Capítulo 50
Axel
Esto no debería estar pasando. Esta emoción asquerosa me corroe por dentro. Los celos me consumen, es absurdo, pero real, no puedo negarlo. No veo, no oigo, solo quiero volver ahí dentro y darle de hostias al gilipollas de Grant.
Y para colmo, he perdido la compostura cuando me ha tocado, se supone que no debería hacer algo así, joder. Vale que no tengo quince años, solo ha puesto la mano sobre mi muslo, pero, hostia puta, su contacto me ha tensado hasta las santas muelas.
He optado por la opción más cobarde, obviar el tema.
Por un momento se me ha pasado por la cabeza que lo ha hecho para buscar mi aprobación y viajar a Vermont, después de todo, está deseando ver a su amiga.
Pero no, estoy seguro de que le ha salido natural y espontáneo, es probable que ni siquiera haya sido consciente del gesto al hacerlo.
¿Le ha dado su número al idiota ese?
Si lo ha hecho, no solo voy a despedirlo a él, voy a deshacerme de toda la maldita editorial. ¿Injusto? Según por donde lo mires, exijo profesionalidad, y babearle a mi secretaria dista mucho de serlo.
Ya, seguro que solo es por la profesionalidad.
—No tienes permiso para tocarme. ¿Está claro?
Más bien, quiero que piense que no puede hacerlo. Es mejor así, más seguro.
Sigo sin quererla de vuelta en mi vida, mis sentimientos por ella son complicados y contradictorios. Por un lado, la detesto por lo que hizo, y por otro, las ganas de morderle los labios no menguan, solo aumentan cada vez que la tengo cerca.
—S… sí —carraspea, atónita—. No volverá a pasar.
—Perfecto, veo que nos entendemos.
Estoy siendo un gilipollas, pero prefiero serlo y cubrirme las espaldas.
Aunque cuando la miro a los ojos, ansiosa, se me calman los nervios.
No puedo comportarme así, soy su jefe y es mi responsabilidad hacer que el ambiente sea bueno para ella.
Mi ataque de celos, más la lujuria que me provoca, lo está poniendo todo más difícil.
—Lo siento —me sincero—. Solo quiero que mantengamos ciertos límites, por el bien de los dos.
Por mi cordura.
Ella asiente, sin articular palabra, joder, sigue nerviosa y no me extraña, me he comportado como un cavernícola. Y todavía sigo acorralándola contra la pared, seré imbécil.
Me separo inmediatamente de ella y justo el ascensor frena, abriendo las puertas.
—Deja que te lleve a comer antes de volver a Boston. —Hago una pausa, deseando que esto nos devuelva a la normalidad y nos quitemos de encima esta sensación incómoda—. Te gustará el sitio —sonrío.
Parece que por fin destensa sus hombros y adopta una postura más relajada.
Mi primer impulso es posar mi mano en su espalda para guiarla hasta la salida del edificio, pero por millonésima vez tengo que recordarme que eso no es adecuado y la retiro antes de hacerlo.
Solo le hago un gesto con el brazo para que me siga.
—Tengo hambre —responde devolviéndome la sonrisa, recomponiéndose y actuando como necesito, como si nada de esto hubiera pasado.
Rebecca
Ha sido la reunión más rara que he tenido en mi vida.
Primero, meto la pata hasta el fondo, toco lo que no debo, me ruborizo por ello y vergonzosamente incluso me excito.
Después, el editor de mi jefe se pone a ligar conmigo, aunque que me ofrezca un empleo también me ha subido el ego, no lo voy a negar.
Y para rematar, Axel sufre una especie de ataque de celos inédito e inexplicable y lo despide.
Porque, sí, eso eran celos. No tiene más explicación.
Puedo afrontar todo lo que ha ocurrido esta mañana, por muy loco que sea, pero para lo que no estaba preparada era para verme acorralada contra una pared, en un ascensor.
Eso sí que ha sido loco.
«No tienes permiso para tocarme. ¿Está claro?».
Una orden, eso es lo que me ha dado. Mi cerebro lo entiende de forma literal, pero mi cuerpo lo interpreta justo al contrario. Estaba intimidada y a la vez quería mover las caderas buscando su cercanía. Estoy para que me encierren.
No sé qué clase de expresión estaría mostrándole para verse en la necesidad de pedirme perdón. Pero admito que me he relajado al instante y una estúpida ilusión ha crecido en mi interior cuando ha propuesto ir a comer, a pesar de todo.
No volverá a pasar, si quiere limites, los respetaré como la profesional que soy.
Nos ponemos en marcha y poco después estamos en un taxi donde nos rodea un cómodo silencio hasta que llegamos a nuestro destino.
Solo he estado una vez en Nueva York, y hace bastante tiempo, por lo que no reconozco la zona. Paramos en la Tercera Avenida, frente a un edificio de ladrillo rojo. En el letrero de la puerta pone P. J. Clarke’s, el local es negro y bastante sombrío.
—He venido un par de veces, tienen hamburguesas de calidad —anuncia Axel mientras me abre la puerta para que pasemos.
Un camarero se acerca a nosotros, mi acompañante le indica su nombre y nos llevan hasta una mesa. Pero ya hay alguien sentado en ella, ojeando el menú. Una mujer despampanante de cabello ondulado en un brillante rubio ceniza y ojos oscuros.
Alza la mirada cuando paramos a su lado y con una sonrisa que podría eclipsar el sol, retira su silla hacia atrás y…
—Axel, cariño, cuánto te echaba de menos. —Pensaba que mi corazón se había parado, pero no, cuando la chica agarra el mentón de mi exnovio muy posesivamente y procede a besarlo, justo entonces, sí decide dejar de bombear.
Se toma su tiempo mientras yo permanezco allí, en silencio, deseando salir corriendo. Es realmente desagradable, no sé cómo sentirme, bien desde luego que no.
—No estamos solos —dice Axel separándose de ella.
Se gira para mirarme, pero evita mi cara, está incómodo.
—¡Ay! Perdón, no sé dónde he dejado mis modales. —El sonido que emite al reírse me resulta infantil e irritante—. Encantada, soy Deva Brooks, su novia.
Tardo más de lo que me gustaría en reaccionar, pero tampoco importa porque no me ofrece su mano, se limita a agarrar el brazo de Axel como si se lo fuese a robar.
Es una mujer bonita, lo cual es innegable.
Sus facciones están muy marcadas, como las de una modelo de revista.
Es más alta que yo y, a diferencia de mí, su cintura de avispa resalta de forma muy sensual el contorno de sus caderas.
Tiene grandes atributos que harían caer rendido a cualquier hombre.
No soy insegura respecto a mi cuerpo, me gusta lo que veo cuando el espejo me devuelve el reflejo. Pero es inevitable que me compare en esta situación, mi ropa grita segunda mano y la suya, boutique de lujo. Luce escote orgullosa y tacones de infarto.
—Rebecca Davis, su secretaria —respondo, me quedo en mi sitio, aún sin moverme e intentando que mi bolso gastado y sin marca no quede a la vista. Sé que es una tontería, pero no puedo evitar sentirme inferior, económicamente al menos—. Mucho gusto.
—Cariño, no me avisaste de que tendríamos compañía en la comida.
Es curioso cómo utiliza una forma pasivo-agresiva de decirlo, ya que sonríe cuando obviamente no está contenta con la situación.
—Perdona, lo olvidé por completo.
¿Olvidó que había quedado para comer con ella?
—Por mí no os preocupéis, os dejo intimidad. —Estoy deseando largarme de aquí, no tengo ningún interés en compartir mesa con ellos—. Tengo algo que hacer por la zona y comeré de camino. ¿Nos vemos para volver a Boston?
—Eh, sí, claro —contesta, su expresión se ha suavizado tanto que puedo reconocer al chico del que me enamoré. No le gusta esta tesitura, puedo verlo—. Te acompaño a la puerta.
—No es necesario. —Utilizo el tono de voz más serio de mi repertorio—. Que disfrutéis de la comida.
—Gracias, lo haremos —me asegura la señorita Brooks—. Nos vemos pronto.
No me gusta en absoluto cómo ha sonado eso. Todavía sigo en shock al pensar que Axel tiene novia. Joder, si lo pienso es algo normal, pero… supongo que no estaba preparada.
No tengo nada que hacer y no sé a dónde ir. Tampoco es que pueda invertir mucho dinero en comer, se supone que ese gasto lo tenía cubierto. Elegiré cualquier puesto de comida rápida y barata y me lo comeré en un parque haciendo hora hasta que la parejita feliz termine.
Cuando miro el móvil, me encuentro dos llamadas perdidas de Cara. Últimamente ha vuelto a la carga con la costumbre de acosarme y no tiene fin.
Pensaba que el día se había convertido en una mierda, tendría que recordarme a mí misma que las cosas siempre pueden empeorar.