6. Giulia
Giulia
Los bordillos son una mala obra de Dios. Ya está, ya lo he dicho.
De hecho, se lo digo a mis padres justo antes de mirarlos.
Mi madre está repentinamente blanca y no entiendo por qué.
Quitando el hecho de que casi nos caemos por el puente que atraviesa el pueblo, no lo he hecho tan mal.
Mi padre tiene un brazo sobre la silla de Giuliano, a pesar de que el niño está atado.
Por cierto, el crío es el único que no me mira raro.
—Cielo, creo que los bordillos están ahí para que tú no atropelles a la gente —murmura mi madre.
—Puf, bobadas —les digo—. ¡Están aquí para hacérmelo todo más difícil! —Doy marcha atrás con la intención de bajar de la acera en la que, al parecer, no debería haber subido—. Si las calles fueran más anchas...
—Hablaremos con el alcalde y pondremos una queja oficial, cariño.
—¡Por lo que más quieras, Luca, no la animes! —exclama mi madre.
—Oye, un poquito de respeto —le digo a ella ofendida—. Al menos él cree en mí.
—Siempre, cariño. Siempre. Solo una cosita: lo que me dijiste sobre no tomar mis medicinas naturales hasta por la noche... ¿sigue en pie?
Lo que él llama «medicinas naturales» es en realidad marihuana, pero tiene la poca vergüenza de llamarlo así constantemente.
Aunque, por primera vez en mi vida, lo agradezco, porque así nos ahorramos que Giuliano aprenda cosas que no debe.
Por esa misma razón, ayer aproveché un momento a solas con mis padres para pedirles que mantuvieran las formas delante del niño y que, en la medida de lo posible, limitaran sus «actividades recreativas» a la noche, cuando Giu ya no pudiera ser testigo de ellas.
—Sí, papá. Por supuesto que sigue en pie. ¿Qué pasa? ¿No puedes estar en este coche sin tus mier... medicinas naturales? —me corrijo a tiempo de ver a Giuliano mirarme fijamente.
—¿Qué son tus medicinas naturales? —pregunta el niño.
—Son cositas que toma el abuelito para ser más feliz.
—Tú no eres mi abuelito.
—Soy mejor que tu abuelito y, además, como es mi hermano, eso hace que yo pueda ser tu abuelito también.
Yo creo que el niño ya tiene bastantes cosas que asimilar con esto de que su madre se haya largado y lo haya dejado conmigo, y estoy a punto de decírselo, pero entonces veo que Giu vuelve a hacerlo: sonríe de un modo tan relajado que me arrugo por dentro.
—Vale. Me gusta tener un abuelito simpático. Isabela tiene uno así.
Ya está. Así de fácil ha conseguido mi padre que el niño lo adore.
Razón de más para insistir en que no se vayan hasta que todo esto acabe, pero ahora no puedo pensar en eso.
Estoy muy ocupada sacando este trasto de la acera.
Los adoquines de Valdelila son irregulares y hacen que el coche tiemble.
Mis acelerones no ayudan, desde luego, pero entre eso, que mi familia no se calla y que el coche chirría, es lógico y normal que no oiga los gritos hasta que son muy muy altos.
—¡Que pares, joder!
Freno en seco a tiempo de ver por el retrovisor que el coche ha quedado a un escaso centímetro de un perro que, más que perro, parece uno de los lobos de Crepúsculo . Sería aterrador si no fuera porque tiene la lengua fuera y jadea con lo que parece ser una sonrisa. ¿Los perros sonríen?
—¿A ti qué hostias te pasa en la cabeza?
No ha sido el perro, sino el dueño. Qué mala suerte que el coche sea descapotable, porque el hombre que se acerca intimida muchísimo más sin un techo que me haga de escudo.
Es altísimo, eso no ayuda, pero es que casi parece que esté encima de mí cuando se pone al lado de la puerta.
Y conste que, en otro momento, no me habría importado tenerlo encima de mí, porque tiene los hombros anchos, un pelo que no llega a ser largo pero tampoco corto, a capas y en ondas desordenadas que le caen sobre unos ojos oscuros e impresionantes, barba de varios días y.
.., Dios mío, está buenísimo. Ya podría haber estado a punto de atropellar a un abuelito.
No es que tenga yo algo en contra de los abuelitos, pero no me ponen tan nerviosa como los tíos así de.
.., bueno, así de increíbles, aunque este tenga la frente arrugada y me mire como si acabara de tirar un saco de gatos al río, quemar un hospital y declararme enemiga del pueblo. Todo en el mismo día.
—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunto como si nada.
—¿Que si pued...? ¡Puedes no atropellar a mi perro, para empezar!
—Casi. Casi atropellar. He parado justo a tiempo y lo veo bastante sanote —puntualizo mirando al perro.
Mala idea. El bicho lo interpreta como una señal, se acerca y coloca las patas sobre la puerta, haciéndome dar un respingo.
—Escucha, no sé quién eres ni cómo se hacen las cosas en el sitio del que vengas, pero aquí conducimos por las calles, no por las putas aceras. ¡Y miramos antes de dar marcha atrás!
—¿Te crees que lo he hecho a propósito? —pregunto fuera de mí—. ¡Ni siquiera estoy segura de cómo he conseguido llegar aquí viva, así que deja de atosigarme, apártate del coche y no digas palabrotas, porque hay un niño al que no le gustan nada, joder!
—Acabas de decir una.
—¿Qué?
Bufa y mira al cielo, como si no pudiera creerse su mala suerte al toparse conmigo.
Estoy a punto de decirle algo, una grosería lo bastante potente como para que me deje en paz de una vez, pero entonces mi nuevo amigo ve a Giuliano, centra los ojos en él y tengo que reconocer que, de inmediato, su postura se relaja un poco.
—Hola, Giuliano —le dice—. ¿Cómo estás? ¿Y qué haces aquí?
—Bien. Es que mamá se ha ido —responde el crío.
Joder, no había cosas para decir y elige la más problemática.
El dueño del perro se agacha un poco, poniéndose las manos en las caderas y dejándome ver los hombros tan increíbles que tiene. La culpa es de la camiseta deportiva sin mangas. Esas cosas dejan ver los músculos y así una no piensa con claridad.
—¿Adónde se ha ido?
—No sé. Lejos. Ahora vivo con Giulia. Y con ellos —explica el niño señalando a mis padres—. Él es mi nuevo abuelito, porque mi abuelito de verdad no me gusta. Y mi abuelita de verdad me da miedo. Se llaman Luca y Mariella.
Creo que es la frase más larga que Giuliano ha dicho desde que yo llegué ayer.
Insisto, podría haber elegido otro tema, otras palabras y otro receptor para su mensaje, pero aquí estamos y, al parecer, no puedo ir a ninguna parte porque, si meto primera y me voy ahora, a lo mejor le pillo los pies al buenorro borde. O las patas a su perro.
Lo primero no me importaría, pero lo segundo me daría mucha pena.
—¿Qué demonios...? —murmura el tipo antes de mirarme—. ¿Has secuestrado al niño? Porque si es así pienso llamar a la policía y... No, ¿sabes qué? La voy a llamar ahora mismo. —Se endereza y saca un móvil de su bolsillo al mismo tiempo que la ansiedad me carcome.
—¡Oye, para de una vez! —Abro la puerta y no me importa lo más mínimo que, con el movimiento, esta se estrelle contra su entrepierna, arrancándole un gruñido que me llena de satisfacción—.
Ni se te ocurra llamar a la policía porque aquí nadie está haciendo nada malo.
¡Salvo que ser un imbécil se considere ilegal en este pueblo!
En ese caso, el que se irá detenido serás tú.
—Calma, por favor, calma —dice mi madre bajando del coche también—. Querido, lo siento mucho por todo este embrollo, pero es una confusión de nada. Verás, somos familia del pequeño Giuliano.
—Exacto —corrobora mi padre—. De hecho, Casa Lavanda es mía.
«Casa Lavanda» es como llamamos a la finca desde siempre. Incluso hay un pequeño letrero en la entrada, junto al buzón, que así lo indica.
—Esa casa es de Fiorella y su familia —dice el idiota de pelo bonito.
—Sí, Fiorella es mi sobrina —insiste mi padre antes de bajar del coche y ofrecerle una mano con simpatía—. Soy Luca del Valle. Ella es mi esposa, Mariella, y ella mi hija, Giulia. A Giuliano ya lo conoces.
—Es al único que conozco, en realidad —susurra antes de mirar al niño—. ¿Es cierto, Giuliano? ¿Son tu familia?
—Sí. Ahora vivo con ellos porque mamá se ha ido.
Definitivamente, el abandono temporal de su madre ha causado más estragos en el crío de lo que él mismo se permite mostrar. Y apenas hace un día que se marchó. Algo tendremos que hacer con esto. Tendré que hacer yo, en primera persona, porque se supone que soy la encargada, ¿no?
—Oye, chico, ¿y por qué no te desato de esa silla y te vienes a casa conmigo mientras aclaramos esto? —le pregunta el desconocido.
—Si tocas a ese niño, te arranco la cabeza.
No sé de dónde me sale la voz tan grave, pero me sale.
El susodicho vuelve a mirarme y no me pasa inadvertido el repaso que me da.
Empieza en la cabeza y acaba en los pies.
Me encantaría que estuviera pensando en lo sexi que le parezco, pero, seamos sinceras, tiene más cara de estar pensando que a su lado soy un pitufo y podría tumbarme con un solo dedo si quisiera.
—¿Estás amenazándome?
—Estoy advirtiéndote que, si tocas al niño, te arranco la cabeza.
—Eso es una amenaza.
—«Consejo», me gusta llamarlo a mí.
Eleva una ceja y se acerca un paso. Mierda, es alto de verdad. Se pasa del metro noventa, fijo. A mí no me dejaron ser modelo por no llegar al metro setenta... y no llegaba por casi diez centímetros. Al parecer, hoy todo van a ser problemas.
—Como hayas secuestrado a ese niño, me encargaré de que el pueblo entero se te eche encima como si fuera una caza de brujas, y yo mismo llevaré la antorcha más grande. ¿Lo entiendes?
—Perfectamente. ¿Entiendes tú que, si lo tocas, te arranco la cabeza?
—Sí, lo has dejado claro y, aunque me encantaría comprobar si eres capaz de hacerme aunque solo sea un arañazo, he cubierto el cupo de aguantar a chicas locas por hoy, así que voy a coger a mi perro y voy a marcharme a casa para hacer unas llamadas.
—¿Unas llamadas a quién?
—Ya sabes. Aquí y allá. Veremos si es verdad que no has secuestrado al niño.
—¿Te crees que, si fuera así, estaría paseándome por el pueblo con un descapotable amarillo que perteneció a mi abuelo y que debe de conocer todo el mundo? ¿Acaso todo lo que tienes de grande lo tienes de tonto?
—¡Eh, no me insultes!
—¡No me insultes tú a mí, joder!
—¡Has dicho una palabrota otra vez! —grita Giuliano.
Cierro los ojos y aprieto los dientes, más tensa y estresada que en toda mi vida. Miro a Giuliano, que sigue en su sillita mientras mis padres, fuera del coche, intentan controlar el tenso ambiente. Sonrío, no sé ni cómo, y señalo al dueño del perro.
—Cariño, dile a este señor tan amable que muchas gracias por sus palabras, pero que ya puede largarse.
—Ya puedes irte, León —le dice Giu obediente.
—¿«León»? —Miro al hombre con las cejas elevadas y una sonrisa de lo más socarrona en mis labios—. ¿En serio? ¿«León»?
—¿Tienes algún problema con la gente que se llama León?
—Solo si rugen tanto como tú.
Para mi satisfacción más absoluta, León gruñe y a mí se me escapa la risa porque, de pronto, enfadarlo es más divertido que frustrante.
—Conduce con cuidado o haré que te quiten el coche.
—¿Harás que me quiten el coche o el niño?
—¡Las dos cosas!
Se da la vuelta y se va mientras miro su ancha espalda y el modo en que el perro se adapta a su paso de inmediato, sin palabras ni orden, como si se tratara de una extensión de su cuerpo y lo natural fuera ir pegado a su lado.
—Dios, qué hombre...
—¡Mamá! —exclamo.
—¿Qué? Hija, no me negarás que está..., uf.
—La verdad es que sí que está buenísimo —murmura mi padre.
Me río y me froto los ojos, porque no es ni mediodía y ya estoy completamente exhausta. Vuelvo al coche y me giro para mirar a Giuliano.
—Oye, ¿de qué conoces a León?
—Es el tío de Isabela.
—¿Isabela?, ¿la niña que te obliga a jugar?
—Ajá.
—Ahora voy entendiendo algunas cosas —musito—. Al parecer, Isabela y su tío necesitan que alguien les ponga límites.
El niño no responde; creo que es porque no me oye o porque está distraído con el tropezón que mi padre ha dado para volver a entrar en el coche.
En cualquier caso, arranco de nuevo e intento tener todo el cuidado del mundo para no atropellar a ningún otro perro, porque ya he tenido suficientes dueños bordes por hoy.