Capítulo 44
Axel
— Tienes un panorama, cómo decirlo…, interesante.
Calloway está sentado en el sofá de mi nuevo despacho, donde se ha mantenido callado todo el rato que ha durado mi desesperado monólogo, el que empezó hace más de media hora.
No ha abierto la boca, no ha cambiado de postura, solo se ha limitado a seguirme con la mirada mientras yo desgastaba el suelo andando de derecha a izquierda sobre la misma línea.
—¿Qué demonios se supone que tengo que hacer ahora? —suspiro—. Quiero que se largue y no vuelva.
Desde que entré aquí y cerré la puerta a mis espaldas he perdido la compostura que le he mostrado a ella, obviamente estaba fingiendo. Mis pulsaciones se han multiplicado, no sé ni cómo he conseguido mantener un tono firme.
—Perdona que discrepe con tu comportamiento infantiloide —suelta, y me dedica una mirada grisácea de lo más jocosa—. No te reconozco, Ward, pareces un crío, hostia.
Ya, yo tampoco lo hago, no me reconozco.
—¿Acaso no has oído lo que acabo de contarte? —le pregunto atónito—. Sabes quién es ella y lo que supuso para mí.
—No le quito importancia a tu relato, solo te recuerdo tus deberes contractuales —comunica pasándose una mano por su pelo negro carbón—. Para eso me pagas.
—¿Tengo que despedirte para que me des una opinión medianamente humana?
—Deja de hablar con interrogantes. —Vale, quizás estoy perdiendo los nervios más de lo que pensaba—. Afirmas haber pasado página, pero no estoy muy seguro de ello cuando no puedes tomarte esto como una relación profesional.
Joder, prefería su opinión jurídica.
—¿No hay forma de librarme de esto? —pregunto agarrándome a un clavo ardiendo—. Lo que sea.
Tiene que haberla. Esto es surrealista.
—Mínimo tendrías que cumplir el periodo de prueba y después alegar motivos por los que no lo ha superado. Ni siquiera han pasado veinticuatro horas y su mera presencia, por si te lo preguntabas, no es un efecto válido.
Odio a este tío.
—¿No puedo sacarla de aquí? Dime que al menos hay algo que hacer con eso, no la quiero durmiendo bajo mi techo.
Siento rabia con solo mirarla.
—Puedes proponérselo —suelta de forma airosa, como si fuera algo evidente.
—¿Eso qué quiere decir? —Enarco las cejas y me cruzo de brazos para mirarlo, golpeando el suelo repetidas veces con la punta del pie.
—Más preguntas…
—¡Calloway!
Será mamonazo, estoy que me subo por las paredes.
—Pues que no puedes obligarla a marcharse así porque sí, legalmente no ha hecho nada, no ha incumplido ninguna cláusula.
Juro que estoy a punto de darle un puñetazo a algo.
—Prueba a pedirle amablemente que no se requiere que duerma aquí, y esperar… que ella acepte —añade.
—Joder, esto no me gusta una mierda.
Tampoco es para tanto, seguro que ella tampoco quiere dormir en el mismo sitio que yo. Aceptará, incluso es posible que dimita y se largue mañana mismo.
—Piénsalo fríamente, no se encuentra una asistente cualificada tan rápido. Necesitas a alguien profesional que te haga la vida más fácil. Ella te conoce, quizás eso sea una ventaja para ti. ¿Era una persona eficiente?
—Si es la que recuerdo, lo será.
Odio resaltar sus cualidades, pero no puedo negar que la chica que conocí se involucraba hasta los huesos en su trabajo. Le importaba y lo adoraba.
Aun así, no entiendo cómo cojones ha acabado aquí, en esta casa, llevando mi agenda y aceptando hacer las tareas de la misma. Aunque la parte de la comitiva de becas me encaja perfectamente, no sé por qué querría ser la secretaria de nadie.
—Bien —afirma escuetamente.
—¿Bien qué?
—Que asunto zanjado. Proponle la parte de que vuelva a su propia casa a dormir. Céntrate en tu trabajo e ignora el resto. Cuando pase el periodo de prueba de veinte días, volvemos a hablar.
Y con esto último dicho, Calloway se levanta, alisa los pliegues de su traje —cómo no, su ego no soporta no estar impecable cada minuto del día—, y se dispone a irse.
—Está bien, te llamaré si necesito algo.
Espero no tener que hacerlo, no es mi puto hermano mayor, aunque a veces sospecho que le gusta ese rol.
—Estaré fuera, ya sabes, haciendo mi trabajo. Tengo varias reuniones en Europa, si quieres algo, contáctame a mí directamente.
Regan Calloway tiene una oficina central establecida en Chicago y otra secundaria en Los Ángeles, pero en raras ocasiones podrás encontrarlo en ellas.
Por lo general, se la pasa asistiendo a clientes en sus propias ubicaciones o manteniendo reuniones tanto nacionales como internacionales.
Sus acuerdos comerciales son los mejores, se le conoce por blindar contratos mejor que nadie en el sector.
Ahora que me he quedado solo y ha pasado la tormenta, otro tipo de pensamientos me abordan. Unos que no esperaba, pero tampoco me sorprenden.
Por ejemplo, en lo bien que han tratado estos cinco años a Becca, porque, sí, en mi mente sigo llamándola por el diminutivo que elegí.
Es curioso cómo no parece darse cuenta de lo impresionante que es.
Tengo la sensación de que siempre lo ignoró; sin embargo, yo no lo hago, en el breve y abrupto momento que hemos compartido no me he perdido detalle.
Llevaba el pelo recogido en una trenza que le caía por su hombro izquierdo y eso me permitió descubrir que su mirada no ha perdido el brillo tan intenso que recordaba.
Está un poco más delgada, pero mantiene esa curva que va de su cintura hasta la cadera, moldeando su cuerpo y haciéndome salivar instantáneamente.
Si dejo a mi cerebro fantasear a sus anchas pronto me veré a mí mismo mordiendo su hombro mientras amaso ese fantástico culo. La erección que se está formando dentro de mis pantalones opina que está de acuerdo.
Ni hablar, no pienso ir por ese camino. No he olvidado a dónde me llevó eso la última vez, un desastre absoluto del que no salí ileso.
Maldita sea, soy Axel Ward, y a mí no me tiembla el pulso. Por algo he conseguido todo lo que me propuse. Tengo que moverme, necesito recuperar la compostura y sé exactamente a dónde acudir, estoy en Boston.
Subo las escaleras, atravieso el pasillo sufriendo un escalofrío al pasar por la puerta de su dormitorio, entro en mi habitación y preparo un macuto improvisado.
Es hora de visitar a Thiago.
He echado de menos a mi amigo y su gimnasio siempre fue un lugar al que querer volver.
Allí puedo dejarme llevar, el contacto cuerpo a cuerpo midiendo fuerza y técnica conlleva algo primitivo, me destensa, me aviva.
Hacer MMA no es solo un deporte, es un modo de vida, y aunque lleve una temporada sin practicarlo, no lo he olvidado.
El esfuerzo y la disciplina que conllevan, unido al aura de compañerismo que desprende y una buena charla con mi mentor, me servirán para relajarme antes de que Rebecca vuelva y tengamos que enfrentarnos a otra conversación.
Pero, esta vez, no me pillará desprevenido, la sorpresa no se adueñará de mi sistema nervioso y sabré exactamente cómo reaccionar, justo como a mí me gusta, controlando la situación.
Aunque, con ella, siempre es todo más impredecible.