12. Giulia #2
Dejo que Rubén me sirva la ensalada. También dejo que me haga tantos cumplidos como se le ocurran. Descubro que no ha madurado demasiado desde nuestra adolescencia, pero yo tampoco, así que eso no es problema.
La cena es divertida. El padre de León no habla mucho, pero me cae bien y sé que me lo he ganado al no amilanarme con sus gritos.
La madre, Carmen, maneja a toda la familia sin disimulo y es divertido ver cómo incluso León tiene que aceptar lo que ella le ordena para no caer bajo sus garras.
Abi y Samu son un matrimonio increíble, no necesito más que esta cena para darme cuenta de cuánto se quieren y lo bien que se complementan.
Y Bella es... es tremenda. En el buen sentido.
Cada vez tengo más claro que a Giuliano le viene bien su amistad.
En gran parte porque Martina me confirmó que no juega con nadie más, pero también porque creo que la niña lo ayuda a no ser tan serio.
Por eso, en cuanto la cena acaba y Abigail me propone dar un paseo a solas, acepto encantada y más tranquila que cuando he llegado aquí. Sirve dos copas de vino afrutado, me da una y caminamos hacia uno de los senderos iluminados.
—¿Has visto la dinámica que tienen? —me pregunta, yendo directamente al grano.
—Sí, he estado observándolos todo el tiempo. Bueno, menos el rato que han desaparecido.
Abi se ríe y da un sorbo a su copa antes de rotar los hombros, como si intentara quitarse de encima la tensión del día.
—Bella es muy intensa. Intentamos controlarla y tenemos un montón de conversaciones con ella acerca de su comportamiento en algunos momentos, pero es un alma libre. Y no puedo juzgarla porque mi marido dice que se parece a mí.
—Algo me dice que tu marido tiene razón. —Abi se ríe, lejos de ofenderse.
—Lo que quiero decir es que intentamos controlarla respetando su personalidad, aunque no es fácil. No es una niña mala, pero sí un poco mandona y con unas ideas que no siempre son buenas. Entiendo que te preocupe que Giuliano se relacione con ella, pero...
—No me preocupa tanto, después de esta noche.
—¿En serio? ¿No te preocupa tanto después de que lo haya convencido para hacer de extremo de una tirolina casera?
Me río, porque dicho así suena raro e ilógico.
—Ayer, cuando recogí a Giuliano, lo dejé en la puerta con mis padres y volví para hablar con más calma con Martina. Me confirmó que no tiene más amigos y que..., bueno, que es muy serio, reservado e introvertido. Insistió mucho en ello, de hecho.
—Martina puede ser demasiado directa a veces —murmura. Cuando la miro, alza una mano en señal de defensa—. No digo que no tenga razón, pero a veces es demasiado rígida a la hora de encasillar a los niños.
—Joder, es un alivio que tú también lo veas.
Quiero decir, en ningún momento me habló mal ni nada parecido, pero sí noté que hacía mucho hincapié en que Giuliano se integra a la perfección en las actividades del cole, pero no en las relaciones sociales.
Me quedé muy preocupada. También pensé que, quizás, como soy italiana y hace mucho que no hablo español con alguien que no sean mis padres. ..
—Tu español es perfecto y seguramente no la entendiste mal.
Es una gran persona y maestra, pero a veces se olvida de que cada niño tiene una circunstancia.
No todos pueden ser iguales. —Guardo silencio, de acuerdo con ella.
Y, al parecer, se lo toma como una invitación para seguir hablando—.
No todos tienen la misma familia, ni red de apoyo, tampoco.
—Dijiste que parte de lo que le pasa a Giu es por mi prima —susurro sin mirarla.
No quiero admitir que me avergüenza el comportamiento de Fiorella hasta puntos inimaginables. No quiero, porque en realidad sé que yo tampoco soy un ejemplo de nada. Joder, es un milagro que Giuliano sea un niño tan responsable con la familia que le ha tocado tener.
—Ella era... complicada —comienza Abi—. No se relacionaba con nadie.
Entendí que era tímida, pero al principio, cuando Giuliano entró en el cole y empezaron a invitarlo a cumpleaños y cosas así.
.., fue ella quien decidió no llevarlo. Con sinceridad, soy de las que piensan que puedes ser tímida, introvertida o que no te gusten las interacciones sociales, pero nada de eso debería perjudicar a tu hijo.
Sé que lo tuvo muy jovencita y que es probable que no se sintiera cómoda con otras madres o tal vez pensó que la juzgarían.
No sé, pero la realidad es que evitó cualquier tipo de contacto con todo el mundo y encerró a Giuliano con ella en Casa Lavanda.
—Suena horrible.
—No quiero hablar mal de tu prima, Giulia.
No sé qué relación tenéis y, de verdad, no soy nadie para juzgar a otra madre.
Pero creo que su actitud no le hizo ningún bien a Giuliano.
¿Sabes que incluso hablé con ella varias veces para que lo trajera a montar a caballo?
El niño ha estado aquí en la excursión de la clase de tres años, y luego en la de cuatro, y en ambas se quedó prendado de los caballos.
Es evidente que le gustan. Le prometí a Fiorella que ni siquiera tendría que pagar, aunque estaba claro que el dinero no era un problema para ella, pero aun así puso excusas y se negó.
Aprieto los dientes. No tenía ni idea de nada de eso, no. No tenía ni idea de nada porque mi relación con mi prima es casi nula desde hace muchos años; se reduce a los encuentros familiares o las felicitaciones por nuestros cumpleaños.
—Me dijo que le gustaban —le cuento a Abi—.
Los caballos, quiero decir..., a Giuliano.
Me dijo que le gustaban los dinosaurios y los caballos, pero hablábamos de estampados de camisetas.
No sabía que también le gustaran los de verdad —confieso, sintiéndome un poco idiota y culpable por no saber ni siquiera lo más básico del niño.
—Pues, por lo visto, le encantan. En la excursión de los cuatro años se quedó embobado y Bella dice que no para de hacerle preguntas sobre ellos —me explica ella—.
Al principio pensé que a tu prima le daban miedo, así que tampoco le insistí mucho más y, en lugar de eso, le sugerí que apuntara a Giuliano al equipo infantil de baloncesto que dirige mi hermano.
Son malísimos y, sinceramente, solo van allí a correr desorientados e intentar botar la pelota, pero se divierten.
—Espera un momento —digo antes de dar un sorbo a mi copa de vino, porque creo que no he oído bien—. ¿Tu hermano da clases de baloncesto a niños pequeños?
—Sí.
—¿León?
—Ajá.
—¿El mismo León que no es capaz de decir dos frases sin gruñir?
Abigail se ríe, lejos de ofenderse, y se encoge de hombros.
—El mismo León que jugó en la NBA hasta que hace casi tres años una lesión de rodilla le destrozó el brillante futuro profesional que tenía por delante, sí.
Es como si me hubieran dado una patada en el estómago.
Ahogo un jadeo y la miro con los ojos muy abiertos.
Cuando supe que se llamaba León Lobo recordé de inmediato que, en el pasado, todo Valdelila lo adoraba.
Si no llegué a conocerlo fue porque, cuando yo era pequeña, él pasó años en un centro de alto rendimiento y apenas salía de casa más que para entrenar.
Y, cuando yo era adolescente, él ya triunfaba en Estados Unidos como jugador de baloncesto.
Reconocí su nombre, pero, la verdad, estos cuatro días he estado tan centrada en Giuliano y en intentar asimilar mi nueva realidad que ni siquiera me he preguntado cómo es que está de vuelta aquí, en Valdelila.
—No sabía nada —murmuro—. Perdón, quizás debería haberme informado y...
—En realidad, sería más raro aún que lo hubieras buscado en internet. A no ser que te interese mucho mi hermano. Y no es el caso..., ¿verdad?
—¿Eso que noto es un tono esperanzado? —pregunto irónica.
—Mi hermano necesita salir con alguien o va a volverse loco. Incluso peor: va a volverme loca a mí. Por favor, Giulia, te lo pido como tu nueva mejor amiga: sé una buena chica y tíratelo.
Esta vez me río abiertamente.
—Siento no poder ayudarte. Ahora mismo estoy más inclinada a estrangularlo que a tirármelo, pero volvamos a lo importante: ¿cómo es posible que alguien como él dé clases a niños pequeños? Será un exjugador de la NBA, pero también tiene un carácter de mierda.
—Cierto, pero los niños lo adoran. De hecho, también se ocupa de muchas de las clases de hípica.
—Venga ya. —Me río.
—Te lo juro. Es inexplicable, pero los niños lo admiran e idolatran de inmediato. Mi propia hija me arrojaría por un barranco si tuviera que elegir entre su adorado tío y yo.
Vuelvo a reírme, porque me encanta Abigail, pese a conocerla muy poco.
—¿Y a Giuliano le gusta el baloncesto? —Chasqueo la lengua—. Perdón por preguntarlo, soy una prima de mierda, pero... no conozco al niño. Hasta hace unos días, mis interacciones con él se reducían a una ocasión en la que le di café cuando tenía dos años y poco más.
Abi se ríe sin pudor y asiente con la cabeza.
—Me llegó la historia del café. Al parecer, Giuliano se lo contó a Bella.
—Para hablar tan poco conmigo, habla mucho con tu hija —musito molesta.
—Si te soy sincera, creo que mi hija lo abruma tanto a veces que él habla solo para que ella se calle un poco.
Esta vez soy yo quien se ríe a carcajadas. Entonces Abi me cuenta que no sabe si a Giuliano le gusta el baloncesto, pero el deporte siempre es bueno para los niños y, si no lo prueba, no sabrá si le gusta o no.
Cuando acaba nuestro paseo, me he bebido la copa de vino y tengo muy claras tres cosas:
1. Giuliano va a aprender a montar a caballo y jugar al baloncesto.
2. León Lobo va a tener que soportarme en esas dos actividades, le guste o no.
3. Estoy tan segura de que no va a gustarle como del placer insano que siento al saber que podré molestarlo varias veces a la semana.