Capítulo 61
Axel
C omo es de noche, no veo mucho a nuestro alrededor, aunque puedo atisbar la silueta de las montañas al otro lado del lago. Estoy seguro de que, al atardecer, las vistas tienen que ser impresionantes.
Rebecca intenta abrir la puerta de nuestro alojamiento mientras yo espero justo detrás de ella cargado con nuestras cosas. Pero no consigue hacerlo, primero se le han caído las llaves, y después prueba varias veces con la cerradura, sin éxito.
—¿Se puede saber qué te pasa? —la vacilo—. ¿Estás borracha?
—¡Claro que no! —grita nerviosa—. La cerradura está mal o se han equivocado.
—Déjame probar a mí.
Me adelanto y, para su sorpresa, abro a la primera sin problema. Lo único que se necesitaba es un pulso de persona normal, a ella le tiemblan las manos como a una adicta en recuperación.
Resopla ofendida.
Su expresión me hace sonreír. Si está nerviosa, la situación va a ponerse peor porque yo no consigo quitarme de la cabeza lo que quiero hacer.
—Vaya, es preciosa —aclama revisando cada rincón—. Tenemos que darle las gracias al padre de Pey en persona, este sitio es genial.
Dejo caer nuestro equipaje en el suelo, en una esquina al lado de la puerta. Voy a la nevera a por agua fresca y me fijo en la imagen que puede vislumbrarse por la ventana, el reflejo de la luna sobre el agua. Ella lleva razón, este lugar tiene algo, me gusta.
—Me quedaré en la habitación pequeña.
Hace el intento de coger su macuto para llevarlo al dichoso dormitorio, pero, como he dicho, eso no va a pasar esta noche.
—No.
Le agarro la muñeca para que lo suelte y levanta la cabeza prestándome atención, extrañada por mi negativa.
—¿Quieres quedarte tú la pequeña? —Frunce el ceño—. No seas ridículo, eres más grande.
Decido arriesgarme, acercándome más a ella, posando mis manos en su cintura en actitud posesiva. Porque eso es lo que me despierta, deseo, ansia… y anhelo. Se queda inmóvil, aunque puedo notar como se estremece bajo mi tacto. Me inclino sobre ella rozando el lóbulo de su oreja con mi nariz.
—Estoy harto de reprimirme —confieso susurrando.
—¿A qué te refieres?
Me separo para mirarla, sus ojos color arena brillan, se muerde el labio inferior, terminando de darme la confianza que necesitaba.
Me está volviendo loco y ni siquiera parece saberlo.
Pongo una mano en su nuca, enterrando los dedos en el pelo mientras bajo la otra por la zona baja de su espalda. Esbozo una mueca ladina y sonrío justo antes de besarla con toda la intensidad que no puedo guardarme más.
No tarda en responderme de la misma manera. Dejando la timidez a un lado, colgando sus brazos de mi cuello y pegando su cuerpo completamente al mío.
—Estaba deseando hacer esto, no puedo pensar en otra cosa. Estoy perdiendo la cabeza.
—¿Qué necesitas? —pregunta en un tono descarado, cargado de intenciones.
—A ti.
Y con esta afirmación, me dejo llevar por completo.
La beso de nuevo, bajando por su cuello, mordiéndole levemente la garganta, sintiendo como ella se contonea entre suspiros y jadeos. Estoy tan caliente que debería darme vergüenza.
—Axel… —Su respiración se entrecorta.
—Joder, quiero follarte de tantas formas…
Al oírlo, se impulsa, subiendo las piernas para abrazar mis caderas.
Nos muevo a ambos, estrellándonos contra la pared más cercana.
Tengo las manos bien ocupadas, recorriendo y apretando todas las deliciosas curvas que me ofrece su culo.
Siento la piel ardiendo cuando desliza sus dedos debajo de mi camiseta y empieza a reptarlos por el abdomen, subiendo hasta el pecho.
Solo paramos para coger aliento, y luego seguimos devorándonos entre jadeos y gemidos. Pero necesito más de ella, el éxtasis que me provoca no es comparable con nada que haya tenido entre mis manos.
—Nena, te he echado de menos —susurro.
—Yo… también —admite con desesperación.
Cuando me toca la erección por encima del pantalón, echo la cabeza hacia atrás, necesitando respirar más profundo. Lleva demasiada ropa, y yo también, tengo que solucionarlo.
La dejo caer en el sofá y me abre las piernas en una invitación para que encajemos a la perfección. La miro deshaciéndome de toda prenda que se interponga en mi camino. La impaciencia le puede, desnudándose a la vez que yo.
—Necesito estar dentro de ti.
—Demuéstrame cuánto —dice desafiante.
Y aquí es cuando pierdo el poco control que me queda.
La vuelvo a coger, pero esta vez desnuda, moviéndonos mientras aprieta los muslos en mi cintura, y yo entierro la cabeza en su escote, perdiéndome en el acto, disfrutando de sus pezones en una confusión de sonidos ininteligibles.
Joder, me encantan sus tetas, podría dormir con la cabeza aquí metida todos los días de mi vida. Qué digo dormir, quiero correrme en ellas.
La dejo caer suavemente hasta que sus pies tocan el suelo, aprovechando para darle la vuelta e inclinarla sobre la mesa debajo de la ventana.
—Para que puedas admirar las vistas durante el espectáculo.
Aunque para vistas, las que tengo yo delante, con ella de espaldas, con medio cuerpo sobre la madera y su culo en primer plano, apuntando directo a mi polla.
—Axel, no… no te frenes.
No necesito que lo repita.
Aunque la tenga tan hinchada que duele, prefiero esperar un poco más. Me agacho para deleitarme, no puedo pasar la oportunidad de comerla en esta postura, está tan expuesta que cumple todas mis fantasías.
Le levanto el culo para tener mejor acceso a mi parte favorita y empiezo a deslizar la lengua por toda su humedad, poniendo más énfasis cuando llego al clítoris.
La abro un poco más y subo hasta el orificio que nunca he tocado, y entonces sí, me desvivo lamiendo de arriba abajo en todo su recorrido.
—Ah…, Dios… Joder… —balbucea entre sonidos obscenos.
—Chss, controla ese tono, cariño. No queremos que te oiga todo el recinto.
Porque, claramente, solo puedo escucharla yo, sus gemidos me pertenecen.
—Es… esto… es —intenta recomponerse—. No pares, por favor.
Pero sí paro, provocando un profundo quejido de su garganta.
Me agacho para coger un preservativo del bolsillo del pantalón, que antes he tirado al suelo, lo rasgo con los dientes y me lo coloco. Me levanto y pongo una mano en el centro de su espalda, mientras ella me mira por encima de su hombro, impaciente.
Cuando la noto preparada, entro en ella. Está tan empapada que me deslizo de una sola vez.
—Becca…, eres el puto paraíso —consigo completar la frase con mucho esfuerzo.
Deja caer su mejilla contra la tabla de la mesa, pero eso no entra en mis planes, porque empiezo a empujar dentro y fuera de ella y necesito ver el balanceo de sus tetas al hacerlo.
Enredo su pelo en mi puño y tiro de él hacia atrás, levantando su cabeza, dándome las vistas que estaba buscando mientras sujeto su cadera con mi otra mano.
—Lo estás haciendo como un animal —jadea, y gime con cada empujón.
—¿Quieres que pare?
Quizás me he emocionado demasiado, no pretendo hacerle daño, pero sí enterrarme dentro de ella hasta el mismísimo fondo.
—No —suplica.
Suficiente para dejar la mente en blanco y aproximarme al vacío. Intensifico el ritmo, el movimiento de su cuerpo me vuelve loco y no puedo evitar soltar palmetazos en su culo hasta que lo veo enrojecerse. Despierta mis instintos más primitivos.
—Estoy cerca.
Su voz extasiada son órdenes para mí.
Le doy la vuelta, poniéndola boca arriba, quiero que se deshaga, que termine mirándome a la cara. Continúo, volviéndome más salvaje, más errático. Hasta que sus gritos son melodía para mis oídos. Sigo hasta que su respiración empieza a calmarse y sus paredes dejan de apretarme.
Quiero tantas cosas que no puedo decidirme por una, así que salgo de ella, me quito el preservativo y sorprendiéndola, me subo a la mesa, colocando mis rodillas a cada lado de su cabeza.
—Abre —exijo pasando los dedos por sus labios.
Está hecha un desastre, pero de los que me gustan, satisfecha, sonriente y con las mejillas sonrojadas. Y por supuesto, no tarda en hacerlo, rodeándome con la boca, formando un círculo perfecto.
Joder.
No he estado tan cachondo en mi vida, podría morir aquí mismo.
Con solo introducirme un par de veces estoy a punto de estallar, salgo de ella de nuevo, echándome un poco hacia atrás, y con solo tocarme una vez, me derramo encima de su abdomen, en la mejor sensación que he sufrido jamás.
Me dejo caer al lado de ella, todavía eufórico.
—¿Todo bien? —pregunto acariciando su mejilla.
—Perfecto.
La beso, pero esta vez lentamente, dejándole tiempo a mis labios para memorizar los suyos. Antes de que pueda empezar a vestirse, la arrastro a la ducha conmigo, quiero ocuparme y limpiarla yo mismo, como la reina que es.
Aunque tenga su propia ropa aquí, le dejo una de mis camisetas, porque esta noche solo quiero verla con algo mío puesto. Y, por supuesto, en mi cama.
Tumbados en el dormitorio, empieza a entender que no voy a dejarla marchar.
No he terminado de tocarla, de recorrerla, recuperando todo el tiempo en que no lo hice. Lo mejor es que me corresponde. No sé en qué momento cerramos los ojos, dejándonos llevar por el sueño, pero no importa porque, esta vez, su pelo roza mi cara y su respiración está al compás de la mía.