Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 63
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Capítulo 63

Axel

E s la primera vez que veo al hermano de Rebecca en persona, se parece a ella. Siempre me contaba que Brad había sacado los rasgos de su padre, de ahí el color de ojos y su tamaño.

​ No tengo nada en contra de que haya venido, me alegro por Becca.

Pero a este tío no parezco hacerle ni puta gracia.

Primero, se fueron dentro de nuestra cabaña, buscando algo de intimidad.

Después, se unieron a nosotros en la comida, durante la cual no me dirigió la palabra y solo se dedicó a lanzarme miradas recelosas.

Es bastante, como decirlo…, gilipollas. No le importa lo más mínimo ser el centro de atención, saca temas de conversación y no para de bromear con todos. Especialmente con Willow, conmigo no, por supuesto.

Parece tener algo contra mí, no hace falta ser muy listo para darse cuenta. Si piensa que puede interponerse en lo que quiero, está muy equivocado.

Incluso a Calloway le hace gracia, en serio, de dónde ha salido este tío.

—¡Todos a sus puestos! —vocifera el médico.

Se le ha ocurrido la maravillosa idea de que juguemos un partido de beisbol entre nosotros, así que aquí estamos, en un claro entre los árboles.

Lo único que me consuela es que Lia parece haberse dado cuenta y no está embelesada con él como los demás. Mantiene las distancias y no lo mira como si fuera un semidios, le noto la desconfianza ante su actitud.

Esa es mi chica, siempre puedo contar con ella.

​ Willow siempre lleva encima un altavoz portátil, no sabe vivir sin música. Lo deja en el suelo mientras los demás nos ponemos en posición para el juego y lo conecta a su móvil, haciendo que suene Supermasive de Muse.

​ —Oye, muy a lo Crespúsculo , ¿no? —dice Amber.

​ Obvio que todos estábamos pensando lo mismo.

​ —¡De eso se trata! Yo podría ser Emmet Cullen —responde Willow, haciéndonos reír a los demás con la referencia.

​ —¿De que estáis hablando?

​ Todos nos giramos a la vez para mirar a Calloway, atónitos. Es el único que no se entera de nada. Puedes ser fan o no de la saga, pero ya tienes que vivir en una cueva o en su defecto tener más de sesenta años para no saber a qué nos referimos.

​ —¿De dónde has sacado a este tío? —Willow me mira con los ojos azules bien abiertos—. ¿De Oz?

​ Está frente a mí, con la pelota en la mano y preparado para lanzársela a Daxton, el encargado de batear. No sé mucho de beisbol así que me he ofrecido a ser receptor.

​ —Vampiros, hombres lobo. La Push, nena, La Push .

​ Willow hace su mejor interpretación, pero Regan sigue sin enterarse de nada.

​ —Joder, qué raros sois —sentencia Calloway con una mueca de desagrado—. Venga, empezad de una vez, que no tenemos todo el día.

​ —No te preocupes. —Amber le regala una mirada cómplice—. Yo te enseñaré qué pelis son, o a lo mejor prefieres los libros.

​ Sí, estoy seguro de que eso le encantaría, tener a Amber prestándole atención me refiero, porque los vampiros van a importarle lo mismo que un contrato sin fondos, nada.

​ —Todo lo que venga de ti, me interesa.

​ Por favor, no hay quien se crea a este tío, espero que la rubia no se deje engañar, con esa mirada como la niebla es capaz de liar a cualquiera.

​ No puedo evitar tomármelo con competitividad, está en mi naturaleza, y más con Brad intentando joderme todo el rato.

Me ha empujado varias veces, haciendo comentarios pasivo-agresivos.

Por lo menos, Rebecca no parece estar afectada por la hostilidad que desprende su hermano contra mí, porque le sonríe a él a la par que a mí.

​ —¡Ay, mierda! —grita Lia cuando golpea demasiado fuerte, desviando la pelota lejos—. Lo siento.

​ —No pasa nada, ya voy yo.

​ Así pierdo de vista un rato al imbécil este.

​ Me alejo trotando, ojeando la zona intentando encontrarla, con tal mala suerte, que me quedo enganchado de la camiseta con la rama de un árbol. Tropiezo y caigo sobre algo afilado en mitad de los arbustos.

​ Mierda, es una piedra.

​ Me remuevo en el suelo, soltando un gruñido. Me ha desgarrado la carne a la altura de las costillas, en el lateral derecho.

​ Me miro la zona, quedándome tranquilo cuando veo que ha sido bastante superficial.

Tengo el rango de dolor alto, he recibido muchos golpes entrenando, podré disimularlo hasta que terminemos y me dé una ducha.

Me bajo de nuevo la camiseta y cuando voy a incorporarme veo la dichosa pelota justo a mi lado.

La recojo y vuelvo con los demás, maldiciendo.

​ No tengo ganas de que el señor perfecto, alias Brad, tenga un motivo para reírse a mi costa, así que la lanzo, haciendo una pequeña mueca, y vuelvo a mi puesto.

​ Hacemos otra ronda, hasta que me hago daño dando un pequeño salto para intentar cogerla, después del bateo de Peyton. Y para colmo, Rebecca choca contra mí intentando hacerse con la pelota.

​ Aprieto los dientes intentando disimular, pero se queda inmóvil mirando mi torso.

​ —¡Axel, tienes sangre en la camiseta! —grita Rebecca.

​ Me miro y, sí, se ha formado una mancha justo donde tengo la herida.

​ Joder, vaya idea lo del beisbol, y vaya cagada lo de la puta piedra.

​ —No es nada —la tranquilizo—. No te preocupes.

​ Pero su expresión alarmada no cambia.

​ —Eh —llevo mi mano a su mejilla—, estoy bien, nena, te lo prometo. Solo es un poco de sangre.

​ Se me encoge el pecho de verla así por mí. Quiero abrazarla delante de todo el mundo, para que sepan que es mía, para que ella tenga claro que lo es. Quiero poner su cabeza en mi pecho para que oiga la banda sonora de mis latidos.

​ —¡Espera! Brad es médico.

​ Me precipito a cortar su hilo de pensamiento para que no se le ocurra llamar a su dichoso hermano, pero no me da tiempo, porque en cuestión de segundos le está increpando nerviosa para que venga.

​ Se acercan todos frunciendo el ceño y preguntando qué pasa.

​ —¿Qué tienes ahí?

​ Me levanto la camiseta, para que el prestigioso médico pueda echar un vistazo.

​ —Es poca cosa, pero hay que limpiarlo para que no se infecte. —Se acerca un poco más—. Parece que no vas a necesitar puntos.

​ Vaya, ha dejado toda la hostilidad y altanería que tiene conmigo a un lado. Va a resultar que el doctor Davis sí es un profesional.

​ —¿Qué te ha pasado? —pregunta Rebecca, un poco más calmada.

​ —Un oso —respondo sacándole una sonrisa—. Tendrías que ver cómo ha quedado él.

​ No pienso admitir que me he caído al suelo, clavándome una piedra porque me he enganchado con una rama de un árbol como un idiota.

​ —¿Puedes curarlo ahora mismo? —Lia mira directamente a los ojos de Brad con una súplica silenciosa.

​ Por el amor de Dios, que solo ha sido un rasguño.

​ —Si Peyton tiene un botiquín con cosas básicas, lo dejaré como nuevo —afirma el doctor, coronándose como el salvador del grupo.

​ —Tenemos uno en cada cabaña —contesta la aludida.

​ —¿Te llevo a cuestas? —Daxton aprieta la boca en una fina línea, intentando aguantarse la risa, sabe que me encuentro bien.

​ —Puedo andar. —Mi tono de voz le indica que se deje de tonterías.

​ Caminamos hasta los alojamientos, que realmente están muy cerca. La partida se ha acabado por hoy. Los demás se quedan juntos en el porche de la cabaña de los chicos mientras Brad y yo entramos a la mía. Este le hace una señal a Rebecca para que nos espere fuera.

​ Me dan ganas de explicarle que donde yo esté puede estar ella, como debe ser, pero me callo porque no tengo ganas de que me joda mientras me cura.

​ —Túmbate en el sofá.

​ Sé que es lo más normal, aun así, me molesta que me dé órdenes. No le gusto y el a mí tampoco.

​ Me quito la camiseta y la dejo a un lado, tumbándome con la zona del rasguño a la vista, en su dirección. Coge el pequeño botiquín que le ha dado Peyton y se saca unos guantes del bolsillo.

​ —Están limpios —aclara ante mi escrutinio—. Tengo guantes en todas partes.

​ Que sí, que ya nos hemos enterado de que eres médico. Qué pesado, joder.

​ Dejo la mirada fija en el techo mientras me trabaja la zona.

Vierte en la herida varios líquidos, entiendo que suero fisiológico para limpiarla y algún antiséptico, porque empieza a escocerme de cojones.

Utiliza gasas, un apósito y, para terminar, una fina venda con la que me envuelve el torso cuidadosamente.

​ Sigue con la cara de concentrado una vez ha terminado y yo no puedo evitar que las palabras se me escapen.

​ —¿Qué se supone que te he hecho?

​ —Sabía que eras narcisista, pero no tonto.

Su tono de voz es calmado, a pesar del sarcasmo, aunque sus ojos son puro hielo. Me incorporo en el sofá, quedándome sentado, con él enfrente en una silla.

Ahora que estamos cara a cara me gustaría que nos dejáramos de gilipolleces y me dijera por qué le molesto tanto. Es obvio que sabe que soy el ex de su hermana, pero la ruptura no fue culpa mía y tampoco he hecho nada ahora que justifique el desprecio que me tiene.

—Tú dirás. —Le hago un gesto con la mano invitándolo a que hable.

—No me gustan los tíos como tú, y menos si mi hermana está en medio.

¿Los tíos como yo? Lo que me faltaba.

—Hasta donde yo sé, le he dado un trabajo, uno que por cierto se le da increíblemente bien, tiene el alojamiento cubierto en mi casa —de la cual la eché al principio, pero eso no viene al caso ahora— y también me encargo del resto de gastos como comida o transporte. Así que dime, ¿qué clase de tío soy?

Suelta una carcajada seca y rápida, mostrando una sonrisa tirante y fría, que no pega nada con la actitud de tío despreocupado que les muestra a los demás.

—¿Y crees que mi hermana hubiera aceptado trabajar para el hombre que la dejó tirada como a un perro si no hubiera estado desesperada? —Prácticamente me escupe las palabras—. Me tendría que haber llamado a mí, hostias, y yo me habría ocupado de ella, como hace cinco años.

Me parece que aquí alguien tiene una grave distorsión de la historia y de lo que pasó en nuestra ruptura. Y pienso callarle la boca de engreído y prepotente que tiene.

—Quedó con otro a mis espaldas, mi padre murió y, para rematar, ni siquiera me dijo que se había quedado embarazada —suelto, luego me levanto exasperado, mirándolo desde arriba y subiendo el tono de voz. Me está cabreando—, supuestamente de mí.

—Quiero creer que he oído mal y no acabas de insinuar que…

Se ha puesto de pie y su expresión corporal no me indica nada bueno. Está tan cabreado como yo. No entiendo qué cojones le pasa y no voy a permitir que me mangonee. Le corto antes de que pueda seguir.

—Lo único que sé es que se quedó embarazada, y de la misma forma lo interrumpió por voluntad propia mientras yo estaba destrozado. No tuvo ni la consideración de decírmelo ni de preguntarme qué quería hacer yo. Así que, sí, incluso me he preguntado si la cagó con otro y no fue capaz de afrontarlo.

Esto lo hace estallar, echándoseme encima.

Lo primero que habría hecho en esta situación es bloquearlo y lanzarle un puñetazo igual o más fuerte que el que él pretendía darme.

Pero a Rebecca le importa mucho y no me perdonaría esto.

Además, está equivocado, solo actúa por confusión y rabia, así que me limito a agarrarlo para que no pueda golpearme.

—¡Brad, para! Yo la quería, me enamoré de ella.

—Eres un mierda, puedes engañar a los demás, o a ti mismo si te apetece, pero a mí no. Sabes perfectamente lo que haces, lo único que te pasa es que no quieres manchar tu imagen perfecta de documentalista prestigioso.

—Yo no…

—No fue voluntario, pedazo de gilipollas, y por más que lo repitas, la historia no va a cambiar para que a ti te encaje mejor.

¿Qué acaba de decir?

—¿QUÉ?

Estoy congelado.

—No te hagas la víctima ahora. No interrumpió el embarazo, lo perdió. Y era tuyo, pedazo de mierda —añade histérico—, sabes de sobra que no tenía nada con nadie más.

Eso no es posible. Me hubiera enterado, alguien me lo habría dicho.

Lo suelto en el acto, dándome la vuelta y tapándome la cara con ambas manos. Estoy a punto de desplomarme. Esto no puede estar pasando.

—Me mintió… —susurro.

—No, no la escuchaste —me reprocha—. La dejaste.

Dios mío…

Me agarro al filo de la encimera de la cocina buscando estabilidad, apretando tanto los dientes que temo partirme uno. Mientras Brad sigue a mi espalda, en silencio.

Ahora entiendo el odio que me tiene, la jodí, pero bien.

—No… no lo sabía.

Me doy la vuelta para encararlo. No soy un cobarde, aunque mis actos le hagan creer lo contrario. Se queda mirando con los brazos cruzados a la altura del pecho.

—Me gustaría creerte, sobre todo porque ella parece mirarte con admiración, como si fueras el puto sol.

Más que agradarme, sus palabras me duelen, me paralizan. Porque yo quiero ser eso para ella. Tenía que haberle dado el beneficio de la duda, debería haberla escuchado.

Mi propio dolor no me dejó pensar con claridad, fui impulsivo y estúpido. Ahora… quizás sea demasiado tarde para arreglarlo.

No. Tengo que intentarlo.

—Te prometo que lo solucionaré.

—Deberías alejarte de ella.

No da su brazo a torcer y ahora lo entiendo.

—No puedo.

​ No quiero.