Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Axel

L os focos me están abrasando la cara. La chica encargada de retocarme me pasa de nuevo un pañuelo por la frente para eliminar los brillos. Como no le bajen la potencia, me echaré a sudar directamente.

​ Estoy sentado de nuevo en un plató de televisión para hacer mi tercera entrevista de esta semana. No me quejo, aunque tampoco tengo nada que agradecer, nadie me ha regalado nada, llevo trabajando como una bestia cinco años.

​ Hace un año y medio me proclamé como el director documentalista más joven de la historia de la CNN.

A mis veintiocho años, fui nominado a un premio Goya por la Academia de Cine de España, he recibido un premio Berlinale en el Festival Internacional de Cine de Berlín y he sido candidato en dos ocasiones al galardón de la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Televisión de EEUU, el premio NATAS.

​ Todo esto no ha sido suerte, sino incontables horas invertidas, días enteros sin dormir e incesantes destinos donde en varias ocasiones las comodidades escaseaban o no existían. Me encanta mi trabajo y adoro poder dedicarme a mi verdadera pasión; aun así, no ha sido un camino fácil.

​ A veces, mi madre me acompaña a dichos viajes. Participó en el equipo de fotografía cuando estuvimos en África, filmando sobre la delincuencia medioambiental. Desde que mi padre se fue, intento pasar el máximo tiempo posible con ella.

​ Fue muy duro acostumbrarse a vivir sin él.

Todavía hay días, sobre todo cuando duermo en casa de mis padres, en los que me levanto por la mañana y pienso que él estará en el salón con un café en las manos.

El tiempo no cura, es algo que nos decimos a nosotros mismos para hacernos sentir mejor.

El dolor y la pérdida me temo que me acompañarán para siempre.

El único consuelo es que se hace más llevadero y aprendes a vivir con ello.

​ El chico de cámara nos hace una señal indicando que en veinte segundos estamos en el aire. Le dedico un asentimiento y bebo agua rápidamente. La presentadora, que está sentada justo en frente de mí, revisa por última vez sus apuntes y adopta una postura más profesional.

​ La conversación transcurre fluidamente, repasando mis últimos documentales y haciendo más hincapié en mi próxima novedad, mi primer libro: Cara a cara con el dictador .

Llevo todo un mes promocionándolo, de ahí la cantidad ingente de entrevistas a las que mi representante me está obligando a asistir.

​ He escrito muchos guiones, pero nunca me había planteado el reto de escribir mi propio libro.

Cuando por fin conseguí que Nassir Ben Qadir accediera a un encuentro conmigo, el material de investigación fue tan sorprendente que tuve que plasmar toda la experiencia en papel.

Y aquí estoy, embarcándome en un nuevo proyecto.

Me quito el micro después de que demos por terminada la entrevista y firmo unos cuantos ejemplares anticipados que he traído de regalo. Antes de irme, me despido amablemente de todas las personas del programa.

Mi estancia en Nueva York va a ser breve, menos de dos días. No podré apenas respirar con la cantidad de reuniones y compromisos que tengo antes de abandonar la ciudad. Me abrumo solo de pensarlo, últimamente estoy más agotado de la cuenta.

Un chófer me espera en la puerta del estudio para llevarme a una comida con mi representante legal.

Aunque llamarlo solo así me parece un eufemismo, el cabrón de Regan Calloway no solo lleva mis contratos y asuntos financieros, también es lo más parecido a un amigo que he encontrado en los últimos años.

Veinte minutos después, el coche para en el barrio NoMad, en Manhattan, delante del hotel Ritz-Carlton. Solo el codicioso de Calloway podría haber elegido este lugar para nuestro encuentro.

Aunque he acumulado una gran suma de dinero por mi trabajo en la CNN dirigiendo documentales y mi familia tampoco ha estado nunca en mala posición económica, todo este mundo es nuevo para mí.

A veces, incluso me siento incómodo rodeado de lujo, en casa nunca faltaba, pero mis padres eran personas austeras y nada derrochadoras.

Todavía tengo que parpadear cuando miro mi cuenta bancaria, parece la de otra persona, no la asimilo como mía.

Le agradezco el viaje al conductor y me dirijo hacia el bar Nubeluz, que se encuentra en la terraza. Hago la subida en el ascensor hasta la planta número cincuenta y al llegar me quedo impresionado, tengo que admitir que el sitio es espectacular.

Echo un vistazo rápido hasta dar con mi abogado, quien está sentado justo al lado de las enormes cristaleras que rodean toda la azotea.

Lo encuentro hablando por teléfono con el ceño fruncido, asintiendo un par de veces con la mirada al frente.

Me acerco por su izquierda y le coloco una mano en el hombro.

Alza la vista para mirarme sin cambiar la expresión y cuelga la llamada tras un simple «te llamo más tarde» sin explicaciones, muy típico de él.

—Vaya, ¿cómo se siente un chico como tú en la Gran Manzana?

—Tengo edad de sobra para ser el padre de alguien, no me llames chico —le reprocho.

​ Al idiota de mi amigo le encanta ser condescendiente conmigo, a pesar de que tiene treinta y un años, solo tres más que yo.

​ —¿Por qué no cierras la boca y admiras las vistas? —Hace un gesto balanceando la mano en el aire hacia la cristalera.

​ No puedo negarle que son increíbles, puedes quedarte embelesado con el mar de rascacielos en un solo un vistazo.

El resto del bar rezuma elegancia, con sillones grandes, lámparas llamativas y una barra con tres laterales que contiene tanta diversidad en bebida como para aburrirte. Seguro que aquí todo cuesta una pasta.

​ —Lo que tú digas, hablemos de negocios.

​ Desabrocho el botón de mi americana y me siento en frente de él. Me mira dándole otro sorbo a su bebida color ámbar, es el tipo de hombre que degusta y saborea.

​ —Te ves incómodo en ese traje —comenta de forma jocosa—, no me extraña, huele a liquidación. Con lo que ganas ya podrías vestir acorde, te recomendaré a mi sastre.

​ —No te soporto —me quejo—, y no necesito un traje de cinco mil dólares para aparentar nada. —Mi comentario le alza levemente las comisuras de los labios en una sonrisa retorcida.

​ —Como quieras, la verdad es que me importa una mierda. —Sé que dice la verdad, lo único que pretende es molestarme—. ¿Cuánto tiempo estarás en Boston?

​ Boston.

​ Me viene demasiado a la mente. He intentado bloquear con ímpetu mis recuerdos durante mucho tiempo, y en la mayoría de los casos lo consigo. Pero, en ocasiones me atraviesan la coraza que tanto me ha costado construir.

​ —Mi intención es impartir el curso de Enfoque en el máster de Artes Liberales de Harvard y, cuando acabe, largarme de nuevo.

​ —Axel —su tono se ha tornado serio y, cuando hace eso, parece un verdadero tiburón.

Por algo su apellido tiene tanta fama—, me dijiste que querías crear el comité de becas —me recuerda, dando varios golpecitos con el nudillo en el cristal de la mesa, lleva un anillo en el dedo índice, lo que lo hace más sonoro.

​ Mierda, había olvidado eso. En uno de mis días de lucidez, pensé que sería una buena idea destinar dinero a cinco becas para alumnos sin recursos que quisieran aspirar a estudios superiores.

Es algo que sigo queriendo hacer, pero en mis planes no estaba pasar más tiempo del necesario en la ciudad.

​ —Cierto —reconozco, y me quedo pensativo—. ¿Puedes encargarte tú de eso?

​ —¿Me ha cambiado la cara y ahora parezco tu puta secretaria? —rechista echándose hacia atrás en la silla.

​ —Joder, entonces búscame a una, voy a perder la cabeza. —No suelo ser la clase de persona que se lamenta, pero estoy empezando a agobiarme.

​ Últimamente estoy cometiendo fallos tontos. El cúmulo de trabajo me está empezando a sobrepasar y no voy a ser tan idiota de creer que puedo con todo yo solo sin que traiga consecuencias.

​ —¿Qué necesitas exactamente?

​ —No lo sé —me sincero—. Tengo que entregar los informes de previsiones para el próximo documental, preparar las clases que voy a impartir en el máster, pensar en la mejor forma para las concesiones de dichas becas y organizarme con la promoción del libro.

—Normal que tengas mal aspecto —se burla como si nada, pasándose una mano por su abundante pelo negro—. Necesitas delegar en alguien la gestión y preparación de todo, y tú preocuparte solamente de hacerlo bien.

—Lo único que tengo claro es que tiene que ser ordenada y eficiente, necesito que me quite esa carga de trabajo para centrarme. Y si fuera posible…

—¿Qué? —me interrumpe, mirándome expectante.

—Estaría genial si también tuviera dotes domésticas. Soy autosuficiente, pero una ayuda me vendría bien estando tan ocupado.

Me da un poco de vergüenza admitir esto.

Mi familia nunca ha tenido servicio doméstico en casa, a pesar de que mis padres trabajaban muchas horas y con su economía se lo podrían haber permitido.

Sin embargo, en mi situación actual, estando solo a cargo de tanto, siento que un respiro podría marcar la diferencia.

—Veré qué puedo hacer —responde mientras apunta todo lo que digo en su móvil—. Empezaré buscándote alojamiento para seis meses. ¿Alguna preferencia?

—A ser posible algo no demasiado grande y a las afueras de la ciudad.

—Hecho. —Bloquea la pantalla con un gesto y vuelve a mirarme, tiene un color de ojos poco común, son tan grises que parece artificial—. Te acabo de pasar la planificación de la promoción de tu libro y los contratos. Ahora, pídete algo decente de beber y charlemos de cosas más interesantes.

Alza la mano para indicarle al camarero que se acerque.

—Y alegra esa cara, en tres semanas vuelves a la que fue tu casa durante muchos años —añade.

Alegría no es la emoción en la que yo estoy pensando.

Me permití contarle la mayoría de cosas sobre mi pasado cuando estrechamos la relación.

—Ya sabes que cuando me fui de Boston, las cosas no fueron fáciles.

—Lo sé, pero ahora todo ha cambiado y eso es agua pasada —afirma.

Me gustaría que fuera cierto…