniendo en cuenta que se encargó de no relacionarse con nadie. Y de que el niño tampoco lo hiciera.
—Los niños grandes duermen donde quieren. ¿Dónde quieres dormir tú?
—Solo, no.
—Pues sube a la cama. Vamos, colega. No quiero que te constipes tumbado ahí.
Sus lágrimas cesan poco a poco. Creo que lo hacen conforme se da cuenta de que voy en serio. No voy a cogerlo en brazos porque no quiero invadir su espacio así, ni obligarlo a hacer algo que no quiera, pero él solo se incorpora, se levanta y mira el colchón.
—¿Yo soy valiente, Giulia?
—Lo eres. Muy muy valiente.
—Pero no me gusta dormir solo —insiste.
—A veces las personas valientes no queremos dormir solas. Está bien. No eres menos valiente por eso, Giu.
—Es «Giuliano».
Contengo mi suspiro de frustración y le acaricio el pelo.
—Venga, te contaré un cuento.
—Eso dijiste ayer y me cantaste una canción.
Es cierto. Otra de las partes de nuestra nueva rutina que más he estado disfrutando es la de acostar a Giuliano y acompañarlo hasta que se duerme. Aunque quizás no se me ha estado dando tan bien como yo pensaba.
—Era bonita —me defiendo.
—Era de reguetón.
—Mira, Giu... liano, si te pones quisquilloso esto es un rollo.
Se ríe un poco y, cuando se da cuenta de que lo está haciendo, se pone serio muy rápido, como si lo hubiese pillado en falta.
Contengo mi propia risa, sobre todo al verlo subir al colchón y mirarme ansioso.
Rodeo la cama, me tumbo por el otro lado y miro al techo.
Le cuento una historia inventada sobre una niña que de día trabaja en una tienda de chuches y de noche roba unicornios para convertirlos en velocirraptores.
—Es un cuento raro —murmura Giuliano con voz somnolienta.
—«Original», me gusta llamarlo a mí. No lo encontrarás en ninguna editorial, colega. Es material inédito.
El niño se ríe, pero sus ojos se cierran poco a poco.
—Y es un poco tonto.
—Puede.
—Pero me gusta —musita—. Y me gustas tú.
Trago saliva e intento que, con ella, se vaya el inmenso nudo que se me ha formado en la garganta.
Giuliano se duerme, por fin, y mientras me abraza en sueños, me doy cuenta de que esto va a ser más difícil de lo que yo creía.
No bastará con estar aquí unos meses, cuidar del niño lo mejor posible y luego olvidar lo sucedido sin más porque, de alguna loca y extraña forma, tengo la certeza de que esta personita de casi seis años ha entrado en mi corazón para quedarse.