Capítulo 58
Rebecca
M i móvil ha vibrado tanto esta mañana que mi despertar está patrocinado por un gran dolor de cabeza. Anoche olvidé ponerlo en silencio, bueno, más bien, me olvidé hasta de volver a mi puñetero cuarto, porque no creo que haya acabado aquí mágicamente, Axel ha tenido que traerme.
El mal humor gobierna todo mi sistema, a la mínima, muerdo, estoy segura.
Me levanto de forma automática y me arrastro hasta el baño para echarme agua bien fría en la cara, lo necesito, es demasiado temprano.
Apenas ha salido el sol, pero este madrugón es necesario si queremos hacer las maletas, desayunar y llegar a Montpelier justo a tiempo para la primera presentación del fin de semana.
Después de cambiarme de ropa y abrir la maleta encima de la cama, me paro un momento para revisar mi teléfono y comprobar quién necesita con tanta urgencia que le atienda.
Dios mío, todo el mundo se ha puesto de acuerdo un viernes a primera hora para decirme algo.
Tengo mensajes de mi madre deseándome un bonito día y recordándome que pronto estarán de vuelta en casa.
De mis amigas, emocionadas por nuestro rencuentro, estos me hacen sonreír.
De mi hermano, diciendo que esto no va a quedar así y prometiendo que vamos a vernos pronto.
Y de Cara, quien parece que no está dispuesta a dejarlo pasar y sigue insistiendo para verme.
Me extraño al ver que tengo mensajes de un número que no tengo añadido. Me siento en el filo de la cama y se me ponen los pelos de punta al leer de quién vienen y lo que dicen. Son de Deva.
Desconocido: Sé quién eres y lo que buscas. Ya me extrañaba que una empleada se tomara esas confianzas.
Desconocido: Eres una asquerosa arpía que solo quiere su dinero. Pero, tranquila, yo le abriré los ojos, no voy a permitir que rompas una relación como la nuestra. No eres nadie, solo lo has confundido.
Desconocida: ¡Debería darte vergüenza, zorra!
Me levanto y tiro el móvil sobre la cama. Me está dominando una impotencia que no he sentido nunca. Es una sensación muy desagradable porque, por una parte, lo primero que pienso es: ¿Quién coño se cree para hablarme así?
Pero, por otra parte, me ha hecho sentir una basura de persona. Porque sí, lo admito, en ningún momento he pensado en ella ni en la relación que tienen. He sido completamente egoísta y me he dejado llevar cada vez que se ha dado la ocasión. Siendo sincera, tampoco podría haberlo parado.
Axel me dijo ayer que le ha pedido un tiempo, que no estaba seguro de que estuvieran hechos para estar juntos. Pero, si lo pienso, es una casualidad que eso haya sucedido justo cuando yo he aparecido, y la ha cagado.
Quizás solo se siente mal por haberle fallado, hasta donde yo sé, él no es un hombre infiel. Esto ha podido afectarle más de la cuenta y ha tomado una decisión apresurada por la confusión.
Pero ayer fue todo tan perfecto…
Hasta que recuerde todo lo que pasó entre nosotros y vuelva a mostrarse frío y distante, con rencor.
No creo que lo haya olvidado, puede que solo se haya dejado llevar por la atracción sexual, pero ¿después qué?
Volverá a dejarme atrás y correrá detrás de la que es su novia, su relación formal y estable.
No puedo seguir así, tengo que frenar.
—Becca, ¿has terminado la maleta? —La voz de Axel me llega desde las escaleras.
Joder, ni siquiera he empezado a hacerla. Tengo que dejarme de tonterías, tenemos tres presentaciones, dos antes de llegar a Burlington.
—Ya casi estoy, en seguida bajo —vocifero.
Hago una lista mental de todo lo imprescindible para pasar un fin de semana fuera, incluidas prendas de ropa tanto informales como de trabajo. Añado mi neceser, varias opciones de calzado y el pijama, que casi olvido.
En cuestión de veinte minutos estoy en la cocina desayunando o, más bien, engullendo.
—No hace falta que te ahogues —dice Axel riendo mientras se abrocha el reloj.
Está de pie frente a mí y lleva puesto uno de sus famosos trajes, con chaleco incluido. Tengo que darme en el pecho un par de palmadas para volver a respirar con normalidad. Esto va a ser más difícil de lo que pensaba, el tío desprende testosterona por todos sus poros.
Virgen santa, ayúdame este fin de semana.
Se me ha quitado el apetito que me quedaba, así que me levanto, lavo lo que he utilizado y me aliso la ropa.
—Estoy lista, podemos irnos.
Asiente y se pone a cargar en el coche tanto sus maletas como las mías.
—Calloway nos esperará en Montpelier justo antes de empezar —me informa cuando nos montamos y arranca el motor.
—Genial, yo lo llevo todo preparado.
—No tenía dudas, eres la mejor.
No quiero, pero ese comentario acaba de enviarle a mi cerebro un latigazo de validación enorme, me hace sentir orgullosa.
—Pon la música que te apetezca, nos esperan casi tres horas de viaje —propone tocando la radio para que vea cómo funciona.
—El Estado de Vermont es famoso por sus más de cien puentes de madera, son del siglo diecinueve y también por su jarabe de arce.
—Vaya, parece que vas de excursión —expresa sarcásticamente—, no sabía que llevaba una guía turística conmigo.
Rompe a reír sonoramente, y yo me pongo más roja que en toda mi vida.
—No seas imbécil, soy curiosa.
Le golpeo bruscamente el brazo. Sigue riendo y opto por ignorarlo, aunque en realidad acabo sonriendo y mirando por la ventanilla. Verlo así, divertido y desenfadado, hace que mi estómago albergue cosas que no debería.
La siguiente hora, la pasamos en un cómodo silencio, solo con canciones de fondo y pensamientos cuestionables en la cabeza. Hasta que no puedo aguantar las ganas de preguntarle por algo delicado, y ahora que estamos a solas, relajados y con kilómetros por delante, creo que es el momento.
—¿Todavía echas de menos a tu padre?
—Cada día.
—Quería repetirte lo mucho que lo siento, sé que era muy importante para ti.
—Gracias, Becca, te lo agradezco. Fue un padre increíble, no se merecía ese final —traga saliva—, aunque lo siento aún más por mi madre.
Puede que yo lo eche de menos el resto de mi vida, pero aquel día ella perdió al amor de su vida, al padre de su hijo, su compañero.
Y ha sido muy duro vivirlo a través de sus ojos.
Tardó muchísimo tiempo en recomponerse, aunque delante de mí siempre intentaba mostrarse fuerte.
Fuimos a terapia juntos e intento estar siempre que lo necesita.
—Tu padre estaría muy orgulloso de ti. —Me fijo en cómo se le han humedecido los ojos—. Mira todo lo que has conseguido.
Tarda un poco en contestar, noto que le está dando vueltas a algo.
—Era profesor, ¿lo recuerdas?
—Sí, de Historia, ¿no? —Asiente en respuesta.
—De todos los trabajos que he realizado, dar clase en Harvard ha sido el que más feliz me ha hecho, y creo que es por él, ¿sabes? —Golpea el volante con los dedos—. Me siento pleno cuando lo hago, incluso he pensado que puede que acabe haciéndolo de forma indefinida.
—¿En serio? —Abro mucho la boca por la sorpresa—. Si te hace feliz, me parece una gran idea.
—Ganaría mucho menos dinero y dejaría atrás algo que me ha costado mucho conseguir, pero estaría en paz con ello —asegura, luego se detiene un momento y suspira—.
De todas formas, no sería de inmediato, todavía estaría un tiempo haciendo reportajes y grabaciones, tengo un contrato con la CNN bien blindado.
—También estarías más tranquilo, el volumen de trabajo que has estado manteniendo y los viajes constantes…, no puedo ni imaginarlo, tiene que ser muy estresante.
—Sí, lo ha sido. Volver a Boston ha estado mejor de lo que imaginaba.
Gira la cara para mirarme y algo se rompe dentro de mí.
Porque me gustaría que, en esas palabras, yo tuviera algo que ver.
Retiro la mirada antes de perderme en el brillo de sus ojos y en esa estúpida sonrisa ladeada.
Y es que, por Dios, si hasta verlo pasarse una mano por su pelo carbón ya es un espectáculo.
Volvemos a sumirnos en el silencio, solo haciendo comentarios sobre algunas canciones de vez en cuando. Y cuando quedan unos cuarenta minutos para llegar, hacemos una parada rápida en la primera gasolinera que vemos, para ir al servicio y pillar un par de cafés.
Axel está aprovechando para echar gasolina, sujetando la manguera y lanzándome miradas jocosas. ¿De qué se ríe tanto? ¿Me he manchado la ropa?
—¿Qué pasa?
—Nada, solo que como tienes experiencia, puedes hacerlo tú si quieres. —Intenta mantenerse serio, pero le es imposible—. Perdona, puede que sea pronto para esta broma.
—No lo sientes lo más mínimo —aseguro, el imbécil me contagia el buen humor—, y sí, seguramente lo haría mejor y más rápido que tú.
Después de este breve paréntesis volvemos al coche, pero mi tranquilidad no dura mucho cuando veo otra nueva notificación de Cara en el móvil. Axel debe de darse cuenta de la cara de hartazgo que tengo, porque no duda en preguntar.
—¿Qué te pasa?
—Solo es Cara. —Dejo mi teléfono en el salpicadero y me giro de lado en el asiento para mirarlo, acabo de decidir que quiero contarle esto—. Ya no somos amigas, bueno, en verdad no lo somos desde hace años, pero ella sigue insistiendo.
—Sinceramente, nunca la tragué. No me gustaba cómo te trataba. Utilizaba una actitud pasivo-agresiva contigo, te controlaba para brillar ella, cuando estaba claro que no tenía nada que hacer a tu lado.
Joder, no me esperaba algo así. Estaba más ciega de lo que pensaba porque, cuando todo terminó, Peyton y Amber no dudaron en hacerme saber su opinión y no era muy distinta a la que acababa de darme Axel.
—Es peor de lo que piensas…
—Sorpréndeme, soy todo oídos —me anima.
—Un tiempo después de que tú y yo…, ya sabes —carraspeo—, fui a su casa para dejarle allí unas cosas. Toqué a la puerta, pero nadie me abría, así que utilicé el código de entrada que ella me dio y, en resumen, me la encontré en la cama con Eric.
—Espera, ¿qué? —Creo que sí, que he conseguido sorprenderlo—. ¿El lameculos del remero con tu amiga?
—Em, sí. Pero no te creas que mi cabreo fue por celos, a mí Eric no me importaba en absoluto. Es más, le dejé muy claro que no íbamos a tener nada, nunca. Después del espectáculo que montamos en aquella cafetería cuando me besó, tuve claro que no le ofrecería ni siquiera mi amistad.
Pueden ser imaginaciones mías, pero, justo cuando he dicho eso, algo le ha removido por dentro porque tiene los nudillos blancos de tanto apretar el volante y todo su cuerpo grita peligro.
Desde luego, le ha incomodado pensar en Eric besándome; y no es para menos, yo estaba con él, eso estuvo muy fuera de lugar.
Tú le estás haciendo lo mismo a Deva.
«¡Oh, vamos! —me reprendo a mí misma—. No tiene nada que ver, Axel me ha correspondido en todo momento».
—Siempre fue un rastrero de mierda —afirma—. Le tendría que haber partido la cara cuando tuve ocasión.
—Para mí lo peor fue ella, era mi amiga y me mintió. Sabe por todo lo que pasé y aun así se enredó con él a mis espaldas, desde sabe Dios cuánto tiempo. Puede que incluso desde que lo conocí. Me parece asqueroso —sentencio con expresión de espanto.
—Estoy de acuerdo, la amistad no funciona así. De todas formas, ese no fue su único defecto, te lo puedo asegurar. Era insufrible.
—Eric volvió a buscarme dos veces más después de aquello. La primera vez, le pegué una hostia en toda la cara, y la segunda, lo eché a patadas.
—Si vuelve a molestarte, avísame. —Su tono de voz se ha endurecido tanto como su ceño fruncido.
—No te preocupes, forma parte del pasado, hace mucho tiempo que no veo a ninguno de los dos, y quiero que siga siendo así.
Queda satisfecho con mi respuesta y el resto del camino lo pasamos repasando apuntes sobre la firma de libros que tendrá lugar después de la presentación. Se prevé que asistan muchas personas, según la dueña de la librería donde se va a llevar a cabo, el aforo estará completo.