2. Giulia
Giulia
El murmullo del salón llega hasta mis oídos mientras me adentro en la casa.
La puerta estaba abierta, pero eso no es raro.
O no solía serlo. Cuando veníamos en verano la puerta siempre estaba abierta porque éramos un montón de gente entrando y saliendo constantemente, así que mis abuelos cambiaron la cerradura por una con manivela.
Solo se echaba la llave de noche, cuando todos entrábamos y nos íbamos a dormir.
Recorrer el pasillo de entrada es doloroso, sobre todo porque Fiorella no ha cambiado casi nada.
Pensé que, a estas alturas, habría hecho suyo este lugar.
No sé, no hay fotos de Giuliano y ella por ninguna parte, al menos hasta donde alcanzo a ver.
No es una casa que dé sensación de antigua, pese a los años, pero porque mantiene ese aire rústico que rara vez pasa de moda.
Las lámparas de forja negra, los muebles de madera y los suelos de barro cocido, tan limpios que brillan, son exactamente como los recuerdo de mi infancia.
Es una sensación extraña: como si todo lo que viví aquí hubiera quedado suspendido en el tiempo, esperando mi regreso.
Es absurdo, joder.
El murmullo de las voces aumenta a medida que me acerco al gran salón familiar.
Reconozco alguna que otra risa, incluso la tos seca de mi tío, pero el resto se me mezcla en un zumbido que no termino de procesar.
Me detengo frente a la puerta doble entreabierta y respiro hondo.
No quiero entrar, pero tampoco voy a quedarme en el pasillo.
Puedo hacerlo. Tengo que poder porque, cuando Fiorella me pidió que viniera, parecía realmente preocupada, y siento pánico de que haya vuelto a experimentar uno de esos picos de ansiedad que la descontrolan por completo.
Tal vez hayamos perdido el contacto y no esté de acuerdo con su manera de ver la vida, pero eso no significa que haya dejado de quererla. .. o de echarla de menos.
Giro el pomo de la puerta, la abro del todo, cruzo el umbral y me doy perfecta cuenta de que las conversaciones cesan y todas las miradas se posan en mí.
Busco a mi madre con los ojos y, cuando la veo sonriéndome, trago saliva.
Mi padre, al fondo, junto a la chimenea, tiene los brazos cruzados, pero los descruza en cuanto me ve y los abre mientras se acerca con paso ligero.
— Piccola mia! —grita justo antes de rodearme y apretarme de un modo que me hace cerrar los ojos.
Dios, adoro a este hombre, pero nunca sé cuánto ni de qué forma hasta que lo tengo delante o, como ahora, abrazándome.
—Papá —susurro con voz estrangulada—, ¿cómo estás?
—¡Ahora que estás aquí, muy bien!
— Principessa ... —La voz de mi madre, tras la espalda de mi padre, me hace emocionarme.
Me aparto para poder verla, tan preciosa, dulce y menuda comparada con mi padre, que es alto y corpulento.
Me dejo envolver también por su abrazo y, por un instante, olvido todas las razones por las que tomé la decisión de marcharme a otro país hace un par de años.
Alejarme de ellos fue duro pero necesario.
Mis padres son unos consentidores increíbles; jamás me han puesto ningún límite, ni moral ni económico y, aunque eso me proporcionó una infancia feliz, también me hizo convertirme en una adulta que no tiene muy claro qué quiere hacer con su vida.
Cuando me di cuenta de ello, pagué una cantidad de dinero impresionante (y casi insultante) a un chamán que me dijo que yo había nacido para ser actriz o modelo.
Sin ser muy creyente de nada, aquello me pareció divertido, así que hice las maletas y me fui a Los Ángeles a probar suerte.
.., amparada por el dinero de mis padres, claro, aunque con la idea de ser capaz de mantenerme a mí misma en algún momento.
Y así llevo dos años, haciendo castings y jurándole a mi familia que estoy muy bien viviendo mi sueño cuando, en realidad, no tengo ni idea de qué estoy haciendo exactamente ni hacia dónde me dirijo.
Porque lo cierto es que no consigo encontrar nada que me haga palpitar hasta el punto de creer que he hallado, por fin, mi trabajo soñado. O más importante aún: mi lugar en el mundo.
—Maria Giulia —murmura mi tía, haciendo que cuadre los hombros de inmediato.
Maria Giulia es el nombre que figura en mi partida de nacimiento.
Nada más. Nadie, salvo ella, lo ha empleado jamás, y solo me lo pusieron porque a mi madre le parecía poético.
No puedo criticar sus preferencias, porque he heredado de ella más cosas de las que me gusta admitir, pero toda la familia sabe que siempre me he hecho llamar «Giulia» a secas; lo que pasa es que mi tía tiene tanto veneno dentro que estoy segura de que, si se mordiera la lengua, moriría en el acto.
—Tía. —Sonrío con falsedad antes de mirar a mi tío, el hermano de mi padre. Mi intención era ser estirada y fría con él, pero lo veo comer pasteles de una bandeja que hay en la mesita baja con tantas ansias que me da pereza, así que me limito a asentir en su dirección—. Tío.
No me distraigo midiendo su reacción o fijándome en cómo me devuelve el saludo, porque de inmediato me centro en mi prima. Ella me mira con una mezcla de alivio y culpa que me hace fruncir el ceño al instante.
Hago un barrido por el salón, buscando al chico del que Fiorella debería estar enamorada para cumplir con mi profecía, pero no hay nadie salvo nuestros padres.
Me acerco a ella, que se levanta en cuanto estoy a dos pasos y me abraza con fuerza antes de sollozar, escondiendo la cara en el hueco de mi cuello.
Bueno, no parece una mujer enamorada, eso es evidente, pero a lo mejor es que se ha peleado con su novio perfecto. Eso es normal, ¿no? Los novios discuten, sobre todo con los nervios de los preparativos de la boda.
—Hola, primita, ¿qué tal? —pregunto con una sonrisa, sobre todo porque Giuliano ha entrado en el salón y se ha sentado en el suelo, junto al sofá, intentando mimetizarse con los muebles.
—No sabes cómo he rezado para que llegaras cuanto antes —dice Fiorella gimoteando.
—Bueno, pero ya estoy aquí, ¿verdad? Lista para una reunión familiar de emergencia, tal y como me dijiste.
Espero que haya comida, porque tengo jet lag , resaca y un mal humor que crece por minutos.
—Beso la frente de mi prima y voy hacia el sofá, donde me siento entre mis padres, cruzando las piernas con más dramatismo del necesario—. ¿Y bien? ¿Dónde está el novio?
—¿El novio? —repite Fiorella desconcertada, mientras toma asiento en el sillón orejero que usaba mi abuela para coser los pantalones que no dejábamos de romper.
—Ese con el que vas a casarte. Para eso estamos aquí, ¿no? Para el gran anuncio —insisto—. Vamos, sácalo de la chistera, primita.
—No hay ningún novio —replica mi tía—. No seas ridícula, ¿quieres? Y céntrate, porque claramente aquí pasa algo grave.
—¿Grave? —pregunto intentando ponerme seria.
Sobre todo porque mis padres no parecen estar tomándose a broma esta reunión.
Y mis padres son de tomarlo a broma todo.
De verdad. Todo. Mi madre es la típica que tiene ataques de risa en los momentos más inapropiados, como las reuniones formales o los funerales, y mi padre, por lo general, está deseando aflojarse la corbata y fumar un poco de marihuana mientras alega que su médico se la receta para la ansiedad.
Es mentira. Para la ansiedad le recetaron ansiolíticos, pero él prefiere la marihuana.
Así son ellos: relajados, pasotas y despreocupados.
.. casi siempre. Ahora mismo, por ejemplo, no parecen despreocupados. Y eso me da un miedo tremendo.
—En realidad, sí que hay alguien —dice Fiorella.
—¡Ja! ¡Ahí lo tenéis! ¿Lo veis? Soy adivina. Debería montar una consulta o algo así.
—Quizás tendrías más suerte que con esa pantomima de ser actriz —murmura mi tía.
—Mi hija es una gran actriz, Bianca —contesta mi padre a su cuñada—. Y el día que menos te lo esperes la verás recoger un Óscar, ya lo verás.
Agradezco la confianza, pero igual está exagerando.
Hace dos años que llegué a Los Ángeles y, de momento, solo he hecho un anuncio de crema para picores vaginales.
Mis padres me llamaron llorando para decirme que era el mejor anuncio del mundo.
Ese es el tipo de actitud al que me refiero cuando digo que quizás, y solo quizás, me han dado demasiadas alas.
¿Soy un desastre? Por supuesto. ¿Culpo a mis padres por ello? ¡Pues claro! ¿A quién, si no?
—Ni siquiera voy a responder a eso —dice mi tía—. Fiorella, habla de una vez. Y tú, Giorgio, deja de comer pasteles.
Mi tío tose, lo que hace que un montón de azúcar, o lo que espero que sea azúcar, salga espolvoreada por su boca.
Pongo cara de asco inevitablemente y miro a Giuliano, que se acerca aún más al sofá.
Siento el impulso de sentarme en el suelo, junto a él, pero eso lo pondría en el punto de mira y sospecho que es lo último que él quiere, así que lo dejo estar.
—No hay una forma fácil de decir esto —comienza mi prima.
—¿Cómo que no? Nos dices su nombre, su edad, a qué se dedica y luego nos enseñas una foto —contesto, empeñada en que todo esto se debe a que Fiorella ha encontrado un amor de película.
—¡Que dejes hablar a mi hija! Santo Dios, sigues siendo igual de maleducada que siempre.
—¡Mi hija tiene una educación exquisita! —grita mi madre—. ¡La mejor educación del mundo!
—¡La mejor! —asiente mi padre—. Cuida la boca, Bianca. Y tú, hermano, deja de engullir, joder.
Mi tío bufa y se enzarza en una discusión con mi padre mientras recuerdo, de pronto, por qué mis abuelos eran dados a tener un martillo de madera —de esos de golpear los filetes— siempre a mano.
Cuando no podían soportar más la tensión, golpeaban en la mesa y hacían callar a todo el mundo.
¿Debería ir a la cocina a buscarlo? No sé qué cara pondría esta gente si me viera aparecer con un martillo, pero a lo mejor debería descubrirlo.
—¡He dicho que sí que hay un hombre! —La sala queda en silencio con el grito de mi prima.
Sus padres parecen estupefactos, los míos sonríen encantados y yo estoy muy tentada de ponerme en pie, alzar los dos puños y gritarle a mi tía algo como «¡Chúpate esa!». Pero creo que sería inmaduro incluso para mí.
—¡Me alegro tanto por ti! —empiezo a decir antes de mirar a Giuliano—. ¡Y también por ti, peque!
—¿Por mí? ¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? ¡Porque mamá está enamorada! —No quiero gritarle que ahora va a tener un padre. No sé cómo pueden afectarle esas palabras a un niño, pero igualmente me alegro.
A lo mejor él aún no lo ve del todo, pero tener un referente paterno es importante, ¿no? Para el desarrollo y todas esas mierdas. No sé. No entiendo mucho de niños, pero yo diría que es una buena noticia.
—Giuliano, cariño, ve fuera, ¿quieres? —le dice mi prima—. Tengo que hablar con la familia sobre cosas de mayores.
El niño se levanta y se marcha sin rechistar.
Supongo que ha salido igual de comedido que su madre.
O, más bien, que lo han educado para que sea igual de comedido que ella.
Cuando a mí me mandaban abandonar la sala para que los mayores hablaran, lo hacía de morros o después de montar un espectáculo con berrinche incluido; pero él se limita a cerrar la puerta del salón cuando sale, dejándonos de nuevo a solas a los adultos.
—Hija, ¿cómo que tienes a alguien? —pregunta mi tía entonces—. ¿Quién es? ¿Es de aquí? ¿Del pueblo?
El modo en que dice «pueblo» es lo que hace que la mire mal. Mi tía es la persona más esnob y clasista del mundo. Nadie en la familia entiende qué le vio mi tío de joven, pero pensé que, incluso ella, siendo como es, conseguiría alegrarse por su hija en unas circunstancias como estas.
—En realidad eso da igual —suelta Fiorella—, porque no vais a conocerlo.
—Hombre, digo yo que, si vamos a ir a tu boda, sí que vamos a conocerlo —contesto riéndome.
—Que no hay boda, Giulia. Deja de hablar de eso porque nadie ha dicho nada de boda en ningún momento.
—Pero has dicho que había un hombre y nos has hecho venir hasta aquí y...
—Sí, hay un hombre, pero no vais a conocerlo.
—Y entonces, ¿por qué nos hablas de él? ¿Y por qué estamos aquí? —pregunto—. ¡Yo quiero ver una foto! ¿Está bueno?
—Me voy con él, Giulia. —Mi prima centra los ojos en mí y lo que veo en ellos me da tanto miedo que tengo que apretar los puños.
Agradezco estar sentada, porque creo que me fallarían las rodillas de no ser así.
Se ha desatado. Otra vez. Mierda. Eso es malo. Eso es muy malo. Conozco a Fiorella, sé que se le va la cabeza cuando llega a ciertos límites. Y claramente estamos ante una de esas situaciones.
—¿De qué estás hablando? ¿Te mudas? Pero... ¿y la casa? ¿Y Giuliano? ¿Sabe que os vais?
—Lo sabe. Le he explicado mi versión de la historia y lo ha entendido perfectamente —me dice sin más—. Le he pedido que se vaya ahora porque..., bueno, porque sospechaba que las cosas se pondrían feas. Pero, sí, en resumen, lo sabe.
—¿Feas? ¿A qué te refieres? ¿Y qué es eso de tu versión de...?
—Sabe que voy a marcharme un tiempo y sabe que vas a quedarte con él. Está de acuerdo, Giulia. No te preocupes, ¿vale? Lo he atado todo muy bien.
Miro a mi prima con la boca abierta. He oído sus palabras. Sé que las he oído porque están resonando en mi mente, pero, por alguna razón, no soy capaz de procesarlas. ¿Qué demonios...? ¿Qué cojones significa eso?
—Perdón, pero no te sigo —murmuro.
—Me voy del pueblo, pero Giuliano no. Él se queda aquí contigo.
Fiorella tiene la respiración acelerada y los ojos cargados de lágrimas, e intento por todos los medios entender lo que quiere decirme, pero todo lo que consigo pensar es que esta casa es demasiado grande y parece tambalearse.
Es como si estuviera perdiendo los cimientos.
Estoy mareada. Tiene que ser la resaca. O a lo mejor todavía estoy borracha.
Debe de ser eso.
Ella no puede... Ella no puede estar haciéndome esto.