GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 23 #4
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CAPÍTULO 23 #4

El teléfono no sonaba —no sonaba por primera vez en veintidós años.

El teléfono de la finca siempre sonaba —sonaba con los ojos que reportaban, con los abogados que consultaban, con los contactos que pedían, con el sistema que vibraba como un cuerpo vivo—.

Pero esta tarde el teléfono no sonaba. Y el silencio del teléfono era más ruidoso que cualquier llamada —era el silencio del sistema parado, el silencio del cuerpo sin pulso, el silencio del imperio que dejó de funcionar—.

Don Jairo miró el teléfono —lo miró como se mira lo que no suena, como se mira la herramienta que ya no sirve—.

Y Don Jairo no llamó —no llamó porque no había nadie a quien llamar, no llamó porque los que contestaban ya no contestaban, no llamó porque la red se deshilachó y lo que queda de una red deshilachada no es una red sino un manojo de nudos sin cuerda—.

Don Jairo se levantó —se levantó porque no podía quedarse sentado mirando un teléfono mudo, se levantó porque la silla de caoba ya no era el trono sino el asiento del derrotado—.

Y Don Jairo caminó —caminó por el salón, caminó por el pasillo, caminó por la finca como camina el que revisa lo que perdió, como camina el que inventaría lo que ya no está—.

Y Don Jairo encontró cosas —pequeñas cosas, cosas que la gente dejó cuando se fue, cosas que los federales no se llevaron porque no eran evidencia sino vida—:

En el pasillo, en la mesa donde Yago dejó la Browning, la mesa estaba vacía —los federales se llevaron la Browning como evidencia—.

Pero en la mesa había algo más: el cenicero de Yago —el cenicero pequeño, de latón, con las colillas de los cigarros que Yago fumó de guardia—.

Y Don Jairo reconoció el cenicero —lo reconoció como se reconoce la huella de alguien que ya no está, como se reconoce lo que queda cuando lo importante se va—.

En la cocina, la olla de Mercedes —la olla de aluminio donde Mercedes hacía el sancocho, la olla que era más vieja que la finca, la olla que viajó con Mercedes desde La Guasábara—.

La olla estaba vacía —vacía y fría y sin el olor del sancocho que era el olor de la cocina de Mercedes—.

Y Don Jairo tocó la olla —la tocó como se toca lo que perdió el calor, como se toca lo que se enfrió—.

En el tercer piso, el velón consumido —la vela que encendieron anoche Mateo y Aitana, la vela que se quemó durante la noche más larga, la vela que ya no era luz sino cera derretida sobre la mesita—.

Y Don Jairo tocó la cera —tocó la cera tibia que fue fuego y que ahora era nada, tocó lo que quedó de la luz—.

Y Don Jairo bajó al salón —bajó con las manos vacías de todo excepto de la comprensión, bajó con el peso que no era la protección sino la verdad—.

Don Jairo se sentó de nuevo en la silla de caoba —se sentó porque no había otro lugar, se sentó porque la silla era lo último que quedaba, se sentó porque la silla era lo único que los federales no se llevaron—.

Y Don Jairo habló —habló en voz alta porque no había nadie que lo escuchara, habló porque el silencio de la finca era más de lo que podía tolerar, habló porque la voz es lo que queda cuando todo lo demás se va—:

—Bien sé que tú, yo sé bien que tú…

Don Jairo dijo la estrofa —la dijo como se dice lo que se conoce de memoria, la dijo como se dice la canción que se escuchó mil veces, la dijo como se dice la verdad que uno no quería admitir pero que ya no puede evitar—:

—Bien sé que tú, yo sé bien que tú / Ni te has dado cuenta de este muchacho / «Al que madruga Dios lo ayuda» / Y eso espero, pues me paso toda la noche por ti desvelado.

Y Don Jairo se detuvo —se detuvo en la última línea porque la última línea era la línea que lo definió: pues me paso toda la noche por ti desvelado.

Don Jairo pasó veintidós años desvelado —desvelado por los celos, desvelado por el control, desvelado por la marca, desvelado por la vigilancia, desvelado por Aitana—.

Y lo que consiguió con las noches desveladas fue esto: un salón vacío, un teléfono mudo, un retrato torcido, y la comprensión de que todo lo que construyó se construyó sobre una mentira.

Y Don Jairo hizo algo que no había hecho en años —algo que el patriarca del clan Caló no hacía, algo que el hombre que marcaba no hacía, algo que Don Jairo se prohibió porque Don Jairo creía que las lágrimas eran debilidad y que la debilidad era la puerta por donde entraba la derrota—.

Don Jairo lloró.

No fue un llanto largo —no fue el sollozo del que se desmorona ni el gemido del que se rinde—.

Fue una lágrima —una sola lágrima que salió del ojo derecho y que recorrió la mejilla y que llegó a la barbilla y que cayó—.

Cayó sobre el pantalón —sobre el pantalón de lana de Don Jairo, el pantalón que siempre fue impecable, el pantalón que ahora tenía una mancha de humedad en la rodilla donde la lágrima aterrizó—.

Y Don Jairo miró la mancha —la miró como se mira lo que no debió estar, la miró como se mira la evidencia de lo que uno es debajo de lo que uno muestra—. Y Don Jairo no se limpió la lágrima —no se limpió porque la lágrima era la verdad y la verdad no se limpia, la verdad se deja—.

Y Don Jairo pensó en la estrofa —la estrofa que siempre cantó, la estrofa que creyó entender, la estrofa que ahora entendía de otra manera—:

Las palabras son de aire, y van al aire

Mis lágrimas son agua, y van al mar

Cuando un amor se muere

Sabes chiquita a dónde va

Y Don Jairo pensó: Mi lágrima es agua. Y va al mar.

Y mi amor —el amor que creí tener, el amor que era celos, el amor que marcaba y poseía y no soltaba— ese amor se murió.

Y ¿a dónde va? Va al aire. Va al mar. Va a la canción que la plaza cantó esta tarde.

Va al acta que Florina certificó. Va al veredicto que el FBI formalizó. Va a la verdad.