GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 21 #7
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CAPÍTULO 21 #7

Mateo condujo en silencio —condujo con la carretera 187 que se convertía en la carretera de Loíza, que se convertía en la calle de la finca, que se convertía en la plaza donde la vigilia cantaba—.

Y Mateo pensó en Fermín —Fermín que estaba en Loíza, Fermín con el King 3B de Esteban, Fermín que esta tarde tocaría la primera línea de la canción en la plaza donde la gente se reuniría—.

Y Mateo pensó en la estrofa —la estrofa que Aitana mencionó, la estrofa que era la promesa de la liberación, la estrofa que conectaba el aire con el agua con el mar—:

Las palabras son de aire, y van al aire

Mis lágrimas son agua, y van al mar

Cuando un amor se muere

Sabes chiquita a dónde va

Y Mateo entendió algo —algo que era la comprensión que la estrofa siempre tuvo pero que Mateo no había visto hasta ahora: cuando un amor se muere no era la muerte del amor entre Mateo y Aitana —era la muerte del amor posesivo, la muerte del amor que marca, la muerte del amor que encierra—.

Y lo que nacía de esa muerte era el amor que libera —el amor que dice nunca fuiste mía y que significa siempre fuiste tuya, el amor que abre puertas y que no las cierra, el amor que es canción y no cárcel—.

2:18 p.m

Plaza de Loíza

El carro se detuvo en la plaza —la plaza que era el centro de Loíza, la plaza que tenía la iglesia a un lado y la alcaldía al otro y los árboles de flamboyán que en agosto tenían flores rojas como sangre y como bandera—.

Y la plaza estaba llena —no tan llena como la vigilia de la madrugada pero llena, llena de gente que no se fue, gente que se quedó después del amanecer, gente que vino después de oír que la finca cayó—.

Mateo se bajó del carro —se bajó con la salitre seca en las manos y la carta-testamento en el bolsillo y la verdad en la cadena—.

Aitana se bajó —se bajó con las sandalias de goma y el vestido arrugado y el nombre reclamado—.

Lorena se bajó —se bajó con el portafolio de cuero marrón y los cuarenta y siete documentos y la verificación de los papeles de Cádiz—.

Y Fermín estaba ahí.

Fermín estaba sentado en un banco de la plaza —sentado con el estuche del King 3B a su lado, sentado como se sienta el que ha esperado toda la vida y que ahora ve lo que esperó—.

Y Fermín se levantó cuando vio a Mateo y a Aitana —se levantó con la lentitud del que lleva años sentado y que ahora necesita pararse porque lo que viene requiere estar de pie—.

—Fermín —dijo Mateo—. Esta tarde. La plaza. La cadena.

Fermín asintió —asintió con algo que era más que acuerdo, algo que era la confirmación del que sabe que el momento que esperó veintidós años es el momento que está llegando—.

—Esta tarde —dijo Fermín—. Voy a tocar las dos notas. Y cuando toque las dos notas, la gente va a cantar. Y cuando la gente cante, la cadena va a sonar. Y lo que suena no se puede callar.

Mateo miró a Fermín —miró al hombre que guardó la carta dentro del trombón, que cruzó el canal de noche, que trajo el King 3B de Esteban, que era el eslabón más viejo de la cadena—.

Y Mateo pensó en Esteban —Esteban que escribió la carta, Esteban que diseñó la cadena, Esteban que previó todo—.

Y Mateo pensó: La canción es la carta. La carta es la llave.

La llave abre la puerta. Y la puerta es la salida.

Y la salida era la plaza —la plaza donde la gente se reunía, donde la canción se cantaba, donde la verdad se decía sin paredes—.

Y Mateo miró a Aitana —Aitana que estaba de pie en la plaza con el sol del mediodía en la cara y el mar a la espalda y la gente alrededor, Aitana que era la mujer que salió por la ventana y que bajó por la roca y que dijo su nombre en la oficina federal y que ahora estaba en la plaza donde su padre diseñó que estaría—.

Y Mateo pensó en la estrofa —la estrofa que era la semilla de todo, la estrofa que era el leitmotiv, la estrofa que conectaba a Mateo con Aitana sin tocarla, sin poseerla, sin marcarla—:

Sin mirarte yo te miro

Sin sentirte yo te siento

Sin hablarte yo te hablo

Sin quererte yo te quiero

Y Mateo miró a Aitana sin mirarla —la miró con la mirada que no necesita ojos, la mirada que es la presencia sin el gesto, la mirada que era lo que la estrofa decía: el amor que no necesita tocar para sentir, que no necesita hablar para comunicar, que no necesita querer para amar—.

Y Aitana lo sintió —lo sintió sin sentirlo, lo sintió como se siente la canción que suena en otra parte, como se siente la verdad que alguien más dice en voz alta, como se siente la cadena que conecta a las personas sin que se toquen—.

Y la plaza esperó —esperó con la paciencia de la plaza, la paciencia de los flamboyanes y de la iglesia y de la alcaldía y de la gente que sabía que esta tarde algo iba a sonar, algo que era más que música, algo que era la cadena hecha canción, la canción hecha verdad, la verdad hecha libertad—.

Y la tarde se acercaba —se acercaba como se acerca la ola que se ve desde lejos, la ola que crece y que crece y que crece hasta que rompe en la orilla con la fuerza de todo el océano detrás—.

Y la ola que venía era la ola de la cadena —la cadena de Esteban y Fermín y Mateo y Aitana y Lorena y Florina y Mercedes y Salazar y los nueve testigos y la vigilia y la plaza y la canción—. Y la ola estaba a punto de romper.

Y tengo celos del viento porque acaricia tu piel

De la Luna la que miras

Del Sol porque te calienta

Yo tengo celos del agua

Y del peinecito que a ti te peina

Las palabras son de aire, y van al aire

Mis lágrimas son agua, y van al mar

Cuando un amor se muere

Sabes chiquita a dónde va

Sé que nunca fuiste mía

Ni lo ha sido, ni lo eres

Pero de mi corazón

Un pedacito tú tienes