Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 56
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Capítulo 56

Rebecca

E l día está llegando a su fin. Estoy un poco colapsada y necesito estirar las piernas. Axel no tardará en llegar y no sé por qué ese pensamiento despierta algo en mi estómago. Una sensación que baila entre mis nervios y me hace desear… cosas.

​ Salgo del despacho y me permito darme un baño, tomándome mi tiempo, disfrutándolo y hasta poniéndome música de fondo. En serio, no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.

​ Al terminar, me embadurno todo el cuerpo de crema con fragancia a coco. Me encuentro con ganas de cuidarme y disfrutar de ello.

​ Más tarde, coloco todas mis pertenencias de nuevo en la habitación de invitados. Espero que, por última vez, porque esto empieza a parecer el día de la marmota. Preparo la cena, una ensalada de salmón, con queso de cabra y nueces, y pongo la mesa para dos, asumiendo que vendrá.

​ Justo cuando termino, oigo la puerta de entrada. Ha llegado.

​ Para lo siguiente que hago, no tengo explicación, y es atusar mi pelo para que se vea bien y comprobar que mi ropa está en su sitio.

​ —Qué buena pinta tiene —dice Axel que deja caer su macuto de deporte en el suelo, apoyándose con los codos en la isla de la cocina—. Gracias por hacer la cena, vengo muerto de hambre.

​ Seré yo, que no estoy bien, porque sus últimas palabras han mandado una orden a mi cerebro que no viene a cuento, imaginando otro tipo de escenario, mucho más… caliente.

​ —¿Cómo ha ido el día? —pregunto sentándome a la mesa.

​ No estoy interpretando un papel, realmente me interesa saberlo. Que hablemos así, de manera informal y relajada, me trae buenos recuerdos.

​ —Ha sido gratificante —explica con ilusión, entusiasmado—, los alumnos están muy implicados y participan constantemente, lo que gracias a Dios no me deja como un imbécil allí plantado.

​ —No podrías quedar mal ni aunque lo intentaras.

​ Me doy cuenta de que me ha salido más entusiasta de lo que debería.

​ —¿Eso es un cumplido?

​ —No te emociones, hoy estoy generosa.

​ —¿Ah, sí? —En serio, no soy yo, no estoy alucinando, su tono es… sexual—. Pensaba que esta noche saldrías —suelta despreocupado, pero con toda la intención—, ya sabes, con Nolan.

​ Otra vez con eso, ni siquiera le he contestado. Pero me siento suciamente satisfecha de que insista, no puede esconder que le molesta esa información.

​ Tiene novia.

​ Mi corazón quiere olvidar ese hecho, sin embargo, mi cerebro se encarga de recordármelo cada vez que pienso en él de cierta forma. Casi siempre desnudo o conmigo encima arañándole la espalda.

​ ¡Dios! Sí que necesito quedar con Nolan.

​ Lo ignoro y paso a hablarle de lo que he estado haciendo en la tarde mientras la cena transcurre como si el tiempo no hubiera pasado entre nosotros.

​ Aunque no quiera, sé que mi mente está recopilando momentos como este para torturarme más adelante, cuando nos separemos y no volvamos a ser nada, ni siquiera jefe y empleada. Me digo a mí misma que he pasado página, pero, en el fondo, sé que no es verdad.

​ Mi psicóloga no estaría nada orgullosa de mí ahora mismo.

Nada más terminar, me ayuda a recoger, tengo la teoría de que no se siente muy cómodo con que alguien se lo haga todo, aunque pague por ello. Estoy terminando de fregar los platos mientras él me observa apoyado de espaldas en la encimera.

​ —Entonces —pronuncia lentamente, arrastrando la palabra—, ¿no sales esta noche?

​ Intento disimular que su interés me ha provocado un hormigueo agradable.

​ —Me apetecía quedarme en casa y descansar, aprovechando que hoy no tengo turno.

​ He dicho «casa» como si fuera mía. Tengo que recordarme que no lo es.

—Mañana tampoco tendrás que ir —declara.

Está insistente con el tema, y me molesta, las cosas no son tan fáciles. Sí, es verdad que he recuperado donde vivir, pero sigo necesitando ahorrar un poco más.

—A no ser que mañana me despierte resultando ser la heredera perdida de una tía lejana millonaria, siento decirte que sí, tendré que ir.

—Te subiré el sueldo —afirma—. Así no tendrás que volver más.

Me quedo parada un instante, con el agua del grifo cayendo. Lo cierro, suelto los vasos que tenía en las manos y lo miro antes de hablar.

​ —No quiero que lo hagas. Al menos, no por los motivos equivocados.

​ —Quiero y puedo hacerlo —expresa de forma concisa, acercándose un poco más a mí—. Como verás, el dinero no es un problema.

​ Lo miro asombrada ante ese alarde de prepotencia.

​ —Te has vuelto un bastardo arrogante.

​ —Por favor —resopla a la vez que ríe—, la próxima vez utiliza un insulto de este siglo.

​ En un impulso infantil, vuelvo a abrir el grifo, lleno tranquilamente un vaso de agua, como si mi única intención fuera bebérmelo y me giro para mirarlo, inocentemente.

​ —¿Qué? —Todavía mantiene una expresión de suficiencia.

​ Me aproximo un poco más, apoyo mi mano en su pecho, alzando la mirada para que pueda verme bien, y bato las pestañas como una delicada mariposa.

​ —Nada, he pensado que alguien debería bajarle los humos, señor Ward.

​ Antes de que pueda entenderlo, subo el brazo y derramo todo el líquido por encima de su cabeza, empapándolo. Si le sorprende, no lo demuestra; solo ha soltado una exhalación breve, sin dejar de mirarme, sin moverse.

​ —¿Puedo hacer algo más por usted? —me recochineo.

​ Se quita la camiseta mojada, dejándome ver su torso, ese sobre el que una vez estuve tumbada, sintiéndome libre. Me tomo mi tiempo descaradamente mientras se me pasa una idea terrible por la cabeza.

​ —¿Sabes qué? Puede que sí necesite salir un rato a tomar el aire —continúo.

​ Saco mi móvil del bolsillo trasero del vaquero y tecleo.

Estoy comportándome como una verdadera niñata.

Él sigue siendo mi jefe, tirarle el agua ha estado fuera de lugar, e intentar provocarlo —porque es justo lo que estoy haciendo— está jodidamente mal.

Pero estoy celosa y harta de quedar siempre por los suelos.

Él me besó, lo hizo, y después tuve que tragarme toda la escenita con Deva.

Mi moral me está gritando que pare, que no me inmiscuya en una relación. Pero, por otro lado, la rabia, alimentada por los celos, y el dolor que me ha avivado verlo así con otra me incitan a seguir con esto. El deseo me consume y sé que no estoy loca, a él también le está pasando factura.

Veo el momento exacto en el que la idea se le pasa por la mente. Se muestra indeciso, pero sus ojos me lo están diciendo todo. Se acerca a mí en silencio, dejándome contra la encimera. Mi pantalla se ilumina con un mensaje entrante de Nolan y él no duda en echar un vistazo, como si fuese suyo.

​ —Ponte de rodillas —ordena desafiante.

​ Ha conseguido que dé un respingo, sorprendida. Está probando si soy capaz de hacerlo. Si quiero hacerlo.

​ Lo hago.

Bajo hasta el suelo, apoyando mis rodillas y sentándome sobre mis talones, justo delante de él. Echo un vistazo al bulto que sobresale en sus pantalones, salivando.

​ —Abre —indica agarrándome del mentón.

​ Y de nuevo, lo hago.

Desliza dos dedos dentro de mi boca, deleitándose mientras los pasea por mis labios y vuelve a introducirlos. No dudo en chuparlos, sin cerrar los ojos, manteniéndole la mirada.

​ Axel, en su versión universitaria, era irresistible, me hacía perder la cabeza. Pero las facetas que está mostrándome ahora me desarman por completo.

​ —Joder —masculla entre dientes.

​ Con la otra mano, se inclina y, tortuosamente despacio, baja un tirante de mi camiseta, después el otro, acariciando mis hombros en el proceso.

Sin embargo, no se detiene ahí, me manosea un pecho por encima de la tela, posesivamente, como si llevara mucho tiempo conteniéndose.

Acaba arrastrando la tela hasta el abdomen, dejando mis pechos expuestos.

​ —Son incluso mejor de lo que recordaba —dice mordiéndose la punta de la lengua y atrapando un pezón entre sus dedos, retorciéndolo suavemente.

​ Siento que estoy sobre un charco, uno muy húmedo.

El placer recorre todo mi sistema nervioso, no veo nada más que mis ganas de él.

Estoy, literalmente, ardiendo y a punto de gemir.

Sin pensarlo, trepo con mis manos por sus muslos hasta llegar a la cadera y empiezo a palpar la cintura de su pantalón para bajarlo de forma desesperada.

​ Me detiene agarrando mi muñeca, haciéndome parar.

​ —Por favor —jadeo.

​ —¿Es lo que quieres? —Asiento en respuesta—. Necesito palabras —me indica.

​ —Sí.

​ Me deja continuar, pero esta vez apoya una mano detrás de mí, en la encimera, y con la otra deshace mi moño improvisado, para agarrar mi pelo y encerrarlo en un puño.

​ No me siento vulnerable, por el contrario, estoy eufórica al comprobar cómo se le contraen las facciones, la anticipación lo está matando.

​ Le bajo los pantalones hasta la mitad de los muslos, dejando libre su miembro, totalmente erecto y preparado para mí.

La boca se me está haciendo agua, lo deseo con todas mis fuerzas.

Me gustaría esperar y darle más juego, pero estoy ansiosa, así que lo acaricio por toda su longitud, sintiendo como se tensa y su respiración se agita más errática.

​ —Así, nena —susurra.

​ Mis oídos acogen ese halago como una recompensa y mi cerebro lo transforma en una voluntad poderosa de hacer temblar todos sus cimientos. No espero ni un segundo más y la introduzco despacio en mi boca, marcando bien con los labios, dejándola lubricada de saliva.

​ —Hostia Puta, Becca…

​ Sonrío mirando hacia arriba, para que pueda verme bien. Es la palabra que me faltaba, la que me indica que se está dejando llevar por completo.

Una vez acostumbrada a la intrusión, abro más y empiezo a mamársela a un ritmo constante, moviendo la cabeza mientras me sostengo agarrada a su culo, parando solamente para coger aire o lamérsela como si de una piruleta se tratara.

​ —Nena, mírate, estás preciosa —expresa, agarrando mi pelo más fuerte y tomando el control del balanceo de mi cabeza—. Eres jodidamente increíble, perfecta.