7. León
León
Abro la puerta de la camioneta y miro a mi perro, que a su vez me observa con la lengua fuera y la cola dando bandazos de un lado a otro, ansiando una orden que, por lo general, detesta cumplir.
—Venga, Bambi, sube.
Todavía me cuesta no fruncir el ceño cuando lo llamo por su nombre.
Y todavía sospecho seriamente que, el día que mi sobrina me convenció para ponérselo, yo estaba sufriendo un aneurisma.
De otra forma, no entiendo que un pastor alemán que parece un lobo gigante haya acabado llamándose como un cervatillo huérfano.
—Te lo digo en serio. Sube a la maldita camioneta —le ordeno.
Él inclina la cabeza hacia un lado y yo aprieto los dientes.
Pienso tener una conversación muy seria con Samuel, mi cuñado, por varios motivos: el principal es que él fue quien me lio para que me quedara con Bambi, y el segundo, que me prometió que el bicho aprendería órdenes básicas en menos de seis meses.
Me agacho, cojo en brazos la masa de 35 kilos y lo meto en el coche mientras él se limita a dejarse arrastrar.
Por lo menos no es de gruñir. Lo suyo es más de hacerse el muerto y verte lidiar con ello.
Cierro la puerta cuando por fin está dentro, rodeo el coche, subo y, antes de arrancar, le hago una foto a Bambi y abro el grupo de WhatsApp familiar.
L EÓN
(Foto) He tenido que meterlo a rastras en el puto coche porque no hay forma de que obedezca. ¿Cómo era eso de que aprendería tan rápido que ni me daría cuenta de que tenía un perro?
M AMÁ
Ay, cariño, es tan adorable que se le perdona todo.
L EÓN
No quiero un chucho adorable. Quiero un chucho que obedezca. Hoy ha salido corriendo y no lo han atropellado de milagro. Esto es culpa vuestra.
A BIGAIL
¿Está bien? No me jodas. ¿Te consigo un perro con el que soñaría cualquiera y te dedicas a dejar que lo atropellen?
Mi hermana, señoras y señores. Es mi enemiga número uno y una tocapelotas, así que su respuesta no me sorprende.
M AMÁ
¿Está bien el pequeño Bambi? No me apetece tener que explicarle a Bella que el perro se ha muerto. La semana pasada tuve que hacer un entierro para una cucaracha. Tener nietos es agotador.
Inspiro hondo e intento calmarme. Mi madre es un alma caritativa, pero solo hasta que empezamos a dar tanto trabajo que se estresa. Entonces se enfada y empieza a acusarnos de ser unos malos hijos.
L EÓN
Abigail, el chucho te lo dejaron en una caja en la puerta de casa junto con dos más. Tú no has conseguido nada, salvo arruinarme un poco más la vida.
P APÁ
En mis tiempos, si uno no quería un perro, lo llevaba al río y...
Ese es mi padre, práctico hasta la médula, incluso cuando mete la pata hasta el fondo, como ahora.
A BIGAIL
Qué aberración, papá, joder.
P APÁ
No he dicho que yo lo hiciera. He dicho que es lo que hacían.
M AMÁ
Lo verdaderamente importante es saber quién ha intentado asesinar a Bambi.
L EÓN
Una loca que conduce como si una pandilla de monos la hubiera drogado, maniatado y vendado los ojos antes de ponerla al volante.
S AMUEL
Te veo estresado, cuñado. No habrá sido para tanto.
Aprieto los dientes. Samuel está locamente enamorado de mi hermana, aunque yo no entiendo por qué, y piensa que todo lo que ella dice o hace es una idea maravillosa, lo que lo convierte de forma automática en mi enemigo número dos.
L EÓN
Me ves estresado porque estoy estresado. Y la culpa es tuya. Y de tu mujer, que por desgracia también es mi hermana.
A BIGAIL
Menudo imbécil estás hecho. Casi me da pena la conductora con la que te has topado.
L EÓN
No debería. Creo que ha secuestrado a Giuliano.
Las reacciones a mi último mensaje son varias y todas completamente exageradas.
Mi hermana organiza una videollamada familiar y me grita como una histérica; mi madre llora porque «ya sabía yo que algún día la desgracia llegaría a Valdelila en forma de secuestro infantil»; mi padre me mira a través de la pantalla con el ceño fruncido, aunque solo le veo un trozo de cara porque ese hombre no ha aprendido aún a enfocarse con el móvil, y mi cuñado parece tan calmado que no sé qué coño pinta en esta familia.
Y esto último lo pienso más a menudo de lo que me gustaría.
—¿Giuliano? ¿El de Casa Lavanda? —pregunta Abigail.
—Este pueblo tiene menos de mil habitantes y Giuliano es un nombre italiano. ¿Cuántas posibilidades hay de que se trate de otro?
—No seas idiota, ¿quieres? —me responde ella—. Más de lo que ya es normal, quiero decir. Escúpelo todo. ¿Qué ha pasado?
Me retrepo en el asiento del coche con un suspiro. Me apetece contarles todo esto tanto como dejarme matar a pellizcos, pero me lo merezco por irme de la lengua. Tendría que haberme quedado callado y punto, pero la tal Giulia me ha puesto de mal humor.
—Al parecer, Fiorella se ha largado y ha dejado a su hijo a cargo de unos familiares.
—¿Cómo que se ha largado? —suelta mi madre estupefacta—. ¿Adónde?
—¿Y yo qué coño sé?
—Cuida la boca, muchacho.
—¿Cómo se llaman los familiares? —quiere saber Abigail.
—Luca, Mariella y Giulia. La última es la loca al volante. —El grito de mi hermana me hace apartarme el teléfono de la cara, y eso que no lo tenía tan cerca—. ¿Qué?
—¿Giulia del Valle está aquí?
—¿La conoces?
—¡Todo el mundo la conoce, zoquete! Es una leyenda local. O lo fue, hace unos años.
—Todo el mundo, no. Yo no la conozco.
—Eso es porque tú viviste fuera de Valdelila durante sus años de gloria. Fiorella y ella veranearon aquí hasta que fueron adolescentes. Después solo volvió Fio, cuando se quedó embarazada de Giuliano. De su prima nadie supo nada... hasta ahora.
—Oh, Dios. ¿Fue ella la que...? —pregunta mi madre.
—Sí. —Mi hermana se ríe como una histérica—. La que nos robó un caballo en plena noche.
—No jodas. ¿Fue ella? —exclamo—. Pero ¡si es muy joven! Y de eso hace años.
—Bueno, es más joven que yo, pero por aquel entonces apenas era una adolescente.
Tal vez no conozca a Giulia, pero sí que recuerdo esa historia, porque se formó un revuelo increíble en el pueblo.
Yo estaba fuera, inmerso en mi carrera y sin pensar en nada que no fueran mis metas.
No preguntaba por lo que ocurría en Valdelila porque, sinceramente, no me importaba.
El cotilleo nunca ha sido lo mío. Pero aquello voló como la pólvora.
Mi padre estuvo un montón de tiempo refunfuñando acerca de lo indignante que era que una chiquilla rebelde fuera capaz de robar un caballo así como así.
Supongo que es la razón por la que ahora está gruñendo al teléfono.
—¿Esa mocosa ha vuelto?
—Ya no debe de ser ninguna mocosa, papá.
—Mi hermana sigue riéndose. Por lo visto, encuentra toda esta situación tronchante—.
Rondará los veintitantos. La última vez tenía mechones fucsias en el pelo e intentaba convencer a las chicas de Valdelila de hacerse lo mismo.
Lo logró con un par. Lo sé porque aquello también fue motivo de conflicto.
Tengo curiosidad por verla. ¿Cómo es ahora?
—Me quedo mirando la pantalla, intentando asimilar toda la información—. ¡León!
—¿Qué?
—¿Cómo es ahora?
—No sé. Normal, supongo.
—El que no es normal eres tú —murmura mi hermana—. ¡Cuenta algo más, hijo!
—¿Qué quieres que te cuente? No me he fijado en ella más allá del hecho de que pensaba que era una secuestradora.
Para ser totalmente sincero, eso es una patraña.
Primero, porque he tardado menos de un segundo en darme cuenta de que esa chica no iba a hacerle ningún daño a Giuliano.
Todo lo contrario: parecía dispuesta a defenderlo con su vida.
Y segundo, porque claro que me he fijado en ella.
Es difícil no hacerlo, con todo ese pelo castaño alborotado alrededor de sus hombros, esos ojos avellana que parecían brillar cuando el sol le daba de frente y esa boca roja y mullida.
Tal vez Giulia del Valle sea un mal recuerdo para Valdelila, pero eso no quita que sea preciosa.
—Tengo que investigar más acerca de todo esto —dice mi hermana—. Si ahora es ella quien cuida de Giuliano, junto con Luca y Mariella, que son sus padres, mañana irán al colegio. Alguien tiene que llevar al crío.
—Uy, pues mañana vamos juntos a llevar a Bella —dice Samuel.
—Yo también voy —se suma mi madre.
—Pienso decirle unas palabras a esa mocosa, así que yo también voy. —Mi padre toca algo y la pantalla queda en negro, pero se le ha oído perfectamente.
Miro a mi familia a través de mi teléfono. Están pirados.
—¿De verdad pretendéis plantaros en la puerta del colegio para avasallarla solo para cotillear?
—No, perdona. Para cotillear, no —aclara mi hermana—. Se llama «recopilación informativa por el bienestar de Giuliano». Que bastante tiene ese pobre niño con la madre que le tocó. A ver si, con un poco de suerte, su tía se esfuerza más por integrarlo en el pueblo.
—Ya, y una mierda. Solo quieres ver cómo está Giulia después de tantos años.
—Eso también. ¿Te vas a apuntar?
—Ni muerto. Tengo un millón de cosas mejores que hacer que forzar encontronazos con esa loca.
—Como quieras. Entonces te lo contaré todo cuando te vea.
—No hace falta, créeme —contesto en tono seco—. Y ahora dejadme en paz. Voy a volver a casa y no quiero saber nada de vosotros en todo el día.
—Como quieras, cariño —dice mi madre—. Te veo para la comida.
—¿Qué parte de que no quiero saber nada de vosotros en todo el día no entiendes?
—¿Qué parte de que es domingo y como no vengas a comer a casa te desheredo es la que no entiendes tú?
Mi madre sonríe como la sádica que es y yo frunzo el ceño y cuelgo sin despedirme. Tiro el teléfono sobre la guantera y miro a Bambi con la frustración brotándome del pecho.
—Sé que me quejo mucho de tu compañía, pero en realidad eres, con diferencia, el mejor miembro de esta familia.
No sé si el ladrido que me dedica es porque está de acuerdo o no, pero sé que me hace sonreír mientras emprendo el camino de regreso a casa.