Capítulo 48
Axel
Hoy estoy especialmente nostálgico. Me he dicho a mí mismo que revisaría los últimos correos que me han llegado, pero en vez de eso he acabado metido en la galería de mi móvil, viendo una foto tras otra. Son antiguas, de cuando era universitario.
Vivir con esos idiotas fue emocionante. Nunca he sido fan de socializar en exceso, siempre me enfocaba demasiado en mis objetivos, pero ellos me aportaban equilibrio.
Me llevo el botellín de cerveza a los labios, dándole un buen trago y esbozo una sonrisa enorme al mirar al frente y ver quién viene hacia mí.
—Te veo bien, Ward.
Me levanto de inmediato para abrazar a mi amiga como corresponde. Lia me lo devuelve con el mismo entusiasmo.
—¡Tú sí que estás genial!
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —Enarca las cejas, pensativa.
—No estoy seguro, pero me hubiera encantado que fuese menos.
No ha cambiado nada en absoluto. Su melena dorada está larguísima, por debajo del pecho, y le ha añadido mechas más claras.
—¡Un maldito año! —Se sienta y golpea la mesa—. Eres un sinvergüenza.
—¡Oye! —exclamo, y me llevo una mano al pecho con ofensa fingida, no puedo evitar reírme—. Te he llamado muchísimas veces, estás al día de toda mi vida.
—Y, aun así, echaba de menos verte la cara —sonríe—. Todavía no puedo creerme que estés en Boston.
—Ya, yo tampoco.
Hemos quedado en el mercado de Quincy, cerca del muelle. Nos encantaba este lugar y su diversidad de comida. Además, Lia siente debilidad por el gyro griego que sirven en un puesto local de aquí. Y yo estoy deseando pedir la crema de almejas, llevo años sin comerla.
—¿Has pedido? —pregunta echándose hacia atrás en la silla.
Hay muchos puestos a derecha e izquierda y unas mesas comunes para que lleves ahí tu comida, aunque no vienen a servirte, tienes que ir tú mismo.
—No, te estaba esperando para que no se enfriara —le indico, empieza a levantarse y la detengo—. Quédate, acabas de llegar, ya voy yo. Lo de siempre, ¿verdad?
—Por supuesto —asiente segura.
Dicen que cuando alguien te recibe con los ojos brillantes y una gran sonrisa, ahí es tu lugar.
Y la mirada felina color chocolate de Lia lo demuestra.
Nunca he necesitado tener una gran cantidad de amigos, valoro el pequeño círculo de amistades que he forjado.
Con los años aprendes que la calidad supera a la cantidad.
Tardo solo quince minutos en pedir y coger nuestra comida. El mercado está abarrotado de turistas y locales, pero los dueños de los establecimientos me han reconocido y me han dado prioridad. Cuando vivía aquí, veníamos casi todas las semanas.
—Aquí tienes, un gyro cargado y una cerveza bien fría —digo, y luego me siento frente a ella.
—¡Menuda pinta! Gracias. —Deja su bolso a un lado y empieza a desenvolver su comida—. Hace tiempo que no vengo, ya sabes…, el trabajo.
—¿Cómo es tu vida de adulta funcional en Boston?
Aunque la verdad es que estoy bastante al día. Lia trabaja en la productora donde hizo sus prácticas y escribe una columna semanal de investigación para el periódico.
—Oh, no seas aburrido, todo eso ya lo sabes —se queja haciendo un gesto con la mano en el aire—. Estamos aquí para hablar de tu nueva situación.
Por supuesto, no iba a dejarlo pasar, no esperaba menos de ella.
Cuando me llamó para preguntar qué tal me había ido instalándome en la nueva casa, no tuve más remedio que contarle quién era mi nueva secretaria.
Y sí, fue una escandalosa de la hostia, casi me deja sordo.
No hemos vuelto a hablar del tema, me ha mandado algún mensaje, pero he sido evasivo y escueto.
—No hay mucho de lo que hablar —respondo intentando eludir el asunto.
Necesitaría tres cervezas más.
—Pues lo haré yo.
Esto no puede ser bueno. Sabía que sacaría el tema, aunque yo estaba más cómodo ignorándolo por completo.
—Sé que no eres muy fan de la información que nos llega, pero…
—Siempre hay un pero. —Me río de forma irónica.
—Claro que hay un pero, enorme diría yo, y no es algo que puedas barrer debajo de la alfombra o dejar que desaparezca sin más —asegura, endureciendo su tono al hablar—. Axel, es Rebecca, trabaja para ti. ¡Está en tu casa! ¡Por el amor de Dios!
—Sí, me he dado cuenta, gracias.
Mi sarcasmo es evidente, cosa que le molesta por como tuerce la boca.
—Déjate de tonterías —había olvidado lo sargento que se pone—, por lo visto ella… atravesaba un momento delicado y estaba muy entusiasmada con este trabajo.
—¿Según quién?
—Amber se lo contó a Willow, esos dos son como mellizos, se lo comentan todo.
—Ya, bueno, como verás, no la he despedido.
—¿Pretendías hacerlo? —pregunta, y me muestra una expresión asombrada y ofendida.
—¿Tú qué crees? Es la persona que más quería evitar y ahora está en mi casa. No puedo hacer como si nada hubiese pasado. Tú estabas allí, acabé hecho polvo.
Miro hacia otro lado, como si de repente me interesara la gente que pasea.
—Nunca llegasteis a tener una conversación real y extendida. Todo fue rápido y las circunstancias fueron demoledoras. Quizás entonces no era el momento, pero ahora sí. La vida te la habrá puesto delante por algo.
—¡No me jodas! ¡¿Tú de qué parte estás?! —exclamo mirándola con incredulidad.
—No la defiendo, solo digo que todo no puede ser blanco o negro; a veces, existe el gris —lo dice en tono tranquilo mientras bebe de su cerveza.
—Sí, estoy seguro de que Deva opina lo mismo que tú.
Resoplo.
—Oh, vamos, Axel, los dos sabemos lo poco que te importa realmente.
Soy consciente de que a mi amiga no le gusta Deva, lo que es un poco injusto ya que ni siquiera se conocen en persona. Pero tampoco es que Deva haya hecho muchos méritos por querer hacerlo. Alguna vez he estado en videollamada con Lia delante de ella y no se ha molestado ni en saludar.
—Eres cruel y malvada, y eso no es cierto.
—Si tú lo dices…, me hablas de ella con la misma emoción que si estuvieras leyendo el prospecto de un medicamento, ninguna. Pero si quieres engañarte, allá tú.
Lia tiene la maldita costumbre de sacarme de mi zona de confort, la odio por ello.
—Es mi novia.
—Porque ella lo decidió —anuncia de forma tajante.
—Se te da fatal esconder lo poco que te agrada —me río secamente—. Te equivocas, estamos bien.
—Eso es porque no lo hago, no me molesto en esconderlo. Si te oyeras…, todo lo que dices es: estamos bien, estamos cómodos, etc.
—Como debe ser —afirmo, aunque ella chasquea la lengua.
—Sabes muy bien que eso no es así…
—Vaya, el hijo pródigo ha vuelto a casa.
Ambos alzamos la cabeza para mirar a la persona que acaba de increparnos con ese tono de voz que podría reconocer a un kilómetro, a pesar de los años que han pasado.
El gilipollas de brillante armadura, Eric.
—Lárgate, no tengo nada que hablar contigo. —Aprieto la mandíbula, mirándolo directamente a los ojos.
—Apareciste para meterte donde no debías y te permites volver con aires de grandeza —replica, su tono me chirría en los oídos, no lo aguanto—. Eres tan imbécil como en la televisión, pero, claro, tus fans no lo saben.
Además de descerebrado, también se permite el lujo de ser un charlatán vendehumos. En serio, nunca entenderé qué vio Rebecca en este tío, es todo fachada.
—Si quieres problemas, estás a punto de encontrarlos.
Empiezo a arrastrar la silla hacia atrás.
Lia no sabe qué decir, se ha quedado muda con los ojos abiertos como si hubiera visto a un fantasma. Pero, no, este pedazo de mierda es real, de carne y hueso.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un aviso, y no habrá más.
Me levanto y doy un paso hacia él, pero Lia me coge del brazo y tira de mí.
—¿De que sirvió? —inquiere mientras me increpa vacilante—. Dime.
—No sé de qué cojones me estás hablando y tampoco me interesa, vete.
Las entrañas me están temblando con solo verlo. Si no se calla la puta boca, vamos a dar un espectáculo aquí mismo.
—Rebecca me interesaba, me gustaba. Y tuviste que venir tú a meterte, llenándole la cabeza de pájaros. —Es interesante que me acuse de algo que hizo él, no yo—. ¿Cómo salió eso, eh? Porque no la veo aquí.
—¡Venga ya, tío! Yo estaba allí el día que te abalanzaste sobre ella en la cafetería. Tenías la batalla perdida y te negaste a admitirlo —le dice Lia, casi empujándolo, interponiéndose entre los dos.
—Cierto, ella no me correspondió…, una pena, podríamos haber llegado lejos. Tendría que haber sido mía, yo la hubiera aprovechado mejor. —El hijo de puta está sonriendo como el cabronazo que siempre supe que era—. Su amiga resultó ser un fiasco, demasiado drama —añade.
¿Cómo? ¿Qué amiga? ¿De qué mierda habla?
Lia y yo nos miramos durante un momento. Está tan desconcertada como yo.
—¡Que te largues de una puta vez! Vete a llorarle a otro o te hundiré la cara del puñetazo que no te di en su día.
—Ignóralo, Axel, huele a vieja gloria —me pide Lia mirándolo a él—. Sus triunfos se quedaron en la universidad. No ha ganado ni una mísera medalla desde entonces, nadie lo conoce. Solo está buscándote la boca porque está celoso.
La cara de Eric se está hinchando como si hubiera comido cacahuetes y fuera alérgico a los frutos secos. Está rojo de la rabia y a punto de decir algo de lo que va a lamentarse.
—Serás zorra de…
Estaba esperando a que cometiera ese error.
A pesar de que es más corpulento que yo, y de mí misma altura, con una patada simple, lo tiro al suelo.
Con un movimiento rápido, me subo sobre su espalda, inmovilizándole la cabeza con mi rodilla en su nuca, mientras le estiro un brazo hacia atrás. Lo cual hace que empiece a retorcerse.
Me acerco a su oído y le susurro en mi tono más amenazante:
—O te largas ahora mismo o te arranco la puta cabeza delante de todos.
Es un tío con energía, no lo voy a negar, se está resistiendo con ganas. Pero la técnica siempre será más infalible que la fuerza bruta. Y tampoco es que yo sea escuálido.
—Suéltame, imbécil —gruñe.
Le aprieto más en ambas zonas. Su brazo cruje levemente y empieza a toser, jadeando para que lo suelte.
—Va… vale, ya es… está bien. —Tose con más fuerza—. Suéltame.
—Perfecto, veo que ahora nos entendemos.
Me levanto y miro a Lia que está con una mano en el pecho, disgustada. Me fijo en nuestro alrededor y varias personas están quietas, contemplando el espectáculo.
—Podrías haberme roto el brazo, esto es denunciable —se queja.
—Tú te lo has buscado, te he advertido, gilipollas.
Empieza a marcharse lanzándonos una mirada de puro odio, aunque yo aún no estoy satisfecho.
—¿No te olvidas de algo?
—Axel… —Lia se pone a mi lado negando con la cabeza.
Eric me mira por encima del hombro como si no fuera con él.
—Deberías pedirle perdón —le informo con una sonrisa macabra.
—Iros a la mierda —gruñe, escupiendo en el suelo.
Se marcha, pero yo sé que le dolerá el orgullo de payaso que gasta.
—¿Estás bien?
—¿Era necesario? —pregunta con una cálida sonrisa.
—Por supuesto —le aseguro.
Ella niega con la cabeza, de forma muy cómica.
Optamos por pedir otra ronda y olvidar este incidente de mierda. Aunque, rato después, sigo pensando en algo que ha dicho.
«Su amiga resultó ser un fiasco».
Horas después, cuando ya ha caído la noche, cojo el coche y llevo a Lia a casa, jurando repetir la semana que viene. También ha invertido un largo rato en asegurarse de que seré profesional con Rebecca y le daré una oportunidad real a su trabajo.
Tampoco le he confesado que desde que volví a verla, se han removido cosas dentro de mí. Ni siquiera soy capaz de admitírmelo a mí mismo.
Cuando llego a casa, me encuentro el panorama del día anterior. Las luces encendidas de forma tenue y la cocina desprendiendo un olor sabroso. Me acerco a comprobar qué ha hecho de cena y mi estómago empieza a bailar nada más verlo. Dios, perritos al estilo Detroit, sabe que me encantan.
Tengo el impulso de darme la vuelta y buscarla para darle las gracias.
Pero… ella no está.
Me quedo con el plato en la mano como un tonto, observando la cocina vacía y empezando a pensar que quizás cometí un error al pedirle que se fuera.