9. León
León
Aparco la camioneta en el llano de tierra que hay junto al colegio justo a tiempo de ver a mi hermana con un vestido demasiado floreado para un lunes por la mañana en un colegio, a mi cuñado con un montón de folletos de la clínica veterinaria de mi familia, a mi madre con un bolso gigantesco y a mi padre murmurando por lo bajinis, aunque no lo oiga.
Mi sobrina es la única que baja con naturalidad. ¡Y tiene seis años recién cumplidos!
No sé qué demonios estoy haciendo aquí, la verdad.
Solo sé que me he levantado, he salido a correr por el bosque, he vuelto, me he dado una ducha y, mientras preparaba café, he pensado que no quiero ser el único que se quede sin ver entrar en el colegio a Giuliano con sus nuevos cuidadores.
Me convenzo a mí mismo de que es porque mi familia tiende a dramatizarlo todo y seguro que luego me cuentan las cosas mal, pero la realidad es que quiero asegurarme de que el niño está en buenas manos con Giulia del Valle.
Ayer, durante la comida, mi hermana y mis padres se encargaron de enumerar las distintas proezas que realizó la tal Giulia en su tierna adolescencia en Valdelila.
Robar caballos: hecho.
Convencer a varias chicas de pintarse el pelo a escondidas de sus padres: hecho.
Liarse con el sobrino del cura, que además es un imbécil, y lo sé de buena tinta porque tengo la desgracia de conocerlo: hecho.
Infectar la oreja de una chica del pueblo al hacerle un piercing con una chincheta: hecho.
Emborracharse, colarse en la iglesia —otra vez, al parecer, tenía fijación—, subir al campanario, tocarlo y hacer creer a los ancianos que alguien había muerto, porque solo se toca cuando alguien fallece: hecho.
Alegar que no estaba borracha, sino que había bebido agua bendita de la iglesia cuando el alcalde la detuvo hasta que llegó la policía del pueblo de al lado, porque aquí no tenemos: hecho.
Montar una sesión de espiritismo a los pies del río y convencer a varios adolescentes de que los espíritus querían pizza y cerveza e iban a tomarla a través de ella: hecho.
La lista es larga y he de decir que, para cuando acabaron, estaba impresionado, aunque todavía no sé si para bien o para mal.
Sobre todo porque, cuando dejó de venir al pueblo, solo tenía quince años.
Según los cálculos que hicieron ayer durante la comida, ahora debe de tener veinticinco.
Yo voy a cumplir treinta y uno. Siempre supe que la familia Del Valle era grande, italiana y caótica.
La historia de amor de los abuelos de Giulia es famosísima en Valdelila, y sus campos de lavanda echados a perder los años que nadie vino, después de que murieran, fue algo que lamentó todo el pueblo.
Pero cuando yo era niño Giulia no existía, cuando ella era niña yo era mayor y ya pasaba mucho tiempo fuera de casa concentrado en mi carrera.
Y para cuando yo volví, ella ya había dejado de venir.
Así que nuestros caminos nunca habían llegado a cruzarse, pero ahora todo es distinto.
Ahora los dos estamos en el pueblo, ella es una catástrofe andante, al parecer, y yo no pienso permitir que joda a Giuliano más de lo que ya lo jodía su madre.
Porque lo que dijo Abi ayer no era ninguna mentira: bastante tiene ese niño con la madre que le tocó.
Yo apenas he coincidido con él, porque Fiorella no se molestaba en relacionarse con nadie del pueblo y lo arrastraba a ese exilio consigo, pero todas las veces que lo he visto, el pobre crío estaba siempre solo y rodeado de un aire de tristeza que rompía el corazón.
—Mira a quién tenemos aquí... —Mi hermana se acerca con una sonrisa que no me gusta nada, así que hago lo que todo buen hermano menor sabe hacer: ignorarla para provocarla.
—Vamos, Bambi, baja.
Abro la puerta de la camioneta y, si no es porque estoy atento, el perro se me escaparía en una carrera desenfrenada hacia ninguna parte. Por suerte, he venido preparado con correa. Sabiendo que Giulia anda cerca, no me fío de dejarlo suelto.
—¿Te has animado a cotillear con nosotros? —insiste mi grano en el culo personal.
—He venido a comprobar que no acosáis de forma abierta e ilegal a una habitante del pueblo.
—Oh, ¿vienes a defenderla? Qué caballeroso.
En realidad, no. Me importa más bien poco lo que le hagan a Giulia, pero es lo primero que se me ha ocurrido, y ahora estoy jodido pensando que espero no tener que defenderla, porque no me apetece una mierda.
—Hola, tito guapo.
Me agacho frente a Bella, mi sobrina. La única que merece la pena en esta familia y a la que enseñé, a la edad de dos años, a llamarme «tito guapo».
Según mi hermana, aquello fue infantil y una demostración del ego desmesurado que tengo.
Según yo, fue una forma estupenda de asegurarme de que, sin importar cuánto cabree a mi familia —y suele ser mucho—, siempre habrá alguien con algo bonito que decirme.
—Hola, niña preciosa.
Abro los brazos sin soltar a Bambi y, cuando se refugia en ellos, besuqueo su mejilla y su cuello hasta hacerle cosquillas con la barba. En cuanto se ríe, el perro entiende que alguien pretende quitarle el protagonismo y se pone a darnos lametones, reclamando su atención.
—¡Hola a ti también, Bambi guapo!
—¿Lista para un día más de cole? —pregunto.
—¡Sí! ¿Me llevas?
—Te llevamos todos, princesa —dice Samuel, su padre, cogiéndola en brazos y guiñándome un ojo—. Te ha podido la curiosidad, ¿eh?
—Ni siquiera sé de qué hablas —murmuro mientras me levanto y tiro del perro para ponerlo a mi lado.
—Vamos de una vez. No quiero que suene el timbre, entren y me quede sin decirle cuatro cosas a la mocosa esa —gruñe mi padre.
Solo está aquí porque quiere gritarle a Giulia por robarle un caballo hace diez años, aunque, en realidad, el asunto tampoco fue tan grave.
El caballo la tiró nada más salir de la cuadra y no llegó muy lejos, pero mi padre es feliz gruñendo por todo.
Según mi familia, me parezco a él, pero no entiendo por qué.
Soy una persona sumamente simpática cuando quiero. El problema es que no suelo querer.
Caminamos hacia el colegio y me doy cuenta, en cuestión de minutos, de que se ha corrido la voz.
He traído muchas veces a Bella a clase, y en mi vida he visto tanta congregación a las nueve de la mañana.
Hay padres, madres, abuelos y tíos. Joder, juraría que hay gente que ha pedido entrar más tarde en el trabajo para estar aquí hoy.
¡Está hasta el sobrino del cura junto a su tío!
—Venimos a bendecir este lunes —dice Juan, el cura.
—Yo solo vengo a ver si está igual de buena que hace diez años.
Y aquí lo tenemos: Rubén, sobrino indiscutible y coprotagonista de uno de los mayores escándalos, al parecer, de Valdelila.
Tiene veintiséis años; lo sé porque justo hoy he hecho las cuentas de la edad que tendría al liarse con una adolescente y, muy a mi pesar, no puedo tacharlo de pervertido, además de idiota, porque por aquel entonces él era otro niñato.
Y aun así, menudo imbécil es, en serio. El típico tío que no crece acorde a su edad. Parece que se haya quedado en la adolescencia, pero, por alguna razón, a las mujeres les resulta divertido. O eso dice mi hermana. Que tiene algo divertido. Y tierno. Yo no le veo ni una cosa ni la otra.
El descapotable amarillo característico de los abuelos de Giulia llega y me alivia ver que quien conduce es el padre.
Aparcan en el llano bajo la atenta mirada de todo el pueblo y, cuando el niño baja, me arrepiento de inmediato de haber venido.
No deberíamos estar haciendo esto. Giuliano necesita calma, sobre todo si su madre se ha ido y ahora mismo está confuso.
Ya es bastante tímido e introvertido de por sí, y el hecho de que estemos todos aquí, algunos para cotillear y otros para asegurarnos su bienestar, no le debe de estar ayudando en nada, pero todo eso se me olvida cuando me fijo en la chica que baja del coche con un vestido de punto de colores demasiado veraniego, zapatillas deportivas y una chaqueta vaquera.
Se ha pintado los labios de un rojo tan intenso que se ve desde aquí.
Está... llamativa. No fea, joder, es imposible que alguien diga que esa mujer va fea, pero llamativa, sí.
Y vestir llamativa, en un pueblo que está deseando quemarte en la hoguera por cositas del pasado, no parece la mejor idea del mundo.
Si se sorprende al vernos a todos aquí, no lo demuestra. Sonríe, saluda a algunas personas y, cuando pasa junto a mí, tiene el descaro de guiñarme un ojo y sonreír de lado.
—Me pareció ver un lindo gatito...
Abro la boca para decir algo. Cualquier cosa. Pero todo lo que puedo hacer es mirarla mal mientras ella se adentra en el colegio pasando de todo el mundo.
—Joder, qué estilazo —murmura mi hermana.
—No me gusta esa chica —sentencia mi padre.
—¿Por qué te ha dicho eso? —pregunta mi cuñado.
—Buenas caderas, sí, señor.
Miro a mi madre con la frente arrugada.
—¿Y eso a qué cojones viene?
—No digas tacos, León. Que se note que he criado hijos educados, ¿quieres? Además, solo he dicho que tiene buenas caderas, ¿qué tiene eso de malo?
—Nada, Carmen —dice Rubén, el imbécil—. No tiene nada de malo. Son unas caderas buenísimas. Se ha desarrollado muy bien. Se lo digo yo, que las vi hace años muy de cerca.
—¿Podemos, por favor, dejar de hablar de las caderas de la gente? —pregunto incómodo.
—Ojalá quiera ser mi amiga. Necesito una amiga —susurra mi hermana.
—Más te vale que no sea esa. Es una ladrona.
—Abigail, tienes muchas amigas —le respondo yo ignorando a mi padre.
—Pero no con tanto estilo.
Pongo los ojos en blanco, le doy la correa de Bambi a mi madre, cojo a Bella sin que me importen una mierda las quejas de todos, y entro en el colegio.
La única que me sigue es mi hermana y no se lo puedo impedir porque, bueno, ella parió a la niña que llevo en brazos. Al final, eso te da privilegios.
—Ni se te ocurra dejarnos en evidencia —murmuro entre dientes mientras nos acercamos a la clase de infantil en la que están Giuliano y Bella.
—Perdona, pero soy una persona sumamente simpática, no como tú. En todo caso, intenta controlar tu carácter de mierda.
—Yo no tengo un...
—Llegáis tarde. —Miramos de inmediato a Martina, la maestra. Está intentando mantenerse seria, pero enseguida sonríe y señala el interior de la clase—. ¿Qué? ¿Cotilleando?
—Sí —admite mi hermana.
—No —digo yo al mismo tiempo.
Martina se ríe y pone los ojos en blanco.
—¿Tú también te has enterado? —pregunto entonces bajando a Bella y dejando que entre en clase.
—Es difícil no hacerlo —comenta con una sonrisa—. Además, nada más entrar, me ha pedido una reunión aparte —murmura en voz baja, solo para nosotros.
Los tres miramos el modo en que mi sobrina se dirige a Giuliano y lo abraza mientras este pone cara de circunstancias.
Eso no es raro, su relación es así desde siempre.
Le hemos dicho a Bella un montón de veces que no puede abrazarlo si eso le hace sentir incómodo, pero la niña dice que no, que a Giuliano le gusta, solo que no lo sabe.
Yo tengo dudas acerca de esa teoría.
Giulia se agacha y llama la atención de los dos niños. Mientras sus padres se mantienen al margen, un paso más atrás, ella consigue que se separen, pero sin ser borde. Saluda a mi sobrina estirando la mano y con una sonrisa en los labios.
—Ya me cae bien —dice Abigail.
—Ya te caía bien antes sin hacer nada. —Intento no sonar seco, pero no me sale.
—Bueno, perdón por estar abierta a pensar en positivo de la gente, al contrario que tú.
—¿No piensas bien de ella? —pregunta Martina elevando su perfecta ceja rubia.
Medito un poco mis palabras. Martina fue algo así como un rollo a intervalos en el pasado que corté cuando me di cuenta de que podía hacerle daño, porque yo no tenía ningún interés en ir en serio y ella sí.
—Ni bien, ni mal. Me resulta indiferente.
—Si te resultara indiferente, no estarías aquí —responde mi hermana con malicia.
—¿Quieres dejar de tocarme las pel...?
—¿Reunión secreta? Si lo llego a saber, me pongo mis mejores galas, porque me apuesto lo que sea a que todo esto tiene algo que ver conmigo.
La interrupción de Giulia hace que los tres nos quedemos mirándola con distintos grados de atención.
Martina intenta sonreír como la profesora dulce y atenta que es.
Mi hermana sonríe enseñando todos los dientes como la lunática que es, y yo.
.. no sonrío. Yo solo la miro, porque no sé qué se supone que tengo que responder cuando, en realidad, no tengo ninguna excusa creíble para estar aquí.