Giulia, el amor y un puñado de lavanda 5. Giulia
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5. Giulia

Giulia

Me concentro en la cafetera italiana que tengo puesta al fuego mientras espero a que el líquido que me va a traer de vuelta a la vida suba. Cierro los ojos cuando oigo a mi tía Bianca, otra vez, enumerar todas las razones por las que su hija ha cometido el mayor error de su vida.

Sin ser yo una gran fan de Fiorella en estos instantes, he de decir que esta señora me tiene completamente agotada y no son ni las nueve, joder, así que no puedo ni imaginarme lo que habrá sido toda una vida con ella.

¿Por qué estoy levantada a esta hora un domingo, escuchando a esta mujer? Es inhumano.

—¿Me estás oyendo, Maria Giulia?

—Créeme, es difícil no oírte —murmuro de mala gana mientras me recojo el pelo en un moño improvisado. Empieza a estar demasiado largo y las ondas se esparcen por todas partes—. ¿De verdad no podríamos hablar de esto dentro de un par de horas?

—No sabes nada acerca de criar a un niño.

—No quisiera yo ofenderte, pero creo que tú tampoco.

—¡Yo crie a Fiorella!

—No, la metiste en internados carísimos que se encargaron del trabajo. Y déjame decirte que, viendo los resultados, fue un dinero más bien tirado. —Mis padres se ríen sin disimulo y yo les sonrío de vuelta—. Os adoro.

—Y nosotros a ti, principessa —dice mi padre—.

En cuanto a vosotros —mira a su hermano y luego a Bianca—, creo que ya habéis cumplido con vuestra parte.

Fiorella dejó muy claro, tanto verbalmente como por escrito, que el trato se mantenía: podéis ver a Giuliano varias veces al año, pero no convivir con él.

—Es absurdo. ¡Esta casa es nuestra! —grita mi tía.

—Tú no tienes nada —digo riéndome—. Esta casa es de mi padre y de mi tío.

—Todo lo de tu tío es mío. Giorgio, díselo.

Mi tío no dice nada, porque está distraído intentando comerse todo el beicon que hay en la mesa. De verdad pienso que este hombre solo come así porque mientras mastica no oye a su esposa.

—La casa es la herencia de nuestros padres —dice mi padre—.

Si accedí a que Fiorella viviera aquí con su hijo fue porque pensé que le daría al niño una buena infancia.

No sé si ha sido así, pero sé que se ha largado dejándolo aquí al cargo de mi hija.

Personalmente, considero que hemos sido muy generosos, pero estamos cansados.

—¿Qué quiere decir eso? —La cara de Bianca adquiere un tono más pálido del que ya es natural en ella.

—Vuestra hija ha disfrutado de esta casa durante casi siete años, contando desde que se quedó embarazada de Giuliano.

Así que lo justo ahora es que Giulia disfrute de la finca como lo ha hecho su prima, y que sea ella quien decida quién puede quedarse y quién no.

Y, por si fuera poco, repito: Fiorella dejó por escrito que las condiciones con respecto a vuestra relación con el niño se mantenían.

No quiere que estéis cerca de él y, si me preguntáis, creo que es lo único sensato que esa chica ha hecho desde que toda esta locura empezó.

Mi madre y yo miramos a mi padre boquiabiertas. Adoro a este hombre en todas sus versiones, pero nadie puede negar que, cuando no está colocado, es más impresionante aún.

—Y entonces, ¿qué? ¿Hacemos las maletas y nos vamos? —pregunta Bianca.

—Básicamente, sí.

No digo más porque, ante la mención de la maleta, acabo de recordar una vez más que yo llegué ayer aquí con una mochila en la que hay dos pantalones, dos camisetas, un vestido, dos tangas y un sujetador de repuesto.

Necesito hablar con mis compañeras de piso y que me envíen mi ropa.

Y ya que estamos, necesito dejar ese piso, porque es absurdo pagar alquiler si no voy a estar.

Me mareo al pensar en las consecuencias de todo esto, así que agradezco muchísimo que el café por fin suba.

Apago el fuego, aparto la jarra y me la sirvo entera.

En teoría esta cafetera hace dos tazas, pero las necesito completas para mí.

Le pongo hielo, un poco de leche y tres cucharadas de azúcar. Y una más de regalo.

—El azúcar puede matar. Lo he visto en un vídeo.

Doy un respingo al oír la voz de Giuliano. Tiene el pelo aún más desordenado que ayer y los ojos hinchados por el sueño.

—Una de las primeras cosas que vamos a trabajar es tu adicción a los vídeos —le digo—. Buenos días, colega.

—Buenos días. ¿Por qué te pones tanto azúcar? Puede matar.

—Te he oído la primera vez, cielo. Mañana intentaré poner menos.

Él me mira dudando de mi palabra y no lo juzgo. Dudo hasta yo. Aun así, poso una mano en su hombro y miro a los cuatro adultos que nos observan atentamente.

—En lo referente a la conversación que estábamos teniendo, ya está todo dicho. Voy a ir al pueblo con Giuliano, así que espero que, al volver, ya no estéis. —Estas últimas palabras se las dedico tan solo a mis tíos.

No me corto en decirlo delante del niño. Él mismo ha admitido que Bianca le da miedo, así que quiero que entienda que yo estoy de su parte y que esa señora se tiene que marchar cuanto antes.

Miro a mis padres, sentados alrededor de la mesa redonda de madera que ocupa gran parte de la cocina.

Siempre me encantó esa mesa. Era donde desayunábamos todos por las mañanas cuando veraneábamos juntos.

Me gustaba sentarme al lado de Fiorella y saber que, en cuanto acabáramos, podríamos ir al pueblo, o al río a bañarnos, o a la inmensa piscina de Valdelila, en la que solían estar los chicos guapos deseando ver a chicas guapas.

Y éramos chicas guapas, eso no podía negarlo nadie.

Sí, adoraba desayunar en esa mesa antes de empezar un gran día de verano, pero lo que más adoraba era contarles a mis abuelos todo lo que había hecho el día anterior mientras la abuela Giulia preparaba la lavanda para secar o el abuelo tomaba café tranquilamente.

En realidad, eso era lo que más me gustaba: estar con ellos.

Vivir con ellos durante todo un verano, porque en Italia apenas los veía más allá de los fines de semana.

Aunque lo de Fiorella era aún peor, porque a ella solo podían verla en vacaciones escolares por culpa del maldito régimen militar al que la tenían sometida en esos internados.

Trago saliva. De pronto, la nostalgia se me anuda en el pecho con fuerza, tironeando de mí e intentando llevarme a un lugar oscuro en el que odio estar.

Un lugar al que procuro no ir nunca, porque ya soy lo bastante impulsiva como para dejarme arrastrar por los sentimientos negativos que a veces me invaden.

Sujeto la mano de Giuliano y lo saco de la cocina después de hacerles una señal a mis padres con la cabeza.

Ellos asienten, de acuerdo con que proceda así y, aunque no tengo ni idea de lo que voy a hacer en los próximos meses, lo que sí tengo claro es que lo primero es asegurar el bienestar de Giuliano.

No sé nada de alimentación, educación o crianza de niños, pero el simple hecho de recordar la infancia de mi prima me ha servido para confirmar que alejarlo de Bianca y Giorgio es una prioridad, así que me dirijo hacia su dormitorio con él y me extraña que, con lo serio y formal que es, no suelte mi mano en ningún momento.

No rechaza el contacto físico, y es bueno saber que en eso no ha salido a su madre, porque mi prima podía ser un témpano de hielo cuando quería.

—¿Y bien? ¿Qué quieres ponerte hoy? —pregunto mientras nos adentramos en su dormitorio y abro las puertas del armario.

No me ha sorprendido comprobar que Fiorella le dio a su hijo la habitación que yo solía ocupar cuando venía aquí.

No es la mejor de la casa, pero tiene unas buenas vistas del valle y los campos de lavanda.

Y, además, está al lado de la de Fio, que es donde he dormido yo.

Tampoco está mal, pero reconozco que he echado de menos mi viejo cuarto.

Seguramente porque es el único pintado en tonos alegres.

Me gustaría decir que lo pintó Fiorella cuando nació Giuliano, pero mantiene el tono lila que elegí yo hace años.

Está renovado, eso sí, ha quitado los pósteres que yo colgué y se nota que lo ha seguido repintando, pero algo me dice que no se ha molestado en preguntarle a su hijo si le gusta o si querría decorar su propia habitación de otra forma.

—¿Qué quieres decir? —pregunta el niño sacándome de mis pensamientos.

—¿Eh?

—Me has preguntado qué quiero ponerme hoy. ¿Qué quieres decir?

—Ah, pues que elijas la ropa que quieres ponerte.

—Pero no puedo elegir. Tengo cinco años.

—Casi seis.

—Mamá decía que no podía elegir hasta que no aprendiera a combinar la ropa.

—¡No tienes que estudiar un máster para combinar ropa, Giu! —Miro el armario y saco un peto vaquero y una camiseta de rayas—. Esto con esto. ¿Ves? Fácil.

—Mamá dice que ese peto solo puede ir con camisetas lisas.

—¿A ti te gustan las camisetas lisas?

—A mí me gustan los dinosaurios. Y los caballos.

—¿Tienes camisetas de dinosaurios o de caballos? —pregunto entonces—. Sin contar la de pijama que llevas. —Él niega con la cabeza.

—Mamá dice que los estampados cutres son para niños cutres.

—Mamá debería meterse la lengua en el culo más a menudo —murmuro sin que me oiga—. ¿Sabes qué? Te vas a poner esta, pero voy a ocuparme de comprarte algo estampado hoy mismo.

—Es domingo.

—Mañana.

—¿En serio?

—¡Pues claro!

—¿Y no es cutre?

Lo miro atentamente. Su manita vuelve a enrollar la tela de su pantalón en un puño. Me agacho frente a él y me encargo de que me esté mirando a los ojos antes de hablar.

—Oye, Giu, sé que mamá tenía sus ideas acerca de la moda, pero las mías son diferentes, ¿vale? Hay unos límites a la hora de vestir, pero son unos límites bastante amplios. Si quieres una camiseta de caballos, me ocuparé de que la tengas lo más pronto posible. Eso no es un problema.

—¿Y si se enfada cuando se entere?

—No lo hará, pero si te quedas más tranquilo, me ocuparé de hablar yo con ella.

—Vale.