Capítulo 49
Rebecca
N o paro de moverme, ninguna postura me da consuelo. Tengo que parecer una contorsionista de circo. Después de vivir la experiencia de ser una sintecho, voy a necesitar infinidad de sesiones con un profesional. Mi espalda está gritando por ayuda.
Aunque no hay ningún fisioterapeuta que iguale las manos de mi madre.
Pero, para mi desgracia, ella se encuentra lejos, disfrutando de la gastronomía mediterránea en España.
Mis padres siguen de vacaciones, primero visitaron algunas ciudades de Estados Unidos y luego cogieron un avión, directos a ver a mi familia materna.
Creo que saben que algo no va bien e imagino que se debe a la poca información que les doy últimamente. Tendré que actuar mejor, dentro de poco estarán de vuelta en Detroit y se merecen disfrutar del tiempo que les queda.
Me encuentro en las oficinas de la editorial Meyers en Nueva York.
Axel tiene una reunión y me ha pedido que lo acompañe.
Cogimos un vuelo a primera hora de la mañana, en turista, cosa que me sorprendió cuando me pidió que comprara los billetes.
Pensaba que, al alcanzar un estatus social tan elevado, preferiría ir en primera clase o algo así.
Cierta calidez me llena el pecho al pensar que no ha cambiado tanto.
Lleva varios días actuando de forma extraña, diría que me está evitando.
Apenas nos hemos visto y toda comunicación ha sido por correo o notas.
Cuando yo llegaba por la mañana, él ya se había ido o estaba a punto de hacerlo.
Ha almorzado todos los días fuera de casa y, cuando avanzaba la tarde, yo le dejaba la cena hecha y me marchaba.
Por lo que no hemos cruzado más de diez palabras.
—¿Qué te pasa? —pregunta Axel sobresaltándome.
Está sentado a mi izquierda, en una gran mesa ovalada.
Seguramente utilicen este despacho para las reuniones con los clientes.
Nos encontramos en la planta decimonovena del edificio y la sala está rodeada de amplias cristaleras.
No me gustan las alturas, entre eso y el dolor de espalda, no estoy muy cómoda que digamos.
—Nada, ¿por qué?
Esbozo una sonrisa tensa.
—Estás inquieta. —Mira en dirección a las ventanas—. Si quieres podemos cambiarnos de sitio. Ya sabes, ponernos de espaldas a la calle.
Joder, no esperaba que se acordase de eso. Creo que solo se lo mencioné una vez.
—No es necesario.
Me siento más recta demostrándole mi seguridad.
En el otro extremo de la mesa hay dos chicas, más jóvenes que yo, seguramente becarias. Y, aunque han estado ocupadas preparando una pantalla, no han perdido la oportunidad de lanzarle a mi jefe todas las miradas posibles, con sonrisas incluidas.
No las juzgo, no es para menos. Pero mi instinto, que no entiende que no es nada mío, me hace querer sacarlas a patadas de la sala.
—Siento el retraso, espero que no lleves demasiado tiempo esperando —dice un hombre que no reconozco entrando a la sala.
Se acerca a Axel y le tiende la mano. Va vestido de forma elegante, con pantalones azul oscuro, camisa blanca y americana. Pero no tanto como Axel, que luce un traje e ignora por completo lo tremendamente bien que le sienta.
Intento mirarlo lo menos posible, mi cara refleja mis pensamientos. Y todos son sucios y sexuales.
—Estoy acostumbrado a tu «ligera impuntualidad». —Axel le estrecha la mano y se gira en mi dirección, acariciando levemente mi espalda, lo que me provoca un escalofrío instantáneo—. Te presento a James Grant, editor jefe y encargado de todo lo relativo a mi libro. Ella es Rebecca Davis.
—Un placer, señor Grant —le saludo con un apretón de manos, y él responde con una sonrisa ladina.
—El placer es mío, desde luego. Tiene usted unos ojos preciosos, señorita Davis. —Es obvio que está coqueteando—. Quería felicitarla por el informe tan exhaustivo que le envió a mi secretaria.
—Se lo agradezco, es mi trabajo hacerlo.
El comentario ha estado fuera de lugar, me he sonrojado un poco, pero lo del informe me ha hecho sentir orgullosa.
—Empecemos ya —apremia mi jefe, tajante.
Me aparta sutilmente, moviéndome por la cintura, y se pone frente a Grant consiguiendo que me quite los ojos de encima.
—Por supuesto, señor Ward —responde el editor, algo nervioso.
Volvemos a nuestros asientos y empieza la presentación. Intento mantener la atención y no desviar mi mirada hacia mi izquierda, pero de vez en cuando pierdo la batalla. Esta faceta de él me embriaga, y no hablo de su colonia, que también. Sino de esta seriedad con aura de autoridad.
También me hace salivar secretamente.
Axel hace alguna pregunta, manteniendo una postura relajada, apoyando un codo sobre la mesa y golpeando su sien con el dedo índice. Le resuelven las dudas que plantea y después pasan al momento que he estado esperando. La gira de firmas, donde aparece un listado de ciudades que él debe aprobar.
Aprovecho el momento para acercarme y susurrarle al oído.
—Vermont es interesante. —Se gira hacia mí, quedando a unos milímetros de mi cara. No dice nada, solo me observa con curiosidad.
Noto cómo se me calientan las mejillas y quiero bajar la mirada ante su escrutinio. Pero lo peor es cuando aprieta la mandíbula y se mueve levemente, como si acabase de sufrir un escalofrío. Es entonces cuando me doy cuenta de que he apoyado la mano en su muslo, por debajo de la mesa.
Me quedo petrificada.
¡Tierra, trágame!
En un esfuerzo, me separo de él y rompo el contacto con su cuerpo, retirando la mano de su pierna como si quemara. Ha sido de forma inconsciente, es muy difícil mostrarte fría y distante con alguien con el que has estado en total confianza, por muchos años que hayan pasado.
Regreso mi atención a la presentación.
—Esto sería todo, señor Ward. Si tiene alguna duda más, pregunte sin reparos —le comunica Grant—. Necesitaremos que firme el plan de actuación que elija.
—Bien —responde Axel que se echa hacia atrás en la silla—, necesito un momento a solas con mi compañera para discutir lo que más me conviene, si no le importa.
Joder, me va a despedir. Y con razón.
—Por supuesto. —Señala a las dos chicas que le han ayudado con el material, indicándoles que se marchen—. Les dejamos privacidad.
Sale justo detrás de ellas y cierra la puerta. El gesto me pone nerviosa, después de lo que acaba de pasar, me resulta intimidante.
—¿Y bien? Dame tus impresiones.
Podría haber dicho «quítate toda la ropa», que a mí me ha sonado igual.
Espera, ¿qué? ¿No piensa decir nada? Madre mía, qué alivio. Si lo que quiere es hacer como si nada, eso mismo haré.
—En mi opinión, recortaría algunas ciudades, son demasiadas, lo que imposibilita un tiempo adecuado en cada una de ellas. El resto de estrategia de marketing y publicidad me ha gustado. Podría cuadrarlo todo en tu agenda.
Le enseño todo lo que he apuntado y las ciudades que descartaría.
—Hagámoslo así entonces —afirma—. ¿Qué ocurre con Vermont?
—He consultado las estadísticas y tienes muchos seguidores en el Estado. —Lo hice, tenía que ofrecerle algo sólido para que aceptara—. Y… Peyton vive allí.
—¿Peyton Morris? ¿Tu compañera de piso? —Enarca las cejas, extrañado—. ¿Qué pasa con eso? ¿Ya no vives con ella?
En verdad, no vivo con nadie. Pero eso no voy a decírselo, sería caer demasiado bajo y no quiero que se comporte como si yo fuera caridad.
—Antes sí, pero tuvo que irse para echarle una mano a su padre con el negocio familiar, en Burlington.
He visto en la lista las ciudades de Montpelier y Essex, que están a veinte minutos.
—Estoy intentando no temblar. Por una parte, me parece que me estoy sobrepasando como empleada, pero, por otra, esto podría ser beneficioso para ambos—.
Y he pensado que sería una buena oportunidad para… acompañarte.
—¿Para ir a ver a tu amiga?
Resopla con una mirada de suficiencia.
—Para hacer mi trabajo —le increpo—. Y, sí, también de paso podría verla. Su familia tiene alojamientos, podríamos quedarnos allí.
Estoy a punto de retractarme y decirle que lo olvide. Sus ojos, de ese color verdoso con toques azules, me observan fijamente.
La tensión se me dispara cuando me mira a la boca más tiempo del debido, haciéndome tragar saliva. La situación no mejora cuando sigue el recorrido de mi garganta hasta el escote, donde el pecho está empezando a moverse más rápido, revelando mi respiración agitada.
—Iremos a Vermont —afirma—. Seguramente, Calloway nos acompañe.
Gracias a Dios, estaba a un pestañeo de echarme atrás. Necesito quedar con alguien y despejar la mente. Me avergüenza excitarme con tan poco. Llevo demasiado tiempo sin prestarle atención a mi cuerpo.
—Será bueno para ti, ya verás —sonrío convencida.
Creo que intenta evitarlo, pero fugazmente puedo ver como las comisuras de sus labios se alzan en una breve sonrisa. Justo después se levanta, abrochándose la chaqueta y dirigiéndose a la puerta.
—Ahora vuelvo. Firmaré lo que sea necesario e iremos a comer antes de volver a Boston.
—Perfecto, aprovecharé el tiempo revisando tu correo.
Cosa que no hago porque, en cuanto se marcha, abro el chat de Placer Culposo con mis amigas. A las que no pienso decirle la situación incómoda que he creado al tocarlo, todavía estoy nerviosa por eso, y muy aliviada de que haya decidido obviarlo.
Yo: ¡VOY A IR A VERMONT!
No me da tiempo a salir del chat porque están en línea y escribiendo.
Peyton: ¡¿QUÉ?! Dime que no es una broma.
Yo: No lo es, Axel ha aceptado ir allí para presentar su libro.
Yo: Pero… le he dicho que podemos dormir en los alojamientos de tu familia, espero que no te importe. Pagaremos como cualquier cliente.
Peyton: Tú estás alucinando, invita la casa. Os cogeré el mejor que tengamos.
Amber: Me estáis matando de envidia. Me niego a ser una espectadora. Voy a pedirme días libres ahora mismo.
Yo: ¡Oh, Dios! Sería increíble teneros a las dos.
Peyton: No puedo creerlo, voy a llorar.
Yo: Iremos en dos semanas. Y… otra cosa, viene con nosotros el abogado de Axel.
Amber: ¿Quién?
Peyton : ¿Ese quién es?
Yo: Regan Calloway, es…, em, sexy .
Amber: Oh… sexy .
Peyton: Es bienvenido entonces.
Yo: Os dejo, que Axel estará al llegar. Estoy muy emocionada, os quiero.
Pero el que llega es James Grant, el editor.
—Señorita Davis, antes de irse quería tomarme el privilegio de darle mi número —me dice. Esto no me lo esperaba—. Si alguna vez busca trabajo, no dude en llamarme.
Hace una semana, quizás hubiera estado tan desesperada como para aceptarlo.
—Se lo agradezco, pero no está en mis planes mudarme a Nueva York.
—También puede llamarme para otra cosa, ya sabe —no, no lo sé—, puedo enseñarle la ciudad.
Sí, claro, justo lo que necesito, salir con el editor de mi exnovio, a ver cómo sale eso. No voy a negar que es un hombre atractivo, pero, no, gracias; ahora huyo de los problemas, ya tengo suficiente con sobrevivir.
Como si lo hubiera invocado, aparece con una carpeta bajo el brazo.
—Podemos irnos —anuncia.
Cuando lo oye, Grant endereza la postura, dejando este intento de seducción como si no hubiera ocurrido.
—Ha sido un placer, señor Ward, espero verlo pronto —se despide en un intento de estrecharle la mano, pero Axel solo se mueve para abrirme la puerta al salir.
—No lo creo… —murmura por lo bajo.
Salimos de la sala y recorremos el pasillo hasta llegar al ascensor.
—¿Qué has querido decir con eso?
—He exigido que me cambien de editor —comenta—. No es profesional, solo un lameculos. ¿Qué te estaba diciendo?
—Me ha ofrecido su número, para un empleo o…
—Lo que yo decía —resopla—. Es un cretino.
Golpea el botón varias veces, impaciente. Nos montamos solos, con la tensión creciendo en el ambiente. Tengo que decir algo o me enveneno.
—Axel, respecto a lo de antes, yo… lo siento, no quería…
Se gira hacia mí, encerrándome con su cuerpo contra la pared del ascensor, pero evitando tocarme, posando las manos en la baranda que tengo justo detrás.
—No tienes permiso para tocarme. ¿Está claro?
Creo que estoy loca porque su expresión dice justo lo contrario. No pueden ser imaginaciones mías. Me mira como si le molestara mi presencia, pero a la vez quisiera arrancarme la ropa aquí mismo.