Capítulo 47
Rebecca
L o único por lo que soy consciente de que llevo demasiadas horas aquí sentada, es el color del cielo.
Estoy metida en el despacho de Axel, desde que dimos por finalizada la reunión y él se marchó.
No me he permitido descansar, tenía demasiado con lo que ponerme al día y quiero poder estar a pleno funcionamiento cuanto antes.
El escritorio está justo debajo de la ventana y, cada vez que alzo la cabeza, el exterior me arroja una luz diferente. La noche caerá pronto, apenas queda luz natural.
No mentía, su agenda es atosigante en el mejor de los sentidos, pero es cierto que, delegando trabajo y con una buena organización, puede llegar a todo.
Por lo que veo, las ponencias en la universidad tienen caducidad. Es temporal y solo las realizará durante un periodo de dos meses. Lo que le dará el tiempo necesario de desahogo hasta empezar de nuevo con el próximo documental.
He recibido una llamada de la productora, la CNN, para informarme de que mandarían las nuevas propuestas. Axel tiene el control absoluto de decisión, él las valora, elige una de ellas o busca otras alternativas.
También he estado leyendo su libro en formato digital.
Quiero estar bien informada cuando hable con la editorial sobre sus firmas, aunque me gustaría acercarme a alguna librería y comprar una copia física.
Tengo que admitir que me siento intimidada, no lo percibo como mi exnovio universitario, más bien parezco la secretaria de un CEO importante.
Es absurdo, no es que necesite su validación, pero hay algo en él que me hace sentir pequeña.
Puede deberse a lo bien que le han ido las cosas en comparación conmigo, tiene que pensar que soy un fracaso.
Tranquilo, Axel, yo te llevo ventaja en eso.
Suelto una carcajada seca y sin gracia sobre mi propia ocurrencia y entro en el correo corporativo que me ha dado. Acaba de llegar una lista de la editorial nombrando posibles ciudades donde presentar su libro.
Vuelvo a releerlas todas y algo llama mi atención como si estuviera subrayado en amarillo neón.
Montpelier y Essex se encuentran entre ellas. Ambas pertenecen al Estado de Vermont y, si aceptara firmar en ambas, estaría a solo veinte minutos en coche de Burlington, la ciudad familiar de Peyton donde vive desde hace meses.
¡Dios mío! Me encantaría ir y poder disfrutar de mi amiga, aunque solo fueran unas horas. Necesito un abrazo real con ella.
Soy su secretaria…, podría acompañarlo.
Intentaré no flaquear y preguntárselo cuando lo vea en persona. No quiero pasarme de confianza, así que tantearé el terreno antes de hablar de ello.
Pero es una noticia demasiado excitante como para no contárselo a las chicas. Así que cojo mi móvil y abro nuestro chat grupal.
Yo: Tengo una posible buena noticia, creo.
Mientras tecleo en la pantalla, veo la hora. Tengo que darme prisa e ir acabando aquí, dentro de una hora y media empieza mi turno en la gasolinera. Sí, me dieron el puesto, así que sigo adelante con mi infalible plan de ser una indigente temporal.
Cierro nuestro chat y me pongo en marcha. En realidad, solo tengo que recoger el despacho, darme una ducha y dejar la cena hecha. Hoy no tengo que limpiar nada, aparte de lo que ensucie cocinando.
Cuando bajo las escaleras ya lo hago cambiada de ropa y lista para hacer unos Coney Dog , perritos calientes al estilo de Detroit. Recuerdo habérselos hecho un par de veces cuando estábamos en la universidad y le gustaron mucho, o eso dijo. La salsa de chili con cebolla y mostaza los hace únicos.
Me gustaría ser una cocinera gourmet experimentada, pero lo cierto es que sé hacer pocas cosas elaboradas. Me apunto mentalmente el intentar ser un poco más saludable en las siguientes elecciones.
He utilizado el baño de la planta de arriba porque es el que tiene ducha y no bañera, aunque me he sentido un poco invasiva, ya que es el que usa Axel a diario.
He dejado mis cosas en el armario de la que era mi habitación, lo que me ha hecho suspirar de frustración, me gustaba estar ahí instalada.
Más voy a resoplar cuando esté durmiendo en el asiento trasero de mi coche esta noche.
Mientras remuevo la salsa en la sartén, para después echársela a los perritos, compruebo las notificaciones. Mis amigas ya han contestado a mi mensaje.
Peyton: ¿Tan buena noticia como trabajar para tu ex?
Amber: ¡Peyton!
Peyton: ¿Qué? Sigo pensando que es una locura.
Amber: Bueno, admito que yo todavía sigo en shock .
Yo: Dímelo a mí…
Cuando les conté la noticia, se hizo el silencio. Lo hice por videollamada grupal y sus caras quedaron petrificadas, ni siquiera respiraban. Normal, qué posibilidades había de que pasara algo así.
Peyton: Si te dice algo que te haga sentir mal, te largas.
Yo: Lo sé.
Peyton: Estoy hablando en serio.
Amber: Estoy con Pey, aunque no le pega ser un capullo.
Peyton: Ya veremos.
Peyton nunca estuvo de acuerdo con que aceptara el trabajo. Respetó mi decisión, pero me expresó repetidas veces que esto era una mala idea. Amber fue más comprensiva, aunque también pude ver sus dudas. No las culpo, yo las tengo constantemente.
Yo: Es posible que Axel tenga que ir a Montpelier y Essex por trabajo.
Peyton: ¿QUÉ? Haz lo que sea para que eso ocurra. ¡Lo que sea!
Amber: ¡Si pudieras acompañarlo sería maravilloso! Yo también quiero ir…
Yo: ¿Lo que sea? ¿En serio?
Amber: JA, JA, JA. Ya lo hiciste una vez, puedes hacerlo de nuevo.
Peyton: Llevo sin verte meses. Me haré la sorda y la ciega, y jamás te juzgaré.
Yo: ¡No puedo hacer eso! Estáis fatal…
Las insinuaciones de mis amigas solo llevan a un camino. Se equivocan, aunque yo estuviera dispuesta a cruzar esa línea, me recibiría un rechazo más grande que mi vergüenza. A Axel ya no le intereso de esa forma.
Me estremezco solo de pensarlo. Ponerle ojos desafiantes y coquetear con él sería toda una fantasía.
No es que fuese un gran sacrificio por mi parte, cuando lo veo se me cae la dichosa baba.
Esta mañana, en la reunión, he tenido que apretar los muslos cuando lo he visto lucir ese traje.
Estaba increíblemente imponente, por un momento me he encontrado atrapada en mi propia imaginación, donde me levantaba del sofá, caminaba hacia él y me sentaba a horcajadas en su regazo para lamerle la mandíbula.
Joder, soy una inmadura. No estoy pensando como una profesional. Lo que me faltaba era volver a la casilla de salida. Por lo menos, ahora no me mira con odio, ya es un avance.
No, omitir información ya me costó mucho en el pasado. Le diré la verdad, como toda una adulta, que me gustaría acompañarlo para saber cómo son las firmas de su libro, cosa que también es cierta, y que Peyton vive allí y la… echo de menos.
Termino de cocinar la cena, dejándole su parte tapada encima de la isla. No creo que tarde mucho en llegar a casa. Me guardo mi porción en un recipiente hermético, para comérmela en algún descanso de mi turno en la gasolinera y friego la cocina.
Conecto la alarma y cierro bien al salir. El camino en coche es muy breve, es la ventaja que me ayuda a sostener esta locura.
Cinco horas después, a la una de la madrugada, estoy como esperaba, agotada. No he tenido muchos clientes y, por suerte para mí, solo uno me ha pedido que le ayudara con el servidor, a los demás solo he tenido que atenderlos en la caja registradora.
El uniforme es espantoso, un mono de una sola pieza de manga larga, naranja y negro. Parezco una presa con libertad condicional, estoy horrible. Para rematar mi aspecto, llevo un moño desaliñado que grita «estoy teniendo un día de mierda».
La parte buena es que ningún gilipollas tendrá ganas de ponerse a ligar conmigo o hacerme comentarios fuera de lugar. Las últimas horas del turno abarcan parte de la noche y eso me tenía muy nerviosa.
Cuando me dejo caer en el asiento trasero de mi coche, soy más despojo que persona. Esta vez me lo he acondicionado para estar más cómoda, con mantas y cojines.
Me he cambiado y aseado en el servicio anexo, igual que la última vez, pero ahora que cuento con la ducha que puedo darme en casa de Axel, no está tan mal.
Acurrucada y a punto de cerrar los ojos, no puedo evitar volver a pensar en cómo narices he acabado así. De acuerdo, no soy una lumbrera, aunque juraría que estoy pagando un karma que no me pertenece.
Morfeo casi me encuentra, pero mi móvil empieza a vibrar repetidamente. Le echo un vistazo a la pantalla sin mucho interés en contestar a nadie, cuando leo el último nombre que me apetece ver.
Cara.