Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 54
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Capítulo 54

Rebecca

P uedo admitir sin reparos que no siempre he tomado buenas decisiones, una tiene derecho a equivocarse. También he cometido errores, y uno reciente ha sido creer que Axel guardaba cenizas de nuestra historia.

No, no lo hace.

​ Era alguien en quien solía confiar, pero ya no es la misma persona. Supongo que es normal, yo tampoco lo soy. Todavía no puedo creerme el circo en el que me he metido.

​ Cuando nos reencontramos, estaba segura de que me echaría a patadas. Y por algún motivo, no lo hizo, al menos del trabajo. Puede que mi periodo de prueba obligatorio tuviera algo que ver, pero no creo que fuera solo eso.

​ Luego, me exige límites, decide llevarme a comer y aparece su novia, a la que supuestamente había olvidado ese día.

Después, pierde totalmente la cordura y se abalanza sobre mí para besarme, y no cualquier beso, uno que para olvidar tendrían que realizarme una lobotomía.

Finalmente, me lo encuentro un día después, con su novia de nuevo, restregándose en el sofá y viendo una película que yo consideraba algo nuestro.

​ No, definitivamente no conozco a esta persona, y la estúpida soy yo por creer que queda algo donde no lo hay.

​ Mi situación es un caos, aunque no tengo por qué hundirme más yo sola. Tengo que espabilar y recuperar mi vida. Ceñirme al trabajo y dejar que él haga la suya como se le antoje, de todas formas, lleva cinco años sin formar parte de la mía.

Esta tontería acaba ahora mismo. Todo lo que necesito es algo de acción. Tamborileo los dedos en el mostrador de la tienda y, antes de que me arrepienta, cojo mi móvil y le escribo a Nolan.

Yo: ¿Te apetece hacer algo mañana? Tengo la noche libre.

​ Nolan es el último chico con el que estuve y, aunque ya hace un tiempo de eso, sé que no le importará que le hable. No nos prometimos amor eterno, simplemente quedamos unas cuantas veces y tuvimos buen sexo.

​ Es justo lo que necesito, pasar una buena noche, darme el gusto y olvidarme del gilipollas de mi exnovio.

​ Una chica joven entra en la tienda y se dirige a mí con timidez.

​ —Buenas noches, ¿podrías ayudarme con el servidor de la gasolina? Suele encargarse mi padre —me explica sonrojada—. Tengo miedo a hacerlo mal.

​ —Por supuesto, te acompaño fuera —digo, y le sonrío caminando hasta su coche—. No te preocupes, aprenderás a la primera.

​ Le enseño a utilizarlo y después la observo mientras lo hace ella misma.

Paseo mi vista por los coches que están estacionados esperando su turno, justo cuando creo reconocer a alguien.

Es el siguiente conductor en esta misma fila, estoy segura de que lo he visto antes.

Me quedo mirando fijamente y veo que va acompañado por…

¡Oh, Dios mío!

​ El conductor, quien ahora recuerdo perfectamente, Calloway, cruza su mirada grisácea con la mía y yo la aparto bruscamente, dándole la espalda.

​ El copiloto es Axel.

​ Le digo a la chica que la espero dentro de la tienda para cobrarle y me voy a paso ligero intentando disimular. Es posible que no me haya reconocido, llevo un mono de trabajo, ancho y horrible, el pelo recogido en una coleta baja y la visera de la gorra me tapa la mitad de la cara.

​ Por favor, que no se haya fijado en mí.

​ Si alguna vez he tenido derecho a un deseo y no lo he gastado, quiero hacerlo ahora.

Porque no sé cómo explicarle que estoy trabajando casi a las dos de la madrugada, en una gasolinera, cuando soy la secretaria de su cliente.

Sin contar con que tengo que estar en su casa de nuevo a las siete y media de la mañana.

​ Además, hoy con Deva en la casa ni siquiera me he dado una ducha decente.

Tengo que oler a gasolina y estiércol. Espero que pague con tarjeta de forma automática en el servidor y no entre aquí.

A estas horas de la noche, estoy sola, y no tengo a ningún compañero a quien pedirle que los atienda por mí.

​ Me pongo de nuevo detrás del mostrador, con la cabeza cabizbaja, intentando camuflarme. Pasado un rato, empiezo a respirar más tranquila. Seguro que ya se han ido.

​ Suenan las campanillas de la puerta, poniéndome de nuevo en alerta.

​ Alzo la mirada para comprobarlo y vuelve a ser evidente la suerte de mierda que me acompaña desde hace tiempo. Porque la persona que se acerca a paso firme no es otro que el señor trajeado, Calloway.

​ —Nos conocemos, ¿verdad?

​ Estoy temblando de los nervios, su pregunta es una clara afirmación.

​ —Sí, buenas noches, señor Calloway. ¿En qué puedo ayudarle?

​ —Solo Regan está bien —me pide, su tono de voz es amable—. ¿Trabajas aquí?

​ —Sí… —No tengo escapatoria, más vale que intente explicarme—. Solo algunas noches por semana, para ahorrar, ya sabe.

​ —¿El idiota de Ward no te paga lo suficiente?

​ Frunce el ceño, molesto con esa idea. Esto no va bien.

​ —¡No, no es eso! Estoy contenta con mi salario, se lo aseguro.

​ Aprieto el filo de la mesa donde estoy parada, desviando mi mirada hacia el ordenador.

​ —Servidor número tres, aquí tienes —indica, luego me extiende un billete de cincuenta dólares—, quédate con el cambio.

​ Solo ha consumido treinta dólares, me está dejando una buena propina, cosa que me avergüenza un poco. Tiene que pensar que soy una indigente.

​ Bueno, en realidad lo eres.

​ Estoy demasiado nerviosa para rebatirlo y alargar esta conversación. Lo mejor es que lo acepte sin rechistar.

​ —¿Es posible que…? —empiezo a balbucear, creo que va a darme un infarto, vuelvo a empezar—: ¿Es posible que esto quede entre nosotros?

​ —Por supuesto —afirma, se gira para irse, pero no sin antes decirme por encima de su hombro—: Si necesitas algo, llámame.

​ Asiento, recordando que su número está guardado en el teléfono que me dio Axel.

​ Joder, esto podría haber ocurrido solo unos minutos después, porque el compañero que tiene que darme el relevo acaba de entrar saludando. Mi turno ha acabado y doy gracias a Dios por ello, por hoy he tenido más que suficiente.

​ Me despido de él escuetamente y arrastro los pies hasta la parte trasera de la gasolinera, donde tengo aparcado mi coche de forma permanente. A veces hay camiones, otras, algunas caravanas, pero en esta ocasión el aparcamiento que hace de zona de descanso está bastante desolado, apenas hay nadie.

​ Abro mi coche para coger algunas cosas de aseo con intención de ir al baño y adecentarme un mínimo antes de dormir.

Estoy tan cansada que no he percibido que alguien estaba justo detrás de mí hasta que ha tocado mi hombro, lo que hace que me sobresalte llevándome una mano al pecho, emitiendo un grito ahogado.

​ —Ey, guapa, no te asustes.

​ No sé quién es este tío, no lo he visto en mi vida. No es muy corpulento, pero sí mucho más alto que yo. Le echo un vistazo rápido y veo que va vestido con unos simples vaqueros, una camiseta oscura y botas robustas. Lleva una chaqueta con un logotipo que parece de una empresa de congelados.

​ —¿Te conozco? —pregunto recelosa.

​ —No, pero estoy dispuesto a pagar un precio justo para que lo hagas.

​ Su mirada me recorre de pies a cabeza, de forma lasciva y arrogante.

​ —¿De qué estás hablando?

​ —Esto funciona así, ¿no? —Se acerca aún más sin ningún tipo de vergüenza—. Yo te pago y tú me haces una mamada. Podemos hacerlo en mi camión, lo tengo justo ahí —propone, y lo señala ante mi cara de espanto.

​ He perdido la voz, siento que no soy capaz de articular palabra alguna. Mi instinto me hace abrazarme el cuerpo a la defensiva.

¡Este imbécil piensa que soy una prostituta!

—Vamos, pagaré bien.

Extiende su mano, acariciándome un brazo, y yo le doy un manotazo para apartarlo.

—¡No me toques, gilipollas! No soy puta, por si mi ropa de trabajo no te ha dado ninguna pista. Lárgate antes de que llame a la policía.

—Estás durmiendo en el coche. —Desvía su mirada a la cama improvisada que tengo montada en el asiento trasero—. Está claro que te hace falta el dinero y yo solo quiero pasar un buen rato, no te pongas así —insiste.

Estoy empezando a agobiarme, incluso me replanteo gritar.

—¡Vete a la mierda y aléjate de mí!

Lo empujo intentando meterme dentro del coche, cuando me gira agarrándome por la cintura; por suerte, el acto dura solo un segundo y su sonrisa de idiota se borra de un plumazo al ser golpeado en plena cara.

—Pero qué mierda…

Se tambalea sobre sus pies, tocando su labio partido mientras su camiseta empieza a llenarse de sangre. No puedo apartar la vista de Axel, quien lo mira como si fuese a asesinarlo a sangre fría.

—¿Estás bien? —pregunta con expresión preocupada.

—S… sí —respondo con la respiración entrecortada, dejándome caer en mi coche.

​ Estoy tan anulada que ni siquiera puedo pararme a pensar en que sea él. Solo siento alivio de tenerlo aquí.

—Te recomiendo que te vayas por donde has venido y no mires atrás —lo amenaza—. Si lo haces, te juro que vas a arrepentirte.

—¿Quién cojones te crees que…?

No consigue acabar la frase porque recibe otro puñetazo, y esta vez, cae al suelo como si de un KO se tratara.

—Te lo he advertido —sisea entre dientes.

Axel lo dice con tanta calma que consigue helarme los huesos. Pero lo mejor es la expresión de puro terror que le devuelve el depravado, quien acaba de entender que se encuentra en desventaja.

—Va… vale, ya me voy.

Se arrastra por el suelo a cuatro patas, intentando levantarse, cayendo de rodillas una vez más mientras sale huyendo en dirección a su camión.

—Becca —habla él, me agarra por los hombros, asegurándose de que de verdad estoy bien—. No entiendo nada, ¿qué haces aquí?

El momento me puede, intento guardarme las lágrimas que tanto quiero derramar, pero apenas lo consigo. Tengo el cuerpo en tensión, demostrándome que estaba más asustada de lo que pretendía aparentar.

Intento contestarle, pero en lugar de eso, me aferro a él en un abrazo.

Acaricia mi espalda suavemente, manteniendo mi cabeza en su pecho.

Me aparta de forma delicada, desviando su mirada a mi coche.

Imagino que el traidor de Calloway le ha contado que trabajo aquí, aunque que haya descubierto también que es donde paso la noche lo ha descolocado del todo.

—Dime, por favor, que no estabas durmiendo ahí —suplica incrédulo.

—Solo era algo… temporal.

—Mírame. —Agarra mi mentón para que no pueda eludirlo—. Necesito una explicación.

Resignada y avergonzada no me queda otra que sincerarme.

—Amber se fue a trabajar a San Diego, así que Peyton y yo decidimos mantener el piso las dos solas, pero su padre tuvo un accidente y tuvo que irse a Vermont para echarle una mano.

—Cojo aire y continúo—: Mis trabajos no han sido estables, por lo que no pude hacer frente a los gastos yo sola.

Estaba a punto de tener que irme a casa, a Detroit, y entonces el primo de Amber, Ricky, me consiguió este trabajo contigo.

Axel me mira estupefacto, justo como no quería, con pena.

—Pero ¡¿por qué demonios duermes en la calle?!

—El propietario quería vender el piso en el que vivíamos, y como este nuevo trabajo incluía alojamiento… me mudé directamente a tu casa.

Me encojo de hombros, intentando hacerle ver que suena peor de lo que es. Me he estado apañando bien hasta ahora, creo.

—Dios mío —susurra.

—También estoy terminando de pagar el crédito estudiantil que pedí para poder hacer el máster. Solo quería ahorrar un poco, el mes que viene pensaba alquilar algo, como te he dicho, solo es temporal —le cuento, procurando mantener el tono neutro y la postura estoica.

Aunque diría que no está sirviendo de mucho porque está pálido.

—¿Y tu familia?

—No lo saben, ninguno de ellos. No quería preocuparlos, puedo solucionarlo, solo necesito tiempo.

Los faros de un coche nos deslumbran mientras se aproxima lentamente, hasta frenar a nuestro lado.

—El héroe del pueblo, la ciudad debería darte una medalla —se mofa—. Lástima que haya llegado cuando el espectáculo ya ha terminado.

—Cállate, Calloway.

Le dirijo una mirada con los ojos entrecerrados, cruzando mis brazos a la altura del pecho. El tío no ha dudado ni un segundo en mentirme e ir corriendo a contárselo a Axel.

—Nunca te fíes de un abogado —comenta Regan—. No es personal, he creído que debería saberlo, y siempre confío en mi criterio —dice con voz melódica.

—Puedes irte, yo me encargo —le asegura Axel—. Hablamos mañana.

Regan pronuncia un áspero «buenas noches» mientras sube la ventanilla de su coche y conduce de vuelta por donde ha venido.

—¿Arranca? —se dirige de nuevo a mí, señalando mi coche.

—¡Claro que sí!

—Perdóname si dudo de cualquier cosa —contesta de forma exasperada—. Pues móntate y conduce, nos vamos.

—¿Qué?

—A casa, Rebecca. Nos vamos a casa y no pienso repetirlo.

—No necesito…

—¡He dicho que nos vamos! —gruñe—. No me lo pongas más difícil. He bebido y no puedo conducir, pero te llevaré a rastras si es necesario.

Refunfuñando entro en el coche, aún vestida con la ropa de trabajo y un disgusto notorio. Arranco el motor, Axel se monta en el asiento del copiloto y suspira pesadamente.

Justo cuando salgo de la gasolinera para incorporarme a la carretera, mi móvil vibra en el salpicadero. Axel mira la pantalla sin disimulo, soltando una risa amarga.

—¿Qué? —Le miro un segundo con las manos en el volante.

—Nolan te manda recuerdos —se mofa chasqueando la lengua—. Dice literalmente: «Estoy disponible para cuando tú desees, bombón».

Mierda.

Mis mejillas se incendian y, en vez de contestarle, enciendo la radio. Sigue mirando al frente y espero que sigamos sumidos en este silencio, porque no quiero hablar de nada más en todo lo que queda de noche.