Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 60
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Capítulo 60

Axel

E s extraño, me refiero a sentir que no ha pasado el tiempo porque sabes que estás con las personas correctas.

No me imaginaba que en esa ecuación también entrara Rebecca y sus amigas, pero aquí estamos.

Sentados alrededor de una mesa, en el porche de una cabaña, con vistas al lago Champlain, y no sabría diferenciar si tengo veintitrés años, como cuando estaba en la universidad, o los veintiocho que calzo ahora.

​ Lo importante es que me siento relajado, y soy consciente de lo mucho que he sonreído últimamente, pero esta noche se lleva el broche de oro. Reunirme con mis amigos y escuchar sus gilipolleces ha terminado de recargar mi batería, la cual estaba llegando al límite antes de regresar a Boston.

​ La observo, sentada justo enfrente de mí, flanqueada por las chicas.

Parece que a Lia le encanta estar con ella, siempre le gustó, igual que al resto de mis amigos.

Creo que incluso Regan siente debilidad por Becca, no le gustó una mierda verla en la gasolinera y vino a buscarme de inmediato con una orden silenciosa para que lo solucionara.

​ Lo que está claro es que estoy empezando a obsesionarme, más que cuando nos conocimos.

El magnetismo que me atraía antes ahora está tomando todo el control de mi mente y mi cuerpo.

No puedo parar de observarla; cada vez que se ríe, siento celos de que no sea conmigo.

Quiero tocarla todo el tiempo, y se supone que no tengo permiso para hacerlo porque no es mía.

​ Eso debería cambiar.

Willow no para de contar anécdotas y Lia está encantada.

Daxton mira más de la cuenta a Peyton, pero sin cambiar la expresión; bueno siempre lo hizo así, aunque nunca dio a entender que le gustara ni intentó nada, y ahora no tiene pinta de hacerlo tampoco.

Y Regan tiene entretenida a Amber desde que nos sentamos.

​ Mientras que yo sigo atrapado en la sonrisa de Rebecca, Calloway se acerca a mí, golpeando mi hombro y diciéndome en el oído:

​ —Tengo que hablar contigo.

​ —¿Ahora?

​ —No, la semana que viene, tengo un hueco a las nueve de la mañana del martes —suelta, luego se separa para mirarme con cara de suficiencia—. Pues claro que ahora.

​ Resoplo por lo intransigente que es y me levanto para que vayamos dentro a coger otra cerveza y me comente lo que quiera que sea que no puede esperar.

​ Me sigue y me siento en el pequeño salón del interior de la cabaña con una nueva bebida en las manos. Él permanece de pie, frente a mí.

​ —¿Qué es lo que no puede esperar? ¿Algo sobre mis contratos?

​ Me lanza una carpeta negra encima de la mesa baja que tengo delante del sofá.

​ —Deberías ver esto —la señala—. Alguien se ha estado divirtiendo.

​ Arrugo la nariz, extrañado. No sé de qué narices me está hablando. Recojo la carpeta y la abro un poco inseguro, no me gustan las sorpresas. Pero conforme avanzo entre fotografías y el informe que hay añadido, mi tensión se relaja porque descubro que me importa bien poco lo que estoy viendo.

​ —¿De dónde lo has sacado?

​ Deva aparece como protagonista, y no está sola.

Me sorprende por la actitud celosa y posesiva que siempre ha mostrado conmigo.

Pero lo que realmente me deja un poco perplejo no es que esté besándose con otro hombre, es que son varios.

Las fotografías son comprometidas, en restaurantes y puertas de hoteles.

​ El informe lo deja claro, por si había alguna duda. Incluye lugares, fechas y horas. Todo ello durante nuestra supuesta relación, la que ella creó y expuso.

​ —Te he hecho un servicio prémium de cliente. —Se pasea por la habitación, meneando su vaso de whisky —. De nada, por cierto.

​ —Sinceramente, me importa una mierda.

​ No sé si esperaba que me echara a llorar o perdiera los nervios, eso no va a pasar. Nunca estuve enamorado de ella, yo lo sentía como una transacción, me aportaba estabilidad, aunque no negaré que la culpabilidad por enredarme con Rebecca sí me ha preocupado en varias ocasiones.

​ —Lo sé, pero estoy seguro de que aún no se ha dado por vencida y volverá más pronto que tarde a insistirte con retomar lo que teníais.

​ —Ya le dije que no iba a funcionar —afirmo, seguro de mí.

​ Aunque sé que lleva razón, la conozco, no se quedó conforme con mi decisión. Es una mujer ambiciosa y tenaz, y por lo visto, infiel.

​ —Te estás reteniendo y con esto quiero asegurarme de que no lo hagas. Eres otra persona desde que llegaste a Boston. Solo quería que tuvieras toda la información en el momento de tomar decisiones.

​ Esta es la versión que casi nadie conoce del hombre que tengo delante. El empresario trajeado, frío e implacable en los negocios. No va a mandarte una felicitación por tu cumpleaños y tampoco va a ofrecerte un abrazo, pero, si le importas, te protegerá sin que tú se lo pidas.

​ —A esa mujer le gusta demasiado el estatus, sé que no te interesa porque te sientes muy a gusto regodeándote en la clase media, pero tú estás en otra liga ahora.

Quieras o no, eres conocido, respetable y lo que se considera un nuevo rico.

Estoy seguro de que no está dispuesta a dejarte ir tan fácilmente —continúa.

​ Nunca lo había visto desde esta perspectiva. Como dice Calloway, no me interesan este tipo de cosas, no le doy al dinero más importancia de la que tiene. Y tampoco es como si yo fuera actor de Hollywood, salgo en la CNN haciendo documentales.

​ Pero si me paro a pensarlo, Deva siempre ha tenido mucha prisa por exponer nuestra relación, por hacerla real y visible, y, en cambio, no ha mostrado ningún interés en que vivamos juntos. No hemos hablado de temas importantes, como conocer a mi madre o formar una familia.

​ Me quedo pensativo con la carpeta entre las manos. En parte, me siento traicionado, más por las mentiras que por el acto en sí. Llevo un peso menos encima. Sea como sea, le agradezco el gesto.

​ —Gracias.

​ Él asiente, justo antes de que Rebecca entre para avisarnos de que los demás se van a descansar. Mueve un juego de llaves en el aire para que lo vea y la miro de forma interrogativa, alzando una ceja.

​ —Peyton me las ha dado, son de nuestra cabaña. Es la que está más alejada, cerca de la orilla del lago.

​ —¿Nuestra?

​ Se ruboriza ante el comentario, siendo consciente de que Calloway está en la sala. Al cabrón parece hacerle gracia la información, pero solo lo demuestra con media sonrisa un breve instante antes de irse.

​ —Sí…, ha considerado que como vivimos juntos, no nos importaría compartirla. Pero tiene dos habitaciones —se apresura a aclarar.

​ Lo que ella no sabe es que no tengo ninguna intención de que pise «su habitación». Estoy harto de que no duerma en la mía, donde debería estar. No me queda claro qué quiere de mí, así que voy a poner mucho empeño en demostrarle lo que quiero yo.