Giulia, el amor y un puñado de lavanda 12. Giulia
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12. Giulia

Giulia

Diez minutos después de buscar por todas partes a Giuliano y a Bella, Carmen, la madre de Abigail y León, sigue asegurando que no pasa nada, pero a mí la boca se me ha secado y el corazón me late tan deprisa que empiezo a sospechar que podría sufrir un infarto en cualquier momento.

El terreno de los Lobo es inmenso. Solo estuve aquí una vez, cuando robé el caballo hace muchos años, y, bueno, no estaba concentrada en nada que no fuera mi pequeño hurto, así que no me fijé del todo bien.

Ahora tampoco es que esté muy centrada, pero me doy cuenta de que esta finca mide kilómetros, porque se me hace completamente infinita mientras recorro cada metro de tierra, cuadra y bosque intentando dar con Giuliano.

No quiero mirar hacia el río que transcurre por un lateral de los terrenos. No quiero, porque entonces siento que la ansiedad me mata, pero mi padre se da cuenta y pone una mano en mi hombro.

—Abigail dice que los dos saben nadar. No habrá problema.

Gimo, angustiada, y mi padre me aprieta un poco más el hombro en señal de apoyo. Mi madre no dice nada, lo que me demuestra que no soy la única que ha pasado de estar preocupada a aterrorizada en cuestión de minutos.

—Venga, Bambi, busca a los chicos, ¿quieres?

Miro a León, que está agachado frente a su inmenso perro, al que le pega llamarse de todo menos Bambi.

Le está poniendo los legos en el hocico y el perro olisquea, pero yo no creo que sirva de nada.

Según me ha contado Abi antes, apenas es un cachorro que no llega al año.

Dudo que esté entrenado para hacer de Rex el policía, así que los ignoro y sigo buscando.

No sé cuánto tiempo pasa, pero sé que, cuando oigo a Rubén gritar que los ha encontrado, me lanzo a correr hacia su voz y la zona boscosa como si la vida me fuera en ello.

—¡Están bien, tranquila! —grita Rubén.

Supongo que mi cara es un reflejo de todo lo que siento ahora mismo.

Él me señala a los niños. Giuliano está situado al fondo del terreno mientras sostiene el extremo de una cuerda de varios metros por encima de su cabeza.

Sigo el recorrido y, en el otro extremo, subida a la rama de un árbol, veo a Isabela con su preciosa cara angelical, su sonrisa angelical y su actitud angelical, sosteniendo una percha que ha enganchado a la cuerda y que, con toda probabilidad, pensaba usar de tirolina.

—Cielo, créeme, no es buena idea —le digo mientras me acerco caminando con aparente calma, porque si de verdad la niña es el nuevo terror de Valdelila y se parece en algo a mí, mis consejos no van a disuadirla, sino todo lo contrario.

—¡Se lo he dicho! —grita Giuliano—. ¡Le he dicho que es una idea mala y estúpida, pero no me hace caso!

Que parezca tan frustrado y, aun así, sostenga la cuerda por encima de su cabeza, me hace pensar en dos posibilidades: la primera es que Bella lo tiene completamente dominado.

Y la segunda, que es la que más me creo, es que Giuliano se queja de la actitud de Bella, pero en el fondo la sigue porque le gusta estar con ella.

—Baja de ahí, ¿quieres? Es peligroso.

—Yo sé trepar árboles y sé bajar —me dice ella.

—No lo dudo, pero me da un poco de miedo verte ahí arriba.

—¡Yo no soy una miedica!

—Ya veo. Quizás si...

—¡Isabela Lobo, baja de ahí inmediatamente!

El grito de su abuela no es tranquilo, ni cauteloso, pero la niña suelta la cuerda de inmediato y baja del árbol tan rápido que lo único en lo que yo puedo pensar es en que, de mayor, quiero ser como Carmen Lobo.

—Lo siento, abu...

Isabela hace temblar su labio inferior y su barbilla de un modo tan exagerado que pongo los ojos en blanco y reprimo una risa. He hecho eso con mis padres infinidad de veces a lo largo de mi vida. Y todas y cada una de ellas funcionaron a la perfección.

Sin embargo, me llevo una sorpresa cuando Carmen no solo no se deja convencer, sino que se acerca, le quita la percha y señala a Giuliano.

—Si te hubieses tirado, Giuliano no habría podido aguantar tu peso. Te habrías estampado contra el suelo y te habrías hecho mucho daño. Y si por casualidad él hubiese podido contigo, habrías recorrido la cuerda cogiendo velocidad hasta estamparte con él. Y entonces os habríais hecho daño los dos.

—Abu...

Guau. Es buena. Es muy buena poniendo carita del gatito de Shrek. Sin embargo, Carmen no parece particularmente conmovida, lo que despierta todo mi respeto. Camino hacia Giuliano y me acuclillo frente a él mientras le acaricio la mejilla.

—¿Todo bien, Giu?

—Yo le he dicho que no era buena idea.

—Lo sé, colega, pero de todas formas la has seguido y eso no ha estado bien.

—Pero ha sido su idea.

—Ya, pero deberías haber avisado a algún adulto de esa idea, en vez de seguirla.

—No soy un chivato.

Intento no reírme, porque admiro su nobleza, pese a todo.

Llevo menos de cuatro días conviviendo con él y ya me he dado cuenta de que tiene un sentido de la lealtad impresionante.

Por ejemplo, nunca habla mal de su madre.

Jamás. Pero es evidente que la relación que tenían no era muy estrecha.

O, al menos, no era el tipo de relación que yo tengo con mis padres, que es el único referente con el que cuento.

No pregunta por Fiorella y, cuando ayer le dije que su madre le mandaba saludos por mensaje y que lo llamaría en algún momento, en cuanto tuviera mejor cobertura dondequiera que esté, solo se encogió de hombros y dijo que vale.

No pareció demasiado decepcionado o triste. Y no sé si eso debería preocuparme.

Maldita sea, no sé cuáles son las señales que deberían hacer que me preocupe por él y cuáles no.

Por eso estoy aquí, porque quería hablar con Abigail y que me arrojara un poco de luz, así que, cuando mi nueva amiga aparece y me pide disculpas un sinfín de veces por la idea de Isabela, sonrío y niego con la cabeza.

—Oye, yo robé un caballo de tu familia hace diez años. Creo que no tengo derecho a ofenderme por una travesura inocente.

—No quiero ni pensar lo que habría pasado si se hubiese tirado desde esa rama —murmura Samu—. La culpa es tuya, Abi. Me convenciste de ponerle tu apellido primero y le metiste el gen del peligro en el cuerpo.

—Ay, no seas imbécil, cielo. No te pega nada.

Samu se ríe, lo que me da carta libre para reírme también.

Me gustan. Me caen bien, son simpáticos, comprensivos, y creo, de verdad, que hacen un buen trabajo con Isabela.

Sobre todo después de ver cómo le dan una charla acerca de lo peligroso de su plan.

Mis padres habrían alabado mi inventiva sin decirme nada más.

Tal vez, si a mí me hubieran puesto algún límite, no habría acabado robando un caballo.

O sí, pero habría tenido algún tipo de remordimiento, porque lo único que sentí después de caerme fue dolor de culo y pesar por no haber cumplido con mi plan de cabalgar hasta el amanecer. En mi mente sonaba épico y solo hice el ridículo.

Volvemos a entrar todos en casa. Y cuando digo «todos» también me refiero a León, que protesta continuamente hasta que Abigail lo obliga a poner la mesa en el jardín.

Todos colaboramos haciendo algo y, minutos después, nos sentamos a cenar en una inmensa mesa de madera.

El jardín de los Lobo es infinito, porque no está vallado y se funde con los árboles del bosque.

Hay guirnaldas solares colgadas de los árboles y pequeños farolillos clavados en la tierra, dibujando varios senderos hacia los columpios, la piscina o los establos.

Admito que, de todo Valdelila, Casa Lavanda es lo que más bonito me parece, pero este sitio posiblemente sea el segundo lugar más hermoso del pueblo.

La conversación es amena y divertida. Bueno, entre todos excepto con León, que sigue gruñendo, al menos hasta que su hermana le sirve un inmenso trozo de lasaña que él engulle de buena gana.

Dios, qué bueno está. Odio pensarlo, pero es inevitable.

Lleva puesto un pantalón de deporte corto y una camiseta negra y lisa que se adhiere a sus bíceps.

No es que sea gran cosa, pero, de alguna forma, su pelo desordenado, sus ojos oscuros, la barba y ese ceño siempre fruncido hacen que me pregunte si para todo es igual de serio o hay algún momento en el que consigue relajarse y disfrutar de la vida.

No ayuda en nada ver lo inmensas que son sus manos mientras come. Me planteo, no por primera vez en mi vida, si esa ley no escrita acerca del tamaño de las manos y...

—¿Quieres ensalada? —pregunta Rubén a mi lado.

Carraspeo, salgo de mi ensimismamiento y sonrío asintiendo.

Mi reencuentro con Rubén ayer fue divertido.

Coqueteó conmigo de un modo que me hizo reír y recordar por qué acabamos haciendo cosas del todo indecentes en la iglesia del pueblo.

Tiene el pelo rubio oscuro, los ojos azules, barba y una sonrisa preciosa y seductora que en estos instantes está puesta en mí.

Esta tarde, cuando ha pasado por casa, me he alegrado de ponerme al día con él.

Confieso que, a ratos, incluso me pregunto si sería posible retomar nuestra amistad con derechos.

Total, voy a pasar aquí unos meses y no es que Valdelila destaque por tener una lista interminable de solteros buenorros.

Además, a juzgar por el modo en que se ha autoinvitado a esta cena y ha hecho todo lo posible por sentarse a mi lado, creo que él está más que interesado en recuperar aquel trato.

Y no estaría de más ver cuánto ha aprendido en los últimos diez años.

—Me encanta la ensalada. En realidad, me encanta comer de todo —contesto intentando sonar coqueta.

Oigo un bufido y no tengo que mirar para saber que se trata de León, pero no me importa porque todo el mundo está hablando de algo y, sinceramente, si de todos los temas de conversación que hay sobre la mesa ha elegido espiar este, es porque es más idiota de lo que yo pensaba.