Capítulo 65
Axel
Est o no es para nada lo que quería al llegar a casa. Rebecca se ha ido, y no me extraña viendo quién está en mi puerta. La última persona en la Tierra a quien me apetece ver, Deva Brooks. La lleva clara si está aquí para intentar convencerme de retomar lo nuestro.
—Llevo un rato esperando, ¿sabes? —Chasquea la lengua con desagrado, un gesto muy típico en ella—. Y ni siquiera saludas como es debido.
¿Cómo de ciego estaba? Es cierto que nunca me tomé en serio «lo nuestro», solo me dejé llevar, y tampoco me molestaba su presencia. No puedo decir lo mismo ahora.
—¿Qué quieres?
—¿Qué forma de hablarme es esa, Axel? —Su tono agudo me está dando dolor de cabeza y solo acaba de empezar. Voy a serle muy claro para que se largue lo antes posible.
—Dime ya lo que hayas venido a decir —respondo tajante.
No tiene ni idea de la jugosa información que me entregó Calloway, la cual llevo en el maletín que sujeto ahora mismo. Pienso callarle la boca antes de que pueda soltar alguna estupidez.
—¿Quién eres? —Abre los ojos mucho y deja caer los brazos—. No te reconozco.
Está sumamente extrañada y no la culpo.
Siempre procuro que mi comportamiento con las mujeres con las que mantengo algún tipo de relación sea educado.
Pero la que tengo ahora mismo delante ha perdido todo mi respeto y, por lo tanto, está empezando a conocer la parte de mí que no es nada amable, sino indiferente.
—Deva, de verdad que no tengo tiempo para esto. Dime de una vez a qué has venido.
Paso por delante de ella, sin prestarle atención, abro la puerta y me sigue, refunfuñando.
Abro mi maletín y dejo en la isla de la cocina la famosa carpeta.
—¿Es por ella? Vas a tirar nuestra relación a la basura por una zorra cualquiera.
Primer error, nombrar e insultar a la mujer que ocupa mis pensamientos.
—¡Cariño, abre los ojos! Es una muerta de hambre, solo busca tu dinero —añade.
Segundo error, pensar que todas son como ella.
—Estoy seguro de que tú me quieres de verdad. Tengo un regalo para ti. —Abro la carpeta y la animo a que se acerque—. Sales muy guapa en estas fotografías.
Se inclina sobre la encimera y, cuando es consciente de lo que está viendo, su piel empalidece varios tonos.
—Pue… puedo… explicarlo —balbucea.
Agarra los documentos con las manos, pasando la mirada de uno a otro y cerrando la carpeta de golpe, como si eso funcionara para que desaparezca.
—No es necesario. Puedes marcharte.
—Axel, el único que me importa eres tú, te lo prometo. Me sentía sola y… —intenta explicarse, pero a mí no me interesa escucharla lo más mínimo.
La única persona con la que quiero hablar se ha ido, y necesito que vuelva cuanto antes para convencerla de que su sitio está aquí conmigo.
—Que tengas buena vida y mucho éxito.
Y lo digo en serio. No tengo nada en contra de ella. Aunque no hubiera funcionado, podríamos haber sido amigos, pero las personas que me quieren no me engañan.
—¿Sabes qué? Te arrepentirás de esto. Acabarás siendo un tipo corriente, viviendo en una casucha como esta y desperdiciando todo lo que la fama te ha dado.
Mira cómo tiemblo.
Por favor, si tiene pensado amenazarme, mejor que no sea con algo que me parece un sueño.
—Estoy deseando cometer esos errores.
Está tan roja que no articula ni una palabra más. Tira la carpeta al suelo y sale de forma apresurada. El portazo que da al salir me reconforta, con suerte no la veré más.
La siguiente hora me la paso dando vueltas. Me he dado una ducha, he hojeado los informes que Rebecca me dejó en el despacho sobre los afortunados de las becas y he repasado las peticiones que tenía de la productora sobre adelantar la grabación.
El periodo que firmé con Harvard está llegando a su fin y no puedo alargarlo por más que quiera.
Es insostenible intentar hacer malabares entre dar clase y preparar un nuevo documental.
Tendré que viajar, investigar y coordinar a un equipo de personas.
Puedo permitirme hacer las presentaciones del libro que nos quedan y añadir alguna más por el camino, pero poca cosa más.
Por lo tanto, tendré que irme de Boston, y pronto, muy a mi pesar.
También he aprovechado para llamar a mi madre y contarle cómo ha ido el fin de semana.
Tenía ganas de venir a verme aquí, pero le he dicho que no se preocupe, que yo iré de visita a Chicago antes de retomar el trabajo con la CNN.
Sin embargo, lo que me ha sorprendido de la conversación es que me ha preguntado si Rebecca me acompañará en esa visita o en las grabaciones.
Momento en el que me he tensionado y liberado un silencio más duradero de lo que quería. Mi madre me ha presionado como si fuera un espía soviético y he acabado por contarle todo, y cuando digo todo, me refiero incluso a mis pensamientos más actuales.
Me ha dicho lo que ya sabía pero estaba inseguro de decir en voz alta. Después de esta conversación con la mujer en la que más confío, estoy más ansioso aún por que llegue Rebecca. Necesito decirle cosas que no pueden esperar ni un minuto más.
Oigo el sonido de unas llaves intentando abrir la puerta. Seguro que va cargada de la compra y está haciendo malabares para poder abrir.
Me acerco a la entrada y confirmo mis sospechas.
Me devuelve la mirada, sin brillo, justo como no me gusta verla. La ayudo quitándole las bolsas y llevándolas a la cocina mientras ella entra en casa.
Su casa.
—Tenemos que hablar.
Joder, ha sonado más brusco de lo que pretendía, pero estando nervioso no mido mi tono. Aun así, no se sorprende, parece resignada.
—Sí, lo sé —suspira—. He estado pensándolo y quería agradecerte el trabajo. He podido ahorrar y creo que en una semana podría estar fuera de aquí. He mirado algunos alquileres por mi antigua zona, así que en los próximos días puedo llamar e ir a verlos.
¿Qué?
¿Qué cojones está diciendo? ¿Quiere irse?
—¿De qué estás hablando?
—Intento ponerte las cosas fáciles. Es evidente que vas a retomar lo que quiera que sea que tienes con esa mujer, lo pillo, estoy estorbando.
—Mi cara tiene que ser la de un verdadero psicópata, porque tengo todos los músculos de la cara desencajados—.
De todas formas, este trabajo está llegando a su fin y es momento de irme.
Te agradecería una carta de recomendación, para empezar de cero.
—Para —suplico.
Le agarro por los hombros y siento el impulso de zarandearla para que se calle.
—Es lo mejor, yo…
—Becca, eso no es lo que quería decirte. —Noto como si tuviera tierra en la garganta—. Necesito que me escuches.
—Ah, ¿no?
—Por supuesto que no —respondo, y agacho la cabeza.
No sé cómo empezar esta conversación, pero se me ocurre cómo hacerle entender que es importante para mí. Alzo la mirada hasta que conecta directamente con la suya y ella responde tocándome la mejilla con expresión preocupada.
—Oye, ¿qué pasa? —pregunta, su expresión es tan dulce y tierna que me rompe.
— Aceptaste trabajar para mí. Te eché de casa.
Dormiste prácticamente en la calle. Cogiste otro trabajo.
—Sus ojos se abren como platos al escucharme hablar en español.
Deja la boca entreabierta, creo que le he provocado una conmoción—.
Y, a pesar de todo, has sido jodidamente increíble en todo lo que te he pedido.
—Vuelvo a cambiar de idioma porque no tengo el manejo que me gustaría para poder expresar esto último.
—¡Axel! —chilla—. ¿Pero qué narices? —Me hace sonreír con su cara de incredulidad—. ¿Desde cuándo hablas español?
—No he terminado —aseguro, y ella asiente en respuesta con una sonrisa, y odio saber que va a perderla en un instante.
— Y… lo perdiste.
Frunce el ceño sin terminar de entender a qué me refiero. Poso mi mano sobre su barriga intentando mostrarle sin palabras a qué me refiero. El gesto es suficiente para que lo comprenda y, por desgracia, llevaba razón. Su expresión muda de la felicidad al dolor en una milésima de segundo.
—Yo… yo… —Está haciendo un esfuerzo para no llorar, y yo me siento la persona más despreciable del mundo.
—Lo siento —digo mientras la abrazo protectoramente atrayéndola hacia mi pecho y respirando erráticamente—, lo siento mucho. Tendría que haberte escuchado. Tendría que haber estado ahí, joder.
—Quería decírtelo, juro que iba a hacerlo —Su voz se entrecorta y empieza a sollozar, me está partiendo en dos—. Pero todo sucedió muy rápido y entonces tu… tu…
—Mi padre murió.
No hace falta que siga, los dos sabemos lo que ocurrió y el desenlace que tuvo.
—Fue mi culpa, no la tuya. Estaba tan nublado por la rabia y la impotencia que no escuché lo que tenías que decirme. Estaba celoso, cabreado, roto —confieso, y entonces recuerdo aquel mensaje que me precipitó a pensar lo peor—, y me mandaron un mensaje de ti en aquella clínica.
Se separa de mí bruscamente, con las mejillas empapadas y temblando.
—¿Qué mensaje? ¿Quién te lo mandó?
—Era un número anónimo. Intenté llamar varias veces, pero poco después de recibirlo, lo dieron de baja —le explico—. Eran fotos tuyas, en la clínica de interrupción del embarazo.
—¡Pero qué mierda me estás diciendo! Eso es imposible, esto no lo sabe casi nadie, solo mi familia y mis amigas. Ellas jamás harían algo así.
Se queda en shock un momento, con la mirada perdida en ninguna parte, y puedo ver el momento exacto en el que ata todos los cabos sueltos. Desde que me contó cómo terminó su amistad con ella, empecé a sospechar, pero no tenía la información suficiente para estar seguro.
—Cara me acompañó, estuvo conmigo, apoyándome cuando todo sucedió.
Lo que pensaba.
—Si te la encontraste con Eric, ya sabes por qué lo hizo.
El horror la atraviesa tanto como a mí. Qué asco de persona. Nunca fue de mi agrado, aun así, esto es pasarse todos los límites morales. Me alegro muchísimo de que ya no esté en su vida. Aunque, por lo que me ha contado, ella sigue insistiendo.
—¡Dios mío! No es posible…, no ha podido hacer algo así.
—Lo hizo —afirmo—. No tenemos pruebas, pero tampoco las necesitas.
Niega con la cabeza, incrédula. No la culpo, a mí también me costaría asumir que algunos de mis amigos como Daxton o Willow me hicieran eso. Ni siquiera pensaría algo así de Calloway, jamás.
—Perdóname —digo, y le levanto el mentón para que pueda ver lo mucho que me arrepiento de no haberla escuchado—, por favor.
—Axel, tú también estabas pasando por algo terrible. —Me duele mirarla, me rompe el tiempo que he perdido.
—Sí, fue un infierno, pero era adulto. Tendría que haberlo gestionado de otra forma. Podría haberte tenido a ti para sostenerme, y tú me necesitabas. No me siento orgulloso de cómo me dejé llevar, necesito que me perdones.
—Sabes que ya lo he hecho.
No puedo aguantarme más, cada músculo de mi cuerpo está desesperado por ella.
Esa chica que conocí en la universidad y llegó para hacer temblar todos mis cimientos.
Habría rechazado las prácticas de mis sueños si ella hubiera querido seguir adelante con el embarazo, la habría apoyado incondicionalmente.
Y estoy seguro de que ese es otro motivo por el que atrasó contarme lo que estaba pasando, hasta que fue demasiado tarde para replanteárselo siquiera.
—No estaba preparada, no era mi momento.
Pensé en no seguir adelante, por eso fui a aquella clínica, quería informarme de mis posibilidades.
Iba a decírtelo, pero antes de empezar, todo había acabado.
Me sentí impotente, frustrada y triste. No era consciente de lo que me importaba, hasta que la posibilidad desapareció tan rápido como había venido.
—No tienes que darme explicaciones —le aseguro, vuelvo a pegarme a ella, pasando mi mano por su pelo.
—Pero quería dártelas, siempre quise.
Ya he tenido suficiente. Ojalá las cosas no hubieran salido como lo hicieron, aunque ya es tarde para seguir lamentándose por lo que pudo ser. Es hora de ponerlo todo en su sitio y disfrutar del presente, y si ella me lo concede, juntos.
Me inclino sobre ella y la beso. Es desperado, pero a la vez lento y abrumador. Me corresponde apretando más aún sus labios contra los míos, tomándose su tiempo para encajar conmigo como si fuésemos uno. Abre la boca en una invitación y no me lo pienso para explorar cada rincón de ella.
Se queda paralizada de repente y muy a mi pesar se separa de mí, confusa.
—Deva…
—No es nadie, nunca lo fue y no lo será —le aclaro—. Ya tomé la decisión, pero sabía que se resistiría a dejarlo pasar. Por suerte, Calloway me entregó un material muy interesante, donde ella misma ha podido ver lo poco que le he importado.
—Ah, pensaba que…
La interrumpo sin miramientos, sé lo que va a decir y no puede estar más equivocada. Culpa mía, por no habérselo dejado más claro.
—Pensabas mal —le corrijo—. Solo estás tú, Becca, nadie más.
Se le escapa un sollozo y yo necesito fusionar mi piel con la suya inmediatamente. Quiero sentirla lo más cerca posible, deseo hacerle ver que nadie ha sido, ni será, tan importante para mí como ella.
La cojo en volandas en lo que se le escapa una risita, y eso es justo lo que quiero, no ver ni una lágrima más. Escuchar el sonido de su risa infinitamente.
Subo las escaleras con ellas a cuestas, como si de una escena de luna de miel se tratara y la llevo a mi dormitorio, donde tengo pensado tocarla y sentirla el resto del día, sin descanso.