Capítulo 67
Rebecca
Cuan do estoy a punto de salir del parque en busca de alguna cafetería donde relajarme un poco, mi móvil empieza a vibrarme en el bolso. Lo cojo y la llamada entrante de Axel hace que sonría enormemente.
—Preciosa, ¿dónde estás? —me derrito—. Acabo de llegar a casa.
Me encanta cómo lo pronuncia, casa . Puede sonar estúpido, pero su forma de entonarlo me hace sentir parte de ello.
En esta semana no hemos hablado del futuro, simplemente, nos hemos dejado llevar.
No nos reprimimos, disfrutamos de la piel del otro en forma de caricias, abrazos, besos, sexo, lento y rápido, mucho sexo.
Hacemos la cena, pasamos el rato en el sofá e incluso hemos salido a pasear por Boston, ciudad de la que ambos estamos enamorados.
Tenemos charlas interminables sobre el trabajo, los lugares que nos encantaría visitar y nuestras familias. Pero lo más importante es que sonrío continuamente, me duele la cara de hacerlo. Axel aprovecha cada momento para hacerme ver que lo que realmente quiere es a mí.
—Estaba con Cara, llevabas razón, fue ella.
—Te diría que lo siento, pero te mentiría. La quiero lejos de ti, de nosotros.
Todavía estoy insegura con el tema, dado que nuestra situación laboral es complicada. Aun así, me encanta que piense en plural, que haya un nosotros.
—Lo sé. Una parte de mí deseaba que no fuese verdad, pero ya no importa. —De todas formas, hace demasiado tiempo que no contaba con ella—. Oye, estaba a punto de entrar a una cafetería. ¿Quieres venir?
—Se me ocurre algo mejor, mándame tu ubicación y te recojo ahora mismo.
—Me da miedo preguntar.
—No lo hagas, déjame darte una sorpresa. —No puedo verlo, pero tengo tan memorizados sus movimientos: en mi mente está ofreciéndome una sonrisa ladeada, de esas tan sexis que consiguen convertir mis articulaciones en gelatina.
La sorpresa no era otra que llevarme a mi antiguo club de lanzamiento.
Hace tanto tiempo que no puedo permitirme pagarlo, que había olvidado la ilusión que me hacía.
Pero no se ha quedado ahí, me ha regalo un bono para los próximos seis meses.
He tenido que disimular la emoción para no ponerme a llorar como una colegiala.
Es un regalo un poco arriesgado, ya que todavía no sé si encontraré un nuevo trabajo que me permita por fin tener la estabilidad que necesito, o si tendré que regresar a Detroit arrastrándome por la limosna de mis padres.
Con los ahorros que he conseguido podré aguantar varios meses independizada de nuevo, aun así, necesito un trabajo para mantenerlo.
—Ha sido increíble, lo necesitaba. —Lo abrazo fuertemente, colgándome de su cuello y dejando un beso casto en sus labios.
Acabamos de terminar la sesión y estamos recogiendo el material de la cabina. No es la primera vez que me acompaña a este lugar. La última vez que lo hizo, acabamos muy… ocupados en los baños.
Mierda.
Este pensamiento me hace querer irme a… seguir ocupados.
—Nena, siempre es un placer verte hacerlo. —Se acerca a mi oído para susurrarme—. Me pones realmente cachondo.
—¿Sí? —inquiero, y me aparto para que pueda verme las intenciones grabadas en la cara—. Creo que deberíamos irnos.
—Estamos de acuerdo.
Después de estas declaraciones, y de tener la piel para arrancárnosla a tiras porque ha quedado muy latente que estamos desesperados el uno por el otro, nos vamos.
Al llegar a casa, volvemos a dejarnos llevar. Creo que nos hemos propuesto silenciosamente utilizar cada superficie de este lugar en nuestro beneficio. Después de darnos una ducha, juntos, por supuesto, bajamos a echarle un vistazo a la nevera. Tanto ejercicio nos tiene hambrientos.
—He estado pensando.
Axel está de pie, justo detrás de mí, mientras yo abro los armarios y saco condimentos.
—No sé si eso es bueno —le vacilo guiñándole un ojo.
—Muy graciosa. —En un movimiento, me coge por los muslos y me sube a la encimera de la cocina, lo que provoca que me ría más fuerte.
—Hablo en serio. He estado dándole vueltas a algo.
—Soy toda oídos. —O casi, porque no puedo evitar recorrer su mandíbula dejando pequeños besos mientras acaricio el pelo de su nuca suavemente con mis dedos.
—Tengo que irme pronto. Mi contrato en Harvard finaliza y mi equipo está esperando instrucciones para el próximo documental.
Asiento haciendo un puchero, no quiero que se vaya.
—Y… me gustaría que te quedaras aquí.
—A mí también me encantaría quedarme en Boston, Axel, pero ya sabes que depende de cómo vayan las cosas. Ya tengo un piso visto por mi antigua zona y algunas entrevistas para la semana que viene.
—No me estás entendiendo —insiste, y pone sus manos en mis mejillas—. Quiero que te quedes aquí, en casa. He hecho una oferta para comprarla.
Parpadeo, intentando encontrar las palabras. Se me revoluciona el pecho como una locomotora y me inunda un sentimiento peligroso, esperanza.
—Pero tú… tú tienes que irte.
—Sí, y quiero que me esperes.
¿Que lo espere?
Lo haría, aunque no me lo pidiera.
—Siento que esta casa es tan tuya como mía. Aquí te he vuelto a encontrar, y aquí es donde quiero estar, contigo, en Boston.
Mi lucha contra las lágrimas es inútil. Han tomado el control, descendiendo por mis mejillas con total libertad. Me da un momento para que lo asimile y sigue hablando.
—Ayer tuve una reunión con Calloway y cree que podrá finiquitar mi contrato con la CNN este año. Mi idea es pedir un puesto fijo como profesor de investigación periodística en la universidad.
Mi única reacción es abrazarlo, fuerte. Estoy tan emocionada que podría desmayarme.
—Puedo esperarte, quiero hacerlo. —Dudo un instante, como he hecho cada hora de la última semana. Pero ya me monté en este tren hace cincos años y no me importa admitir que nunca llegué a bajarme en ningún destino—. Te quiero.
Mi respuesta lo conmueve y no duda en alzarme en el aire, moviéndose por el salón conmigo anclada a sus caderas con mis piernas.
—Voy a contarte una historia. —Me deja caer en el sofá, acomodándose conmigo.
Me inquieta un poco que no me haya correspondido. Acabo de decirle que le quiero y me siento vulnerable.
—Mi padre le hacía honor a su pasión por la historia —sus ojos se entornan con cariño al recordarlo—, por eso, siempre se encargaba de contarme algo nuevo antes de dormir. ¿Conoces a las Moiras?
Niego con la cabeza, muy atenta.
—En la mitología griega, son las tres diosas del destino.
Cloto, la menor, era la encargada de hilar el hilo de la vida en su rueda.
Láquesis, medía la longitud del hilo para deliberar cuánto duraría esa vida.
Y, Átropos, la mayor, cortaba el hilo con sus tijeras, marcando el momento de la muerte.
—Vaya, me esperaba algo épico, pero esto me está dando algo de miedo —admito con una risita nerviosa.
—Tú espera. —Antes de continuar se mueve por el sofá, deslizándose a un lado de mi costado, sin dejar de mirarme ni acariciarme todo el cuerpo.
—Eran tan poderosas que sus decisiones eran irrevocables, incluso para dioses del Olimpo como Zeus.
Representaban la inevitabilidad de la muerte, sí, pero también el destino.
—Interrumpe un momento la historia, pasándome las yemas de los dedos por el contorno de mi boca—.
No puedo parar de pensar en cómo el destino ha jugado con nosotros como si fuésemos marionetas.
Cometimos errores y perdimos un tiempo muy valioso, pero aquí estamos de nuevo. Así que déjame decirte algo.
Toda mi atención está en su hipnótica voz. No puedo parar de mirar el color ambiguo de sus ojos.
—No quiero soñar una vida contigo, quiero vivirla.
—Exhalo todo el aire que no sabía que estaba reteniendo—.
Mi mayor aliciente es pensar que cada día, al abrir los ojos, serás tú la que me devuelva la mirada.
No quiero extrañarte, quiero sentirte. Necesito estar ahí cuando consigas tus metas, porque lo harás.
Te mereces brillar más que nadie y mi único deseo es que me permitas estar ahí, compartiéndolo contigo, sosteniéndote cuando tú no puedas y alzándote cuando lo consigas.
Cada fibra de mi ser se estremece por este hombre. Mi corazón ya no sangra, late con más fuerza que nunca. Mi pecho se mueve al ritmo de cada palabra que pronuncia.
—Estoy tan enamorada de ti…
—Me alegro de no haberme equivocado con esta declaración porque, Becca, estoy irrevocablemente enamorado de ti.
Puedo prometerte que, de ahora en adelante, seremos nosotros, y estaré a tu lado hasta que las Moiras nos reclamen de este mundo.
Y ten por seguro que, si hay algo más allá, estaré allí de nuevo esperándote para reunirme de nuevo contigo.
No puedo esperar más, solo quiero besarlo y expresarle lo mucho que estoy deseando vivirlo todo con él.
—Te quiero, Axel.
—Te quiero, Becca —confiesa antes de volver a besarme—. Haremos que funcione —afirma más seguro de lo que lo he visto nunca—. Estoy dispuesto a vivir contigo todos los giros de guion que nos depare el futuro.
—Lo haremos.