Capítulo 55
Rebecca
Siento los párpados pesados, como si un camión me hubiera pasado por encima, arrollando a su paso con todos mis huesos.
Desorientada, bostezo y empiezo a abrir los ojos lentamente. Por un momento ni siquiera sé dónde estoy. El colchón es blandito y tengo demasiado espacio. Saco un brazo y palpo a mi alrededor, dando con la mesita de noche y mi móvil en ella.
Miro la hora, aún adormilada, y se me para el corazón.
—¡Son las diez de la mañana! —grito, histérica.
Me espabilo de golpe, siendo muy consciente de dónde estoy. Anoche volví a casa de Axel, recuperé la que era mi habitación y se supone que debería llevar tres horas levantada y trabajando.
Nadie ha venido a despertarme y tampoco tengo llamadas perdidas.
Joder, qué vergüenza.
Me levanto de forma apresurada y salgo corriendo al baño. Me lavo la cara y me hago un moño a una velocidad inhumana. Anoche tuve que ducharme antes de acostarme porque me daba asco a mí misma.
Abro el armario y cojo un vaquero y una camiseta cualquiera, casi toda mi ropa sigue en el coche, tampoco tengo mucho para elegir.
Me presento en la planta de abajo con un aspecto muy cuestionable, descalza y roja como un cartel de neón en Las Vegas. La situación no mejora cuando me encuentro a Axel, con un semblante muy relajado, trabajando en su ordenador sobre la isla de la cocina.
—Buenos días —carraspeo—. Me he dormido, como es evidente. Lo siento mucho, no volverá a pasar.
Axel aparta sus ojos de la pantalla del ordenador, repasa lo que llevo puesto y debe de parecerle divertido lo que ve porque sus comisuras se alzan en una sonrisa ladeada de lo más sexy .
—Ya veo. ¿Has descansado?
Coge su taza de café y bebe un poco. Café que no he preparado yo porque estaba durmiendo.
—Em, sí, claro. Me ha venido bien.
Creo que se está riendo de mí; bueno, no lo creo, lo sé, porque su expresión es relajada y jocosa.
—Espero que no te moleste, pero he desmantelado tu «cama temporal» y sacado lo que tenías en el coche.
Miro en la dirección que señala, a mi derecha, donde está el salón, y efectivamente ahí están todas mis cosas.
—Por si te daba otro arrebato de superviviente y decidías volver esta noche —añade.
—Gracias, supongo. Ya he tenido suficiente de la experiencia. —Me permito tomármelo a broma y devolverle la sonrisa—. Hoy no trabajo, tengo el día libre en la gasolinera.
—Ah, es verdad, Nolan estaba disponible, si no recuerdo mal —se mofa, aunque aprieta la mandíbula—. Y no trabajas ningún día, porque no vas a volver allí.
Vale, la diversión ha salido por la puerta y ha dejado el ambiente tenso. Genial.
No me apetece hablar de eso ni de Nolan, y menos de la deuda que aún tengo que pagar por el crédito que le debo al banco. Hoy he dormido mejor que en las últimas semanas, me siento bien y con ganas de trabajar, así que voy a cambiar la dirección de esta conversación y a enfocarla donde se debe.
—¿Quieres que te enseñe todo lo que he avanzado para las becas? —le propongo—. También podríamos dejar organizado el viaje a Vermont, he hablado con tu editorial y quiero que des el visto bueno a lo que tengo pensado.
—Es una buena idea. —Se relaja de nuevo, interesado en el tema—. Cógete un café y vamos al despacho.
Nos trasladamos allí, el escritorio es suficientemente grande para los dos y pasamos las siguientes horas debatiendo y mejorando en equipo todo lo que yo tenía.
De vez en cuando, no puedo evitar quedarme embelesada mientras lo miro. Hoy su atuendo es totalmente informal, con un simple vaquero y una camiseta negra, qué maldición que todo le quede increíble. Aunque siempre me atrapó su tenacidad. Si Axel quiere algo, lo consigue. Se deja la piel en ello.
No se lo he dicho, pero hace poco compré su libro, y en los ratitos libres que he tenido, lo he leído. Me parece fascinante cómo lo relata, su experiencia en el terreno, las grabaciones en el extranjero y cómo convenció al dictador para que accediera a contarle su punto de vista.
Recuerdo lo desesperado que estaba por conseguir aquellas prácticas, y me hace gracia pensar que, solo unos años después, otros chicos harán cola para conseguir hacer las suyas con él.
Otra cosa que me encantaría es escaparme un día a Harvard y verlo dar una clase. Quizás pueda camuflarme entre los estudiantes y no se dé ni cuenta.
Me abruma un poco pensar en lo estúpida que tengo que parecerle. No es que yo me tenga en muy alta estima en lo que a mi vida laboral se refiere, pero es que es una realidad, solo hay que ver a todas las personas que me rodean para darse cuenta de que yo soy un fracaso.
No empieces, por favor.
—¿Sigues conmigo?
—Sí —me recompongo, he estado a punto de caer en un bucle de pensamientos que no me convienen—. Podríamos citarlos entre mañana y pasado para las entrevistas, hay una larga lista de potenciales candidatos, en dos días podemos dejarlos en cinco.
—Lo harás tú —anuncia, y me da un golpecito en la nariz con su dedo índice, sonrojándome. Cuando se da cuenta de lo que ha hecho, se queda un momento en shock , el gesto le ha salido de forma natural—. Confío en tu criterio.
Me quedo boquiabierta, es demasiada responsabilidad y es su dinero.
—Pero…
—Me marcho, tengo clase y después iré al gimnasio. —Se levanta dejándome aún pasmada—. Te veo para la cena.
Me echo hacia delante y dejo caer la cabeza dramáticamente sobre el escritorio.
Puedo hacerlo, y puedo hacerlo bien. Tengo que creer un poco en mí. Joder, tengo un máster en Gestión, hace tiempo incluso me veía llevando una clínica.
Con esta nueva inflación de confianza, me pongo a ello y solo me detengo para hacer una comida ligera. Paso el resto del día haciendo llamadas y organizando todo lo necesario.
De vez en cuando, miro por la ventana y me relajo con las vistas del jardín. Realmente me encanta esta casa, cada vez que veo la fachada de piedra rojiza con ventanas azules, una sonrisa se dibuja en mi cara. Es acogedora y tranquila.
También me ilusiono cuando abro la agenda y veo señalado Vermont. Voy a ir de viaje en solo unos días y por fin podré a ver a mis amigas. También he recuperado un poco de tranquilidad al volver a dormir en una cama, bajo un techo de verdad. Tengo motivos de sobra para sonreír.
Pero esa felicidad se desvanece como una cortina de humo cuando veo una nueva notificación de llamada perdida.
Cara.
¡Dios, es que no piensa cansarse nunca!
Ya he accedido a hablar con ella, le he explicado que no le deseo nada malo, simplemente quiero que me deje en paz.
Nuestra amistad no es una posibilidad. Al principio me dolió muchísimo, pero, con el paso del tiempo, comprendí que estaba mejor sin ella.
Su amor por mí era una ilusión, como casi todo lo que proyecta.
Hay cosas que no estoy dispuesta a perdonar.
Mi rostro se estremece al comprobar que tengo otra llamada perdida, esta vez de Brad. Calma, es posible que sea una llamada rutinaria normal y no sepa nada de todo lo que me ha pasado. Se la devolveré en un rato y actuaré normal.