Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 57
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Capítulo 57

Axel

M is alumnos tienen que pensar que he sufrido alguna especie de conmoción, porque jamás he impartido una clase más pausada que la de hoy. Y se debe, por supuesto, a que mi mente viaja constantemente a lo que sucedió anoche en casa.

​ No pude evitarlo, mejor dicho, no quise hacerlo.

Me dejé llevar y fue sencillamente espectacular.

No era consciente de lo mucho que echaba de menos detalles tan ínfimos como el olor de su pelo, la curva de su cintura o la suavidad de su piel.

Mi cuerpo ansiaba el suyo y mi corazón sufrió un traspié gigantesco.

Las comparaciones son odiosas, pero, en este caso, existe un abismo entre todas las relaciones sexuales que he mantenido estos años y las que tengo con Rebecca.

Y eso incluye a Deva. Si necesitaba algún otro indicador para que me quedase claro que nuestra relación no puede continuar era este.

Conociéndola como lo hago sé que, para ella, no hemos terminado, pero para mí sí. No quiero volver a intentarlo.

Aunque esa no es la duda que me carcome porque es algo que en el fondo sabía desde siempre, solo me estaba dejando llevar por la comodidad, mi pecho nunca se saltó un latido a su lado.

La pregunta que mi cerebro me repite incesantemente es: ¿Quiero seguir enredándome con Becca? ¿La he perdonado? ¿He sanado?

En realidad, son demasiadas preguntas y sigo sin encontrar la respuesta a ninguna. Pero lo innegable es la tremenda atracción que siento y lo natural que resulta estar cerca de ella.

—Profesor —me llama la atención un chico de la segunda fila alzando su brazo, creo que se llama Levi—, ¿cuándo tenemos que entregar el trabajo de investigación libre?

Había olvidado que hablé de ello el primer día y no he vuelto a hacerlo.

—Dentro de dos semanas —aclaro, dirigiéndome a toda la clase—. Recordad que es individual y que el género es a vuestra elección.

Con este trabajo pretendo ver qué temas les interesan dentro del periodismo, lo que me dará una idea más clara de cada uno de ellos para aconsejarles de forma más personalizada antes de irme.

​ —Por hoy ya es suficiente. Nos vemos el próximo día, tengo preparado material de mis reportajes para que podáis identificar cómo llevar la teoría a la práctica.

​ Sus caras de entusiasmo me reconfortan, los veo ilusionados e implicados en mi clase.

Es la primera vez que hago algo así y, aunque no lo admitiré, estaba inseguro de aceptar la invitación a dar estas ponencias.

Si me dan la oportunidad, volveré a hacerlo, la docencia está siendo una de las mejores experiencias que he tenido.

​ Empiezo a recoger en mi mesa mientras los alumnos hacen lo mismo y van saliendo de clase. Alguien se acerca por mi espalda, dándome un par de toquecitos suaves en el hombro, y cuando me giro esperando a algún chico de clase, me encuentro con unos ojos color arena y una sonrisa rebosante.

​ —Pero… —balbuceo, se me entrecorta un poco la voz— ¿qué haces aquí?

No suelo experimentar este nerviosismo, siento cómo me arden las orejas.

​ —He pensado en venir a ver una de tus clases. Tenía mucha curiosidad.

¿Rebecca ha estado en mi clase todo el tiempo? No la he visto entrar y tampoco sentada entre los demás, aunque es cierto que asiste mucha gente.

​ —Ah, seguro que te has aburrido, no tenías por qué hacerlo.

​ —¡Qué dices! ¡Si has estado increíble! —Su tono es el más entusiasta que haya escuchado—. Se nota que los alumnos te adoran.

​ El brillo en sus ojos me confunde, hace que me emocione por que haya venido por voluntad propia, me siento… apoyado.

Joder, Deva se fue a los quince minutos de empezar la clase cuando vino a verme.

Me ha acompañado a varios sets de grabación y se ha quedado conmigo algunas noches de trabajo, pero nunca ha despertado esta sensación de orgullo en mi pecho.

Creo que los focos y la atención le gustaban, no mi pasión y esfuerzo.

—Gracias por venir. —Me dan ganas de abrazarla, pero me contengo—. ¿Cómo ha ido la mañana?

—De eso precisamente quería hablarte, creo que ya tengo a los candidatos perfectos para recibir tu beca. —Mueve la carpeta que lleva entre las manos—. ¿Has acabado por hoy? Podemos ir a casa y te lo cuento por el camino.

​ A casa.

​ Me estremezco con la imagen que acaba de formarse en mi cabeza.

​ Otra cosa curiosa es que en ningún momento ha sacado lo que ocurrió anoche, por mi parte yo tampoco pienso hacerlo. Está abordando mis asuntos de forma muy profesional, sin involucrar lo personal. Ya sabía que era madura y, aun así, me sorprende.

​ —Por cierto, no te lo había expresado antes, pero quería decirte que me parece una iniciativa maravillosa lo que estás haciendo. Darle una oportunidad a quien no tiene recursos… —se interrumpe y sus mejillas se enrojecen, qué mona—, eres buena persona.

​ —Me sobrestimas —río—. Tengo los recursos y me pareció buena idea invertirlos en algo así. Mis padres siempre pudieron permitirse mi educación, pero soy consciente de que no todo el mundo tiene la misma suerte. Cuéntamelo todo —añado.

​ Me sigue de camino a mi coche, el cual tengo aparcado cerca, en una zona privada de la universidad.

Ella empieza a hablarme de cómo han ido las entrevistas y de lo difícil que ha sido hacer el descarte.

Me explica todos los entresijos de cómo ha sido la selección y, mientras lo hace, el breve trayecto a casa termina.

​ Seguimos hablando cuando llegamos, pero la conversación no cesa, pasamos a otros temas.

Me cuenta que ya no practica el lanzamiento de cuchillos, no lo dice, aunque imagino que por falta de tiempo y posiblemente dinero.

Le comento que, al volver a Boston, he vuelvo a entrenar MMA y que eso me hace feliz.

​ Se interesa con mucho afán por mis viajes y proyectos pasados, e incluso admite haberse visto alguno en la televisión.

Yo le pregunto con delicadeza por su situación laboral, hasta que finalmente acaba abriéndose un poco más y me cuenta resumidamente todo lo que le ha ocurrido en sus anteriores trabajos.

​ No hace falta ser un genio para darse cuenta de que le martiriza y lo está pasando jodidamente mal con el tema. Así que no pregunto, solo dejo que se desahogue y suelte lo que ella quiera al respecto.

​ Quiero decirle muchas cosas, pero me las guardo, no soy quién para adoptar ese papel en su vida, solo su exnovio, al que no veía desde hace cinco años. Aunque en este momento tenga la sensación de que no han pasado ni cinco minutos desde la última vez que la vi.

​ —Axel —me llama bajando de la planta de arriba—, ¿has puesto una lavadora y cambiado las sábanas? —pregunta alzando una ceja, su expresión es muy graciosa.

​ Sentado en el sofá, zapeando por el catálogo de películas y con una cerveza bien fría en la mano, la miro, bebo un trago y le respondo en tono relajado.

​ —Sí.

​ —¿Por qué? Es mi trabajo.

​ Me mira posando las manos en sus caderas. Se ha duchado y puesto el pijama, todo su atuendo, inclusive su coleta desordenada, de la cual se escapan varios mechones, da a entender que está cómoda. Me gusta verla así, tranquila, despreocupada y en mi casa.

​ —Porque, gracias a ti, tengo tiempo para hacerlo.

​ —Em, vale —lo dice sorprendida, y dándome la espalda, se dirige a la cocina—. Haré la cena.

​ Sin darnos cuenta, el día ha pasado y la noche ha caído. No he estado pendiente del reloj, tampoco tengo esa incómoda presión sobre los hombros ni la cabeza a punto de estallar. Por primera vez en mucho tiempo, estoy realmente aliviado.

​ —No, pidamos algo. Podemos ver una película.

​ Oigo como cierra la nevera y viene de nuevo hasta el salón, mirándome como si fuese sospechoso de un crimen.

​ —No me mires así, cocinas a diario, deja que te invite esta noche. Elige lo que quieras.

​ Sus comisuras se alzan formando una sonrisa. La conozco, ya sabe lo que quiere pedir.

​ —En ese caso, quiero un cubo enorme de alitas de pollo.

​ Se acerca y se sienta en el otro extremo del sofá, apoderándose del mando, mientras entro en la app de comida a domicilio y encargo lo que ha pedido.

​ Desde que Deva estuvo aquí y nos vio, me he sentido mal al respecto. No tengo que darle explicaciones, pero tampoco quiero proyectar algo que no soy.

​ —Becca, el otro día con Deva, yo no…

​ Baja la mirada a sus manos, las cuales empieza a toquetearse nerviosamente. No dice nada, estoy seguro de que vernos así le afectó. Si fuera al contrario, a mí me habría jodido vivo, aunque no lo dijera.

​ —No, no es lo que crees. No estaba viendo La La Land con ella, era la que ponían en la televisión. No la he vuelto a ver desde entonces…, ya sabes.

​ —No pasa nada, es tu novia, lo entiendo.

​ ¡Hostia puta!

​ Ni siquiera había pensado en eso. Ella cree que mi relación sigue adelante, tiene que pensar que soy un cabrón infiel, joder.

​ —Le he pedido un tiempo.

​ Gira la cabeza como un resorte, y no niego que me gustaría verla un poco emocionada por el dato que acabo de darle, pero no es eso lo que trasmite, más bien es malestar y preocupación.

​ —¿Es por mi culpa? Lo siento, yo no pretendía…

​ —No, es culpa mía, no actué bien —confieso—. Pero tampoco se trata de eso, no creo que estemos hechos para estar juntos.

​ El móvil de Rebecca empieza a sonar, salvándome de una conversación que no me apetece continuar. Lo ignora, aunque nada más terminar la llamada, vuelve a sonar de nuevo. Se inclina sobre la mesita que tenemos delante del sofá para echarle un vistazo y se tensa.

​ —Es mi hermano.

​ —No te preocupes, contesta.

​ Descuelga la llamada y empieza a hablar en español. Imagino que, para tener más intimidad, porque recuerdo que con su familia habla en ambos idiomas dependiendo del momento.

​ — Tranquilízate, Brad, te aseguro que estoy bien.

​ Rebecca se pasea por el salón, atendiendo a su hermano, quien parece muy alterado. Lo que ella no sabe es que ahora puedo entender lo que dice cuando habla en su idioma materno.

​ — No, Brad, no estoy durmiendo en la calle —asegura, se aparta el móvil de la oreja y chasquea la lengua, exasperada—. Estoy en casa de Axel.

​ Preveo que a su hermano no le va a hacer gracia enterarse de que está bajo mi techo, después de cómo acabaron las cosas, aunque tampoco sé qué versión de la historia les contaría Rebecca.

​ — Sí, ese mismo. —Se da la vuelta para mirarme y baja más la voz—. No, solo trabajo para él.

​ Es violento estar escuchando sin que ella sepa que entiendo lo que dice. Parezco un intruso, debería decírselo.

— ¡Por el amor de Dios, Brad! ¡Cálmate de una vez!

Hay partes que no termino de pillar, mi manejo del idioma no es perfecto. Lo adquirí gracias a mis viajes y el tiempo que tuve que pasar grabando. Confieso que, desde que la conocí, mi interés por aprender español se multiplicó, y cuando por fin lo hice, ya no estaba para mostrárselo.

— Mañana no estaré aquí, me voy de viaje a Vermont. Tranquilo, todo está bien, además voy a ver allí a las chicas —afirma, su tono de voz es ahora más pausado—. Dormiré en Burlington.

— Sí, prometo explicártelo todo . Nos vemos pronto, te quiero .

Deja el móvil de nuevo sobre la mesa y se acomoda en el sofá. Tiene los pies descalzos, como siempre, esta mujer siempre ha odiado los calcetines.

—¿Todo bien?

—Brad se ha enterado de mi última aventura, un amigo suyo me vio en la gasolinera y estaba histérico.

Cierra los ojos y se masajea las sienes.

Está cansada y no me extraña, con la barbaridad de cosas que ha estado haciendo por salir adelante. Me alegro mucho de haberla invitado a cenar hoy, necesita un respiro.

—Cuando volvamos de Vermont quedaré con él y se lo explicaré todo —añade.

Es el momento de decirle que hablo español y he podido entender parte de la conversación, pero no lo hago.

Cobarde.

—¿Quieres que… veamos La La Land ? —propongo.

Primero un silencio pesado cae sobre nosotros, pero después ella se ríe un poco desquiciada, es bastante cómico.

​ —Hagámoslo, veamos ese maldito final. Llevo años esperando para saber qué pasa.

​ Pongo la película y como la primera parte se la sabe bien, se pasa el rato hablando de Vermont, de sus amigas y de lo emocionada que está por este viaje.

​ Por fin la terminamos, no es lo que ella se esperaba y acaba llorando emitiendo hipidos como una niña. La entiendo, parece demasiado real e injusto. Pero algo me mueve a sacarla de ese estado, debatiéndole sobre finales alternativos.

​ Finalmente se queda dormida, le acaricio la mejilla suavemente, con cuidado de no despertarla. En un impulso, la cojo en brazos y subo las escaleras con ella.

Cuando la dejo sobre su cama, no puedo evitar pensar que está en el lugar incorrecto.

​ Debería estar en la mía.