Giulia, el amor y un puñado de lavanda 4. Giulia
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4. Giulia

Giulia

El balancín del porche todavía cruje al moverse.

Es una tontería que esté pensando en eso, pero mientras miro las estrellas del cielo de Valdelila, es lo único que me viene a la mente.

Son las once y media de la noche y, después de una tarde horrible de gritos, discusiones y llantos, tengo en las manos los poderes oficiales que me autorizan a hacer y deshacer en la vida de Giuliano.

Los he firmado en modo autómata, sin tiempo ni para ir al baño casi, porque mi prima quería marcharse cuanto antes.

No me ha dado ni un día para pensarlo. La amenaza era clara: Giuliano se quedaba con la malvada Bianca y el inútil de Giorgio.

.. o conmigo. Todavía no sé si ha salido ganando, pero el caso es que ahora tengo un niño. Como quien tiene un tamagotchi.

No es una adopción. Intento recordarme eso constantemente. Son solo unos poderes legales para facilitarme la vida estos meses. Nada más.

Así me lo ha explicado el notario que mi prima ya tenía apalabrado desde por la mañana.

Ha llegado a eso de las siete, con los papeles impresos y cara de querer estar en cualquier otro sitio.

Apenas ha dicho nada, salvo lo imprescindible para que firmara con conocimiento de causa.

Fiorella le ha ofrecido un café, mi tía ha gritado y pataleado un rato más, mi tío se ha mostrado tan implicado como si estuviéramos decidiendo el precio de una malla de naranjas, y mis padres.

.., bueno, ellos tan solo me han dicho que me apoyarían hiciera lo que hiciese. Vaya, lo que han hecho siempre.

A la hora de la cena ya estaba todo firmado, mi prima se había largado y yo tenía entre manos la responsabilidad más grande de mi vida.

Yo, que nunca he tenido ni un perro porque todos sabían que no era buena idea, de pronto soy la encargada de cuidar a un niño.

Es tan absurdo que se me escapa la risa.

Si pudiera llorar, lloraría, pero creo que tengo una especie de problema, porque no soy muy dada a llorar.

No se me da bien. Es curioso, en general se me da bien moverme por impulsos y dejarme llevar por todas mis emociones, menos por aquellas que van unidas al llanto.

Así que, cuando me ocurre algo, simplemente entro en shock y miro a la nada preguntándome cómo demonios he llegado a esa situación.

Justo como estoy haciendo ahora. No tengo ni idea de cómo he acabado aquí.

Ni de cómo voy a salir de esta. Por no tener, no tengo nada, porque todas mis cosas están en otro continente.

Ni siquiera he podido plantearme qué voy a hacer con todo lo que he dejado en Los Ángeles.

Tampoco es que vaya a quedar allí nada muy importante, pero, no sé.

.., ni siquiera me he traído ropa interior para pasar aquí más de dos días, maldita sea.

Levanto el botellín de cerveza que sostengo en la mano y doy un gran trago, intentando que el líquido me ayude a aclararme un poco. Lo sé, es irónico, pero, yo qué sé. Cosas peores se han visto.

—El alcohol mata, ¿sabes? Lo he visto en un vídeo. Si te mueres, voy a tener que quedarme con la madre de mi madre y ya te he dicho que me da miedo.

Me sobresalto y miro a mi lado. En el centro del porche, descalzo sobre el suelo de piedra, Giuliano me mira con los ojos muy abiertos, despeinado y con un pijama de dinosaurios.

—Ey, Giu.

—Es «Giuliano».

—Sí, sí, lo sé. Ven aquí, ¿quieres? Acompáñame un momento.

—Debería irme a dormir. Los niños tienen que dormir mucho para crecer sanos y fuertes. Lo he visto en un vídeo.

—Ves muchos vídeos, ¿eh? —pregunto en un murmullo.

—Sí.

Me río, porque no pretendía que me respondiera. Aun así, estiro el brazo y le señalo el sitio justo a mi lado en el balancín.

—No vas a dejar de crecer por trasnochar un día, te lo prometo. Ven aquí, quiero hablar contigo.

—¿He hecho algo malo?

—Dios, no. Es solo que no te he visto mucho esta tarde y me gustaría saber cómo estás.

—Estoy bien.

—Me alegra oír eso. —El niño se acerca y se sienta en el extremo opuesto del balancín. Cuando cruje se asusta, pero intenta disimularlo a toda prisa—. Dime, Giu, ¿hay algo de lo que quieres hablar?

—Sí.

—Perfecto. Dale. No tengas miedo de soltar lo que sea, soy toda oídos.

—¿Por qué me sigues llamando Giu? Te he dicho muchas veces que me llamo Giuliano.

Me muerdo la mejilla por dentro y lo miro atentamente.

—De todo lo que ha pasado hoy, ¿esa es tu duda más grande?

—Ajá.

—Vale, pues te sigo llamando Giu porque tienes cinco años y siento que Giuliano es un nombre demasiado grande para un cuerpo tan pequeño.

—Ya casi tengo seis.

—Lo sé, colega. Prepararemos una fiesta, ¿vale? Invitaremos a tus amigos y...

—No tengo amigos.

—¿Cómo que no? ¿Y los del cole? —Giuliano me mira con sus increíbles ojos verdes y algo dentro de mí se arruga.

No necesita hablar, lo sé. Puedo verlo todo en esos ojos y, en el acto, odio a cada ser humano pequeñito de Valdelila.

—Solo una niña juega conmigo, pero porque me obliga.

—¿Cómo que te obliga? —Encoge los hombros y yo aprieto los dientes—. Nadie puede obligarte a jugar si no quieres, Giu.

—Es «Giuliano».

—Vale, joder. Nadie puede obligarte a jugar si no quieres, Giuliano.

—No digas palabrotas. Las palabrotas son feas y si las dices mucho, a lo mejor se me pegan. Y si se me pegan vas a tener otro problema más, porque en el cole, cuando dices muchas palabrotas llaman a tus padres, pero como yo ya no tengo, te llamarán a ti.

Joder con Giuliano. Y yo que pensaba que no era muy hablador.

—Punto número uno: tú sí tienes padres. Bueno, tienes madre —puntualizo porque, en efecto, del padre de Giuliano nunca supimos nada.

—Pero se ha ido.

—Unos meses nada más. Y te llamará un montón por videollamadas —le aseguro, aunque, en realidad, mi prima no ha mencionado nada de eso.

El niño no responde de inmediato y se me vuelve a estrujar el corazón, porque quiero tenerle más fe a Fiorella; pero, bueno, aquí estamos, ¿no?

—Si tú lo dices...

—Punto número dos: si me llaman del cole quejándose de que dices muchas palabrotas, iré allí y diré que no te las he enseñado yo, sino... ¿Cómo has dicho que se llama la niña que te obliga a jugar?

—Isabela.

—Diré que ha sido Isabela.

—¡No puedes!

—¿Y por qué demonios no?

—Porque eso sería mentir. ¡Y no puedes decir «demonios»!

—Joder, Giu, qué difícil todo.

—¡Que no digas palabrotas! ¡Y que me llames Giuliano!

—Jod... —Me paro en seco al ver su cara y me cuido mucho de no reírme.

Casi parece un señor mayor encerrado en un cuerpo de niño—.

Vale, perdón. Cambiemos los puntos: intentaré no decir palabrotas, nada de mentir y nada de echarle las culpas a la niña repelente que te obliga a hacer cosas que no quieres. Prometido.

—No tienes que prometerlo, ¿sabes? Las promesas no sirven de nada.

—¿Cómo que no? ¿Eso quién te lo ha dicho? ¿Tu amiguita?

—No, mamá. Ella dice que las promesas no sirven de nada porque nadie las cumple nunca.

Aprieto los dientes. Jodida Fiorella. Me acerco un poco a Giu, apenas nada, pero lo justo para que él acepte mi proximidad sin sentirse acorralado.

Estiro la mano despacio, con la palma boca arriba.

Espero. Y cuando siento el peso pequeño y tembloroso de sus dedos sobre los míos, algo dentro de mí se rompe.

.. o se recompone. No lo tengo claro. Cinco años.

Tiene cinco malditos años. ¿Cómo puede una madre decirle eso a su hijo?

—Mírame, Giu. —Él lo hace. Con recelo y desconfianza, pero lo hace—.

No voy a prometerte que dejaré de decir palabrotas, porque es posible que no pueda dejarlo tan fácilmente y tengas que regañarme algunas veces más, pero te prometo que no te mentiré nunca.

Y te prometo que, cuando yo hago una promesa, es porque pienso cumplirla. Siempre. ¿Lo entiendes?

Asiente con la cabeza, pero más importante aún es el apretón que siento en la mano. Si fuera una mujer dada a llorar, creo que ahora mismo lloraría.

—¿Puedo ir a dormir ya?

—Sí, colega, ve. ¿Quieres que te lea un cuento?

—No, ya tengo casi seis años. Sé leer muy bien yo solo.

—Bueno, aunque sepas leer puedo leerte yo. A mí me encantaba que mi padre me leyera.

—Tu padre es raro.

—Sí —digo riendo—, pero se inventa los mejores cuentos. ¿Quieres comprobarlo? Podemos ir a pedirle uno.

—Está dormido. Estaba roncando cuando he pasado por delante de su puerta.

Sonrío de nuevo. Gracias a Dios, mis padres no se han marchado cuando lo ha hecho mi prima.

Creo que un solo vistazo a mi cara les ha servido para saber que, por ahora, no puedo quedarme sola aquí con Giuliano.

No estoy preparada. Desgraciadamente, mis tíos han debido de pensar lo mismo, porque ellos tampoco se han largado.

—Podemos despertarlo, no es problema —le digo al niño, pero él duda y se muestra receloso, así que decido respetar su espacio. Sonrío y hago un gesto con la mano—. O mañana. Creo que se quedará aquí unos días más. —Al menos, eso espero.

—¿Y la madre de mi madre también?

—Dios, no. A ella tengo que echarla cuanto antes.

—¿Me lo prometes?

Sé que, viniendo de él y después de la conversación que acabamos de tener, esa pregunta guarda mucho más que tres palabras.

Sobre todo cuando veo el modo en que arruga la tela del pantalón estampado con dinosaurios en uno de sus pequeños puños.

Me ablando enseguida y noto un dolor punzante en el pecho.

—Te prometo poner todos mis esfuerzos en conseguir que ella y tu abuelo se vayan cuanto antes.

La sonrisa esperanzada que me dedica Giuliano es lo que hace que por primera vez me plantee que, después de todo, tal vez no he hecho mal al aceptar quedarme con él un tiempo.