11. León
León
El martes llego a casa por la noche después de un entrenamiento que ha sido... intenso. Si por intenso podemos entender que ha sido un desastre, como todos de un tiempo a esta parte, pero al menos nadie ha llorado. Siempre es un alivio que nadie llore.
Ahora mismo lo único que quiero es darme una ducha, prepararme un sándwich para cenar y tirarme en el sofá a ver una peli. Ha sido un día asquerosamente largo y, cuando veo el descapotable amarillo aparcado frente a la casa de mi hermana, intuyo que está a punto de hacerse eterno.
Podría pasar de largo tal y como he hecho con la casa principal, que es la de mis padres.
La finca de la familia Lobo es tan grande que mi hermana hizo su propia casa de madera a varios metros de la de ellos.
Y más tarde yo hice la mía aún más alejada, al fondo de la zona boscosa que compartimos.
Las inmensas tierras lo permiten. De este modo, todos estamos cerca del núcleo del negocio familiar, que son los establos de caballos y la clínica veterinaria y de rehabilitación.
Y, cuando digo que es un negocio «familiar», lo digo en el sentido más literal que existe.
Al principio todo esto era una granja de ganadería que fundó mi bisabuelo.
Muchos años después, mi padre creó la clínica especializada en rehabilitación.
Tratamos a todo tipo de animales, pero sobre todo a caballos.
Primero mi padre contrataba a gente externa y, con el tiempo, la familia fue abriendo ramificaciones.
Hoy en día ofrecemos, además de los servicios naturales de una clínica veterinaria, clases de hípica a todo el que quiera aprender a montar a caballo, excursiones para los colegios y terapias alternativas para niños con necesidades especiales, que están demostrando funcionar de maravilla.
Es un buen negocio y uno de los que mantienen a flote la economía en Valdelila.
Ahora mismo toda mi familia trabaja aquí.
Samu estudió Veterinaria, así que es el veterinario principal junto con mi padre, que puede que no tenga la carrera, pero entiende de animales y caballos más que nadie que haya conocido nunca.
Mi madre se ocupa de mantener el orden, nadie sabe exactamente cuál es su puesto, pero todos tenemos muy claro que es la que más manda, y Abigail lleva la oficina y la parte de relaciones públicas porque, por lo que sea, en la familia piensan que mis habilidades sociales son un desastre.
Yo no pensaba formar parte del negocio, tenía mis propios planes de futuro, pero entonces todo se fue a la mierda y, como resultado, ahora soy el encargado de impartir clases aleatorias que me van asignando cuando creen que el grupo será capaz de soportarme.
Esas palabras son de mi hermana, no mías.
También me encargo de enseñar a los más pequeños a montar. Y dirijo las excursiones escolares porque Martina está loca por mí y debería salir con ella. Eso no lo dice mi hermana, sino mi madre.
En realidad, yo solo soy un pringado de treinta años que intenta esquivar a toda la familia y acaba aceptando porque, bueno, no puedo quedarme encerrado en mi cabaña contando billetes y lamiéndome las heridas. Eso lo dice mi cuñado.
El único que no dice nada es mi padre y casi mejor, porque algo me hace pensar que tampoco diría nada positivo.
En fin.
Como decía, podría pasar de largo y dejar atrás la casa de mi hermana, pero en un impulso aparco al lado del descapotable amarillo, no sé por qué.
Es como pegarme un tiro en un pie. Últimamente me pego muchos tiros en los pies.
Al final va a resultar que Abigail tiene razón y soy masoquista.
No voy a contar por qué mi hermana tiene esa opinión de mí, pero la tiene.
Bajo junto con Bambi, que en cuanto se da cuenta de que estamos en casa de mi hermana se pone a ladrar y dar saltos.
Casi parece un niño entusiasmado ante la idea de ver a Bella, que es su verdadera adoración.
Subo los escalones del porche y entro sin llamar.
Si todo el mundo puede entrar en mi casa sin llamar a la maldita puerta, yo puedo hacer lo mismo.
Me lleva diez segundos darme cuenta de que mi hermana y la paria de Giulia no son las únicas que están aquí.
Y otros diez entrar en la cocina con mi perro y encontrarme a mis padres, a Samu, a Giulia con sus padres y a Rubén.
Lo de mis padres y Samu lo entiendo, lo de Giulia y sus padres lo he deducido al ver el coche, pero ¿el imbécil de Rubén? Eso sí que no me lo esperaba.
—¿Qué haces tú aquí? ¿Y cómo has venido? Tu coche no está fuera —pregunto de una forma que yo considero educada y mi hermana no, a juzgar por cómo me mira.
—He ido a casa de Giulia para ponerme al día, por los viejos tiempos. Me ha dicho que venía a cenar y he intuido que podía haber lasaña. Adoro la lasaña de tu hermana, ya lo sabes. Así que me he autoinvitado y he venido con ellos en el coche.
—No puedes autoinvitarte a la casa de la gente.
—Tú acabas de entrar sin que nadie te haya llamado —puntualiza mi hermana elevando una ceja.
—Es distinto. Tu casa está en mis tierras.
—Las tierras de papá y mamá, en realidad.
—Lo que sea, joder. ¿Qué es todo esto?
—No gruñas, hijo —dice mi madre.
—No estoy gruñendo.
—No puedes decir que no estás gruñendo mientras gruñes, cuñado. Es ilógico.
Gruño. Esta vez sí gruño de verdad, porque se lo ha buscado, pero Samuel solo se ríe y da un trago a su cerveza antes de apiadarse, ir a la nevera, sacar otro botellín y pasármelo.
—¿Por qué estáis todos aquí? —insisto.
—Porque he invitado a Giulia a cenar, ya te lo ha dicho Rubén —contesta mi hermana en tono repelente.
Miro a la italiana, que me devuelve la mirada con una ceja alzada, como si todo esto le divirtiera.
Lleva un vestido amarillo y suelto atado al cuello.
No es gran cosa, no debería estar tan guapa con un simple vestido, pero lo está.
Y que se haya vuelto a pintar los labios de un rojo tan vivo no ayuda.
No es que eso le sume puntos. Si acaso le resta.
Es una pena que una chica tan preciosa esté tan loca.
Me olvido de ella y miro a sus padres, que me sonríen con amabilidad. Es el padre el primero en levantar la mano para saludar.
—¿Qué tal, León? ¿Cómo va eso?
—Bien, supongo. —Miro a mi propio padre, que está comiendo aceitunas de la mesa como si se las fueran a quitar en cualquier momento.
Es casi tan alto como yo, y bastante más corpulento.
Es, en realidad, alguien que impone mucho por lo general.
Y teniendo en cuenta lo enfadado que estaba ayer, no entiendo nada—. ¿A ti te parece bien esto?
Hasta ahora, mi único aliado en mi rencor hacia Giulia era él, pero ahora parece que está tan tranquilo con el ruido de fondo y confraternizando con el enemigo.
—Ayer, cuando fuimos a recoger a Bella al cole, le dije a esa chica lo que pienso de su robo de hace años —dice muy serio mientras señala a Giulia—.
Le grité y todo. ¿Y sabes qué hizo? No movió ni una pestaña.
Cuando acabé de gritar sonrió y dijo que solo lo robó porque nunca había visto un caballo tan bonito.
—Mi padre suelta una risotada y se encoge de hombros—. Es zalamera y tiene ovarios. Me gusta.
—¿Y ya está? ¿Te gusta porque no se echa a llorar cuando le gritas?
Mi padre encoge los hombros otra vez y yo resoplo y miro a Giulia, que tiene una sonrisa tan orgullosa en la cara que cualquiera pensaría que la han nominado a un Óscar.
—¿Qué te parece? Soy tan encantadora que tu familia ya me adora.
—No te adoran, no te pases.
—Yo sí la adoro —dice Abigail.
—Tú naciste para tocarme los huevos, joder. No cuentas.
—León, como sigas soltando tacos sin ton ni son voy a lavarte la boca con jabón y luego vas a largarte de aquí.
Miro a mi madre con los dientes apretados. Está ayudando a Abigail con la puta lasaña. ¿Qué? No puedo decir tacos en voz alta, pero puedo pensarlos. ¡Tengo treinta años, joder! No debería reñirme como si fuera un crío. Y hablando de críos...
—¿Dónde están Giuliano y Bella?
—En el salón, con los legos —contesta mi hermana despreocupada.
—No.
—¿Qué?
—En el salón no están.
Todos me miran en silencio. Esta vez soy yo quien encoge los hombros.
Abi sonríe y se limpia las manos en un trapo de cocina antes de carraspear como si no estuviera en absoluto preocupada.
Por mi propia experiencia, cuando mi sobrina desaparece sin hacer ruido, lo mejor que se puede hacer es temblar.
—Seguro que han ido a la habitación a por más legos —le dice Abi a Giulia.
Esta sonríe sin darle mayor importancia, pero dos minutos después, cuando mi hermana vuelve de la habitación de Bella, carraspea de nuevo y, en esta ocasión, no se muestra tan tranquila.
—Vale, pues... pues no está. En su habitación, quiero decir.
—Voy a las cuadras —dice Samu de inmediato.
—Miraré en el tractor —sigue mi padre.
—Daré una vuelta por los terrenos de atrás. —Incluso Rubén se pone en marcha. Y eso que es un idiota.
—¿Qué pasa? —pregunta Giulia.
A su favor tengo que decir que, en cuanto intuye el nerviosismo que se ha apoderado de la cocina de repente, se pone tan tensa que me hace darme cuenta de inmediato de que, independientemente de la opinión que yo tenga sobre ella, se preocupa de verdad por el hijo de su prima.
—Nada, nada. A veces Bella hace estas cosas —dice mi madre quitándole importancia con un gesto de la mano.
—¿Qué cosas? —insiste Giulia.
—Desaparecer. —Esta vez, tanto Giulia como sus padres abren la boca y boquean, sin conseguir decir ni una palabra—. Pero ¡no os preocupéis! Siempre acaba apareciendo.
—¿Cómo que...? —Me mira con los ojos muy abiertos, como si yo tuviera la culpa. O como si tuviera que darle una explicación—. ¿Qué demonios significa eso?
Encojo los hombros, doy un sorbo a mi botellín y, por primera vez en todo el día, sonrío como el cínico que soy.
—Significa que, desde que nació Isabela Lobo, dejaste de ser oficialmente la persona más rebelde, caótica y loca de Valdelila.
—¡No tiene gracia, León, joder! —grita mi madre mientras se dispone a salir de la cocina.
—Esa boquita, mamá. A ver si voy a tener que lavártela con...
No acabo la frase. Mi madre se gira, me dedica una sola mirada y, de repente, recuerdo todos los motivos por los que no debería olvidar que puede que yo tenga treinta años, pero aquí quien manda es ella.