Giulia, el amor y un puñado de lavanda 10. Giulia
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Giulia

Antes muerta que permitir que esta gente me vea nerviosa.

No sé si como lema sirve, pero de alguna forma me tengo que motivar. Martina, la maestra, sonríe con dulzura. La otra chica también, pero León... no. Él no sonríe con dulzura. Ni siquiera sonríe. Empiezo a creer que no sabe hacerlo, y eso que lo conocí ayer.

—No hablábamos de ti, tranquila —dice la maestra.

Es simpática. Mentirosa, porque es evidente que sí lo hacían, pero simpática. Aun así sonrío y me hago la tonta, porque he aprendido que a menudo funciona mejor que ir de sabelotodo.

—¿Podemos hablar un momento aparte? ¿O me das una tutoría?

—Si quieres, y tus padres vienen contigo a recogerlo a la salida, pueden llevarse a Giuliano y tú y yo nos quedamos charlando de lo que necesites.

—Me parece perfecto.

—Si necesitas hablar con alguien más, aquí me tienes —dice la mujer que está con León.

Su cara me suena bastante, pero no consigo identificarla.

Claro que no es algo raro. Cuando dejé de venir a este pueblo, yo estaba más interesada en mí que en el resto.

De toda la gente que había en la salida solo he reconocido a Rubén y a su tío, el cura.

Y porque los dos me traen recuerdos muy. .. curiosos.

—Perdona, supongo que nos conocemos, pero...

—No, oficialmente no. Soy Abigail Lobo.

—Ay, mierda. ¿Estás aquí por lo del pequeño incidente de hace diez años?

—Robaste un caballo de mi familia. Yo no lo llamaría «pequeño incidente», sino «hurto».

Miro a León y, aunque debería estar sintiendo vergüenza por lo que acaba de recordarme, todo lo que siento es una curiosidad completamente insana. Porque ha dicho «mi familia» y eso significa que...

¡Joder, es verdad! Había un León Lobo en el pueblo. Nunca llegué a verlo en persona, que yo recuerde, pero oí hablar infinidad de veces de él.

—¿León Lobo? ¿La estrella de Valdelila?

No pretendía halagarlo, pero tampoco esperaba la tensión que recorre su mandíbula mientras aprieta los dientes.

—Al parecer, y según me han contado, tú conseguiste ser más famosa que yo.

—Vaya, ¿te has estado informando? Sí que debí de impresionarte ayer.

—Sí, pero no para bien.

—Lo importante es dejar huella.

—Si es mala, no.

—Vale, gatito, lo que tú digas.

Suspira como si estuviera agotado del día, cuando solo está comenzando, y entrecierra los ojos mirándome.

—Dime que eso de «gatito» no es ironía por lo de mi nombre y de verdad no eres tan básica.

—Lo siento, pero soy superbásica —contesto sonriendo tanto como puedo.

León me mira mal, pero no me importa porque, a su lado, Abigail se ríe sin ningún disimulo.

—Quiero que sepas que, aunque mi hermano sea un imbécil, yo estoy de tu parte.

—¡Eh! —exclama León.

—Somos mejores amigas desde hoy mismo —respondo yo.

Abigail se ríe más alto. Me cae bien. Me cae tan bien que ahora me arrepiento de haberle robado un caballo a su familia. A mi favor tengo que decir que ni siquiera había salido de la finca cuando me caí, y el bicho no sufrió daños ni se perdió por mi culpa. La única humillada fui yo.

—Hecho. Mejores amigas —me dice—. La verdad es que recuerdo verte por aquí, pero por aquel entonces yo ya estaba con Samu y, bueno, tenía cosas más importantes que hacer, como perder la cabeza por él.

—Lo importante es: ¿sigues perdiéndola?

—Oh, sí, ese cabrón me tiene loca.

—Ese cabrón es el padre de tu hija; está fuera esperándote y no creo que le guste que lo llames así —interrumpe León.

—¿Y este cabrón no te tiene loca? —pregunto con sorna.

Abigail suelta una carcajada, Martina se pone colorada, no sé por qué, y León me mira mal. Otra vez.

—Desde luego, pero este no me recompensa con las mismas cosas que mi marido por aguantarlo. —Y aunque me río, por alguna razón, ella piensa que debe aclararlo más—: Me refiero al sexo.

—Joder, qué asco, Abigail. —León está enfadado, pero enseguida ignora a su hermana y procede a señalarme con un dedo y a mirarme mal desde las alturas.

En algún momento tendré que superar que sea tan alto—.

Y tú, más te vale cuidar bien de ese niño, que bastante ha debido de sufrir ya.

Todavía estoy a tiempo de llamar a las autoridades.

—Amenaza captada. ¿Algo más?

—Te lo digo en serio: no jodas a Giuliano.

—Gracias por el consejo. No te lo he pedido y me importa una mierda lo que pienses, pero de todos modos te lo agradezco porque soy una persona sumamente educada.

—Uy, sí, se te nota.

Pone los ojos en blanco y ni siquiera espera a que le responda. Se larga dando zancadas mientras Martina, Abigail y yo miramos cómo su anchísima espalda desaparece entre pasillos empapelados con dibujos infantiles.

Me encantaría recrearme en el modo de caminar seguro y firme que tiene, pero estoy más preocupada por Giuliano y toda esta situación que por mis placeres visuales, así que vuelvo a mirar a la maestra y, sin importarme que Abigail esté delante, hablo, porque total, parece ser la única en este pueblo que tiene interés en relacionarse conmigo.

Al menos, de toda la gente congregada hoy frente al colegio, ella ha sido la única que se ha molestado en venir a dirigirme la palabra.

Y me consta que los demás estaban al tanto de mi presencia, porque casi han formado un corrillo de mirones a mi alrededor cuando he llegado.

—Aparte del poder que firmó Fiorella, ¿debo traer algo más? —le pregunto a Martina.

—No, con lo que me has dado ya vale. Lo entregaré en dirección para tener constancia formal.

—Vale.

Mis ojos se van a Giuliano, que está sentado en su silla, junto a Isabela, mientras mis padres están detrás de pie, como guardaespaldas ansiosos de poder ayudarlo en algo. Entonces miro a Abigail, que a su vez me mira a mí.

—¿Isabela es tu hija? —pregunto, aunque sé la respuesta. He visto que la niña llegaba con León y con ella, y el parecido entre ambas es indiscutible.

—Bella, sí.

—Giuliano dice que lo obliga a jugar.

—Y tiene razón. He hablado con ella un montón de veces, pero me dice que, si no lo obliga, no juega.

Miramos de nuevo a Giuliano y suspiro. Pensaba tener una charla muy seria con la maestra acerca de eso, pero solo he tenido que ver cómo interactúan para darme cuenta de que puede, y solo puede, que a Giu le venga bien que Isabela lo atosigue un poquito, porque algo me dice que, de no ser así, no jugaría con nadie.

—¿Tiene amigos? —pregunto mirando a Martina.

—Se integra bien en las actividades en grupo y...

—No, no es eso lo que me interesa. O sea, me alegra que se integre en clase y ya me has dicho que es muy bueno y listo.

Eso ya lo sé. Quiero saber si tiene amigos.

Si juega con los demás cuando sale al patio.

—El silencio de Martina es respuesta suficiente y me sorprende mucho el latigazo de dolor interno que siento—.

Vale, tendremos que profundizar en ese tema para saber cómo puedo ayudarlo.

—Por supuesto. Ahora tengo que entrar en clase con ellos, pero déjame decirte que Giuliano es un niño maravilloso, aunque sea tímido.

—Lo sé —respondo sonriendo.

Martina entra en clase, tal y como ha prometido, y se va directa a mis padres, imagino que para informarlos de que no pueden quedarse toda la mañana siendo las sombras del niño.

—Siento que he sido un poco intrusa en esta conversación —dice Abigail llamando mi atención—.

Y a lo mejor me estoy metiendo donde no debo, pero creo que parte de la culpa de todo esto es de su madre.

—La miro muy seria y ella alza las manos como si estuviera defendiéndose—.

Todavía quiero ser tu mejor amiga y no tengo ni idea de lo que ha pasado, pero si de verdad te preocupa el tema de Giuliano y las relaciones con otros niños, creo que te iría bien oír algunos puntos de vista. El mío, por ejemplo.

Una parte de mí quiere negarse, defender a Fiorella a toda costa y fingir que en realidad no hay ningún problema.

Es lo que habría hecho si esto solo me afectara a mí, pero no es así, porque también afecta a un niño de cinco años que, al parecer, está teniendo problemas en más de un aspecto de su vida.

Problemas que, si puedo, voy a intentar solucionar por su bien. Así que asiento y suspiro.

—Vale. Está bien. ¿Cómo...?

—Ven con Giuliano a cenar a casa. Podrás ver de primera mano cómo se relaciona con Bella y hablaremos largo y tendido sobre todo esto.

—Está bien.

—¿Esta noche?

Miro una vez más a Giuliano, que parece un poco abrumado, y niego con la cabeza.

—Prefiero que hoy el día sea calmado. Preparar un poco el terreno. ¿Mañana?

—Hecho. Trae a tus padres también, si quieres. Cenaremos, hablaremos y nos haremos mejores amigas.

Me río, y apenas he tenido tiempo de procesar sus palabras cuando Abigail Lobo me abraza y luego da un paso atrás sonriendo.

—Te veo mañana, mejor amiga —digo riendo.

—¡Estoy deseándolo! —grita justo antes de marcharse.

Yo espero a mis padres y nos vamos a casa, no sin que antes varias personas del pueblo me saluden con la clara intención de sonsacar información acerca de Giuliano o de mí.

En el camino de vuelta me quedo pensativa porque, hasta hace una semana, mi vida consistía en fracasar en castings , beber más de lo recomendable, salir de fiesta y hacer deporte solo para contrarrestar los efectos de la bebida.

Jamás, ni en un millón de años, me habría imaginado que hoy estaría llevando a un niño al colegio y concertando citas con las madres de otros críos.

Ni siquiera sé cómo me siento al respecto.

Lo que sí sé es que todavía pienso que Fiorella está loca y que, desde que se fue hace dos días, no he recibido un solo mensaje suyo, lo que me parece increíble, porque su hijo está aquí y, al parecer, ella no ha sentido la necesidad de mirar atrás ni una sola vez.

Solo espero que el tiempo que esté fuera le sirva para recapacitar y pensar en esta tremenda cagada.

Mientras tanto, a mí lo único que me queda es invertir los próximos meses en hacer que Giuliano sea tan feliz como pueda.

Es posible que me haya visto envuelta en esto sin comerlo ni beberlo, pero cuarenta y ocho horas con el niño me han bastado para ver lo especial que es.

.. y lo necesitado que está de un poco de cariño y atención.

Además, por primera vez en mucho tiempo, siento que tengo un propósito, y esa es una sensación refrescante.

¿Quién sabe? Puede incluso que, en medio de mi intento de ayudarlo, acabe ayudándome a mí misma.