Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Rebecca

D espedida.

La misma historia de siempre con idéntico resultado, otra vez a la puta calle.

De verdad, qué asco de vida.

Hace más de cinco años que empecé mi recorrido por la excitante aventura del mundo laboral y me encantaría decir que ha sido una experiencia enriquecedora. Pero me temo que lo catalogaría con palabras muy diferentes si alguien me preguntara.

¡Es un pedazo de mierda! Esa sería mi respuesta.

Y pensar que todo empezó de maravilla cuando me cogieron de becaria en Horizons. Tenía contacto directo con las familias, mi trabajo era valorado y sentía que lo que yo aportaba significaba algo en la vida de las personas.

Si hubiera sabido lo que me esperaba en el futuro, me hubiera preparado para este estado de depresión incesante.

Resulta que mi puesto como trabajadora social es constantemente prescindible.

No porque haga mal mi trabajo, no porque no sea necesario o porque alguien haya interpuesto alguna queja.

Casi siempre recibo algún halago o reconocimiento por parte de mis superiores o de los propios pacientes. El problema son los recortes.

Esa palabra se ha convertido en mi mayor pesadilla. Cuando por fin creo que he tenido suerte y consigo mantener más de seis meses un empleo, llega alguien y pronuncia: «Lo sentimos mucho, Rebecca, pero los recortes nos obligan a prescindir de tu puesto».

¡Odio la maldita palabra!

Terminé la universidad con una media académica más que decente.

Me esforcé como nunca antes en mi vida, consiguiendo varias cartas de recomendación en las prácticas.

E incluso presenté un proyecto final sobre el estrés postraumático en los veteranos de guerra que no tiene nada que envidiarle a una tesis.

¿De qué ha servido? DE NADA.

Sí, por lo general tengo buena aceptación en las entrevistas y consigo un trabajo nuevo relativamente pronto, pero todas las historias que pueda contar acaban con el mismo final. Despedida por los putos recortes en seguridad social, lo que afecta directamente a mi profesión y a mí.

Cada vez que vuelvo a ser una desempleada sin oficio ni beneficio, me como los pocos ahorros que he conseguido del trabajo anterior. Yo no vivo, sobrevivo.

Y por si alguien se lo pregunta, sí, fui lo suficientemente estúpida para endeudarme hasta las cejas con un préstamo estudiantil.

Entre la ayuda de mis padres y mi trabajo como becaria pude acabar la universidad sin tener que recurrir a eso.

Pero no estaba dispuesta a dejar que los demás se endeudaran porque yo quisiera hacer un máster especializado en Gestión de Centros.

En el banco me recibieron con los brazos abiertos, todo eran facilidades.

Cómodos plazos de los que «no te vas a enterar» y muchas sonrisas.

Hasta que las cuotas se acumulan y vienen los temidos intereses de demora.

Gracias a mi hermano, he podido pagar cada vez que me he visto apurada, pero no puedo seguir abusando de él.

Y espero que nadie se atreva a pensar que he estado en casa viendo la vida pasar, no.

Cada vez que no llegaba económicamente, he aceptado empleos de lo más variopintos para pagar las facturas.

He paseado perros, trabajé en una tienda vendiendo colchones, he limpiado oficinas y he sido ayudante en una pizzería.

Solo me ha faltado ser mascota deportiva o escritora de galletas de la fortuna.

Estoy sentada en un banco del parque Common, lamentándome de mí misma.

Últimamente, Boston ha perdido su brillo a través de mis ojos, la ciudad sigue siendo una explosión de vida, pero no soy capaz de apreciarlo.

Hace una semana, el veintiuno de marzo, cumplí veintiséis años, y me siento una fracasada que no consigue prosperar como el resto de las personas de su edad.

Mi cerebro está a punto de llevarme a pasear por mis recuerdos. No quiero viajar ahí, son montañas que no puedo escalar, el pasado está enterrado para mí. Me costó mucho trabajo y demasiadas sesiones con mi psicóloga —bendita sea— despojarme de sentimientos demoledores.

Recurro a una de mis vías de escape mental. Saco mi móvil del bolso, que ha visto tiempo mejores porque el asa está a punto de partirse, y llamo a mi amiga.

​ —¿Qué se te ha atragantado hoy? —Pey me lo coge al primer tono.

​ —La vida.

​ —Joder, vaya dramatismo a primera hora de la mañana. —El sarcasmo siempre la ha caracterizado, ni siquiera los problemas consiguen apagarla, la admiro.

​ Por lo menos han tenido la decencia de despedirme en el primer turno de la mañana, por lo que no he tenido que hacer la jornada de hoy. A favor de mi jefa, diré que ella lo estaba pasando peor que yo, trabajábamos muy bien juntas.

Total, a mí ya no pueden sorprenderme, he pasado por esto demasiadas veces en los últimos años, aunque eso no quiere decir que no lo siga pasando fatal cada vez que ocurre.

​ —Ojalá pudiera contarte que se me ha atragantado otra cosa —resoplo—, más masculina, ya sabes. Pero hoy no es el día.

​ —Qué marrana te has vuelto, y pensar que antes te llamábamos sor Rebecca —suelta, y no puedo evitarlo, mi reacción inmediata es estallar en carcajadas.

​ —¿Cómo te está tratando el maravillo Estado de Vermont?

Estoy sufriendo nostalgia en este momento, la echo de menos. Peyton tuvo que irse hace unos siete meses a su ciudad de origen, Burlington.

—En esta época del año no está nada mal, ya mismo podré darme algún baño en el lago. En invierno, la cosa es muy diferente —dice, y me alegro de que esté más calmada porque tener que irse de Boston la destrozó, ama esta ciudad—. Aunque sería mejor con vosotras aquí.

—Ya sabes que me encantaría ir y en cuanto pueda lo haré —le aseguro, aunque ahora mismo dudo que pueda permitirme ni un mísero billete de autobús—. ¿Cómo está el señor Morris? ¡No olvides decirle que he llamado y darle recuerdos!

El motivo por el que tuvo que irse fue el negocio familiar. A su padre tuvieron que operarle de una pierna debido a una mala caída. Todo salió fenomenal, pero tenía que hacer mucho reposo y no contaban con nadie para encargarse de las casitas rurales.

Su familia había montado una pequeña empresa de alojamientos por la zona. La madre de Pey murió cuando ella tenía apenas quince años y, desde entonces, están ella, su padre y su hermana pequeña, pero con esta última… no se puede contar mucho.

—Se lo diré. —La estoy imaginando poniendo los ojos en blanco—. Y ahora dime, ¿qué ha pasado?

​ Ya sabe que he tenido dificultades económicas y que, desde que se fueron ella y Amber, me está costando hacer frente a todos los gastos del piso que compartíamos.

Una vez, se emperró en mandarme dinero, se sentía mal por haberse ido de esa forma tan abrupta. Por supuesto, no se lo permití. Ahora es mi responsabilidad, suficiente tiene ella gestionándolo todo en Vermont.

Es cierto que contábamos con la partida de Amber, nos avisó con tiempo suficiente de que se iría a San Diego. Le hicieron una oferta de trabajo increíble, por lo visto sus padres movieron algunos hilos y su familia vive en Los Ángeles.

Nos negamos en rotundo a sustituirla y consideramos que las dos podríamos mantener el piso a flote.

Pero la cosa se complicó y he acabado sola.

Tampoco he querido buscar a nadie que me ayude con los gastos, porque Pey debería volver cuando todo esté controlado en su casa, aunque a este paso perderé el piso.

—Ya sabes, lo de siempre. Me han vuelto a despedir —gruño abatida.

—¿En serio? —se sorprende—. No es justo, eres una gran profesional, Bec.

—Díselo a los recortes…

—Bueno, tranquila, seguro que sale otra cosa. Me encantaría ir contigo, pero a papá todavía le quedan algunos meses de reposo.

—No te preocupes —la tranquilizo—. Me las apañaré, ya me conoces.

—Llámame para lo que sea, ¿vale?

—Siempre, hablamos pronto, Morris.

Cuelgo la llamada y me quedo cabizbaja con el móvil entre las manos.

En estos momentos reservaría en el club de lanzamiento, pero ese es otro capricho al que tuve que renunciar, así que me conformaré con un paseo que me despeje las ideas. Después, volveré a casa, me daré un baño relajante y me pondré a buscar empleo de nuevo.

Puedo hacerlo.