Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 51
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Capítulo 51

Rebecca

V arias horas después, estoy sentada de nuevo en un avión de vuelta a Boston. Pero esta vez el que está nervioso e inquieto es Axel, no para de moverse. No he sacado la cabeza de la agenda que llevo entre las rodillas, llevo todo el trayecto trabajando, evitando su contacto a toda costa.

​ —¿Podemos hablar?

«No», eso es lo que quiero contestarle.

​ —Claro, ¿qué ocurre? —contesto haciendo como que escribo algo.

​ —Mírame. —No lo dice como una orden, sino con angustia. Dejo a un lado lo que estaba haciendo y le presto toda mi atención.

​ —Yo no pretendía… —empieza, aunque se le atascan las palabras— dejarte tirada. De verdad que había olvidado que le dije de ir a comer allí. Eso fue hace días, y ya sabes que tengo la cabeza en demasiados sitios a la vez.

​ Ojalá también la tuvieras en mí.

​ —Es normal que aproveches para ver a tu… novia —hago hincapié en la palabra—, lo entiendo, no pasa nada. De todas formas, tenía cosas que hacer.

​ —Igualmente, yo… —dice, y acerca su mano a la mía, pero la retira en el último momento— quería enseñarte ese restaurante.

​ Empiezo a entender cómo de mala era la idea de trabajar para él. De volver a verlo, de conectar de nuevo.

​ —No pasa nada. —Se me está empezando a pasar el mal sabor de boca—. Formamos buen equipo, ¿verdad?

​ La pregunta me ha salido con cierta esperanza.

​ —Me gusta cómo trabajas, me estás ayudando mucho. —Su mirada melancólica me está desarmando todas las barreras que había creado. Están cayendo una a una, como un verdadero efecto dominó.

​ Hay cosas que prefiero no saber, pero las palabras se escapan por mi boca antes de que pueda evitarlo. Mis cuerdas vocales tienen vida propia.

​ —¿Hace mucho que estáis juntos?

​ Voy a arrepentirme de esto.

​ —Sí, no, quiero decir —carraspea—, nos conocemos desde hace tiempo, unos nueve meses más o menos.

​ Quiero esconder mi expresión de sorpresa, pero seguro que los ojos me han delatado porque vuelve a hablar sin esperar mi respuesta.

​ —Aunque se volvió más serio hace como unos tres meses —añade.

​ —Ah, me alegro por ti —digo sonriendo levemente—. Parece estupenda.

​ Se me hace un nudo en la garganta al tragar.

He llegado a pensar que había algún tipo de reacción en él.

Lo he visto sonreír sinceramente o mirarme con deseo.

Las ilusiones las carga el diablo o, mejor dicho, la ignorancia, y eso es lo que yo he sido: una completa idiota que estaba empezando a caer de nuevo en el mismo error.

​ La conversación muere cuando nos avisan por megafonía de que vamos a aterrizar. Y en el trayecto en coche hasta la casa tampoco la retomamos.

​ Una vez llegamos, subo a la planta de arriba, dejo la agenda en el escritorio de la habitación de invitados y me cambio de ropa. Sí, por desgracia, hoy no puedo eludir ciertas tareas, como poner alguna lavadora o limpiar. Por días como estos me dejé aquí ropa cómoda.

​ Bajo las escaleras para coger los productos de limpieza, aprovecho y repaso la cocina. La puerta de su despacho está cerrada, estará trabajando allí. Un rato después, subo de nuevo para fregar arriba y cambiar las sábanas.

​ Cuando abro la puerta del cuarto de baño, doy un grito muy poco sutil por lo que tengo justo delante.

Axel, con solo una toalla rodeando sus caderas.

Con el torso desnudo, salpicado por gotas de agua.

Se peina el pelo mojado hacia atrás con ambas manos, lo que hace que pueda ver al detalle los músculos de sus brazos.

​ Podría dormir una siesta encima de su cuerpo.

​ —¡Lo siento! —Me está entrando el pánico, así que opto por una retirada cobarde, saliendo del baño como un correcaminos.

​ Me quedo parada en mitad del pasillo, con la cara ardiendo y una quemazón entre las piernas incontrolable. Lo que me faltaba era nuevo material para dejar volar mi imaginación, esta noche no habrá quien duerma.

​ —Becca, espera.

​ Becca.

​ Ha utilizado ese nombre, ese maldito nombre que él mismo me puso. Me doy la vuelta aún avergonzada y la cosa no mejora al verlo todavía semidesnudo.

​ —Lo siento —repito—. Tendría que haber llamado a la puerta.

​ —¿Qué estás haciendo?

​ Se acerca a mí lentamente, como si no estuviera seguro de hacerlo.

​ —Mi trabajo —susurro, no reconozco mi propia voz—. Solo iba a limpiar el baño y cambiar tus sábanas.

​ —¿Limpiar? ¿Ahora? —Fueron sus condiciones, no las mías, no debería extrañarle tanto—. Yo diría que ya has trabajado suficiente.

​ Agarra la toalla por el lateral con una sola mano y mis ojos no paran de moverse, siguiendo cualquier movimiento que realiza.

​ —Pero…

​ Da un paso más, posicionándose tan cerca que tengo que alzar la cabeza para mirarlo. No sabe lo que me provoca con su cercanía, las rodillas me flaquean, me siento atraída como ante un canto de sirena.

​ Casi pongo la mano en su pecho, pero esta vez he recordado a tiempo que no debo tocarlo. Límites, Rebecca, límites.

​ —Pero nada, tómate el resto del día libre.

​ Lo que no haga hoy, tendré que hacerlo mañana, pero eso él no lo entiende. Si supiera que tengo otro trabajo más, le explotaría la cabeza.

​ Aunque a la que va a estallarle algo es a mí. No puedo pensar, tengo el cerebro congelado, con el corazón tomando las riendas de mi razón y de mi sistema nervioso.

​ —Gracias —consigo decir, mordiéndome el labio inferior.

​ Tengo el cuerpo en llamas, si no me voy rápido voy a morir calcinada, porque este hombre cree que es buena idea alzar su mano y retirarme varios mechones de pelo que caen en mi cara. Acaricia mi mejilla y desliza su dedo pulgar por el centro de mis labios.

​ Se me escapa un jadeo y su mirada se torna tan oscura como la lava volcánica.

​ —Mierda —gruñe Axel.

​ Emito un grito ahogado cuando en un solo movimiento Axel utiliza ambas manos para pegarme a la pared que tengo justo detrás, agarrándome por la cintura firmemente y dejando caer su toalla en el proceso.

​ Cometo varios errores simultáneos. El primero es mirarlo expresándole una clara afirmación.

​ Hazlo, no te detengas.

​ El segundo es mirar abajo y descubrir que tiene el miembro erguido y duro.

​ —Ay, joder.

​ Es lo único que alcanzo a decir antes de que quite una mano de mi cintura y la utilice para agarrar mi mandíbula estrellando sus labios en los míos.

​ Su acto no trae consigo dulzura ni ternura. Abro la boca, buscando con mi lengua más de esta sensación. Puedo notar su rabia y desesperación.

​ Con su otra mano me ancla a la pared, sin permitirme un ápice de movimiento. Y en lugar de mantenerme quieta, empiezo a pasear mis manos por sus hombros, bajando por las costillas y degustando los… abdominales, joder.

​ ¡A la mierda los límites! Total, ha empezado él.

​ Esta versión de Axel me está matando.

​ Mis caderas empiezan a moverse de forma vergonzosa, buscando las suyas. Llevo unas simples mallas deportivas y él está completamente desnudo. Su respiración es agitada y su pecho sube y baja al tacto de mi mano.

​ Sigue besándome y mordiéndome los labios mientras sujeta el pelo de mi nuca y tira de él con posesión.

​               El sonido del timbre nos llega desde la planta de abajo, rompiendo el trance en el que estábamos sumidos. Me aclaro la garganta, separándome bruscamente de él, que vuelve en sí siendo consciente de lo que acabamos de hacer y se agacha corriendo a recoger su toalla para taparse.

​ Soy un desastre, incapaz de mirarlo a la cara ni de respirar con normalidad. Mi pelo estará revuelto y me noto la cara ardiendo.

​ —Yo… yo no sé qué me ha pasado. —La neblina empieza a disiparse y ahora sus ojos reflejan verdadero pánico. Está claro que piensa que ha cometido un gran error—. Hostia, lo… lo siento, no debería haberlo hecho. No tendría que haberte tocado así.

​ Siento cristales rotos en el estómago.

​ —No es culpa tuya, yo tampoco debería haberme dejado llevar. Solo ha sido un error, no volverá a suceder —afirmo con una seguridad que no siento.

​ —No lo hará.

​ Empiezo a desmoronarme, pero no puedo permitirme hacerlo delante de él. Tengo que recomponerme y salir de aquí cuanto antes.

​ —Iré a abrir la puerta.

​ —No esperaba visita. Me pongo algo de… ropa —balbucea— y voy en seguida.

​ Bajo las escaleras agarrándome a la baranda, tengo lágrimas no derramadas en los ojos y un nudo en el pecho. Y lo peor es que no me arrepiento de lo que he hecho.

​ Consigo abrirle a la persona que ha tocado tres veces al timbre de forma insistente.

​ Oh, por favor, la que faltaba ahora.