Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Axel

N ada más abrir la puerta de casa, el olor a café inunda mis fosas nasales.

Qué gusto, me encanta.

​ Además, hoy lo necesito más que nunca. He salido a correr nada más levantarme, pero ha sido un desastre, estoy cansado porque prácticamente no he pegado ojo. Estaba inquieto, dando demasiadas vueltas en la cama y levantándome varias veces en la madrugada.

​ Pensar que Rebecca estaba tan cerca me despierta instintos primitivos.

En palabras menos formales, me puse cachondo cuando hablamos anoche.

Cosa que me cabrea porque mi polla no quiere colaborar, no entiende que no quiero eso, ni ahora ni nunca.

Ni siquiera intentando razonar conmigo mismo y recordándome por qué sigo enfadado, conseguí que las ganas de acariciarme se apagaran.

​ Y, sí, lo hice.

​ Me rendí y me imaginé que era ella quien lo hacía. Empecé pensando en sus manos y acabé con su boca.

¡Dios! Suficiente, o apago el cerebro o entraré en bucle de nuevo. Es hipnotizante, no puedo evitarlo, desde el día en que la conocí en aquella terraza, ha tenido este efecto en mí. Solo que ahora es incluso peor, me atrae con su mera presencia.

Tengo… novia, joder. Que a veces lo olvide no quiere decir que no sea real. Lo es, Deva asumió que estábamos en una relación de pareja y yo nunca se lo he negado, por lo que no puedo hacer esto, es deplorable. No soy ese tipo de persona.

Entro a la cocina y, como imaginaba, la cafetera está llena y todavía caliente, no debe de haberlo hecho hace mucho. Me sirvo una taza cargadísima y me dejo caer en la isla. No oigo nada, seguramente habrá ido a dejar sus cosas en su piso y ahora volverá para la reunión.

Admito que es un detalle que me haya preparado el café antes de irse.

No es un detalle, es su trabajo.

Bueno, sí, pero igualmente lo agradezco. Si no me encontraba del todo cómodo con la idea de tener una asistenta, que sea ella quien lo realiza lo intensifica más.

Compruebo el reloj digital de mi muñeca e inclino la taza para bebérmelo todo de un golpe. No voy tan sobrado de tiempo.

Invierto media hora en ducharme y estar presentable. Me he colocado un traje de tres piezas azul oscuro, seguramente Calloway diría que es mediocre, pero a mí me parece más que suficiente para mis citas de hoy. Llevar chaleco me parece excesivo, no sé por qué hoy he decidido ponérmelo.

Sí lo sabes.

Harto de mí mismo, entro en mi despacho, haciendo tiempo. Rebecca tiene que estar al llegar, o a lo mejor viene tarde y puedo empezar a sumarle puntos negativos para librarme de ella.

Echo un vistazo a mis notificaciones, tengo una de Deva contándome que hoy tiene que preparar un set de moda, de sus preferidos. Y otra de Daxton, lo que leo me hace apretar la mandíbula.

Daxton Fuller : ¿Cómo estás?

Lo sabe, por supuesto que lo sabe.

Yo: ¿Qué clase de pregunta es esa un

miércoles a las siete de la mañana?

Daxton Fuller : Sabes a lo que me refiero.

Yo: ¿Quién te lo ha contado? Porque no

creo que te haya llamado mi abogado.

Vale, está claro quién ha sido. Rebecca se lo habrá comentado a sus amigas, y si Amber lo sabe…

Daxton Fuller: Willow.

Yo: Willow …

​ Pues eso mismo.

Yo: Estoy bien, no hay ningún problema.

Daxton Fuller: Si tú lo dices …

Yo: Lo digo. Hablamos en otro momento,

estoy a punto de empezar una reunión.

Daxton Fuller: Como quieras, aquí estoy.

Técnicamente está en Toronto siendo una estrella del hielo y jugando para los Maple Leafs, pero sé a lo que se refiere. Y nunca lo he dudado, lo considero mi familia. Pero, en serio, estoy bien. No necesito hablar de esto.

Oigo ruido en la entrada de casa, cómo no, ha llegado puntual como un reloj.

Bloqueo el móvil y empiezo a sacar todos los documentos que necesitamos, dejándolos encima del cristal de la mesa.

Sus pasos resuenan por la sala de estar, hasta que toca suavemente con los nudillos a la puerta del despacho.

—Adelante —anuncio sin mirar en su dirección.

No dice nada, así que, sin cambiar de postura, giro la cabeza para verla.

Se encuentra en mitad de la habitación, recta como una regla, sin articular palabra.

Viene vestida como si fuera a trabajar a una oficina, con una blusa blanca, pantalones negros de tela sueltos, pero ajustados a su…

cintura, y una americana gris. El pelo le cae suelto por el pecho, ondulado y brillante.

Si la observo tan fijamente un segundo más, voy a delatarme.

Me fijo en que trae ambas manos ocupadas, en la izquierda un archivador y un bolso, y en la derecha un pequeño macuto.

—Buenos días —saluda por fin—. Esto…, em… —anoche parecía muy segura, pero ahora la noto más nerviosa—, he traído una pequeña bolsa con cosas esenciales. ¿Puedo guardarla en alguna parte?

—Déjala en tu… en la habitación.

Tengo que recordarme que aquí no hay nada suyo.

Creerá que no me doy cuenta del escáner exhaustivo que acaba de hacerme. Soy consciente de que nunca me ha visto así vestido. No se ha cortado en darme un buen repaso de pies a cabeza y justo después se ha apartado el pelo de la cara como si nada.

—Perfecto, ahora cuando acabemos, la subo. —La deja caer en el suelo y se acerca a la mesa—. Solo es ropa y algunas cosas de higiene personal, para poder cambiarme cuando me toque hacer las tareas.

Asiento en respuesta y me acomodo en mi escritorio. Ella me imita y lo hace en el sofá.

—¿Tengo que entregarte las llaves? —pregunta, y me las muestra en su mano—. Las acabo de utilizar, pero como ahora no vivo aquí, no sé qué protocolo debería seguir.

Genial, porque yo tampoco tengo ni puta idea de cómo actuar. Aunque imagino que lo mejor será que las mantenga, ya que pasará aquí muchas horas a la semana.

—Quédatelas, es más sencillo así.

—Bien.

Las vuelve a guardar en el bolso y se recoloca en el sofá, erguida. Conociéndola, en nada se hartará de esa postura y acabará subiendo las piernas, cruzándolas debajo de sí misma como un mono.

—Empecemos ya, hemos perdido tiempo y llevamos retraso.

Cuando la miro, veo como aprieta los labios en una mueca… ¿preocupada?

Vaya, quizás he sido demasiado tajante. Soy su jefe, aunque no sea de mi agrado, debería esforzarme por no hacer la situación laboral insoportable.

Pero luego me acuerdo de nosotros, de lo que pasó, y la rabia me hierve en las venas. Tampoco he sido tan duro, mi equipo está familiarizado con trabajar bajo presión. Que se acostumbre, ya no es una universitaria. Y si no está de acuerdo, que dimita y nos hace un favor a ambos.

—Dime todo lo que deba saber —dice muy enfocada en el tema—. En lo que respecta a las becas ya estoy trabajando en el proyecto, en unas semanas podremos empezar las entrevistas.

—No tengo un trabajo, actualmente tengo tres. Mi sustento principal, desde hace años, se basa en la investigación periodística y en el desarrollo posterior de ciertos documentales producidos en la CNN, de los que soy director.

—Algo he visto, aunque no sabía que alcanzaba tal magnitud… —titubea un poco—. Enhorabuena, era tu pasión.

Ha sonreído tímida y brevemente al decirlo. Es ridículo, pero mi pecho ha sentido algo cálido al oírlo.

—Gracias, lo sigue siendo.

Me aclaro la garganta y continúo:

—Tienes que atender las llamadas de la productora, apuntar cualquier cosa que te digan y pasármelo en nuestras reuniones.

Si algo es excesivamente importante, dímelo en el momento.

Ahora mismo no estamos haciendo material nuevo, por lo que serán cosas técnicas —le aclaro, saco un teléfono móvil del cajón del escritorio y lo dejo encima de la mesa—.

Es para ti, para que puedas ocuparte de ello.

​ —Perfecto —Se levanta para cogerlo y, aunque su forma de moverse es natural y nada exagerada, cuando se acerca aprieto la mandíbula.

—Por otra parte, he escrito un libro, Cara a cara con el dictador . Necesito que te ocupes de gestionarme las citas con la editorial, también las presentaciones que esta organice. Tenemos algunas ya fechadas.

Está empezando a abrumarse, su tono de piel se está transformando en un copo de nieve. No la culpo, si me parase a pensar fríamente en todo lo que estoy metido, me flaquearían las piernas. Pero no lo hago, me enfoco y sigo adelante.

—Ahora entiendo por qué el sueldo era tan bueno —mueve las manos meneando el archivador—, ¡tienes toneladas de trabajo!

—Sí, y no he acabado —afirmo, dejándola petrificada, lo que consigue que se me escape una breve sonrisa—. Un par de días a la semana doy clases en Harvard, en una asignatura del máster que yo estudiaba. Pero de eso me encargo yo.

—¿Estabas haciéndolo todo tú solo? —suelta, es la viva imagen de la incredulidad—. ¡Es una locura!

—Sí —enarco las cejas—, bueno no del todo, en los documentales tengo a un equipo muy competente, y Calloway lleva mi representación, contactos, contractos, etc.

—No sé si felicitarte o compadecerte.

Su expresión cómica me recuerda a la chica desenfadada que conocí.

—¿Podrás hacerlo? —Le echo un vistazo al reloj y me levanto abrochándome la americana.

—Por supuesto —asegura, su mirada es desafiante—. Necesitaré un par de días para familiarizarme.

No soy tan egocéntrico como para pensar que puedo mantener esta situación a largo plazo.

—Necesito que me alivien esta carga de trabajo, por eso requería inmediatez y altos requisitos para el puesto, entre ellos conocimientos en gestión.

Cosa que ella no tiene. Hasta donde sé estaba estudiando Trabajo Social. Estoy realmente intrigado en saber cómo ha acabado aquí, pero ya lo averiguaré en otro momento, tengo que irme ya o llegaré tarde.

—Estupendo, imagino que mi máster en Gestión de Centros servirá —recalca con un tono altivo y mordaz.

Eso no lo esperaba.

Si su intención era dejarme sin respuesta, lo ha conseguido. La expresión de sorpresa en mi cara me delata. Será mejor que cambie de tema rápido.

—Me marcho ya, tengo un par de reuniones. En algunas ocasiones tendrás que acompañarme, pero hoy no es necesario. —Ella se levanta y me sigue por la casa—. Seguramente llegue tarde, almorzaré fuera, pero cenaré aquí.

Entro en ese detalle porque no quiero que haga comida de más, no es necesario darle más trabajo. Con suerte cuando regrese, ya se habrá ido.

—Perfecto, que tengas buen día —se despide volviendo hacia el despacho.

Salgo de casa, llego a mi coche y cuando estoy solo, dejo caer la cabeza en el asiento y suelto una bocada de aire.

Esto va a ser algo más difícil de lo que pensaba.

​ En nada de tiempo, ha conseguido volver mi cabeza un absoluto caos. Su presencia de nuevo en mi vida es peligrosa, magnética. No he olvidado, no puedo hacerlo.

Y lo extraño es que mi corazón ha vuelto a latir, con grietas incluidas. Intento cubrirme de capas invisibles para que no note que su cercanía me afecta, tambaleando los cimientos de mi razón.

Pensándolo en frío, quizás solo sea atracción sexual, sería más sencillo si así fuera.

Quiero ser profesional, centrarme en el trabajo que tenemos que afrontar como equipo.

Siempre me he enorgullecido de mi autocontrol, sin embargo, con ella me cuesta horrores mantener los pensamientos intrusivos a raya.

Tengo que recordarme mantener la compostura más veces de las que estoy dispuesto a admitir.

Mientras le contaba todo lo relativo a mi trabajo, solo podía pensar en los escasos recuerdos que me quedan del tacto de su piel, el sabor de sus labios…

¡Maldita sea!

Quiero que desaparezca porque, a pesar de esto, la rabia no ha desaparecido; de hecho, ha revivido más fuerte que nunca todo lo que decidió esconderme, por voluntad propia.

Confié en ella, me dejé llevar y, cuando más la necesitaba, arrasó con todo.

No, no la he perdonado. Y aunque mi cuerpo la desee, no es suficiente para hacerme caer.