GITANA: Un amor prohibido CAPÍTULO 17 #2
67%

CAPÍTULO 17 #2

El patio de la finca era grande —más grande de lo que parecía desde afuera, con el césped cortado a la altura exacta que Don Jairo exigía, con las palmeras alineadas como soldados, con las sillas de madera en la terraza donde Aitana se sentaba a mirar el mar cuando podía mirar el mar, que era casi nunca—.

Pero había algo diferente en el patio esta tarde —algo que Mateo notó con la sensibilidad del que lee los cuartos antes de tocar: el patio estaba demasiado ordenado.

Demasiado limpio. Demasiado preparado. Como una casa que alguien ha arreglado antes de que lleguen los invitados —o antes de que lleguen los investigadores—.

Mateo cruzó el patio. Y al cruzar el patio, Mateo vio algo —vio las huellas.

Huellas en el césped húmedo, huellas de pies descalzos que iban de la casa al campo, huellas que la lluvia de la mañana no había borrado del todo y que ahora, bajo la luz anaranjada del atardecer, se veían como se ven las pistas cuando alguien las busca—.

Las huellas de Mercedes. Las huellas de la mujer que salió por la puerta trasera con el cuaderno azul bajo el brazo y que cruzó el campo descalza y que llegó a la carretera y que no volvió.

Mercedes había caminado por este césped —este césped donde Mateo caminaba ahora— y Mercedes había salido y Mercedes había llevado el cuaderno y Mercedes había declarado y Mercedes estaba a salvo.

Mateo subió los tres escalones de la terraza.

La puerta principal de la finca estaba abierta —abierta de par en par, como si Don Jairo quisiera que Mateo viera todo desde afuera, como si Don Jairo quisiera que Mateo entrara sin que nadie lo empujara porque entrar por voluntad propia era entrar por la puerta que Don Jairo controlaba—.

Mateo entró.

El salón de la finca era lo que Mateo recordaba —las sillas de caoba, las cortinas de lino, el retrato de la abuela Heredia que ahora estaba recto porque alguien lo había enderezado, el suelo de losetas blancas y negras que parecían un tablero de ajedrez—.

Pero algo había cambiado —algo que Mateo no vio primero sino que sintió: el aire.

El aire del salón era diferente. El aire del salón olía a algo que Mateo reconoció como el olor de lo que se ha quemado hace poco —no leña, no tabaco, sino algo orgánico, algo resinoso—.

Ocotillo. El olor del ocotillo flotaba en el salón como flota el fantasma de lo que ya no está, el humo invisible de la ceniza que se ha depositado en la cocina y en los pasillos y en la memoria de quien la encendió.

Y entonces Mateo lo vio —vio a Don Jairo.

Don Jairo estaba sentado en la silla de caoba que siempre usaba —la silla de brazos altos que parecía un trono sin corona, la silla donde Don Jairo recibía a los visitantes y a los ojos y a las mujeres que traían los camiones y a los hombres que traían las cajas—.

Don Jairo tenía las manos sobre los brazos de la silla —las manos quietas, los dedos extendidos, como las manos del que no tiene nada que ocultar porque todo lo que tenía que ocultar ya lo ha perdido—.

Don Jairo vestía de blanco —camisa blanca, pantalón blanco, zapatos blancos— y la blancura de Don Jairo era la misma blancura de la finca: pintura sobre cemento, limpieza sobre grietas, orden sobre el desorden que fermentaba debajo.

Don Jairo miró a Mateo —lo miró como se mira lo que se esperaba, no con sorpresa sino con la calma del que ha calculado todos los movimientos y que ahora ve el último movimiento ejecutándose según el cálculo—.

—Reyes —dijo Don Jairo. Y su voz era la misma voz de siempre —la voz grave, la voz medida, la voz que no subía ni bajaba sino que se mantenía en la frecuencia exacta del control—. Llegó temprano.

—No temprano —dijo Mateo—. A tiempo.

Don Jairo no sonrió —Don Jairo no sonreía cuando estaba en la finca, la sonrisa era para San Juan, para los negocios, para los que no conocían la finca—.

Don Jairo hizo un gesto con la mano —un gesto hacia la silla frente a él, la silla donde se sentaban los que venían a hablar, la silla que estaba exactamente a dos metros de la silla de Don Jairo, a la distancia de la conversación pero no del contacto—.

Mateo no se sentó —no se sentó porque sentarse era aceptar la posición que Don Jairo asignaba, era aceptar el lugar del visitante en la casa del anfitrión, era aceptar la jerarquía que Don Jairo imponía con la disposición de los muebles—.

Mateo se quedó de pie —de pie con el King 3B en la mano izquierda, de pie con la espalda recta y los hombros abiertos y los ojos fijos en Don Jairo, de pie como se está de pie cuando no se acepta la silla que el poder ofrece—.

Don Jairo observó que Mateo no se sentó —lo observó con los ojos que lo registraban todo, los ojos que habían aprendido a leer los cuerpos antes que las palabras, los ojos que sabían que el que no se sienta es el que no se somete—. Y Don Jairo dijo algo que no era pregunta sino constatación:

—Usted no se sienta.

—No —dijo Mateo.

—¿Por qué?

—Porque sentarme es aceptar que esta es su casa. Y esta casa no es su casa —esta casa es una cárcel. Y en las cárceles, los presos no se sientan frente al carcelero. Se quedan de pie.

Don Jairo no parpadeó —no parpadeó porque la frase de Mateo no era insulto sino verdad, y las verdades no ofenden al que las escucha sino al que las niega—. Don Jairo inclinó la cabeza —un grado, quizás dos— como quien reconoce la jugada del adversario sin conceder la partida.

—La casa es la casa —dijo Don Jairo—. Y usted está en ella.

Y en mi casa… —Don Jairo hizo la pausa que hacía siempre, la pausa que era la huella digital de su manera de hablar, la pausa que dejaba espacio para que el que escuchara imaginara lo que venía y que lo que imaginaba fuera peor que lo que Don Jairo diría—.

En mi casa, las cosas se hacen como se hacen.

Mateo dijo: —Antes de hoy yo habría dicho lo mismo. Pero hoy la canción salió al aire. Y lo que sale al aire no está en su casa ni en la casa de nadie. Lo que sale al aire está en todas partes. Y lo que está en todas partes no se puede controlar desde una silla de caoba.

Don Jairo apretó la mandíbula —apretó la mandíbula como la había apretado hace dos horas cuando leyó los versos de ceniza en la cocina, como la apretaba siempre que algo se le escapaba, como la aprietan los que sostienen la mentira con los músculos del rostro porque los músculos son más fuertes que las palabras—.

Y Don Jairo dijo algo —algo que no era amenaza sino información, algo que Don Jairo dijo con la voz del que ha manejado información toda la vida y que sabe que la información es más poderosa que la pistola—:

—La canción es una canción, Reyes. Las canciones se olvidan. Las pruebas se pierden. Los testigos se callan. Y lo que la radio dice hoy, la radio lo olvida mañana. He visto ocho canciones —ocho— y ninguna cambió nada. ¿Por qué esta sería diferente?

Mateo dijo: —Porque esta no es solo una canción. Esta es la carta. Y la carta es la llave. Y la llave abre la puerta.

Don Jairo levantó una ceja —levantó una ceja como se levanta la ceja del que reconoce la frase, como se levanta la ceja del que sabe que los versos de Lola están en la pared de la cocina y que alguien se los ha repetido—.

—Mercedes —dijo Don Jairo. No era pregunta —era diagnóstico. Don Jairo había identificado la fuente: Mercedes, la cocinera, la que escribió los versos con ceniza, la que salió con el cuaderno, la que declaró ante el FBI.

—Mercedes declaró —dijo Mateo—. Florina declaró.

El cuaderno está en custodia del FBI. El acta de nacimiento de Aitana —la original, la que dice Martínez Vega— está en custodia del FBI.

Un agente llamado Salazar abrió el caso esta tarde.

Caso ochenta y cinco-ochocientos diecisiete-SJ.

Retención ilegal. Falsificación. Tráfico de personas. Asociación para delinquir.

Mateo dijo cada delito como se dicen las notas de una escala —ascendente, cada nota más alta que la anterior, cada delito más grave que el anterior, cada palabra un escalón que subía hacia el lugar donde Don Jairo no podía alcanzarlo—.

Don Jairo no dijo nada durante ocho segundos —ocho segundos que en el salón de la finca fueron más largos que cualquier silencio que Mateo había oído, ocho segundos donde Don Jairo procesó la información como procesaba todo: en silencio, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada y los dedos sobre los brazos de la silla golpeando un ritmo que no era música sino cálculo—.

Y cuando Don Jairo abrió los ojos, sus ojos no eran los ojos de hace ocho segundos —los ojos de hace ocho segundos eran los ojos del patriarca acorralado; estos ojos eran los ojos del estratega que ha evaluado la posición del adversario y que ha encontrado la debilidad—.

—El FBI —dijo Don Jairo con la voz que usaba cuando estaba a punto de decir algo que dolía—.

El FBI tiene el cuaderno y el acta y las declaraciones.

¿Y? ¿Usted cree que eso basta? ¿Usted cree que el FBI no ha tenido expedientes míos antes?

¿Usted cree que soy Heredia Ortega por casualidad —que construí todo esto con suerte y con canciones?

—Don Jairo se inclinó hacia adelante en la silla—.

Tengo abogados en San Juan, en Miami, en Madrid.

Tengo contactos en el Departamento de Justicia.

Tengo… —Don Jairo hizo la pausa otra vez—.

Tengo veintidós años de relaciones. Y las relaciones son más fuertes que las pruebas.

Porque las pruebas se pierden, Reyes. Los testigos se callan.

Y los expedientes… los expedientes se cierran.

Mateo dijo: —No esta vez.

—¿Por qué no?