Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 43
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Capítulo 43

Rebecca

Parpadeo una, dos y tres veces. No, no se ha ido, es real.

El corazón me bombea a un ritmo vertiginoso, no puedo apartar la mirada.

Noto mis pies recubiertos de cemento, anclándome al sitio como si fuese una estatua.

Cinco años sin verlo, cinco años sin escucharlo, y solo hace falta esto, un instante, para que todo lo que fue me golpee con la fuerza de un titán.

Tengo delante a Axel Ward, el chico de Harvard, el protagonista de las que fueron mis ilusiones, pero también mis pesadillas.

Si esto es una broma, no tiene ni puta gracia.

Creo que ya he tenido suficiente mala suerte este mes como para abarcar un año completo, qué digo un año, tres como mínimo.

Lo que le faltaba a mi vida era un reencuentro con mi ex, y no uno cualquiera, el que se fue odiándome y sin mirar atrás, cerrándome toda posibilidad.

—¿Qué cojones haces aquí?

A pesar de tener un pitido en los oídos, como si alguien hubiera lanzado una granada en mitad de la cocina, acabo de escucharlo perfectamente. Volviendo totalmente a la realidad que tengo delante, el desconcierto por la sorpresa se disipa y bulle en mí una rabia descomunal.

¿Perdona? ¿Cómo se atreve a hablarme en ese tono?

Me enderezo y alzo la barbilla, acunando toda la seguridad en mí misma que puedo y me coloco el montón de sábanas que llevo a un lado sobre mi cadera para que pueda verme bien la cara cuando hablo.

—Trabajando, ¿qué haces tú aquí? —contrataco, y muestro mi tono más firme.

Siento movimiento muy cerca de mí, giro la cabeza levemente y veo al otro hombre que había olvidado que también estaba aquí, el que deduzco que es mi jefe. Joder, no quería este tipo de presentación, tengo que reaccionar rápido para no darle mala impresión.

—Rebecca Davis, encantada de conocerle señor… —saludo mientras le ofrezco la mano, un poco avergonzada—. Perdone, aún no conozco su nombre, soy su secretaria.

—Regan Calloway. —Se acerca y me devuelve el saludo sonriendo. Es un hombre tremendamente atractivo, si mis amigas lo viesen tendrían mil comentarios obscenos que hacer—. Lo siento, querida, yo también estoy encantado, créeme, pero tu jefe es…

—Esta es mi casa. —Axel cruza los brazos a la altura de su pecho.

No, no, por favor, no…

Mi imagen tiene que ser la de un fantasma, porque estoy segura de que mi tono de piel es blanco pared.

Una hostia a mano abierta me hubiera dolido menos. He firmado un contrato para ser la secretaria de mi ex, el tío que más me odia de todo Boston. Y no solo eso, además he accedido a lavar sus calzoncillos, porque en parte también soy su puñetera asistenta.

Su postura y toda su expresión corporal es tan amenazante que si me quedaba alguna duda de que en estos años la cosa podría haber cambiado, está claro que no.

Me mantengo en silencio porque no se me ocurre nada que decir. Ni siquiera puedo mirarlo, esto me resulta un poco humillante.

—Voy a hacer unas llamadas de trabajo, ahora vuelvo —nos informa el hombre al que me acabo de presentar pensando que era mi jefe. Se mete en el despacho ofreciéndonos intimidad.

—Yo… —balbuceo.

—¿Tú qué?

Sus palabras salen más afiladas que los cuchillos que yo solía lanzar.

Nunca lo he oído hablar ni comportarse así, o por lo menos, no conmigo.

Pero, claro, no conozco al hombre que tengo delante; han pasado cinco años, las personas cambian, yo he cambiado.

Y esta versión del chico que conocí es distinta, más amarga.

—No es necesario que seas tan borde —afirmo, él levanta una comisura levemente, mostrando una sonrisa ladeada que nada tiene que ver con el aprecio, sino con la prepotencia—. No sabía que el trabajo era en tu casa ni contigo.

—Ya —resopla—. No lo dudo, la sinceridad es tu fuerte. —Todas sus palabras están impregnadas de un sarcasmo colosal.

Trago saliva después de escuchar la indirecta que acaba de escupirme en toda la cara. Una lanza en el pecho me hubiera dolido menos.

—Me dijeron que querías mantener el anonimato, por lo que ni siquiera sabía tu nombre. Tampoco me dieron tu agenda, solo aspectos generales sobre el trabajo, era imposible relacionarlo contigo.

Por un momento, nuestras miradas conectan y el estómago me da un vuelco porque puedo verlo a él, al recuerdo que tengo y pensaba que tenía olvidado.

Me observa detenidamente, sin cambiar el gesto de disgusto, incluso diría que de asco. Y sin mediar palabra se mueve, pasa justo por mi lado y entra al despacho donde sigue el tal Calloway.

Va a despedirme…

No puedo quedarme aquí ahora mismo.

Subo las escaleras, entro en mi cuarto y dejo las sábanas dobladas sobre mi cama.

Cojo el bolso y las llaves del coche y vuelvo a bajar como si alguien me persiguiese.

En parte, es justo lo que está pasando, los recuerdos, sobre todo los malos, me están alcanzando.

Me he mantenido firme y todo lo serena que he podido, pero el peso de toda esta situación me está aplastando.

Salgo de la casa, me monto en el coche y conduzco durante un buen rato hasta llegar el sendero Harborwalk, donde aparco por la zona. Paseo durante tanto tiempo que noto mis pies entumecidos cuando hago por fin una parada para descansar en un banco.

Observo la panorámica del puerto y el horizonte de la ciudad, me enamoré de este sitio cuando llegué a Boston y lo vi por primera vez.

Hace demasiado tiempo que no vengo, echo de menos las tardes que pasaba con las chicas, comiendo helado y pensando que quizás sí que podía conseguirlo.

Y lo cierto es que he resultado ser lo que mis miedos me susurraban al oído: un fracaso.

Mis padres nunca han hecho comparaciones entre sus hijos, pero era imposible no darse cuenta de lo espectacular que era Brad y lo mediocre que era yo. Nunca he destacado académicamente y me encantaría poder decir que por lo menos he sabido tomar buenas decisiones, sin embargo, tampoco es el caso.

En el instituto tuve unas amigas horribles, aunque no fui consciente de ello hasta que ya fue demasiado tarde.

Mi personalidad se formó a base de cicatrices donde crecieron raíces en forma de inseguridades.

Me mandaban callar porque, según ellas, mis ocurrencias eran estúpidas.

Nunca nada estaba bien, mi pelo, mi ropa, mis opiniones, y por favor no quiero ni recordar sus consejos.

Siempre que les hacía caso, acababa sintiéndome aún peor conmigo misma.

Ni con todo esto tuve el valor suficiente para desterrarlas de mi vida.

A pesar de tener unos padres a los que les importaba y un hermano que siempre me tendía su mano, me poseía un miedo irracional a estar sola, a no encajar.

Ellas se encargaron de alimentar esos temores, ignorándome, quedando sin mí, riéndose de mis preferencias y, por último, ofreciendo migajas.

Me dejaron en un bucle continuo porque, claro, ni contigo ni sin ti.

Por suerte para mí, el tiempo se encargó de darme otra perspectiva.

Me mudé, conocí a gente nueva, personas a las que les interesaba lo que yo tenía que aportar.

Contaban conmigo, me apoyaban, se preocupaban y me hicieron sentir segura, en casa.

Averigüé lo que era la palabra amistad, en todo su apogeo, real y cálido.

Descubrí que cada persona tiene un lugar, y está junto a las personas que te hacen querer quedarte en él.

Actualmente no sé nada de la vida de dichas personas, tampoco me interesa. Dejé de coger el teléfono, de contestar mensajes y de dar explicaciones.

Aunque ahora respiro más tranquila, la ansiedad sigue siendo una vieja amiga que me acompaña. Me gustaría tener una mejor opinión de mí misma, pero me es inevitable recurrir a viejos hábitos y, al no conseguir el estándar idealizado en mi mente, siento como el abismo me atrapa de nuevo.

En un lapso de tiempo demasiado breve para que mi cordura pueda gestionarlo, he perdido el trabajo y mi piso, la sensación de fracaso me tiene agarrada muy fuerte por la garganta.

Pero en un giro inesperado he remontado como el ave fénix, reluciendo una positividad casi inexistente.

Para acabar de nuevo en el mismo punto, o peor, porque ahora además de fracaso, siento humillación.

Axel va a despedirme. Voy a perder otro trabajo, y esta vez el golpe será más duro y me costará demasiado levantarme.

Esto tiene que ser una maldita broma.

Mientras maldigo mi suerte, soy consciente de la imagen que tengo que estar dando a las personas que pasean tranquilamente a mi alrededor. Mantengo la cabeza gacha, lo que hace que mis lágrimas empiecen a caer como si fueran gotas de lluvia.

Cinco años sin verlo y tenía que reencontrarme con él de esta forma.

Y lo peor es que, al mirarlo a los ojos después de tanto tiempo, he sentido una punzada que ha afectado a parte de mi sistema nervioso.

No me ha pedido explicaciones, no lo hizo en su momento y, al parecer, tampoco le interesan ahora.

Con lo que asumió de los hechos, ya fue suficiente para él.

Y encima el trabajo que tenía por delante me entusiasmaba muchísimo. Creo que podría haberlo bordado. No, no lo creo, estoy segura.

Estoy bien jodida…

Debería irme ya y empezar a hacer las maletas. También tendré que llamar a mis padres y contarles que vuelvo a casa, tengo que ser madura y racional, mi situación en esta ciudad ya no puede sostenerse. No me queda nada aquí.

Espero que no le importe que pase la noche en la casa, y si no, se lo exigiré, no pienso largarme en mitad de la noche como una delincuente. He firmado un contrato, tengo derecho como mínimo a eso.

Me limpio la cara y me levanto del banco, decidida. Ya es suficiente, no voy a compadecerme más de mí misma. No lo merezco, me lo debo.

Este rato a solas me ha servido para tener un nuevo enfoque. Camino hacia el coche, no segura, pero sí un poco más tranquila. Que pase lo que tenga que pasar.