GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 23 #5
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CAPÍTULO 23 #5

Y Don Jairo comprendió —comprendió con la comprensión que es más devastadora que la derrota, la comprensión del que ve la verdad completa y que no puede negarla porque la verdad ya no está dentro de él sino fuera, en la plaza, en el acta, en la canción, en el aire—.

Don Jairo se levantó —se levantó de la silla de caoba con la lentitud del hombre que cargó veintidós años y que ahora suelta la carga, se levantó como se levanta el que sabe que lo que viene no es la reconquista sino la consecuencia—.

Y Don Jairo sacó un cigarro del bolsillo —un cigarro del paquete que siempre llevaba, el cigarro que era la compañía de las noches desveladas, el cigarro que era el gesto del patriarca que piensa—.

Don Jairo encendió el cigarro —lo encendió con el encendedor de plata que llevaba en el bolsillo, lo encendió con la calma del que ya no tiene prisa, lo encendió como se enciende lo que acompaña—.

Y Don Jairo fumó —fumó en el salón vacío, fumó con el humo que subía hacia el techo de caoba, fumó con la lentitud del que procesa—.

Y Don Jairo caminó —caminó hacia la ventana del salón, la ventana que daba al portón de hierro, la ventana donde Don Jairo solía ver llegar a los ojos y a los camiones y a la gente que trabajaba para él—.

Y Don Jairo miró afuera —miró el portón, miró la grava, miró la noche que caía sobre la finca como cae la noche sobre todo—.

Y Don Jairo dejó el cigarro en el cenicero de la mesa de caoba —lo dejó encendido porque no terminaba de fumar, lo dejó porque iba a volver, lo dejó como se deja lo que se va a retomar—.

Y Don Jairo caminó hacia la cocina —caminó hacia la cocina para ver la pared quemada una vez más, para ver los versos de Lola que medio se borraron, para ver la ceniza que era todo lo que quedó de quince años de Mercedes y de los versos de Lola y del cuaderno azul y de la verdad que se cocinó en esta cocina—.

Y Don Jairo no volvió al salón —no volvió enseguida, no volvió porque la cocina lo retenía, porque la pared quemada era el espejo que Don Jairo no quería mirar pero que ahora no podía evitar—.

Y el cigarro siguió ardiendo en el cenicero —solo, sin nadie que lo vigilara, sin nadie que lo apagara, ardiendo como arde lo que se deja encendido en un lugar vacío—.

Y la noche cayó sobre la finca —cayó como cae la noche sobre todo Puerto Rico en agosto, rápida y total, con la oscuridad que trae el Caribe cuando el sol se va y no hay nada que lo reemplace excepto las estrellas y el sonido del mar y el humo del cigarro que sigue ardiendo en el cenicero de la mesa de caoba—.

Y Don Jairo estaba en la cocina —en la cocina con la pared quemada y la ceniza en el suelo y la olla fría de Mercedes y la comprensión que era más devastadora que la derrota—. Y Don Jairo habló con la pared —habló como se habla con los muertos, como se habla con lo que ya no responde—:

—La canción es la carta. La carta es la llave. La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.

Y la pared no respondió —la pared solo mostró lo que el fuego dejó: La can… es la c… —. Y lo que la pared no mostraba, Don Jairo lo sabía. Lo sabía porque la canción se lo dijo. Y la canción era la carta. Y la carta era la llave. Y la llave era la verdad.

Y la verdad —la verdad era la salida.

Y mientras Don Jairo estaba en la cocina hablando con la pared quemada, el cigarro en el cenicero del salón siguió ardiendo —solo, sin nadie, sin vigilancia—.

Y la brasa del cigarro tocó el borde del cenicero —el cenicero de caoba que estaba sobre la mesa de caoba, la mesa que Don Jairo heredó de la abuela Heredia, la mesa que era el centro del salón y del poder—.

Y la brasa se extendió —se extendió como se extiende lo que encuentra combustible, se extendió como se extiende la verdad cuando encuentra la grieta—.

Y la mesa de caoba empezó a arder —lento, casi imperceptible, con la llama que come la caoba desde adentro, con el fuego que no es fuego todavía sino calor que crece—.

Y Don Jairo no lo sabía —Don Jairo estaba en la cocina, hablando con los muertos, llorando una lágrima, comprendiendo la verdad—.

Y la mesa de caoba ardía —ardía como arde lo que se deja solo, como arde lo que pierde la protección, como arde el imperio cuando el sistema que lo protegía se deshilacha—.

Y la finca estaba vacía —vacía de ojos, vacía de gente, vacía de los que apagaban los cigarros de Don Jairo, vacía de los que vigilaban, vacía del sistema—.

Y un cigarro solo en una finca vacía es una vela encendida en una habitación sin techo —es la consecuencia natural de la negligencia, es el fuego que no fue provocado sino permitido—.

Y la noche cayó. Y el cigarro ardió. Y la mesa de caoba empezó a quemarse. Y Don Jairo no lo sabía.

Bien sé que tú, yo sé bien que tú, yo sé bien que tú

Ni te has dado cuenta de este muchacho

«Al que madruga Dios lo ayuda»

Y eso espero, pues me paso toda la noche por ti desvelado

Las palabras son de aire, y van al aire

Mis lágrimas son agua, y van al mar

Cuando un amor se muere

Sabes chiquita a dónde va