Giulia, el amor y un puñado de lavanda 3. Giulia
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3. Giulia

Giulia

—¿Qué demonios estás diciendo, Fiorella?

Podría haber sido yo quien dijera eso, pero ha sido mi tía y, por una vez, estoy completamente de acuerdo con ella. No puedo hablar.

Joder, no puedo casi ni respirar.

—Mamá, no te metas. Tú solo estás aquí porque no quiero que te interpongas luego en mis decisiones con respecto a Giuliano.

—¿Que no quieres...? ¿Qué significa eso?

—Significa que no quiero que te metas en lo que yo ya he decidido y atado.

—¡No has atado nada! No vas a irte y mucho menos vas a dejar a Giuliano con alguien que no sea yo. ¡Giorgio, dile algo a tu hija!

Mi tío, que hasta ahora ha permanecido sentado en el sillón, con las comisuras de los labios ridículamente llenas de azúcar, solo resopla, se pone de pie y me señala.

—Hija, ¿tú has visto a tu prima? Es un desastre. Sé coherente, por favor.

—¡Eh! —exclama mi padre, pero incluso él se ve tan contrariado que no es capaz de decir más—. Un respeto. Mi hija no es ningún desastre.

—Tu hija vive en un cuchitril compartido en Los Ángeles mantenida por vosotros porque no es capaz de hacer algo de provecho con su vida.

—Cuidado, Bianca. —Mi madre emplea un tono de voz acerado y tan frío que se me eriza el vello de la nuca—. Puede que mi hija sea irresponsable, inmadura y un poquito caprichosa...

—A ver, como defensa está siendo... —Pero no puedo decir más, porque ella sigue hablando.

—Puede que esté un poco loca y que no la hayamos criado en internados de élite, pero no es ella la que hace las mayores locuras en esta familia. No fue ella la que se quedó embarazada con dieciocho años, ni la que ahora intenta abandonar a su hijo.

—¡No estoy abandonando a Giuliano! —grita Fiorella llorando—. He hablado con él, le he explicado la situación, le he dicho que mamá no puede más y lo ha entendido perfectamente.

—Dime, por favor, que no le has dicho al niño que no puedes más —murmuro.

Hasta yo, que le di espresso , sé que eso no se debe hacer.

—¡Es que no puedo más! ¿Entiendes, Giulia?

—Está de­satada, sus ojos parecen medio idos mientras intenta fijarlos en mí—.

He encontrado a un buen hombre. Me entiende, me cuida, me ama y quiere enseñarme el mundo.

Tú has vivido en Los Ángeles, has viajado, has acumulado un montón de aventuras, pero ¿y yo?

¡Yo no he hecho nada! Siento que se me ha escapado la vida.

He pasado de estar encerrada en internados a estar encerrada aquí con un bebé y sin tener ni idea de cómo criarlo.

—Lo has hecho así porque has querido —interrumpe su madre—. Te ofrecimos ayuda. Queríamos que os quedarais en Italia.

—¡No iba a permitir que arruinarais también su vida! —chilla Fiorella fuera de sí—. Y no voy a permitirlo ahora, ni siquiera al marcharme. Giuliano va a quedarse con la única persona que puede ayudarle a vivir de verdad. La única en esta familia que vive de verdad.

—¿Y esa soy yo? —pregunto estupefacta. Cuando todos me miran, no puedo evitar reírme, un tanto histérica—.

¡Fiorella, vivo en Los Ángeles porque me lo dijo un chamán!

¡Me presenté a castings de modelos y no mido ni un metro sesenta y cinco!

¡Me hice un tatuaje borracha yo misma que está tan mal que podría haberlo hecho tu hijo!

Joder, soy un desastre con patas. ¿Cómo puedes siquiera pensar que yo soy la persona que debe quedarse con él?

—¿Lo ves? —sigue su madre—. ¡Está loca, hija!

—¡Mi hija no está loca! —grita mi padre—. No en el mismo sentido que la tuya, al menos.

—Papá, te adoro, pero no ayudas —murmuro, aunque casi me dan ganas de reír histéricamente de nuevo cuando me fijo en él y veo que tiene los ojos enrojecidos y las pupilas dilatadas.

Dios mío, ¿cómo puede pensar nadie que, habiendo sido criada por alguien así, voy a ser una buena opción para Giuliano?

—No puedes hacer esto —le digo a mi prima—. No puedes abandonar a tu hijo como si nada.

—No lo estoy abandonando. Solo necesito un tiempo. Unos meses. Cinco. Seis como mucho.

—Fiorella, joder, que no es un perro. ¡Y si fuera un perro tampoco lo vería bien! Es tu hijo, tu responsabilidad.

—Pero lo he hablado con él y lo entiende.

—¿Cómo puedes decir eso? Tiene cinco añitos.

De pronto, se me rompe el corazón por ese niño al que apenas conozco.

Mi prima le va a arruinar la vida, de la misma manera en la que mis tíos se la arruinaron a ella.

Bueno, quizás no de la misma manera, pero el resultado será idéntico: un pobre crío inocente que, tarde o temprano, se convertirá en un adulto roto por culpa de las decisiones de sus padres.

Casi se me llenan los ojos de lágrimas al pensar en mi prima en esos términos, al recordar que ella también fue una pobre niña que ha terminado pagando los errores de otros.

Pero entonces Fiorella interrumpe mis pensamientos.

—Casi seis —me aclara—. Su cumple es en diez días. Le he prometido que le harás la mejor fiesta de su vida. Tú en eso eres una experta. Todavía recuerdo tus cumpleaños.

—Tienes que estar de coña. ¿Vas a largarte diez días antes de su cumpleaños?

—Berni dice que eso le forjará la personalidad.

—¿Quién es Berni?

—Mi novio. Es artista. Pintor. Voy a acompañarlo en una gira mundial —explica Fiorella, y cuando ve nuestras expresiones de incredulidad, añade—: Por favor, tenéis que entenderlo.

Es una oportunidad única, y no es que vaya a marcharme para siempre.

Solo... solo quiero vivir por y para mí, por una vez.

—Me estoy mareando —dice mi tía Bianca.

—Berni es nombre de fracasado —sigue mi tío.

Yo no digo nada. Solo observo a mi prima con la respiración alterada y la mirada más caótica que le he visto jamás.

Trato de ver en ella a la Fiorella del pasado porque, aunque ahora me cueste recordarlo, no siempre fue así.

Cuando éramos pequeñas, era una niña salvaje como yo, alegre y llena de vida.

Era... mi hermana. Pero luego se convirtió en esta Fiorella: la buena, la modosita, la educada.

.. Fiorella, la reprimida. La que estalla cuando menos se lo espera nadie porque está tan contenida que no sé cómo se las ingenia para no romperse en miles de pedazos.

Y aun así, ahora mismo el problema no es que ella estalle —eso me da igual, de verdad—; a mí lo que me está jodiendo es lo egoísta que está siendo con su hijo, después de todo lo que ella misma sufrió por culpa de sus padres.

Se vino aquí, de hecho, porque quería criarlo lejos de ellos, porque son tóxicos y manipuladores.

Bueno, eso su madre; su padre solo es imbécil.

Lo entendí, e incluso entendí que aceptara la condición que le pusieron de dejarla vivir aquí a cambio de ver al niño un mínimo de tres veces al año.

Pensé que Fiorel­la protegía a su hijo así.

Pero ahora, de pronto, pretende largarse y dejarlo con alguien que no está capacitado.

Porque no estoy capacitada, de eso no tengo una sola duda.

—¿Y qué pasa con mi vida? —pregunto con voz estrangulada. En realidad, es lo que menos me importa ahora mismo; mi vida no es... nada, en sí misma. No dejo nada en Los Ángeles. Pero no se me ocurre qué más decir para disuadirla.

—Serán unos meses, Giulia. La última vez que hablamos me dijiste que necesitabas un respiro de tu propia vida. Que tenías que replantearte las cosas porque no conseguías triunfar como actriz ni sentirte plena.

—¡Me refería a unas vacaciones, no a criar a tu hijo! —exclamo. Mierda, con lo poco que hablamos, y precisamente tuve que confesarle algo que ahora ella puede usar en mi contra.

—¡Puedes hacer las dos cosas! ¿Ya no te acuerdas de lo bien que lo pasabas aquí? No se te puede haber olvidado. Créeme, nadie en Valdelila lo ha olvidado —puntualiza con tono acusatorio.

—¿Y eso qué significa?

—Que, en parte, tienes la culpa de que no consiga integrarme aquí. Todo el mundo recuerda lo salvaje que fuiste hasta que dejaste de venir, con quince años. ¡No me quieren por tu culpa!

—Y una mierda, Fiorella. ¡Y una mierda, joder! No puedes decirme que llevas aquí seis años y no te has adaptado porque yo era una niñata haciendo cosas de niñata. ¡Han pasado diez años!

—¡Solo habían pasado tres cuando yo vine! Todo estaba demasiado reciente.

—Pero, hija, ¿qué hiciste tan grave como para que tu prima diga eso? —pregunta mi madre.

—¡Nada!

—Convenciste a algunas chicas del pueblo de pintarse el pelo de colores —dice mi prima porque, al parecer, ahora la conversación gira en torno a mi adolescencia.

—Oh, por Dios. ¿Y eso te parece grave?

—No tanto, pero te liaste con el sobrino del cura.

—No es para tanto.

—¡En la iglesia!

—¡Fue idea suya!

—Las iglesias tienen un punto prohibido que puede resultar morboso —señala mi padre—. Yo eso no lo veo tan criticable.

—¿Cómo no? —murmura mi tía—. ¿Y te extraña que tu hija esté desatada?

—¡No es mi hija la desatada, Bianca! Ni la que intenta abandonar a un niño a su suerte.

—Exacto. Además, por aquel entonces yo tenía quince años —digo ofendida—. No es para tanto.

—¡Robaste un caballo a la familia Lobo! —continúa mi prima.

—¡No lo robé! Solo quería dar un paseo.

—¡No sabías montar!

—¡Créeme, Fiorella, me di cuenta en el momento en que ese maldito bicho me tiró al suelo! Y, de todos modos, ¿qué diablos te pasa? Si tan mala soy, ¿por qué intentas endosarme a tu hijo?

—¡Porque los demás son aún peores! Y porque Giuliano necesita que se le pegue algo de ti.

—¿Algo de mí?

—Es demasiado serio. Demasiado... demasiado estricto de pensamiento. Necesita ver la vida con tus ojos.

—¡Tiene cinco años!

—¡Casi seis!

—¡Dejad de gritar! —nos interrumpe mi madre—. ¿Os dais cuenta de que es posible que el niño esté detrás de la puerta oyéndolo todo?

Es como un jarro de agua fría. La habitación se queda en silencio y las dos nos miramos con la respiración alterada y los ojos brillantes. Ella por las lágrimas y yo por la rabia.

—No pienso hacer esto —murmuro.

—Sí lo harás.

—No puedes obligarme.

—No, pero si tú no te lo quedas, lo harán mis padres. Dime, Giulia, ¿estás dispuesta a cargar con esa culpa?

Mi tía grita algo a lo que mi padre responde con otro grito, pero no los oigo.

Es como si todos los sonidos a mi alrededor se hubieran evaporado, porque lo único que oigo es el retumbar de la sangre en mis venas y mi corazón al galope.

Y todo lo que puedo mirar es la cara desesperada de mi prima mientras aguarda a que acepte su chantaje como si nada.

Esto es injusto, es una mierda inmensa y una completa locura, pero las dos sabemos que, con esas palabras, acaba de salirse con la suya. Porque no, tal vez no conozco a ese niño, pero no voy a permitir que hagan con él lo mismo que hicieron con Fiorella. No voy a permitir que le arruinen la vida.