Giro de Guion (Charles River 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Axel

H ace más de un día que no sé nada de ella. La llamé varias veces, le dejé unos cuantos mensajes y ahí siguen, sin respuesta.

​ Aunque mi instinto me ha pedido a gritos que me presente en la puerta de su casa y le pida explicaciones, no lo he hecho. Decidí que me contara ella misma qué estaba pasando y por qué me mintió, pero no está funcionando, me está evitando.

​ El cabreo de la hostia está empezando a disiparse, convirtiéndose en preocupación. No es posible que justo cuando empezamos a expresar nuestros sentimientos y aclaramos estar en una maldita relación, ella actúe de esta forma.

Siempre me he sentido orgulloso de no dejarme llevar más de la cuenta por mis emociones, utilizo la razón, y esta me dice que ocurre algo.

Todo me resulta demasiado extraño, no tiene sentido y me niego a creer que me ha fallado tanto la intuición.

La percibí muy entregada a lo nuestro, los ojos no engañan, y ella me mira como si de verdad le importara.

Se deshace entre mis manos tanto como yo en las suyas.

He entrenado esta mañana como un verdadero animal, Thiago ha acabado echándome de allí.

Me he agotado todo lo posible para no pensar más de la cuenta y hacer alguna tontería, pero cuanto más tiempo pasa, más se instaura en mí este sentimiento de angustia.

O recibo noticias pronto o se me va a ir la puta cabeza.

Estoy en mi sitio favorito de pensar, en la cocina. Sentado en la ventana, exhalo la última calada del cigarro y lo apago. Me pongo en pie apurando lo que me queda del segundo café del día cuando recibo una llamada entrante de mi madre.

Genial, ella siempre me pone de buen humor.

—¿Cómo está la mujer de mi vida?

—A… Axel… —balbucea.

—¿Mamá? Mamá, ¿qué pasa? ¿Por qué lloras?

Dice algo, pero no la entiendo.

Se me hiela la sangre, algo no va bien.

—Ca… cariño, tu… tu…, Dios mío. —El llanto no la deja terminar.

Tengo todo el cuerpo en tensión, el miedo se está apoderando de mí como un tren desbocado. Mi madre solo emite sonidos desgarradores, es incapaz de vocalizar. Algo terrible está ocurriendo.

—Escucha, mamá, necesito que te tranquilices para poder entenderte —le indico muy suavemente—. Respira y cuéntamelo, seguro que puedo ayudarte.

—No puedes, cariño —respira profundamente—. Es… es tu padre.

Dejo la taza sobre la encimera, temblando, e intento mantener la calma pese a que la bilis me sube por la garganta y el pánico me obstruye las vías respiratorias.

—¿Qué le ocurre a papá? —consigo decir entrecortadamente.

—Ha… ha tenido un accidente de tráfico —dice, y comienza a llorar de nuevo, más fuerte—. Lo siento mucho, cariño, no… no ha sobrevivido.

Mi cerebro no procesa lo que mi madre me está diciendo. No es verdad.

¡NO ES VERDAD!

—Axel, necesito que vengas a casa —me pide, puedo sentir que está completamente destruida.

—No, mamá, él está bien. —Estoy entrando en negación, siento como si no estuviera dentro de mi cuerpo, como si esto no me lo estuvieran contando a mí—. Hablamos hace poco y me dijo que vendría el fin de semana a verme, te… tenemos planes, mamá. Todo está bien, es un error.

—Cariño…, se ha ido —expresa con voz desgarrada.

Atónito, mil imágenes de mi padre pasan por delante de mis ojos como si de una película se tratara.

Me ha apoyado en todas mis decisiones. Me ha enseñado cómo ser un marido increíble, porque siempre ha tratado a mi madre como la reina que es.

Y siempre ha sabido qué decir cuando las dudas me devoran.

Ahora ya no está, solo será un recuerdo. No podré acudir a él cuando lo necesite.

Vuelvo en mí, con el golpe de realidad más grande que he sufrido en mi vida. Empiezo a ser consciente de la situación, en estado catatónico y al borde de derrumbarme, un hilo de raciocinio se abre paso en mi dolor para recordarme a mi madre.

​ Ella te necesita.

​ Mi madre acaba de perder a su marido, a su compañero de vida, la persona con la que lo ha compartido todo en los últimos treinta y cinco años. El padre de su hijo, su amor. Mi padre querría que fuese fuerte y no la dejara caer.

Hablar de él, asumiendo que no está, me destroza el alma, pero, por desgracia, no podemos despertar de una pesadilla, esta es nuestra nueva realidad.

Me recompongo lo mejor que puedo para hablar con ella.

—Mamá, estoy aquí. —Oigo su llanto por la línea, mi corazón no puede aguantar más, está completamente roto—. Estamos juntos, ¿me oyes?

—S… sí —solloza—. Lo estamos, cariño.

Lo intenta por mí, como yo por ella.

—Llegaré a Chicago lo antes posible y nos encargaremos de todo —prometo, porque intento mostrarme como el hombre que merece, el que mi padre querría que fuera.

—Gracias, hijo, te quiero muchísimo. Ten cuidado en el viaje, por favor.

—Lo tendré. Yo también te quiero.

​ Cuelgo la llamada y todas las emociones me encuentran de golpe. Apoyo la frente contra la pared y empiezo a llorar desconsoladamente. No me importa parecer débil, estoy devastado, esto es con diferencia lo peor que me ha ocurrido en la vida.

​ Papá.

​ Entre mis pensamientos se cuela ella, Rebecca. Ya no me importa lo que sea que haya pasado, la necesito. Quiero verla, ansío que me abrace y me diga que todo va a estar bien. Dicen que en los peores momentos pensamos en las personas que más nos importan, y mi mente viaja hasta ella.

​ Me separo de la pared con lágrimas que parecen fuego empañando mis ojos y miro el móvil con la intención de llamarla. Pero al desbloquearlo me fijo en que tengo una notificación con número oculto. Pincho dentro y no comprendo lo que estoy viendo.

​ Una prueba de embarazo. No, una prueba de embarazo positiva.

​ ¿Quién querría enviarme esto? ¿Para qué?

​ Estoy a punto de salirme de la conversación, no tengo tiempo para esta mierda de broma pesada, mi padre acaba de morir, joder. Pero descubro que hay dos fotos más y, cuando clico en ellas, el teléfono se me escurre de los dedos, teniendo que sujetarlo más fuerte.

​ Es imposible.

​ Becca sale algo desenfocada en la imagen, de fondo, con los ojos hirviendo de haber llorado por tres vidas. Y la siguiente es aún peor, vuelve a salir ella, entrando en una especie de clínica ginecológica. Lo deduzco por el nombre del cartel.

​ Desesperado como no lo he estado jamás, hago una búsqueda rápida en internet, revelándome información que termina con mi cordura.

​ —Cuidamos de tu salud reproductiva, interrupción voluntaria del embarazo —leo en voz alta.

​ Mi cerebro no funciona bien debido al trauma que acabo de sufrir solo hace unos minutos, pero no hay que ser excesivamente inteligente para atar cabos.

​ Se acabó. Mi mente no puede más y mi corazón tampoco, he llegado a mi límite. Mi novia se ha quedado embarazada, que no sé cómo cojones ha podido ocurrir algo así, y ha tomado la decisión por ella misma de interrumpirlo.

​ No veo, no oigo.

Todo está borroso, me inunda la rabia, la tristeza, el miedo y la frustración. Todo golpeando a la vez, sacándome el aire de los pulmones y estrujándome el pecho como si fuera a morir aquí mismo.

​ Mi reacción física e inmediata es volcar la mesa de la cocina y liarme a puñetazos con la pared como si fuera un saco. Mis gritos son más propios de algo salvaje que de una persona.

​ No puedo parar, solo siento una cosa: dolor.

—Por Dios, Axel. ¡¿Qué te pasa?! —dice Daxton entrando en la cocina, tirando su macuto al suelo y abalanzándose sobre mí para agarrarme.

Él es más grande y más pesado, aun así, yo he perdido completamente la cabeza.

​ —¿Pero qué mierda hacéis? Estaba durmiendo y… —Willow enmudece cuando se topa con Fuller intentando reducirme—. Eh, eh, eh, Axel, relájate, por favor.

​ —Tío, está fuera de sí, acabo de venir de entrenar y me lo he encontrado destrozando la pared.

​ —Tiene las manos ensangrentadas. ¡Tienes que pararlo!

No puedo oírlos, me revuelvo incesantemente entre los brazos de Daxton.

​ —Ward, tienes que decirnos algo, respira, tío. —No atiendo a razones—. No me obligues a noquearte.

​ Me zafo de mi amigo, hecho una verdadera furia, y sin querer, mi codo acaba impactando en la nariz de Willow. Al verlo retroceder tocándose la cara, algo hace clic en mi interior. Me freno en seco, pasándome las manos por la cara y el pelo, como si fuera un drogadicto con abstinencia.

​ —Lo… lo siento, lo siento mucho.

​ —Tranquilo, tranquilo, colega, no pasa nada —asegura Willow alzando una mano.

​ Me dejo caer hasta sentarme. Mis compañeros bajan a mi altura, tocándome un brazo, tanteándome como si de un animal acorralado y asustado se tratara.

​ Los siguientes treinta minutos me los paso explicándoles cómo mi mundo se ha venido abajo.

Nunca había llorado delante de mis amigos, pero lo hago.

Lloro tanto que pienso que no me queda nada más.

Nos quedamos en el suelo de la cocina; yo traumatizado y ellos con expresiones que van del espanto más absoluto a la compasión más enorme mientras me escuchan.

​ No me importa darles lástima, es normal que sientan pena por mí, yo también lo haría. Por lo menos, sé que son reales, que les importo de verdad y que jamás sacarán esto a colación. No me hacen sentir incómodo, todo lo contrario.

Le he pedido a Willow expresamente que por favor no le cuente a Amber nada al respecto, dada la relación tan cercana que tienen, y él me ha prometido guardar silencio sobre todo lo relacionado con mis asuntos. Confío en él, sé que lo hará.

∞∞∞

​ Tres horas más tarde, tumbado en mi cama, en la plena oscuridad de mi habitación, porque no soporto ver ni la luz más tenue, he podido calmarme y dormir algo.

La pantalla de mi teléfono que reposa en la mesita se ilumina y, con las escasas fuerzas que me quedan después de haber mirado vuelos para volver a casa, cojo el móvil y veo la llamada que tanto he estado esperando.

​ Descuelgo sin pensármelo.

​ —Axel. —Su voz suena apagada.

​ —¿Qué has hecho? —pregunto, estoy tan ronco que no me reconozco.

​ No tengo ni idea de quién ha sacado esas fotos. Tiene que ser alguien verdaderamente podrido para traicionar su confianza con un tema tan personal y delicado, de esa forma tan rastrera. Porque la persona que las ha hecho y después me las ha enviado ha tenido que estar cerca de ella.

​ —¿C… cómo?

​ —Me has oído muy bien. ¿Qué-has-hecho? —marco cada sílaba.

​ —No sé a qué te refieres.

​ —¿No? Normal, estás desubicada, pero no te preocupes, yo te ayudo a refrescar la memoria. —Veneno, eso siento en mi lengua.

​ Ella permanece callada, solo noto que sigue ahí porque la llamada sigue adelante y oigo su respiración entrecortada. Decido ponerla al día, soltándole todo lo que llevo dentro y me está matando, como un parásito agarrado a su huésped.

​ —Primero, me entero de que has quedado con el gilipollas ese, pero no solo eso, también vieron cómo te besaba en una cafetería.

—Hace un sonido ininteligible y yo prosigo con mi discurso—.

Después, ignoras mis mensajes y llamadas, cuando yo necesitaba una explicación de por qué me habías mentido, ya que me dijiste que ibas a cenar con Cara.

​ Hago una pausa y antes de que se lance a decir cualquier cosa, no lo permito y sigo hablando.

—Aunque de eso dejo de preocuparme cuando me llamó mi madre para darme la noticia de que mi padre ha muerto en un accidente de tráfico.

​ —Dios mío…, Axel, yo…

​ —Espera, que hay más, cariño —escupo esa última palabra con asco—.

Cuando pensaba que el dolor no podía ser más desmesurado y lo único que quería era olvidarlo todo y correr hacia ti porque te necesitaba.

¡Maldita sea, te necesitaba! —Me estoy rompiendo de nuevo, me tiembla la voz y las lágrimas empiezan a asomar de nuevo—.

Resulta que algún samaritano ha decidido enviarme varias fotografías tuyas.

Por lo que me queda la última incógnita.

​ Soy consciente de que estoy sacando a relucir la parte más fea de mi ser. No puedo parar, estoy herido y derrotado. Voy con todo.

​ —¿Has abortado? ¿Era mío?

Ni siquiera me creo que esté preguntando esto.

​ —Es demasiado, no… pue… no puedo —balbucea aturdida, no pronuncia bien ni una palabra—. ¿Qué fotos? ¿Quién te las ha mandado?

​ —Di algo, lo que sea, y no me importa una mierda quién lo haya hecho.

​ —Sí —afirma con seguridad.

​ —Sí ¿qué? —Estaba claro, pero necesitaba oírselo decir.

​ —Sí, era tuyo, pero, Axel, tú estabas tan feliz, era tu momento y no quería robártelo; y lo de Eric, sabes que no es así. ¡Lo sabes! —implora—. Él me besó y yo le aparté.

​ —¡Pero nada, hostias! —me exalto, he perdido las formas, ya nada me importa, mi corazón no tiene más grietas por donde romperse—.

¡Esto es una puta locura! ¿Cómo has podido?

Es una mentira tras otra, lo has hecho todo a mis espaldas.

Dudo que algo sea real, ahora lo veo, lo que hemos tenido solo ha sido un juego para ti.

—Por favor, tienes que creerme, las cosas no han pasado como piensas. Soy consciente de que tendría que habértelo contado todo, pero cada vez era más difícil, ha sido demasiado rápido. No sabía qué hacer y al final ni siquiera he podido…

​ —Escúchame bien porque no voy a volver a repetirlo —la interrumpo apretando el puño—.

¡No quiero volver a verte! —grito, y dejo así salir toda mi rabia—.

Me voy a casa, a estar con mi madre y organizar un funeral, el de mi padre.

Quiero pasar mi duelo en paz, y solo voy a pedirte una puñetera cosa, Rebecca, ¿podrás hacerlo?

​ —Por favor, tienes que escucharme.

—¿Para qué? Da igual cómo hayan pasado las cosas, lo hecho, hecho está. Si me lo hubieras contado todo en su momento, te creería, hubiera estado a tu lado, pero decidiste mentirme y ocultármelo todo, y eso es lo que no puedo perdonar. Dime, ¿podrás hacerlo o no? —vuelvo a repetirle.

​ —Sí.

—No me busques, no me escribas, no quiero recibir ninguna noticia tuya ni de ti ni a través de nuestros amigos. Cuando todo el infierno que tengo sobre los hombros pase y entierre a mi padre, seré yo el que se vaya, y puedo prometerte que no volverás a verme.

—Si es lo que quieres, me alejaré de ti.

—Es lo que necesito —afirmo, porque si no lo hace, volveré a caer en sus mentiras. Si me mira a la cara y me dice que me quiere, volveré a creerla, estoy seguro.

—Adiós, Axel…

No puedo hacerlo, no soy capaz de despedirme. Me he mantenido fuerte, pero por dentro me estoy muriendo. He perdido en un mismo día una cantidad de amor incalculable. Colgando la llamada, solo deseo que pase el tiempo y me saque de este agujero donde solo veo oscuridad.