1. Giulia
Giulia
No tengo tiempo para esto.
O, bueno, tal vez sí tengo tiempo, pero no quiero invertirlo en venir aquí.
Ni siquiera recuerdo con claridad mi última visita a este pueblo, pero sé que solía comprar Betadine en la farmacia para intentar secar mis granos de adolescente a la desesperada y subía cosas a las redes sociales de las que ahora me avergüenzo con toda mi alma.
Aunque, para ser sincera, depende del fin de semana y de la cantidad de alcohol que beba, sigo subiendo cosas a mis redes sociales que dan una vergüenza ajena tremenda.
Y, de todos modos, ese no es el tema: el tema es que no me da buena espina nada de esto. Ni la reunión familiar de urgencia concertada por mi prima Fiorella ni saber que han venido mis padres, y mucho menos los soberbios de mis tíos.
Aunque, en realidad, tengo una teoría. Mi prima se ha enamorado de alguien del pueblo.
Seguro. Y por eso esta reunión de urgencia.
Fiorella es capaz de eso y mucho más; siempre ha sido la modosita de las dos.
La buena, la recatada, la responsable y la niña criada en internados de élite que jamás pierde la compostura.
El problema con ella es que no es nada de eso por voluntad propia; la han reprimido tanto desde pequeña que ha adquirido como dinámica contenerse hasta que no aguanta más.
Y entonces, cuando llega a ese punto, comete una locura y lidia como puede con las consecuencias.
De ahí, por ejemplo, que se quedara embarazada con dieciocho años y decidiera mudarse a este pueblito español ella sola.
Y conste que no la juzgo, porque no sé si es peor su contención o mi irresponsabilidad innata, pero estoy rezando para que, esta vez, el dique se haya roto de un modo sano.
Tal vez esta sensación de que algo horrible está a punto de suceder no es más que mi ansiedad gritando cosas incoherentes.
Si Fiorella se ha enamorado, ¿quién soy yo para no alegrarme por ello?
¡A lo mejor hasta se va a casar! Sería precioso, la verdad.
Ese niño necesita un padre. O no. Yo qué sé.
La última vez que lo vi fue una Navidad en Italia.
Tenía dos años y toda la familia me acusó de querer envenenarlo cuando lo único que hice fue intentar agradarle cumpliendo su capricho.
Lástima que su capricho fuera tomar de mi espresso y yo no tuviera ni idea de que los niños no deben tomar café, por mucho que mis tíos digan que es algo que sabe cualquier persona con un mínimo de sentido común.
Al menos mis padres me defendieron. Claro que eso no es nada extraño: ellos siempre me defienden.
Según mis tíos, lo hacen hasta cuando no deben.
—No recordaba tantas curvas —murmuro tragando saliva para intentar paliar las náuseas.
No es que me maree en el coche normalmente... Es que ayer bebí más de la cuenta, pero no se me puede culpar: de algún modo tenía que infundirme ánimos para coger un vuelo desde Los Ángeles y venir hasta aquí.
—¿Vacaciones? —pregunta el señor del Uber.
Su deducción no es descabellada. Hablo un español fluido, pero mi acento italiano es muy marcado. Incluso tras dos años viviendo en Estados Unidos.
—Algo así —mascullo en respuesta.
—Es un buen pueblo. Tiene unas pozas de agua increíbles y este año, como ha llovido bastante, el río va bien cargado de agua. ¡Incluso las cascadas parecen más vivas que nunca! ¿Las ha visto alguna vez?
—Sí, veraneaba aquí antes, cuando era niña.
—Entonces no necesita que le haga recomendaciones. Unos familiares míos viven aquí; es un buen lugar, aunque esté un poco apartado del mundo.
Decir que esto está un poco apartado del mundo es ser generoso en exceso. Podría definirlo como el valle más recóndito del sur de España y, aun así, me quedaría corta. O puede que esté exagerando por los sentimientos contradictorios que me provoca estar en este sitio.
La verdad es que, visto con objetividad, Valdelila ya es precioso desde que vas llegando.
Las montañas se alzan fuertes y poderosas a nuestro alrededor, y el bosque que nos rodea es cada vez más denso.
Si me fijo bien, puedo intuir retazos del río que divide en dos el pueblo.
Recuerdo que, de pequeña, siempre oía a mis padres hablar de que era como Verona, pero más pequeña. «La pequeña Verona», lo llamaban ellos.
Mi abuelo era español: nació, creció y vivió aquí hasta que se enamoró de mi abuela cuando ella visitó el pueblo durante unas vacaciones.
Según nos contaron siempre, ella era una niña de familia adinerada de Italia viviendo una escapada con amigas del todo inusual, porque en aquellos tiempos las mujeres no solían tener ese tipo de libertades.
Sin embargo, mi abuela siempre fue muy libre y, aunque su familia era bastante tradicional, la apoyaron en todas las decisiones que quiso tomar a lo largo de su vida, incluso cuando se enamoró del chico español que vivía en la finca de lavanda de la que ella se prendó en una excursión.
En resumen, se enamoraron tan rápido y con tanta fuerza que ella le ofreció llevarlo a Italia solo un mes después de conocerse.
Se casaron, a pesar de las protestas de la familia de mi abuelo porque todo era demasiado rápido y ellos, demasiado jóvenes.
Además, contaban con él para que siguiera ocupándose de la finca, pero mi abuelo prefirió a mi abuela y su amor por ella.
Aun así, y pese a que se instalaron en Italia, mi abuelo se encargó, con la ayuda de mi abuela, de que su familia española no pasara necesidades. Los ayudó con el negocio en la distancia y les dio todo el apoyo económico que necesitaron.
Así que, sí, mis abuelos se marcharon a otro país y allí crearon su propia familia, pero jamás perdieron los lazos con Valdelila, y cada vez que tenían oportunidad volvían aquí, a casa .
Como resultado de todo ello, mi padre y mi tío pasaron los veranos entre estos bosques y calles y, al crecer, aunque los dos se enamoraron y formaron sus respectivas familias también en Italia, siguieron viniendo a veranear aquí.
Recuerdo pasar las largas tardes corriendo entre los campos de lavanda y plantas medicinales con mi prima y bañándome en cada poza que descubríamos, además de la piscina de la finca; por aquel entonces éramos como hermanas.
Comíamos lo que la abuela cocinaba y enfadábamos a mi abuelo pisoteando sus cultivos.
Hicimos amigos aquí, de los de verdad, de esos que esperaban a que volviéramos cada verano.
Fue precioso hasta que perdimos a mis abuelos en un desgraciado accidente de tráfico y la familia cerró las puertas de la finca.
Mi padre no quiso regresar después de aquello; no soportaba la idea de recorrer estas calles si ellos no estaban para acompañarlo. Aún hoy suele decir que el pueblo sigue siendo bonito, pero ya no tiene magia, porque murió con ellos.
Yo, por mi parte, aunque al principio eché mucho de menos volver, poco a poco fui acostumbrándome y olvidando este sitio.
Los amigos que hicimos aquí dejaron de escribirnos, y nosotras a ellos.
Los campos se secaron. Mi prima y yo crecimos y la vida nos llevó a cada una por un camino; sus padres se fueron volviendo más y más estrictos con su educación hasta que se convirtió en una persona demasiado seria, demasiado correcta.
Dejé de reconocerla y supongo que a ella le ocurrió lo mismo conmigo.
Siempre he sido consciente de que piensa que sigo anclada en la adolescencia, que no he crecido, igual que yo pienso que, por culpa de sus padres, perdí a una prima que consideraba una hermana y Fiorella pasó a ser poco más que una conocida.
En fin, fuera como fuese, no volvimos a Valdelila.
Al menos hasta que Fiorella tuvo una de sus crisis, se quedó embarazada con dieciocho años y, después de un montón de negociaciones, a cuál más absurda, se mudó aquí para criar sola a su hijo.
Yo no he vuelto desde que tenía quince años, y apenas he visto a mi prima en un par de ocasiones en los últimos tiempos, en las reuniones familiares obligatorias celebradas en Italia.
Tal vez debería haber venido a visitarla a raíz de que se mudara aquí, pero regresar si no estaban mis abuelos me parecía mal.
.., aun sabiendo que es absurdo. De hecho, mis padres me animaron a hacerlo un montón de veces, pero en el fondo sé que a mi padre le debió de doler que la finca se reabriera.
Claro que, cuando se lo insinué, lo negó y me dijo que más bien cree que el embarazo de Fiorella fue una señal divina de mis abuelos para que la finca cobrara vida de nuevo.
Mi madre se mostró de acuerdo. Yo sigo pensando que, en realidad, debe de dolerle, pero es que ellos son muy místicos y, de los tres, soy yo la más escéptica y, según a quién le preguntes, cínica.
Prácticamente una bruja. Eso me dijo una vez un chico con el que salí: que era prácticamente una bruja.
Me encantaría negarlo, pero es posible que tuviera razón.
—Ya casi estamos —dice el conductor del Uber adentrándose en la curva que lleva hacia la finca familiar, que no está en el pueblo, sino a las afueras—. ¡Vaya! Es un buen lugar para veranear, ¿eh? ¿Lo has alquilado por internet?
—Es de mi familia —contesto escueta.
—Ah. Joder, pues menudo sitio.
Se ríe, pero no le respondo. Estoy demasiado nerviosa como para hacerlo mientras observo el paraje en el que antaño crecían los campos de lavanda.
No sé por qué me sorprende que estén sembrados.
O sí, claro que lo sé: me sorprende porque, cuando mis abuelos murieron y la finca se cerró, mi familia dejó morir los cultivos.
Imagino que Fiorella ha hecho algo al respecto, pero el caso es que no la imagino trabajando en el campo.
Y es que, por más que le guste dárselas de humilde, mi prima es de todo menos eso.
Ninguna lo somos, a decir verdad. Tanto sus padres como los míos tienen una situación económica más que holgada; la diferencia es que en mi familia no somos unos esnobs ni nos creemos más que nadie.
Aparto esos pensamientos tan amargos y observo la casa.
A un lado, las filas de lavanda pintan de lila el terreno hasta perderse en el horizonte.
Al otro, el muro no deja ver el patio con la piscina y el huerto.
La última vez que estuve aquí estaba lleno de plantas medicinales, tomates, pimientos y un sinfín de verduras.
Ahora no sé qué tendrá porque, si soy sincera, Fiorella era de las que solían pensar que los tomates crecían en la sección de verduras del supermercado.
Pago el Uber, ignoro los comentarios del conductor con respecto a la casa y bajo del coche de una vez por todas. No traigo maleta. Ha sido mi forma de rebelarme porque no pienso estar aquí más que un par de días, sobre todo si la arpía de mi tía anda cerca.
Me encamino hacia el portón de hierro y abro el cerrojo, no sin esfuerzo. De verdad, con el dinero que tiene esta familia, podrían haber puesto un portón automático.
Apenas he cruzado el umbral y he tenido tiempo de mirar la casa empedrada de dos plantas con el corazón acelerado, porque juraría que casi puedo sentir a mis abuelos aquí, cuando una vocecita me saca de mis pensamientos.
—Llegas tarde. Eres la única que falta.
Me giro y veo al hijo de mi prima sentado en el suelo.
Sé que es él. La última vez que lo vi tenía dos años y ahora debe de estar a punto de cumplir seis, pero sus ojos siguen igual de vivos e impresionantes que entonces.
Son de un verde increíble, como los bosques profundos de Valdelila.
Hay algo en la mirada del hijo de Fiorella que me desconcierta y me pone nerviosa.
—Ey, Giu —murmuro—. ¿Qué tal? ¿Te acuerdas de mí?
—Me llamo Giuliano, no Giu.
—Lo sé. Te llamas así por mí —respondo en un intento de ser simpática.
—No. Tú te llamas así por tu abuela. Y yo también me llamo así por ella.
Tiene razón. Me llamo Giulia, como mi abuela. Y él se llama Giuliano, en honor a mi abuela. Ni mis padres ni mi prima van a ganar un premio a la originalidad, desde luego.
—¿Están todos dentro?
—Sí.
—¿Tus abuelitos también? —Asiente—. ¿Y qué haces tú aquí fuera?
—Esa señora me da miedo.
—¿Qué señora?
—La madre de mi madre.
Me río, dejo la mochila en el suelo y me siento a su lado.
—A mí también, ¿sabes? Creo que voy a quedarme aquí contigo.
—No puedes.
—¿Por qué no?
—Porque eres adulta. Te toca ir dentro.
—Prefiero estar fuera.
—No importa lo que prefieras. Tienes que estar dentro.
—Bueno, voy a quedarme aquí.
—¿Por qué?
—Porque necesito respirar, Giu. Dame un segundo.
—Puedes respirar dentro también.
Lo miro conteniendo un suspiro de frustración.
Tiene cinco años. Debo tener en mente eso.
Además, recuerdo que mis padres siempre me dicen que Giuliano es un niño increíble, fuera de lo común.
Yo no tengo ni idea porque mi contacto con los niños se limita a.
.., pues a este, la verdad. La última vez que traté con un niño fue con él y, como ya he dicho, no salió bien.
—¿Te acuerdas de cuando te di espresso ? —pregunto con una sonrisa.
—Fue una mala idea.
—Oye, tú lo pediste.
—Tenía dos años. No deberías hacer caso a un niño de dos años.
—¿Sabes, Giu? Eres un poco aguafiestas.
—Es «Giuliano».
Esta vez no contengo el suspiro. Lo suelto largo y profundo, porque llevo aquí cinco minutos y ya estoy arrepentida. Quiero volver a Los Ángeles, a mi vida caótica, ansiosa y desordenada y...
—Si no entras, la madre de mi madre saldrá. Y no quiero que salga. Ni que me vea.
Miro al hijo de mi prima fijamente, a esos ojazos verdes que parecen ver más de lo normal, y asiento.
Supongo que, de los dos, soy la que está más jodida por ser la adulta, así que hago lo que se espera de mí.
Me levanto sin ganas, cojo mi mochila sin ganas y arrastro los pies sin ganas hasta los escalones de la casa familiar en la que viví algunas de mis mejores épocas y a la que pensé que no volvería jamás.