Capítulo 42
Axel
M e invade la sensación más rara del mundo al abrir la puerta de mi nueva casa en Boston.
Desde que he pisado la ciudad, un hormigueo me recorre a sus anchas por el estómago, pero, sin duda, este momento es el más extraño de todos.
No he parado de pensar que algo está mal, que yo debería estar atravesando las puertas de mi antiguo piso para ver las caras de los imbéciles de mis compañeros.
Pero no, estoy aquí: nuevo barrio, nueva casa, nueva etapa, misma ciudad.
Llevo equipaje ligero, ya que han enviado con antelación mis pertenencias. Conmigo solo traigo un par de mudas, algunas cosas personales y varias de trabajo.
Supuestamente, mi nueva secretaria, o asistenta, todavía no sé cómo catalogarla, ya debería estar aquí. Mi intención era llegar un poco antes para presentarme, pero se me ha hecho algo tarde y quizás ya esté en la cama.
Lo más chocante de todo este asunto es compartir estancia con alguien a quien no conozco absolutamente de nada.
Desde la agencia, me han informado de que es profesional y está más que cualificada para el puesto.
Solo sé que es una mujer, no he querido indagar nada más, es todo lo que necesitaba saber por el momento.
Avanzo por el recibidor, cerrando la puerta tras de mí, y suelto mi maletín junto con la bolsa de viaje en la entrada, al lado de un perchero. Las luces principales están apagadas pero la secretaria ha dejado encendidas otras con tonos más tenues y cálidos. Todo parece más íntimo y hogareño así.
Echo un vistazo al salón y ojeo por encima el despacho, me gusta lo que veo, es lo que buscaba para estos meses. Mañana podré apreciar el exterior a plena luz del día.
No era consciente del hambre que tenía hasta que un olor procedente de la cocina inunda mis fosas nasales. Me acerco y encuentro una nota junto a un dosier que dice:
Me he tomado la libertad de dejarle preparado el borrador de las primeras propuestas para la comitiva de becas, por supuesto abierto a toda modificación después de su revisión. En cuanto reciba su agenda completa, me pondré con el resto de tareas.
No sé si es la primera vez que está usted en Boston o si conoce el suburbio de Cambridge, así que le añado varias rutas, medios de transporte, lugares de interés y sitios gastronómicos por si lo necesita en sus primeros días. Pueden serle de utilidad.
He utilizado la tarjeta de crédito que se me ha proporcionado para llenar la nevera. No sabía a qué hora vendría, así que he preparado la cena y le he guardado su ración en el horno. Espero que sea de su agrado.
Si necesita cualquier cosa, no dude en tocar a mi puerta, es la primera en el pasillo al subir las escaleras.
Espero que pase buena noche.
¡Madre mía!
No mentían al decir que esta mujer es eficiente. Tengo ganas de conocerla y trabajar con ella, parece que me va a hacer la vida más fácil.
Abro el horno y descubro por qué olía tan bien, y es que lo que me encuentro está muy lejos de lo que me esperaba.
Una jugosa y generosa porción de tortilla de patatas reposa en la bandeja, todavía humeante.
Es una elección de cocina muy curiosa y demasiado emblemática, lo que me da a entender que mi secretaria es española, o quizás no y simplemente le gusta la variedad culinaria.
Me remango para no mancharme la camisa y saco la comida del horno para sentarme a cenar en la isla de la cocina. Todo está en silencio, me gusta este lugar, aunque siga siendo extraño que en la planta de arriba haya una desconocida durmiendo.
Le doy el primer bocado y no tengo más remedio que saborearlo como si fuera un manjar de estrella Michelin. No debo olvidar darle las gracias mañana por este detalle. Ya sé que yo mismo pedí como requisito un poco de ayuda doméstica, pero aun así pienso agradecérselo todo.
Acabo y friego el plato y los cubiertos que he utilizado.
Estoy deseando darme una buena ducha y dormir del tirón.
Mañana vuelvo a Harvard después de muchos años, pero esta vez estaré al otro lado, observando las caras de los alumnos.
Quiero estar fresco y que mis clases puedan aportarles la confianza que necesitan.
Vuelvo al recibidor para coger mis cosas y subo las escaleras intentando hacer el menor ruido posible.
En la segunda planta reina el silencio, pero puedo ver como asoma un poco de luz por la rendija de la puerta de la que debe ser la habitación de mi secretaria.
Necesito saber su nombre y ponerle cara también estaría genial.
Delante de su puerta, alzo la mano planteándome tocar y presentarme, aunque luego la dejo caer, no quiero molestarla, no son horas para hacer esto y puede resultar violento.
Avanzo hasta el dormitorio principal al fondo del pasillo. La estancia es muy amplia, me parece que voy a estar muy a gusto en esta casa y es posible que incluso le acabe cogiendo cariño.
No tengo baño integrado dentro de la habitación, pero no importa; solo vamos a estar ella y yo, si nos cuadramos bien no creo que tengamos problemas con el tema de la intimidad.
No quiero incomodarla. Salgo de nuevo al pasillo en busca de la ducha, con mi ropa interior, un pijama improvisado y una toalla que he encontrado en mi vestidor.
Me deleito durante más tiempo del normal, se ha creado tanto vapor que parece una sauna.
Hace tiempo que no practico MMA de forma continuada, lo echo de menos, pero no he permanecido tiempo suficiente en ningún lugar concreto como para encontrarme cómodo haciéndolo en un gimnasio cualquiera.
Se me dibuja una sonrisa mientras el agua sigue cayendo por mi cuerpo porque, ahora que he vuelto a Boston, estoy deseando volver a hacerlo, y con Thiago, por supuesto.
Tampoco he dejado de hacer deporte, de alguna manera tenía que desfogar, así que varios días por semana he intentado salir a correr o dedicarle un tiempo a la musculación.
Mi cuerpo ha cambiado, es menos flexible y definido, atributos que se forjaron gracias a las artes marciales mixtas.
Ahora, he subido de talla y ganado algo más de peso, mi espalda es más amplia y mis brazos más anchos.
Cierro el grifo y me seco bien antes de salir. Me pongo el pijama, que consiste en un pantalón corto de baloncesto y una camiseta blanca cualquiera, y vuelvo a mi habitación. Prefiero ir con cuidado al principio y no darle un susto obsceno a mi inquilina cuando ni siquiera me ha conocido.
Termino de deshacer la maleta y pongo el móvil a cargar en la mesita de noche antes de meterme en la cama.
En el maletín, traía conmigo el último libro que he estado leyendo, La asistenta , es tan adictivo como me dijeron y llevo más de la mitad en tan solo tres días.
Buscaba relajarme y me está haciendo el efecto contrario, acabo durmiendo menos horas por culpa de la lectura, qué desastre.
No se me pasa por alto el argumento del libro y la similitud con que yo también tengo ahora una asistenta totalmente desconocida durmiendo al final del pasillo, me da un poco de mal rollo, la verdad.
Un buen rato después, cuando empiezan a picarme los ojos y he bostezado dos veces, dejo el libro sobre la mesita y me percato de que tengo notificaciones nuevas en el teléfono.
Deva: Espero que el traslado haya ido bien.
Deva: Podrías haberte acordado de llamar y contarme qué tal.
Deva: No importa, es solo que… te echo de menos. Buenas noches, que descanses.
Mierda, es cierto que podría haber tenido el detalle de mandarle, aunque sea, un mensaje a mi… novia. La palabra todavía se me atasca un poco, me suena enrarecida en las pocas ocasiones que la digo.
No es que yo no la eche de menos, cuando estamos juntos me saca algunas sonrisas, me encuentro bien. Y el sexo es bueno, compenetramos, pero necesito mi espacio. Sé que parece absurdo, ya que no nos vemos a diario ni vivimos juntos; no puedo dar más justificación, simplemente tiendo a agobiarme.
Yo: Perdona…
Borro y lo escribo tres veces más sin llegar a enviarlo.
A veces me cuesta elegir las palabras adecuadas, no soy una persona excesivamente cariñosa, se me hace fácil cuando es casual, con alguien con quien he tenido uno o pocos encuentros.
Pero estamos en un punto en el que entiendo que ella quiere algo más de mí.
El problema es que no quiero forzarlo y tampoco hacerla sentir mal.
Yo: Perdona, Deva, con todo el lío olvidé avisarte.
Todo parece cómodo y en orden. Mañana te cuento.
¿Qué más da? Son solo palabras…
Yo: Yo también me acuerdo de ti.
No lo he hecho y me siento mal por ello.
Bloqueo la pantalla, vuelvo a dejarlo sobre la mesita y en algún momento entre mi nudo de pensamientos, he conseguido dormirme.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, compruebo que es extremadamente temprano, pero de nada me va a servir dar vueltas en la cama, ya lo tengo comprobado, así que me levanto.
La puerta de mi compañera de pasillo sigue cerrada, cosa que veo normal, apenas ha empezado a amanecer.
Me aseo, me preparo y salgo a correr un poco por los alrededores del barrio.
Cuando vuelvo, me encuentro café hecho y un bol de frutas al lado, pero ni rastro de ella.
Cuatro horas más tarde estoy despidiendo a los alumnos.
Están entusiasmados, han tomado apuntes y no han parado de hacerme preguntas.
A veces no soy consciente de que me he vuelto una persona pública, mi cara sale en televisión, por lo que todavía me extraño cuando la gente me mira como si me conociese.
Además de la teoría aplicada al periodismo de investigación, también he contado anécdotas sobre mis viajes, las grabaciones y personas a las que he entrevistado.
Antes de la clase, tuve una reunión con el rector y aclaramos cómo impartiría la materia.
Me alegré de verlo a él y a muchos de los que fueron mis profesores.
Cuando me quedo solo y estoy recogiendo, noto que alguien me observa desde el marco de la puerta y empieza a acercarse a mí.
—Vaya, resulta que no se te da mal enseñar. —Regan me mira con una sonrisa ladeada que no pretende disimular.
—No me digas que has venido a ver qué tal me iba el primer día como un buen hermano mayor —le vacilo—. ¿Cuánto llevas ahí?
—Quince minutos, no te emociones. —Hace un gesto con la mano restándole importancia—. Solo he llegado a ver cómo se te inflaba el ego.
—¿Nunca te quitas el traje? —pregunto, y lo observo de arriba abajo, no sé cómo puede estar cómodo llevando siempre esa indumentaria.
—No acostumbro a vestir como un pordiosero —suelta antes de chasquear la lengua—, tampoco a dar explicaciones.
—Deberías probar a sacarte el palo que llevas metido por el culo, Calloway, soltarte un poco no te matará.
Yo le tolero su rigidez y él, mi impertinencia. Somos una pareja extraña. Él no admitirá que ha venido solo para asegurarse de que todo va bien y yo no le diré que me agrada la idea. Ya lo sabemos.
—No acepto consejos —admite como buen cretino presuntuoso—, pero puedes invitarme a tu nueva casa.
—Si lo que querías era un poco de mi atención solo tenías que decirlo. —Le doy una palmada en el hombro y él me mira con disgusto fingido, pero puedo apreciar cómo se curvan sus comisuras levemente hacia arriba—. Vamos.
El camino en coche es corto, Regan aprovecha para ponerme al día de varios asuntos relativos a las regalías de mi libro.
—Todavía no la he conocido, a la secretaria —le informo—, a lo mejor ahora está en casa y podemos presentarnos.
—Perfecto, así le doy el visto bueno.
—Ni que tú fueses a trabajar con ella —fanfarroneo.
—Qué poco te gusta compartir.
—Ya lo sabes.
Entramos en la cocina, suelto las llaves encima de la isla y abro la nevera para ofrecerle algo de beber a Regan. Observo las opciones, el frigorífico está lleno y ha tenido el detalle de incluir cerveza.
—No sabía qué te gustaría, así que he comprado un poco de todo.
Esa voz.
Con el botellín bien sujeto en la mano, me quedo petrificado en el sitio al escucharla, pero sé que ha sido mi mente, porque es imposible que sea…
Me doy la vuelta como si no me hubiera afectado, para conocer a la que debe de ser mi inquilina, la dueña de esa voz.
¡Hostia puta!
En el momento en que ve mi cara, sus ojos se agrandan y se aferra al montón de sábanas dobladas que lleva en las manos como si su vida dependiera de ello. No articula palabra ni sonido alguno.
Su mirada color arena acaba de desarmarme por completo. Necesito recordar cómo respirar antes de decir:
—¿Qué cojones haces aquí?