Capítulo 34
Rebecca
M e niego a creer que esto me esté pasando a mí.
Me agarro fuertemente al filo del lavabo, no quiero ni alzar la cabeza por si me encuentro mi reflejo en el espejo. Intento controlar las respiraciones como me han explicado tantas veces en terapia, pero me está resultando imposible, me falta el aire.
Inhalo, cinco segundos, exhalo.
Si utilizo la lógica, esto va a quedarse en un susto. Tomo pastillas anticonceptivas desde hace unos años.
Inhalo, cinco segundos, exhalo.
El test reposa sobre el mueble a mi derecha. No quiero mirar, no puedo mirar. Estoy sufriendo un ataque de pánico por nada, seguro que es el estrés.
—Tengo un retraso en el periodo por culpa del ritmo frenético que estoy viviendo últimamente —me intento convencer hablando conmigo misma.
Me he saltado varias tomas de pastillas, pero llevo ya demasiado tiempo tomándolas como para que las hormonas no se mantengan en mi cuerpo. Todo irá bien.
Inhalo, cinco segundos, exhalo.
—Cielo, ¿necesitas ayuda? —pregunta Amber. Peyton, Cara y ella están detrás de la puerta del baño, dándome intimidad. Necesitaba hacer esto en soledad.
Al salir del restaurante, hemos comprado una prueba de embarazo en la farmacia más cercana.
Cara ha insistido en acompañarme y se lo agradezco, porque estaba demasiado desorientada y asustada.
Después, hemos llegado a casa, y en cuanto mis compañeras me han visto entrar por la puerta sabían que algo malo me sucedía.
—Si necesitas que entremos, avísanos. —Esta es una de esas raras ocasiones en las que Peyton enternece su tono de voz.
—Rebecca, es un error, dentro de un momento lo comprobarás tú misma. Esto quedará en una broma de mal gusto, no dramatices más de la cuenta —habla Cara de forma hastiada, y escucho de fondo cómo le chistan mis compañeras.
Han pasado diez minutos desde que abrí el envoltorio y solté mi orina en la punta absorbente del test. En las instrucciones decía que tardaba cinco minutos en dar el resultado, con un noventa y nuevo por ciento de precisión. Según el prospecto, si encuentro dos rayitas, estoy embarazada.
No puedo atrasarlo más, esto es inevitable.
Me incorporo lentamente con los ojos cerrados, estoy mareada de las vueltas que le he dado a la cabeza en la última hora. Cojo la prueba entre mis manos, fijo la mirada y… no, no, por favor, no…
Dos rayitas. Positivo.
—Esto… estoy embarazada —balbuceo.
Retrocedo de espaldas, apoyándome en la puerta y deslizándome hasta el suelo.
Me abrazo las rodillas instintivamente, dejando caer la prueba al lado de mis pies.
Vuelvo a mirarla una y otra vez, con la vista emborronada por todas las lágrimas que estaba aguantando y ahora caen con desolación. El resultado no cambia. Dos rayitas.
¿Qué demonios voy a hacer?
Yo no quiero ser madre. Siendo justos no sé si lo deseo o no, pero tengo muy claro que ahora no es el momento. No me encuentro preparada, y mis planes distan mucho de frenarlo todo, hacer que me mantengan mis padres y criar un hijo.
Mis padres…
No puedo hacerles esto. Han ahorrado todo lo que han podido, privándose de caprichos, vacaciones o incluso necesidades, para que mi hermano y yo tuviésemos un buen futuro.
Por supuesto, me apoyarían, ofreciéndome volver a casa y dándome soporte económico.
Estoy segura de que Brad también haría sacrificios.
Pero definitivamente no es lo que quiero.
Y luego está Axel.
Acabamos de empezar una relación, ni siquiera conozco a su familia.
Ninguno de los dos tiene un trabajo estable ni un sitio donde vivir acorde para un bebé.
Dudo mucho que quiera ser padre justo ahora, está a punto de cumplir uno de sus sueños y su carrera comenzará a despegar.
Esto le destrozaría y me odiaría por ello.
Esto parece un castigo. Puede que incluso dude de la paternidad.
Me paso las manos por la cara, apartando las lágrimas como si me quemasen.
Cojo mi móvil del bolsillo trasero del pantalón y desbloqueo la pantalla, quiero saber si me ha llamado o escrito.
Tengo dos llamadas perdidas y siete mensajes sin leer.
Seguramente quería preguntarme si hacíamos algo cuando terminase de cenar con Cara.
¡Madre mía!, y hace unas horas yo estaba preocupada por contarle lo de Eric. Ahora importa tan poco…
Antes de decírselo, tengo que informarme bien de cuáles son mis opciones. Abro el navegador y busco las direcciones y teléfonos de las clínicas de planificación familiar e interrupción del embarazo más cercanas a mi ubicación.
Recojo la prueba del suelo y me levanto poco a poco. Abro la puerta y camino como un zombi hasta el salón, donde mis amigas están en silencio con la televisión de fondo. Al verme la cara, Pey se pone en pie al momento mientras a Amber se le empieza a empañar la mirada.
—¿Por qué tienes tan mal aspecto? —Cara abre los ojos, alarmada, casi saltando del sofá donde estaba sentada—. ¡No puede ser!
—¿Qué cojones se supone que estás haciendo? —le dice Peyton viendo cómo me arranca el predictor de la mano.
—Hacerle una foto a la marca del test para comprobar su fiabilidad —le informa la italiana—. Hay demasiada estafa por ahí…
—Qué idiotez, mejor estate quieta —reprocha mi compañera.
Hago un esfuerzo por permanecer entera. No puedo derrumbarme, ahora lo que necesito es pensar y actuar.
—Me voy a la cama, mañana a primera hora iré a una clínica para que me hagan una revisión y me informen de mis opciones —les comunico—. Creo que no hace falta decirlo, pero, por si acaso, os pido que no digáis ni una palabra de esto a nadie.
—Por supuesto, ¡qué horror si la gente se entera de esto!
En este momento no tengo fuerzas para decirle a Cara que me importa una mierda lo que piense nadie de mí. Pero Axel no lo sabe, y no quiero que se entere hasta que se lo cuente yo misma.
—¡O se larga o la echo a patadas de aquí!
—Peyton, querida, relájate, estás muy alterada. Es mi amiga, solo quiero lo mejor para ella —le replica Cara.
—Y la mía, por eso quiero que te calles la boca de una vez.
Me doy la vuelta para ir a mi habitación seguida de Amber, quien me ayuda a ponerme el pijama y meterme en la cama. Se queda tumbada conmigo, abrazándome suavemente, dejándome llorar de nuevo en silencio.
Oigo de fondo voces y un portazo. Después, Peyton entra en mi habitación, intercambia un par de palabras con Amber y cierra la puerta suavemente de nuevo antes de marcharse.
No me apetece hablar del tema, tengo demasiados sentimientos contradictorios en este momento.
Por una parte, odio lo que me está pasando, no estaba en mis planes, no es algo que desee ahora.
Y por otra, no puedo evitar este sentimiento de culpabilidad que se instaura en mis entrañas, como si fuese mi obligación y responsabilidad no dar un paso atrás y seguir adelante con todo lo que ello implica.
En posición fetal me aferro a la calidez que me llega de mi amiga. Siento frío, angustia y lástima.
∞∞∞
—Este líquido puede estar algo frío —anuncia la ginecóloga mientras explora mi barriga realizando una ecografía.
Llevo dos horas y media en la clínica. Como no pude dormir, al alba estaba suplicando en las consultas más cercanas que me concedieran una cita de urgencia.
Cómo desearía que mi madre estuviese aquí conmigo, pero, para eso, tendría que contárselo y no sé cómo hacerlo aún.
Aunque ella no esté, cuento con la suerte de tener a mis compañeras, quienes se ofrecieron de inmediato.
A Amber la mandé directamente a la universidad, hoy tiene examen y no puedo permitir que se lo salte por mi culpa.
Peyton me coge la mano mientras estoy tumbada en la camilla de exploración. Ambas miramos la pantalla del monitor sin entender nada.
—Las pruebas analíticas indican que usted se encuentra bien. Ahora, vamos a comprobar el embrión —asiento, y ella continúa—. Aquí podemos verlo. Efectivamente, señorita Davis, está usted embarazada de seis semanas aproximadamente, es muy reciente.
Dios mío…, esto es real.
—Tomo las pastillas anticonceptivas, aunque me salté algunas tomas, todavía no entiendo cómo ha podido suceder esto. —Mi voz no tiene fuerza, me cuesta pronunciar las palabras.
—No es tan común, pero sucede. Suele deberse a errores en la toma, problemas intestinales o interacción con otros medicamentos. Estos motivos hacen que la eficacia se reduzca drásticamente —indica, luego hace una pausa arrugando el entrecejo, algo no va bien.
—¿Qué ocurre? —Me incorporo un poco ante su expresión dubitativa.
—Déjeme que lo compruebe una vez más con el ecocardiograma, al ser un embarazo tan precoz, puede dar fallo.
No entiendo qué está pasando.
—Lo siento, señorita Davis, no se detecta latido.
—¿Eso qué quiere decir? ¿No estoy embarazada? —Una sensación escalofriante me recorre toda la espina dorsal, siento náuseas.
—Sí que lo está, pero el embrión no presenta latido, por lo que el embarazo no puede llevarse a término —señala intentando mostrarse compasiva.
Giro la cabeza y cruzo la mirada con Pey. Ella se muestra segura ante mí, dándome todo su apoyo, pero yo reacciono de una forma inesperada, dejando que un río de lágrimas se desborde por mis ojos.
¿Por qué no siento alivio? Esto es lo que quería, me he librado de una decisión terrible y, aun así, no me encuentro feliz ni mejor al respecto. Mi corazón no lo percibe de ese modo, jamás pensé que diría esto: me siento como si me hubieran arrebatado la capacidad de elección.
Ahora no sabré qué camino hubiera escogido. Ya está hecho.
—¿Qué pasos debe seguir ahora? —pregunta Peyton al notar mi aturdimiento.
—Hay que practicarle un legrado para limpiar cualquier resto en su útero y prevenir infecciones. No debes preocuparte, esto es algo común, alrededor de un setenta por ciento de concepciones se interrumpen de forma natural en las primeras semanas de embarazo.
Asiento, intentando mostrarme madura y adulta, aunque por dentro me siento como una niña que necesita a su madre.
—Podemos realizarte la intervención quirúrgica ahora mismo, apenas nos llevará veinte minutos. Te pondremos anestesia para paliar las molestias y en un par de horas podrás estar en tu casa.
Estoy muy asustada, pero, aunque llamara a mis padres o a mi hermano, no llegarían a tiempo. Acabaría montando un circo y preocupando a todo el mundo.
—¿Quieres que busque a Axel? —me consulta Pey.
Axel…
—Perdone mi intromisión, pero la intervención debería realizarse cuanto antes si queremos evitar infecciones u otras posibles dolencias —interviene la ginecóloga.
No hay ningún escenario posible en el que sea capaz de llamarlo ahora mismo y contarle todo esto. No me siento con fuerzas de enfrentarme a todo a la vez, estoy más preocupada y asustada de lo que aparento.
Le estoy ahorrando un mal trago.
—No, estoy bien contigo aquí —le respondo a Peyton. Miro a la doctora y le confirmo—. Hagámoslo ahora, cuanto antes mejor.