Giulia, el amor y un puñado de lavanda 8. Giulia
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8. Giulia

Giulia

Busco a ciegas el teléfono en mi mesita de noche.

De hoy no pasa que cambie el tono infernal que suena con el despertador.

Es horrible, no hay ser humano capaz de despertarse de buen humor con eso de fondo.

Y la cosa no mejora cuando, al despegar los párpados, lo primero que veo son los ojos verdes más profundos del mundo clavados en mí.

Me sobresalto sin querer y me siento de golpe en la cama.

—¡Joder, Giu!

—Es «Giuliano». Dijiste que se irían, pero están abajo.

—¿Qué?

—Mis abuelos de verdad. Tú dijiste que se irían, pero siguen aquí. Están en la cocina.

Apoyo la nuca en el cabecero y suspiro, frustrada.

Ayer, después del susto con el buenorro y su perro, decidimos que ya habíamos paseado suficiente y volvimos a casa.

Descubrimos que mis tíos seguían aquí, así que les di un ultimátum y luego subí las escaleras con el niño y me dediqué a entretenerlo con pelis, juegos de mesa y unos coches diminutos con ruedas gigantescas que le fascinan tanto que rio a carcajadas por primera vez conmigo, así que insistí en seguir jugando a eso durante mucho mucho tiempo.

Nos saltamos la comida y, cuando bajamos a cenar, no vimos a mis tíos por ninguna parte.

Tuve la ilusión de que se hubieran marchado sin despedirse, pero, al parecer, eso no ha sido así.

Esta casa es tan grande que, si quisiéramos, no tendríamos que cruzarnos durante días, salvo si coincidimos en la cocina para comer, pero el simple hecho de saber que están aquí me causa ansiedad.

Y no hace falta ser un lince para saber que a Giuliano le ocurre lo mismo.

—Hablaré con ellos. Otra vez.

—No quiero que estén aquí. Me dan miedo.

—Lo sé, cielo. Me ocuparé de ello, ¿vale? —Sus ojos siguen fijos en mí—. ¿Quieres algo más?

—Tienes que decirme qué ropa me pongo. Y prepararme un desayuno para el cole.

Aprieto los párpados. Hasta hace tres días, mis despertares consistían en sentarme en la cama y tocarme la nariz con el índice de cada mano y los ojos cerrados.

Si atinaba a la primera, significaba que la resaca no era de las malas.

No digo que fuera mejor que esto porque, de hecho, era una existencia bastante vacía de la que llevaba tiempo queriendo huir.

Simplemente no sabía cómo. Soy lo bastante adulta para admitírmelo a mí misma y para saber que no, no era mejor que esto, pero sí distinto. Tengo que acostumbrarme, eso es todo.

—Está bien. ¿Qué te gusta desayunar? —Él encoge los hombros—. Oye, tienes que colaborar, ¿recuerdas? No he estado nunca con niños.

—Tú solo no me pongas espresso para el recreo.

Lo miro boquiabierta mientras él se pinza el labio inferior. Después rompo a reír como una lunática porque, al parecer, el pequeño Giu sí que tiene sentido del humor, solo que lo usa poco y muy a su manera.

—Esa ha sido buena. Está bien, vamos a ponernos bien guapos y bajar a la cocina. ¿Qué te parece desayunar tortitas?

—¿De avena?

—Vale. Con Nutella.

—La Nutella no es buena. Mucho azúcar.

—¿Nata montada?

—Demasiado azúcar.

—De la leche condensada ni hablamos, ¿no? —Su mirada me basta para guardar silencio.

Lo hacemos todo juntos porque a Giu le dan miedo mis tíos y, si soy sincera, a mí un poquito también, pero me callo porque soy una cobarde. Por eso y porque quiero que el niño piense que lo tengo todo bajo control. Lo cual es mentira, por supuesto, pero con cinco años no tiene por qué saberlo.

Primero se viste él, luego yo y, cuando bajamos, descubrimos que mis tíos, en efecto, siguen aquí. Por fortuna, también he visto una maleta en el pasillo, así que imagino que la tortura de su presencia se acaba hoy.

La parte buena es que ni siquiera me saludan, así que me voy directa al frigorífico, abro y sirvo un vaso de leche para Giu antes de ponerme con la cafetera.

Mis padres no están, pero anoche los oí hasta bien entrada la madrugada, así que imagino que andan de resaca, ya sea de alcohol, marihuana o sexo.

Ninguna de las opciones me gusta, pero soy lo bastante madura y estoy lo suficientemente traumatizada como para saber que no me equivoco.

—Giu, cielo, los abuelos van a marcharse hoy.

Mi tía Bianca habla con una voz tan lastimera que me alegro de estar de espaldas a ella, porque no puedo evitar poner los ojos en blanco.

—Vale.

—Queríamos estar contigo, porque eres sangre de nuestra sangre y, ahora que tu madre se ha ido, somos lo único que te queda, pero bueno, ya has visto que eso no será posible.

Será cerda, la cabrona. ¿Qué necesidad hay de hablarle así al niño? ¿Está intentando hacerlo sentir mal cargándolo con un montón de emociones que él ni siquiera debería conocer?

—Vale —repite Giuliano.

—El abuelo Giorgio y yo vamos a dejarte nuestro número de teléfono apuntado en la nevera. Si en algún momento alguien te trata mal, o sientes que es hora de que vengamos al rescate, solo tienes que llamarnos. ¿Podrás hacerlo, cielo? ¿Podrás marcar nuestro número de teléfono?

No dejo que el crío conteste. El tono es tan asqueroso que me giro, la miro con una sonrisa cínica y me cruzo de brazos mientras espero a que el café suba.

—¿Y qué harás para salvarlo de mis garras, tía? Aparte de inscribirlo de inmediato en un internado elitista y encerrarlo ahí el mayor tiempo posible.

—No pienso pedir perdón por desear lo mejor para mis descendientes. Algunos valoramos la educación por encima de todo.

—Sí, está claro que vuestra hija ha valorado la educación recibida por encima de todo —digo bufando.

Después me doy cuenta de que Giuliano sigue aquí y, por mucho que yo tenga una opinión muy clara con respecto al comportamiento de mi prima, no quiero soltarla delante del niño.

Bastante tiene con que su madre se haya largado sin él como para que yo eche más leña al fuego.

Además, puede que yo esté un poco obsesionada con el tema, porque sé que apenas ha pasado un día, pero de verdad me preocupan las secuelas que puedan quedarle a Giuliano por culpa de este abandono.

Ya he pasado por algo parecido una vez; he visto los estragos que causa una crianza negligente en una persona, y me niego a dejar que a este niño le suceda lo mismo que a su madre.

Sí, sé que el caso no es el mismo, y sé que Fiorella va a volver, lo ha prometido y quiero pensar que cumplirá su palabra, pero, hasta que lo haga, ¿qué?

¿De verdad piensa que puede dejar correr seis meses en la vida de un niño, volver y pretender que todo siga como siempre?

¡Son niños! Crecen tan rápido que seis meses, para ellos, son una eternidad.

—¿Me oyes, Maria Giulia?

—¿Mmm?

Miro a mi tía, que pone los ojos en blanco, dejando claro que me soporta tan poco como yo a ella.

—Cuando esto te venga grande, porque te vendrá, créeme, avísame. Me encargaré de limpiar el desastre que mi hija y tú dejéis a vuestro paso por la vida del niño.

No lo digo, pero que me compare con Fiorella me duele.

Repito, no soy una persona madura y responsable.

No lo he sido la mayor parte de mi vida, pero incluso siendo un poco caprichosa, mimada y alocada, sé que nunca dejaría a un hijo de esta forma.

Y ya, ya sé que no tengo hijos, pero simplemente lo sé, del mismo modo que sé que no abandonaría un cachorrito en una gasolinera.

La despedida con Bianca y Giorgio es tensa, el niño está tan recto y serio que apenas abre la boca y, cuando por fin se van, relajo los hombros y me agacho abriendo los brazos en dirección a Giuliano.

Me sorprende lo rápido que corre hacia mí.

Y me sorprende aún más el alivio que siento cuando me alzo con él enroscado en mi cuerpo, abrazándolo con fuerza para que sepa que estoy aquí y no pienso ir a ninguna parte.

—Todo saldrá bien, ¿de acuerdo? No quiero que te preocupes por nada, Giu. Tú solo encárgate de vivir una gran vida.

—Giulia —susurra con la cara escondida en mi cuello.

—¿Sí, cariño?

—Es «Giuliano».

Bufo y me río, porque es un niño increíble, pero también algo estirado, y eso lo hace aún más genial.

Le hago algunas cosquillas que le hacen reír y luego lo bajo y me ocupo de preparar unas tortitas sin azúcar que acompañamos con un poco de miel y frutas, todo guiado por él, porque si hubiera sido por mí habríamos desayunado Nutella a cucharadas del bote.

Preparo su mochila bajo su atenta mirada y, cuando estamos a punto de marcharnos, mis padres aparecen en la cocina por fin.

—Ay, gracias a Dios —murmuro—. Tenéis que llevarnos al cole. Es el primer día y no quiero atropellar a nadie. Eso causaría una imagen terrible.

—Por supuesto, no te preocupes por nada. Iremos juntos, como una gran familia, y nos presentaremos al director del colegio para que sepa que Giuliano sigue en buenas manos.

—¿Significa eso que habéis pensado en mi petición y vais a quedaros? —pregunto esperanzada.

Ayer les pedí por activa y por pasiva que no volvieran a Italia todavía; les expliqué que no puedo con la ansiedad que me genera quedarme todo el tiempo a solas con Giuliano.

Y no es por él, que prácticamente podría cuidarse solo, visto lo visto, sino porque me temo a mí misma.

En cualquier momento podría producirse un episodio como el del espresso , y yo ni me daría cuenta de que estoy envenenando al niño.

—De momento, nos quedamos. Pero en cuanto lo tengas controlado nos marcharemos a Italia. Estar aquí me pone nervioso. Y tengo negocios que atender.

Miro a mi padre más agradecida que en toda mi vida y voy hacia él para abrazarlo con cariño, porque sé bien lo difícil que le resulta estar en esta casa a la que se había negado a volver desde que murieron mis abuelos.

Y también sé que es cierto que tiene sus negocios, aunque normalmente los lleva a distancia sin problemas.

— Ti amo tanto . ¡Tanto tanto tanto!

— Ti amo molto di più, principessa —responde él besándome las mejillas—. Y ahora vamos al colegio. ¡Tenemos que causar sensación! ¿Verdad que sí, piccolo ?

—Vale, pero no habléis italiano en el cole.

—¿Y eso por qué? —pregunto ofendida—. ¡Somos italianos! ¡Eres italiano!

—No, yo soy de Valdelila.

Mi padre se lleva una mano al corazón, porque sus raíces españolas le encantan, pero las italianas lo llevan en volandas constantemente.

—¡Puedes ser de los dos sitios! ¿Sabes la suerte que tienes? Tienes sangre poderosa en las venas, piccolo . —Giuliano lo mira frunciendo el ceño y mi padre suelta un quejido lastimero antes de mirar a mi madre, que intenta aguantarse la risa—. Tenemos mucho trabajo por delante. Mucho mucho mucho.

Me río y los insto a salir de una vez de casa, porque llegar tarde el primer día que somos los encargados de su cuidado no es algo que vaya a hacernos ganar puntos.

Y bien sabe el cielo que necesitamos tantos puntos como sean posibles, ya que todavía no me he enfrentado a nadie de mi pasado en Valdelila, pero algo me dice que hay gente en este pueblo que no va a estar feliz de verme.