Giulia, el amor y un puñado de lavanda 5. Giulia #2
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5. Giulia #2

Después de eso consigo, por fin, que se ponga la ropa que le doy.

Luego lo peino un poco con agua y le pongo las zapatillas deportivas de último modelo que mi prima le compró.

Está guapísimo. Es un niño precioso, listo y sensible, se ve a leguas, y por un instante me invade la rabia.

¿Cómo ha podido Fiorella hacer esto? ¿Cómo ha podido largarse y dejarlo aquí sin más?

¡Conmigo! Dios, si quisiera a su hijo lo dejaría con cualquiera antes que conmigo.

Detengo la avalancha de sentimientos. No serviría de nada dejarme llevar por ellos, porque Fiorella no va a volver solo porque yo me enfade, así que me recompongo y voy a prepararme para salir yo también.

Me visto con un pantalón corto vaquero y un top sin mangas, me cepillo el pelo a toda prisa sin fijarme demasiado en las ondas que caen por todas partes.

Lo llevo largo, castaño y con hebras doradas que a veces parecen mechas, aunque son reflejos naturales.

Es un pelo bonito, pero aun así cojo una goma de pelo y me la pongo en la muñeca porque es posible que, en un rato, me moleste.

Me pinto los labios de rojo, como cada día desde que tengo memoria, ya que hay algo en el rojo que me aporta seguridad, aunque odie reconocerlo.

Y todo eso lo hago mientras Giuliano me mira atentamente porque, al parecer, no piensa despegarse de mí.

No sé si planea ser mi sombra durante los próximos meses o solo hasta que Bianca se largue, pero imagino que lo descubriremos pronto.

Salimos de la casa, nos dirigimos al garaje y es ahí donde me encuentro con el primer problema: el coche de mi abuelo; un BMW con más años que yo, amarillo como el sol, descapotable y sin aire acondicionado, que yo recuerde.

Sería la solución perfecta para llegar hasta el pueblo.

.., si no fuera porque yo conduzco como el culo.

De verdad, conduzco tan mal que, cuando Fiorella me contó que estaba usando este coche, le dije que yo jamás tocaría un vehículo que había sido un tesoro para mi abuelo.

Pero aquí estamos, teniendo que desplazarnos y sin otro medio de transporte a nuestra disposición. A no ser que...

—¿Sabes montar en bici, Giu?

—Es «Giuliano». Y sí.

—¿Crees que puedes llegar al pueblo pedaleando?

—Mmm. —Se rasca la cabeza y niega—. Está lejos y hace calor.

—Por lo menos eres sincero —murmuro—. Está bien, iremos en este monstruo amarillo.

—¿Por qué lo llamas así?

—Porque algo me dice que va a convertirse en mi peor pesadilla.

—Yo a veces tengo pesadillas también.

Lo miro y agradezco en silencio que su comprensión de algunas situaciones todavía sea limitada. Bendita inocencia.

—Oye, colega, ¿esa sillita que veo en el coche es tuya?

—Ajá.

—¿Y sabes atarte solito?

—Ajá.

—¿Y crees que esas correas son fuertes?

—No sé. ¿Por qué?

—Curiosidad —respondo sin más.

Puede que no tenga ni idea de cómo criar a un niño, pero hasta yo sé que no es buena idea confesarle a Giuliano que soy una inepta conduciendo y que no confío en mi capacidad de llegar a Valdelila sin chocar con algo.

Trago saliva y me digo a mí misma que, si no voy muy deprisa, no tiene por qué haber ningún problema.

Subimos al coche, me aseguro —cuatro veces— de que Giuliano esté bien atado, arranco y tardo exactamente doce minutos en salir marcha atrás del garaje.

Para cuando lo consigo, mis padres, que han acabado asomando por allí, aplauden como locos.

Por suerte, no hay nadie más para presenciar mi bochorno.

—¡Eres una campeona, principessa ! —grita mi madre—. ¡Estamos muy orgullosos de ti!

Literalmente lo único que he hecho es arrancar y salir marcha atrás de un garaje. A esto me refiero cuando digo que el exceso de amor puede ser tan perjudicial para un niño como la falta de este.

—¡Shhh! —Los miro mal, pero ellos están demasiado emocionados para notarlo.

—¿Podemos ir? —pregunta mi padre—. Hace mucho que no voy al pueblo y no quiero quedarme aquí solo con la bruja.

Estoy a punto de reñirle, pero Giuliano suelta una risita que me hace mirar atrás de inmediato. Es la primera vez que lo oigo reír, de modo que sonrío y le guiño un ojo.

—¿Tú qué dices? ¿Pueden venir?

—¡Sí! —grita entusiasmado.

Me río y me digo a mí misma que esta es una señal más para convencer a mis padres de que se queden un tiempo conmigo.

Si tengo que estar aquí unos meses, lo mínimo que puedo hacer es rodearme de gente que ya ha criado a alguien antes.

.., aunque ese alguien sea yo. Además, me consta que se lo podrían permitir: tienen dinero de sobra, los negocios familiares se dirigen solos a estas alturas, y su casa en Italia puede soportar permanecer un tiempo cerrada; no es que tengan plantas ni mascotas que mantener con vida.

Cuando al fin se suben al coche, inspiro hondo, meto primera y, antes de pisar el acelerador, me aclaro la garganta.

—Una cosita. ¿Alguno de vosotros sabe o recuerda cómo rezar?

—Uf, ha pasado mucho tiempo —dice mi madre desde el asiento del copiloto.

Mi padre ha subido atrás con Giuliano, que niega con la cabecita.

—Yo no sé.

—Yo me sé el juramento de la Guardia de la Noche.

—No jodas, papá; eso es de Juego de Tronos .

—¡Dijiste que nada de palabrotas! —grita Giuliano.

—¡Dije que lo intentaría! —grito de vuelta—. ¡Mamá, deja de reírte! ¡Papá, deja de hacer el payaso!

—Bueno, hija, entre decir eso o sugerir que llamemos al sobrino del cura para que nos recuerde una oración, he preferido lo primero.

Mi madre vuelve a soltar una carcajada que secunda Giuliano, que no entiende nada, pero se ve que quiere congraciarse con mis padres. Yo apoyo la frente en el volante y tomo aire.

Dios mío. Van a ser unos meses muy largos.