CAPÍTULO 6 #3
El segundo mundo era el de la vigilancia.
Aunque Kike había confesado y prometido cortar todo contacto con Yago, Mateo no podía permitirse la confianza ciega.
Observaba a Kike con la misma atención que antes —pero ahora sin el peso de la sospecha paranoica; ahora con la claridad de quien sabe la verdad y simplemente verifica que la verdad se mantiene—.
Kike volvió a usar el Casio digital de plástico negro.
Kike ya no llegaba temprano ni se quedaba tarde.
Kike no hablaba con nadie en el callejón.
Cada día que pasaba sin incidentes, la confianza se reconstruía un centímetro —lento, imperfecto, pero real—.
El martes por la tarde, mientras Mateo afinaba la posición del Shure —un centímetro más cerca de la campana, un grado más hacia la izquierda—, Kike entró al cuarto de caoba y se paró en la puerta.
—¿Puedo?
—Es tu club, Kike.
—Es el club de doña Carmen. Yo solo trabajo aquí.
Mateo dejó de ajustar el micrófono y lo miró. Kike tenía la cara de quien no ha dormido bien —ojeras, ojeroso, la barba crecida de tres días—. Pero los ojos eran claros. No tenían la opacidad del hombre que oculta algo; tenían la transparencia del hombre que ya no tiene nada que ocultar.
—¿Qué necesitas, Kike?
—Decirte algo que debí decirte antes de que me preguntaras. —Tragó saliva—. Yago me dijo algo la última vez que hablé con él. Algo que no te conté.
Mateo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Pero no se movió. Esperó.
—Me dijo: Dile a Mateo que la próxima vez que toque en el mercado de Río Piedras, habrá alguien escuchando que no será una mujer Caló. —Kike bajó la mirada—. Creí que era una amenaza vacía. Pero después de lo que pasó con la taza, sé que no lo era.
—¿Quién será, Kike? ¿Yago mismo?
—No lo sé. Pero Yago no hace el trabajo sucio él mismo cuando puede pagar a otro.
Si viene alguien al mercado, será un desconocido.
Alguien que no reconocerás. Alguien que parecerá un cliente, un turista, un padre de familia.
Y golpeará rápido, sin previo aviso, y se irá antes de que alguien pueda reaccionar.
—¿Cuándo?
—No me dijo cuándo. Solo dijo la próxima vez. —Kike alzó la vista—. Por eso no puedes volver al mercado, Mateo. No hasta que esto se resuelva.
—Se va a resolver el viernes.
—¿El viernes? ¿Qué pasa el viernes?
—Viene Salcedo. Vamos a grabar.
Los ojos de Kike se abrieron —no de sorpresa sino de alarma—.
—¿Aquí? ¿En el club?
—En el cuarto de doña Carmen. Las paredes de caoba. La Teac de don Papo. El micrófono de mi padre.
—Mateo, si Yago se entera…
—No se va a enterar. Porque el viernes es el cumpleaños de la hermana de Don Jairo. Todos los Caló estarán en la finca. Yago incluido. La ciudad estará libre.
Kike procesó la información en silencio. Luego asintió, despacio, como quien acepta un plan que puede salvarlo o destruirlo pero que, de cualquier manera, es el único disponible.
—¿Qué necesitas que haga?
—Lo que ya estás haciendo. No hablar con Yago. No dar información. Y si ves algo raro el viernes —alguien que no debería estar ahí, algo que no cuadra— vienes a avisarme.
—Eso puedo hacerlo.
—Y hay algo más.
—¿Qué?
—Toca conmigo esta semana. Ensayos. Sets. Todo. Toca como si fuera la última vez.
—¿Por qué?
—Porque si todo sale bien el viernes, después va a ser diferente. La canción va a existir. Y cuando la canción exista, nada va a volver a ser igual.
Kike lo miró. Y por primera vez desde la confesión, sonrió —no una sonrisa amplia, sino una rendija de luz en una cara oscurecida—.
—Última vez, entonces.
—Última vez antes del inicio.
Se dieron la mano —no un abrazo, todavía no; la confianza se estaba reconstruyendo, pero no había terminado—.
Y Kike se fue a calentar las congas, y Mateo terminó de ajustar el micrófono, y en el cuarto de caoba de La Guasábara, la canción esperó como un corazón que sabe que pronto le van a dar un cuerpo.
Miércoles 7 de agosto de 1985
Esa noche, Mateo tocó como si cada nota pudiera ser la última.
No era metáfora. Si la amenaza de Yago era real —y Mateo ya no dudaba de nada—, el próximo concierto en el mercado de Río Piedras podría ser una emboscada.
Y aunque Mateo no pensaba volver al mercado hasta después de la grabación, la posibilidad de que el peligro se moviera —que Yago cambiara de estrategia, que decidiera no esperar— le daba a cada nota un peso que no tenía antes.
El set de La Guasábara fue excepcional. Mateo tocó los arreglos de siempre con una intensidad nueva —como si la canción que llevaba dentro filtrara su luz a través de las canciones ajenas—.
Papo se dejó llevar y comenzó a improvisar montunos que nunca había tocado en el club.
Vitín caminó el bajo como si estuviera contando una historia en vez de marcar un pulso.
Carlitos sacó de los bongós sonidos que nadie sabía que esos instrumentos podían producir —tonos que parecían lenguas africanas hablando desde el cuero—.
Y Kike… Kike tocó las congas como pidiendo perdón, cada golpe una disculpa, cada ritmo una promesa de lealtad renovada.
La gente lo notó. Los habituales dejaron de beber y empezaron a escuchar.
Las parejas en la pista de azulejos dejaron de bailar y empezaron a mirar —porque la música era tan buena que bailarla era desperdiciarla—.
Un marinero viejo se sentó en la esquina y cerró los ojos y movió la cabeza como si estuviera recordando algo que había perdido hacía mucho tiempo.
Y entonces pasó algo.
En el medio de Descarga cienfueguera —el número que cerraba cada set, la pieza donde cada músico tenía un solo de dieciséis compases—, cuando Mateo tomó su turno, no tocó el solo esperado. Tocó la canción.
No la canción completa —eso habría sido suicidio frente a una audiencia que incluía posibles ojos de Yago—.
Pero tocó la melodía del primer bloque —la que Esteban había escrito, la que Lola había inspirado, la que Mateo había heredado—, y la disfrazó dentro de la estructura de la descarga: la progresión de Do menor se convirtió en un puente entre dos secciones de Son montuno, la cadencia de Gitana, Gitana / Tu pelo, tu pelo apareció como un eco dentro del solo, apenas reconocible si no sabías lo que estabas escuchando, pero absolutamente evidente si lo sabías.
Mateo tocó para Aitana.
No podía decírselo de otra manera —el teléfono era inseguro, el muelle demasiado frecuentado, el club lleno de oídos—.
Pero la música no miente ni puede ser interceptada.
Si Aitana estaba en algún lugar de San Juan esta noche —y Mateo sabía que lo estaba, porque Aitana siempre estaba—, quizás sentiría algo: una vibración en el aire, una resonancia en el pecho, una nota que le dijera estoy aquí, estoy vivo, la canción existe, espera seis días más.
Mateo tocó dieciséis compases de descarga que eran, en realidad, dieciséis compases de Gitana.
Y cuando terminó, el silencio duró exactamente dos segundos —dos segundos de silencio en un club de salsa, donde el silencio es tan raro como un perro verde, y por lo tanto tan poderoso como un trueno—. Luego los aplausos. Luego los gritos. Luego doña Carmen golpeando la barra tres veces.
Pero Mateo no escuchó los aplausos. Escuchó la canción que seguía sonando dentro de su cabeza —el segundo bloque, el que no había escrito todavía, el de los celos del viento y la agonía y la denuncia—, y supo que lo que había hecho esta noche era una promesa musical: viernes 9, la canción será tuya.
Jueves 8 de agosto de 1985 — 5:30 a.m
Mateo no esperaba verla.
Habían acordado —sin palabras, solo con la intuición de quienes se aman en la clandestinidad— que no se verían hasta después de la grabación.
Cada encuentro era un riesgo; cada reunión, una firma que Yago podía rastrear.
La prudencia dictaba que la próxima vez que sus ojos se encontraran sería en la luz del cuarto de caoba, con la cinta girando y la canción cobrando cuerpo.
Pero Aitana estaba ahí.
No en la parada del parque de las Palomas —había aprendido que no podía repetir el mismo lugar—, sino en la puerta de la iglesia de San José, a tres cuadras del apartamento de Mateo, a las cinco y media de la mañana, cuando la ciudad apenas despertaba y los únicos testigos eran las palomas y un borracho que dormía en el portal.
Mateo la vio desde la esquina. Llevaba el mismo disfraz de civil —jeans, camiseta blanca, mochila de lona—, pero esta vez tenía los ojos rojos. No de falta de sueño —de llanto.
Caminó hacia ella sin apresurarse —la prisa atrae la atención— y se paró a metro y medio de distancia, como siempre.
—Aitana.
—Mateo. —Su voz era un hilo—. No vine para quedarme. Vine para darte algo antes del viernes.
—¿Cómo sabes del viernes?
—Mercedes me lo dijo. Y me dijo que no te lo dijera. Pero no puedo venir el viernes —no pude evitar la risa, corta, amarga—. Es el cumpleaños de la hermana de Don Jairo. Tengo que bailar. Yago vigilará que todos estén presentes.
—Entonces no vengas. Graba la canción sin mí. Eso habíamos acordado.
—No vine por la grabación. Vine por esto.
Aitana sacó algo de la mochila. No un sobre —ya le había dado los versos de Lola—. Esta vez era un objeto: una cajita de madera —oscura, pequeña, con una cruz tallada en la tapa—. La abrió.
Dentro había un mechón de pelo —negro, largo, atado con un hilo rojo— y un trozo de tela —tela de vestido negro, recortada con precisión, con restos de lentejuelas en el borde—.
—Es el pelo de mi madre —dijo Aitana—. Lo corté la noche antes de que me marcaran. Y es un pedazo del vestido que Lola usaba cuando bailaba en las fiestas. Lo guardé desde que tenía nueve años.
—Aitana…
—No es un regalo, Mateo. Es un talismán.
Mi madre no tiene tumba —Don Jairo se aseguró de eso; la cremaron en secreto y las cenizas las tiraron al mar—.
Este pelo y esta tela son todo lo que queda de ella en el mundo físico.
Y te los doy porque la canción es su tumba.
La canción es donde ella va a descansar.