GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

La Cadena Completa

La plaza no era grande —no era la plaza de una capital ni la de una ciudad importante—.

Era la plaza de un pueblo de pescadores y músicos, la plaza donde los domingos se vendía templé y where the ancianos jugaban dominó bajo la sombra de los flamboyanes, la plaza con la iglesia de San Patricio a un lado y la alcaldía al otro y el mar siempre presente —el mar que se oía desde la plaza como se oye la respiración de alguien que duerme al lado—.

Pero esta tarde la plaza de Loíza era otra cosa —era la plaza donde se iba a tocar una canción que nunca se había tocado en público con el trombón que la compuso, y la gente lo sabía, y la gente estaba—.

Mateo llegó a la plaza a las dos y cuarenta y siete de la tarde —llegó caminando desde la casa de Florina, donde había dejado a Aitana preparándose para el momento del acta, dejándola con las manos firmes y los ojos secos y la mandíbula que no temblaba—.

Aitana dijo: «Te veo en la plaza». Y Mateo dijo: «Te veo».

Y se fueron por caminos distintos —ella con Lorena, él con Fermín— porque la cadena no era una sola persona caminando: era una secuencia de eslabones que se conectaban cuando cada uno llegaba a su lugar.

La plaza tenía gente —más gente de la que Mateo había visto en cualquier vigilia, más gente de la que había visto en la noche del sábado cuando Efraín organizó los turnos, más gente de la que Loíza había juntado en años—.

La gente estaba de pie, estaba sentada en los bancos, estaba apoyada contra los pilares de la iglesia, estaba en las escalinatas de la alcaldía, estaba en los bordes de la plaza como estaba en los bordes de la vigilia —presente, atenta, esperando sin saber exactamente qué—.

Efraín estaba al frente —Efraín con su camisa de mestizo y su gorra de pescador y su voz de barítono que había organizado los turnos de la vigilia y que ahora organizaba algo más grande que una vigilia: la presencia del pueblo—.

Efraín vio a Mateo entrar a la plaza y levantó la mano —no un saludo sino una señal: Estamos. Somos. Y no nos vamos—.

Y detrás de Efraín estaba Sonia —Sonia la del colegio, Sonia la que fue la primera en llegar a la vigilia, Sonia con su cuaderno de apuntes bajo el brazo porque Sonia no era la que cantaba sino la que documentaba, y esta tarde Sonia documentaría—.

Sonia tenía veintitrés años, era maestra de escuela pública en Loíza y era la primera generación de puertorriqueños que creció escuchando la canción «Gitana» en la radio —no la versión original que nadie grabó sino las versiones que la gente cantó, las versiones que nacieron cuando la canción se convirtió en folklore antes de ser historia—.

Y detrás de Sonia estaba Eliecer —Eliecer el del trombón averiado, Eliecer que tocaba en la banda municipal y que siempre quiso tocar como Mateo y que esta tarde no tocaría sino que escucharía, porque esta tarde no era la tarde de cualquier trombón sino la del King 3B—.

Y detrás de Eliecer estaban los nueve —los nueve testigos que declararon ante Salazar, los nueve que rompieron el silencio, los nueve que eran la muestra de que el silencio no era unánime—.

Estaban de pie juntos, como se paran los que compartieron algo que no se puede explicar con palabras: el acto de decir la verdad cuando la verdad costaba.

No llevaban señas ni carteles ni nada que los identificara como testigos —llevaban la cara de la gente que habló y que no se arrepintió de hablar—.

Mateo contó las caras —no porque necesitara contar sino porque era lo que hacía: contar, medir, calcular, como calculaba las distancias entre notas, como calculaba la bajada por la roca, como calculaba todo lo que importaba—.

Y la matemática de la plaza era simple y devastadora: había más gente de la que Don Jairo podía silenciar.

Había más verdad de la que los abogados podían embargar.

Había más cadena de la que la red podía cortar.

Y en el centro de la plaza, en el banco de siempre —el banco bajo el flamboyán que llevaba treinta años en el mismo lugar—, estaba Fermín Torres.

Fermín estaba sentado con el estuche del King 3B en el regazo —el estuche de cuero marrón que había viajado desde Vieques, que había cruzado el canal en la lancha de las tres de la mañana, que había estado en el fondo del mar cuando Esteban tocaba y en el fondo del tiempo cuando Esteban murió—.

Fermín tenía las manos sobre el estuche —las manos grandes y morenas de pescador que había hecho trombón de concha cuando era niño, las manos que tocaron al lado de Esteban en los bares de Vieques antes de que Aitana naciera, las manos que guardaron la carta dentro de la campana del King 3B durante veintidós años—.

—Fermín —dijo Mateo, sentándose a su lado—. Son casi las tres.

Fermín no respondió enseguida —Fermín miró la plaza, miró la gente, miró la iglesia, miró el mar, miró todo como se mira lo que se va a transformar—. Y luego Fermín dijo algo que Mateo no esperaba:

—La última vez que toqué este trombón en público fue en el velorio de Esteban.

En Vieques. En el setenta y uno. Tocamos Lamento borinqueño.

Y cuando terminamos, la viuda de Esteban —Lola, la madre de Aitana— se acercó y me dijo: «Fermín, no toques más esa canción.

Prométeme que no la tocarás hasta que la niña pueda escucharla.

» Y yo le prometí. Y no la toqué. Catorce años. No la toqué.

Mateo miró a Fermín —miró al hombre que guardó una promesa durante catorce años, que guardó un trombón, que guardó una carta, que cruzó el mar de noche cuando la promesa se cumplió—.

—¿Y ahora? —preguntó Mateo.

—Ahora la niña puede escucharla —dijo Fermín—. Y la niña tiene nombre. Y el nombre no es Caló.

Fermín abrió el estuche.

El King 3B de Esteban apareció —apareció como aparece lo que estuvo escondido y que ahora ve la luz—.

El trombón era viejo —viejo de verdad, no viejo de moda sino viejo de uso, viejo de las manos que lo tocaron, viejo de la saliva que lo recorrió, viejo de las notas que pasaron por su interior—.

La campana tenía una abolladura en el borde —la abolladura del viaje desde Vieques, la abolladura del agua, la abolladura del tiempo—.

El lacado estaba oscurecido en las zonas donde las manos de Esteban lo tocaron más: la vara, la boquilla, la llave de agua.

Y el metal —el latón viejo del King 3B— tenía ese color que solo tienen los instrumentos que fueron tocados de verdad: el color cálido del bronce que fue piel, que fue voz, que fue canción.

Y el olor —el olor subió cuando Fermín abrió el estuche—.

El olor del King 3B de Esteban no era el olor de un instrumento cualquiera: era el olor del metal que guardó la saliva de un hombre que murió, el olor del cuero viejo del estuche, el olor del papel de la carta que estuvo dentro de la campana, el olor del tiempo —veintidós años de tiempo concentrados en un instrumento de latón—.

Y bajo todo eso, casi imperceptible, estaba el olor del ocotillo —el ocotillo que Esteban usaba en las boquillas, el ocotillo que Fermín reconocería entre mil olores porque el ocotillo era el olor de Esteban—.

Mateo sintió el olor —lo sintió como un golpe en el pecho, como el recuerdo de algo que no vivió pero que le fue transmitido, como la herencia que no es de sangre sino de sonido—.

Y Mateo pensó: Este trombón fue de Esteban.

Esteban es el padre de Aitana. Aitana es mi tía.

Y este trombón es la cadena material que conecta todo.

La canción es la carta. La carta es la llave. Y la llave —la llave es este trombón—.

—Voy a tocar las dos notas —dijo Fermín—. Las dos notas que Esteban tocaba siempre antes de empezar. Las dos notas que abren la canción. Las dos notas que son el título: Gitana, Gitana.

Mateo asintió. Y Fermín levantó el King 3B —lo levantó con ambas manos, lo levantó como se levanta lo que pesa más que su peso, como se levanta lo que carga con la memoria de los muertos y la esperanza de los vivos—.

Y Fermín puso la boquilla en los labios —la boquilla de Esteban, la boquilla que Esteban eligió, la boquilla que tenía la marca de los labios de Esteban impresa en el bordón—.

Y Fermín respiró —respiró como respira el que va a tocar la nota que esperó toda la vida, la nota que es más que sonido, la nota que es la verdad hecha vibración—.

Y Fermín tocó.

Las dos notas salieron del King 3B como salen las cosas que esperaron demasiado —con una fuerza que no corresponde al volumen, con una claridad que no corresponde al metal viejo, con una presencia que no corresponde a un trombón solo en una plaza de pueblo—. Las dos notas fueron:

Gí-ta-na…

Gí-ta-na…

Dos sílabas. Dos notas. El intervalo era tercia menor descendente —la tercia menor que es la voz del lamento, la tercia menor que es el color de la canción, la tercia menor que Esteban eligió cuando escribió la primera línea hace veintidós años y que Mateo completó cuando terminó la canción hace seis meses—.

Y las dos notas no fueron solo notas: fueron el nombre, fueron la invocación, fueron la puerta que se abre.

Y la plaza respondió.

No todos a la vez —no fue un coro organizado ni un ensayo planificado—.

Fue la gente que conocía la canción, la gente que la cantó en las radios, la gente que la tarareó en las cocinas, la gente que la escuchó en la vigilia afuera de la finca la noche del domingo.

La gente respondió cantando —cantando con la voz que tiene el que canta sin pensar, la voz del instinto, la voz que nace cuando la música toca algo que no es el oído sino el centro del pecho—:

Gitana, Gitana

Gitana, Gitana

Tu pelo, tu pelo

Tu cara, tu cara