Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

Axel

Un pedazo de mierda. Así es como me siento desde ayer, día en el que se me ocurrió la maravillosa idea de besar a mi exnovia. Y no cualquier beso, uno que me la puso durísima. Estaba tan cachondo que mi pene pedía clemencia.

​ Necesito un cigarro, desde que dejé de fumar hace años, no he tenido ninguna recaída, pero ahora mismo lo mandaría todo a la mierda si tuviera uno aquí.

​ No entiendo cómo pude dejar que pasara. Bueno, siendo honesto conmigo mismo, sí lo sé, no he olvidado a Becca. Pensaba que estaba superado, que mi rabia era más grande que lo que una vez sentí por ella, y a la vista está que no. El deseo es demasiado fuerte.

​ Deva no ha dicho cuántos días piensa quedarse.

Me encuentro tenso e incómodo en mi propia casa, cada vez que la miro la bilis me sube por la garganta.

Siento que soy una mala persona por ocultarle algo así, ella parece estar al cien por cien en esta relación y yo, verdaderamente, siempre he estado a medio gas.

​ Tengo que contárselo.

​ Anoche estuve a punto de irme a la habitación de invitados. La cercanía de su cuerpo me causaba rechazo. Intentó que tuviéramos relaciones, con insistencia, y cuanto más empeño le ponía, más me agobiaba, hasta el punto de que tuve que inventarme que me encontraba mal.

​ No me apetece jugar a las casitas con ella, necesito ser sincero y expresarle cómo me siento. Estoy hecho un lío, no sé lo que quiero, aunque mi cuerpo está seguro de que no quiere sexo.

​ Sí que quieres, pero no con ella, gilipollas.

​ Esta mañana, hemos salido temprano de casa, ni siquiera nos hemos cruzado con Becca.

Después del desayuno, ha venido a verme dar clase en Harvard, pero a los quince minutos de empezar, se ha ido.

Me ha mandado un mensaje diciendo que quería hacer algunas cosas por Boston, aprovechando que estaba en la ciudad.

Sinceramente, pienso que se ha aburrido en cuanto yo he abierto la boca.

​ Hoy tenía tutorías, por lo que he pasado gran parte de la mañana allí y no he tenido noticias de ella hasta que la he llamado para saber dónde estaba. No ha sido una sorpresa saber que estaba de compras, ella disfruta haciéndolo.

​ La he recogido en el centro de la ciudad, a ella y sus treinta bolsas. Hemos vuelto a casa y para mi suerte no hay rastro de Becca. Cada vez que Deva viene a darme un beso, acabo respondiendo en piloto automático, asqueado de mí mismo.

​ —Tenemos que hablar —digo sentándome en el sofá.

​ —¿Te encuentras mal? Estás actuando de forma rara.

​ Su reacción es sentarse encima de mi regazo y tocarme la frente, para comprobar si tengo calentura. Joder, esta conversación va a ser horrible. Pero se acabó, no soy un chaval, ya tengo veintiocho años y tengo que afrontar mis cagadas.

​ —Creo que deberíamos darnos un tiempo, un poco de espacio para pensar en esta relación y si es lo que verdaderamente queremos. Siento que todo está yendo demasiado rápido.

​ Me mira atónita, abriendo los ojos con expresión de disgusto.

​ —No estás hablando en serio, no sabes lo que dices.

​ —Cometí un error —empiezo, aunque hago una pausa, pensando bien lo que voy a decir. No quiero involucrar a Rebecca, nunca le he contado a Deva nuestro pasado juntos— con alguien.

​ —¿Por eso estás así? ¿Porque te has tirado a alguien?

​ Lo dice esbozando una sonrisa de suficiencia, como si estuviéramos bromeando, y esto no tiene ni puta gracia. Ella es una persona celosa y en ocasiones algo posesiva, por lo que no tiene sentido lo bien que se lo está tomando. Estoy confundido.

​ —No es lo que crees, no me he acostado con nadie, pero…

​ —Tanto alboroto por nada. —Chasquea la lengua y se recoloca encima de mí, haciendo más presión con su culo sobre mi entrepierna—. Mira, ya sé que no eres perfecto, todos cometemos errores.

​ Su respuesta me deja frío. ¿Qué quiere decir con eso? No es normal que le dé igual que haya estado con alguien, de la forma que sea. Mi idea de relación no congenia con mi comportamiento, y tampoco con su indulgencia.

​ Me quedo mirándola fijamente, sin saber qué decir.

​ —Pongamos una película y tengamos algo de juego —propone de forma coqueta, cogiendo el mando y encendiendo la televisión.

​ ¡Dios Mío! No puedo ver esa película.

​ —Deva, sigo pensando que sería mejor si nos alejamos por un tiempo. Quizás no deberíamos estar en una relación…

​ —Tonterías, relájate. Hacemos una gran pareja, solo necesitas recordarlo.

​ Se mueve, poniéndose totalmente a horcajadas encima de mis caderas, y empieza a besarme la mandíbula. Está buscando estimularme para que me olvide de la conversación, pero yo no tengo la cabeza en eso, no paro de pensar que esto es un error.

​ —Axel, lo tengo todo preparado para las entrevistas. ¿Cuándo quieres que…? ¡Ay, Dios! ¡Lo siento! Pensaba que estabas solo.

​ ¡Joder! Esto es una puta pesadilla.

​ He pegado tal brinco al escuchar la voz de Becca que casi tiro a Deva al suelo. Esto no puede estar pasando.

No le debo ningún tipo de explicación, han pasado años, me hizo daño, esta es mi casa y yo tengo novia. Pero, aun así, después de lo que pasó ayer entre nosotros la imagen que estoy proyectando ahora mismo es la de un auténtico cabronazo.

—Ups… —Deva se pone la mano en la boca emitiendo una risita, pero sin moverse del sitio, aunque yo intento apartarla a un lado, sutilmente.

Rebecca está ahí plantada, sujetando las bolsas de la compra. Su expresión avergonzada cambia en cuanto se fija en la televisión.

No es lo que crees.

Si aún le quedaba alguna opinión decente sobre mí acaba de hacerse añicos. Qué explicación habría si no para que La La Land esté de fondo en la pantalla.

Quiero levantarme y explicárselo, pero no puedo.

—Que paséis buena noche. —Su voz se tambalea, tanto como el movimiento errático dentro de mi pecho—. Siento haber interrumpido.

​ No dejes que se vaya.

​ Va a la cocina para guardar lo que ha traído y poco después oigo la puerta de casa cerrarse.

​ —¿Hoy tampoco hace la cena? La estás consintiendo, como no seas más duro con ella, acabará haciendo lo que le dé la gana —me reprocha Deva apretando los labios.

​ —No tiene importancia, su intención ha sido darnos intimidad.

​ —¿Por qué la defiendes? Además, te llama Axel, esa chica es muy poco profesional, tendría que saber cuál es su lugar.

​ Está empezando a enfadarse y yo no estoy para uno de sus estúpidos berrinches.

​ —Porque ese es mi nombre —le replico hastiado—. Es igual, déjalo.

No tiene intención de dejarlo pasar, cuando algo le molesta, insiste y persiste.

Me levanto en busca de un vaso de agua y ella viene detrás de mí con el propósito de seguir con lo mismo.

Justo cuando abro el grifo, el móvil empieza a vibrarme en mi bolsillo trasero.

Lo saco bajo el escrutinio impaciente de mi novia —joder, si hasta me cuesta pronunciar esa palabra en mi mente— y enarco las cejas extrañado al leer la pantalla. Es un mensaje de Calloway.

Regan Calloway: Estoy en Boston. ¿Podemos vernos?

—Perdóname un momento, tengo que contestar —le aclaro a Deva, quien resopla para hacerme saber su desacuerdo.

Dejo olvidado lo que estaba haciendo y me alejo un poco, buscando intimidad para teclear una respuesta.

Yo: ¿Qué ocurre?

Regan Calloway: Tus modales cada vez son más cuestionables.

Regan siempre con su altanería. Si está en Boston y quiere verme a estas horas, algo le pasa y no es bueno.

Yo: Recógeme en mi casa.

​ Yo también necesito salir de aquí, me vendrá bien una cerveza. Lo último que quiero es seguir con esta discusión absurda.

​ Deva está justo detrás de mí, con mirada inquisitoria y una postura a la defensiva.

—Tengo que irme, Calloway necesita verme —le informo—. Parece urgente.

—O sea que te largas —vocifera—. Si sales por esa puerta, no me esperes cuando vuelvas.

—Como prefieras, no me gusta que me condicionen y mucho menos las amenazas —le reprocho—. Ya he intentado explicarte cómo me siento.

Me ofrecería a ayudarla si lo que quiere de verdad es irse, sin embargo, no me da opción. Sube las escaleras montando todo un escándalo en lo que imagino estará recogiendo las pocas cosas que trajo consigo.

Poco después, sale por la puerta, sin despedirse y dando un portazo.

Habría pedido perdón por mi comportamiento si hubiera sido necesario, pero ella no se ha molestado por mi confesión, sino, más bien, por mi falta de reacción.

No quería correr un velo como si nada hubiera pasado y seguir jugando a la pareja feliz.

Y no me entra en la cabeza que ella sí esté dispuesta.

Me refresco la cara y hago tiempo hasta que llega Regan, haciéndome saber que está aquí tocando el claxon desde la calle.

Me monto en su coche y aparte de un saludo escueto no recibo nada más. La cosa tiene que estar complicada para que el cabrón guarde silencio todo el trayecto. Solo me ha contestado cuando le he sugerido ir a un bar que solía frecuentar.

Media hora después, con dos cervezas, me harto de su silencio.

—Piensas decirme en algún momento, ¿por qué estamos aquí?

—Eres tú el que ha elegido este antro, Ward —responde haciendo un gesto de soberbia al agitar la mano en el aire.

—Deja de ser un imbécil, he tenido una noche difícil.

Se echa hacia atrás en su silla y me mira dándome a entender que se lo cuente.

Y eso hago, le relato mi «error» con Becca, la confesión a Deva y su extraña reacción.

—Interesante…

—¿Solo piensas decir eso?

—Creo que realmente no sabes nada de Deva Brooks, no hace tanto tiempo que os conocéis y tampoco es que hayáis estado muy unidos.

Este tío, al que la gente conoce por ser frío y distante, es verdaderamente muy observador y, por alguna razón, siempre he estado en la lista de personas que merecen su tiempo.

—Y a la otra, ¿Becca?, ha tenido que escocerle.

—Es Rebecca —le corrijo, y sonríe de forma socarrona ante mi reacción—. Su cara te aseguro que era de asco.

—Ward, eres un adulto, así que demuéstralo. Sé profesional y deja de meterte en líos. —Increíble, es como si mi padre me echara la bronca—. Te aviso de que no pienso hacer de niñero en Vermont, contrólate.

Echo un trago de mi cerveza y resoplo, indignado.

—Bien, y ahora tú, ¿qué pasa?

—Es complicado —sentencia, sin añadir nada más.

—Siempre lo es.

No quiere hablar de lo que sea que tiene en la cabeza, simplemente quería estar con un amigo. Así que, para impedir su estado taciturno, pido otra ronda, sin alcohol para él, y saco más conversación para distraerlo.

Dos horas y cinco rondas después, estoy borracho. No como para no enterarme de dónde estoy, pero sí para volver ya a casa. Mi objetivo se ha cumplido, porque mi amigo ahora luce distraído.

—Será mejor que te lleve de vuelta —dice Calloway riendo cuando me he trabado en mitad de una frase.