Capítulo 59
Axel
L a ovación de aplausos resuena por toda la sala.
El aforo está completo, y en la calle esperan una buena cantidad de personas, cada una con su ejemplar entre las manos.
Ni en mis mejores sueños habría imaginado que mi libro pudiera llegar a interesar de esta forma.
Me siento muy agradecido de que se hayan tomado su preciado tiempo en venir a verme.
El recibimiento en Montpelier ha sido apabullante y, en medio del caos, está ella, Becca, quien se ha encargado de organizarlo todo desde que hemos llegado.
Se ha sentado en primera fila y casi no ha parpadeado, pendiente a cada cosa que decía, lo sé porque de vez en cuando no podía evitar mirarla.
Me ha gustado que estuviese aquí conmigo, tanto como me gusta tenerla en casa. No sé explicarlo, simplemente es… fácil, como si fuera natural y todo estuviera en su sitio.
Calloway está de pie, al fondo, atendiendo una llamada.
Según me ha comentado cuando he llegado, la CNN quería adelantar la grabación de mi próximo documental, pero eso no es viable.
Rebecca ya ha acordado con mi editorial una gira de presentaciones, breve pero necesaria.
Además, cada nueva puesta en marcha exige una investigación exhaustiva, viajes, trasnochar y una cantidad de horas que mi organismo todavía no quiere asumir.
Me gustaría dedicar un poco más de tiempo a las firmas del libro, a dar clase en Harvard y a sentirme en casa en Boston.
No estoy preparado para volver de inmediato a los reportajes y todo lo que ello conlleva.
Por primera vez en mucho tiempo, había pensado en tomarme unos días libres, visitar a mamá y perderme en alguna playa.
Últimamente, los colores me resultan más vivos y los sonidos más melódicos.
—Axel —me llama la atención Rebecca acercándose a mí—. Vamos a empezar con la firma de libros. Intenta ser breve, hay mucha gente y dentro de dos horas tenemos que marcharnos a Essex.
—Está bien. —Se da la vuelta para controlar el paso, pero le agarro de la muñeca antes de que se separe de mí—. Todo es perfecto, gracias a ti.
Ella es perfecta.
Me mira con orgullo, un poco ruborizada. Se lo merece porque es toda una profesional, la gestión se le da realmente bien y sería una gran directora de clínica.
El primer chico da un paso hacia delante y me saluda cediéndome su libro para que se lo firme. Hablamos un poco de sus impresiones y le pasa el turno al siguiente. La misma acción se repite durante la siguiente hora y media, hasta que atiendo a la última persona.
Estoy cansado, pero feliz de haberlo hecho. El entusiasmo e interés con el que me hablaban ha hecho que merezca totalmente la pena.
Me despido de la dueña de la librería que nos ha acogido para este evento y junto a Calloway y Rebecca paramos en un restaurante cercano para comer algo antes de marcharnos a la siguiente ciudad.
En Essex, la afluencia de gente es mucho mayor, pensaba que Montpelier al ser la capital del Estado de Vermont sería más grande, pero me equivocaba. Lo que hace que la presentación y su posterior firma de libros me lleve más tiempo.
La gente ha sido igual de acogedora y, de nuevo, Becca ha hecho un trabajo impecable. No puedo evitar fijarme en el cansancio que arrastra, necesita descansar, menos mal que, por hoy, ya hemos acabado.
—Oye… —digo, me acerco a ella y, cuando me presta atención, no puedo evitar retirarle un mechón de la cara—, ¿cómo estás?
Un instinto demoledor me incita a sujetarle las mejillas y besarla, pero me digo a mí mismo que eso estaría fuera de lugar. También me recuerdo que no tenemos ese tipo de relación, ni ninguna, solo hemos pasado el rato.
—Cansada —suspira—, aunque todo ha salido como quería.
Lo que no esperaba es que se abalanzara sobre mí, envolviendo con sus brazos mi cintura y apoyando su cara en mi pecho. El cual parece sufrir de arritmia con este gesto.
—Solo estamos a veinte minutos de Burlington, ¿cenamos allí? —añade separándose de mí, como si no hubiera pasado nada extraño.
—Estás deseando ver a tus amigas. —Ella sonríe afirmando—. Voy a llamar a Regan para informarle y nos vamos.
—¿Dónde se ha metido? —pregunta observando la sala.
—Me dijo que tenía que atender unos asuntos y que nos veríamos en el alojamiento.
—Vale, te espero en el coche. Avisaré a Peyton de que llegaremos pronto.
El trayecto hasta Burlington es muy corto y, aun así, me planteo ponerle a Rebecca una correa. Tengo la sensación de que podría saltar por la ventana como un cachorro emocionado en cualquier momento.
Cuando el GPS nos indica que hemos llegado, reduzco la velocidad y nos adentramos en un pequeño complejo de cabañas situado en medio de una arboleda. Aparco y cierro la puerta del coche, sonrío con satisfacción al ver como Rebecca se lanza encima de su amiga, fundiéndose en un abrazo inmenso.
—Bienvenido, señor escritor. —El sonido de esa voz me hace girar tan rápido la cabeza que sufro un latigazo—. ¿Quiere una cerveza?
Willow alza su bebida en señal de invitación desde el porche de una cabaña. Pero eso no es lo que más me impacta.
—Espera, ¿no era director o algo así?
Daxton le acompaña y me mira dando un trago a su botellín, echado hacia atrás en la silla con los pies cruzados encima de la mesa.
—¿Pero qué mierda hacéis aquí?
La cara de imbécil que se me ha quedado es épica y ellos los saben, porque están desternillándose de risa a mi costa.
—Venga, chicos, no empecéis, que ahora somos adultos —interviene Lia, que también está con ellos.
Mis tres mejores amigos están aquí.
Me acerco con expresión incrédula y a la vez con la sonrisa tan estirada que duele. Se levantan y todos nos saludamos dándonos abrazos y palmadas en la espalda.
—Bueno, ya sabes, Amber me dijo que se reuniría con sus amigas este finde y que tú también estarías, así que se me ocurrió juntar también a los nuestros —explica Willow, haciendo gestos exagerados con las manos para señalarnos.
—Sí, y mañana iremos todos a tu presentación por la mañana —informa Lia dejando caer su cabeza en mi hombro—. Quiero que me firmes mi libro, por si te haces famoso.
—El tío ya sale en la tele, no necesita que le inflemos más el ego —agrega Daxton.
Willow y él empiezan a reírse y se apartan para ir a saludar a Rebecca, que sigue pegada a Peyton. Mientras tanto, veo como Amber llega desde el lago, al que tenemos acceso directo desde esta zona de cabañas. Se une a sus amigas efusivamente y después vienen hacia mí.
—Espero que te guste el sitio, papá y yo hemos elegido los mejores alojamientos para vosotros —señala Peyton.
—Es más que suficiente, muchas gracias por encargarte.
Rebecca asiente sin soltar el brazo de su amiga, parece una niña la mañana de Navidad. Esta situación, y verla así, me hace pensar que ha tenido que ser duro para ella verlas marchar, intentar afrontar los gastos sola, enfrentarse a múltiples despidos.
Quizás ha tenido a algún hombre acompañándola este tiempo, o varios.
La acidez repentina en mi estómago me indica que deje de pensar en ese tipo de mierdas, no quiero saberlo.
Tendría que haber estado yo ahí.
—Acompáñame y te doy algo de beber —me indica Amber.
La sigo dentro de la cabaña, donde como segunda sorpresa del día, me encuentro a Calloway en un sillón, sujetando un vaso con líquido ambarino entre las manos.
—Has tardado más de la cuenta.
—¿Qué haces aquí dentro?
—Huir del ruido —hace una mueca torciendo los labios—, y hacerme a la idea de que me han adjudicado dormir en esta cabaña con tus dos amigos. He buscado hoteles cercanos, pero está todo completo.
Esto va a ser mejor de lo que pensaba. El mismísimo Regan Calloway compartiendo alojamiento con Willow, que tiene el espíritu más libertino que haya conocido. Y con Daxton, quien no sabe ponerse otra cosa que no sea un chándal.
—Oh, tranquilo, su majestad —me mofo, y hago una reverencia—. Ellos cuidarán bien de ti. Además, Daxton no sufre de incontinencia verbal como Willow, es un tío de pocas palabras y muchas expresiones hastiadas, como tú.
Gruñe en respuesta degustando su bebida. Estoy seguro de que se ha traído el whisky de casa. Pero realmente no me está prestando atención. Lo observo y noto como su mirada sigue los movimientos de Amber, que está de espaldas en la cocina.
—Puede que no todo sea malo por aquí… —Su tono de voz se endurece al decirlo y sus ojos desprenden un brillo oscuro que no me gusta una mierda.
—Déjala en paz, hazme el favor —le reprendo.
—No he hecho nada.
—Por si acaso. Te conozco y ella es amiga de Rebecca, además de una persona decente.
—¿Y yo no? —me cuestiona con una expresión de fingida indignación.
—Mejor no te contesto.
Nos callamos cuando ella se acerca con las manos cargadas de platos de comida. Y por supuesto mi representante deja su bebida a un lado y se levanta para auxiliarla, como el caballero de traje italiano que le gusta aparentar ser.
—Deja que te ayude —le dice quitándole la mayor parte de lo que cargaba—. No nos han presentado, Regan Calloway —saluda mientras la contempla, sin apartar su mirada grisácea de sus ojos.
Ella lo mira un poco intimidada. Normal, aunque es una mujer alta, él mide un metro noventa y, vestido de esa forma, su complexión nada tiene que envidiarle a un buen deportista.
—¡Es verdad! —le responde con entusiasmo, había olvidado que es muy sociable—. Soy Amber Bellrose, encantada.
Ella le ofrece la mano que ahora tiene libre para estrechársela y él la acepta, tardando más de lo debido en devolvérsela. Tengo la sensación de estar en un partido de tenis, porque paseo mi atención de un lado a otro.
Después, Amber le sonríe cordial y sale fuera de la cabaña.
—Qué criatura tan hermosa —anuncia casi en un susurro.
Joder, como a Calloway se le meta algo en la cabeza, será más fácil arrancársela del cuerpo que intentar que desista de la idea. Espero que se le pase lo que sea que esté pensando respecto ella. Aunque, viendo cómo la mira, lo dudo mucho.
Resoplo y lo obligo a salir para estar con todos, como personas normales, y no narcisistas ni siniestras como él.
Me quedo parado en el marco de la puerta, viendo como Rebecca ríe e interactúa con mis amigos.
Lia prácticamente sabe toda la verdad, pero los demás no.
Nunca me abrí lo suficiente como para comentar qué me había llevado a tomar la tajante decisión de no volver a tener contacto con ella y terminar la relación que acabábamos de comenzar.
Supongo que lo achacaron a mi malestar general después de la muerte de mi padre y a la tontería del beso con Eric en aquella cafetería.
Pero lo cierto es que, aunque aquello me cabreó de cojones, el verdadero detonante fue el cúmulo que formó con el supuesto embarazo, del que no me comunicó nada.
Repitió el patrón de no hablarme de lo que sucedía, y todo ello, sumado al shock y la tremenda angustia por la que estaba pasando, me llevó a la negación absoluta.
Me permitiré decir, aunque solo sea a mí mismo, que una parte de mí, una gran parte, ha pensado en ella más de lo que me gustaría. Y no puedo evitar pensar en cómo hubiera sido si las cosas hubieran salido de otra manera.