Capítulo 32
Rebecca
M e siento como una mierda.
Si hay algo que no quiero es mentirle a Axel, pero no era el mejor momento para decirle que he quedado con Eric. No es una mentira completa porque es cierto que también he quedado con Cara, pero, después, para cenar.
Es una mentira y lo sabes.
Estaba tan contento e ilusionado que no quería robarle su momento.
Se ha esforzado mucho para conseguirlo, se merece saborearlo, y me siento una privilegiada porque quiere compartirlo conmigo.
Si le hubiera contado la verdad seguro que rompía el momento, aunque seguramente me sentiría mejor que ahora.
Prometo contárselo en cuanto acabe. Sé que no va a sentarle bien, pero tiene que entenderlo, no he tenido nada con Eric, más allá de un simple beso. Tampoco puedo desterrarlo de mi vida como si nada, él no tiene la culpa y solo quiere agradecerme el haberle ayudado con el trabajo.
Además, aquel beso también fue correspondido por mi parte, aunque luego me diera cuenta de lo poco que me importaba.
A él debió de ocurrirle igual, porque nunca volvió a insistir ni a provocarlo.
Por lo tanto, podemos ser amigos y seguir manteniendo este buen rollo entre nosotros que hemos tenido siempre.
Llamaré a Axel y se lo explicaré. Le pediré perdón y lo invitaré a quedarse a dormir esta noche.
Hace un momento me ha vibrado el móvil con un mensaje diciendo que ya estaba esperándome en mi puerta. Cojo el abrigo más grande que tengo, las llaves y bajo las escaleras.
Localizo su coche azul celeste a pocos pasos de mi bloque. Abro la puerta del copiloto, me acomodo y le doy un abrazo breve.
—Hola, guapísima, gracias por venir —me sonríe ampliamente.
—Bueno, ¿por qué tanto misterio? ¿Dónde vamos?
—Me apetecía darte una sorpresa para agradecerte tu ayuda y lo maravillosa que eres —me explica, qué adulador está hoy—. Así que, como sé que te gustan, vamos a ir a Bonjour, donde tienen las mejores crepes.
—Vaya, Clark, oficialmente estoy sorprendida. —No me esperaba que se acordara de algo que comenté una vez.
—¡Ya verás como te encanta el sitio y la comida!
Yo asiento en respuesta y me recoloco mirando al frente cuando arranca el motor. Durante el trayecto, escuchamos música bajita de fondo y me cuenta un poco qué tal le están yendo los entrenamientos de remo. Después le hablo de mi trabajo en Horizons y de las prácticas en la clínica.
Dejamos el coche en un parking y andamos un poquito hasta el sitio, el cual está a rebosar.
Es muy pintoresco, con el interior revestido en madera y muchas bombillas colgando del techo.
Casi todas las paredes exteriores están compuestas por ventanales, escogemos un sitio libre con vistas a la calle y le echamos un vistazo con calma a la carta; tienen una variedad increíble de topping con frutas y salsas de chocolates.
—¿Ya te has decidido? —dice levantando la cabeza—. Yo ya lo tengo, quiero un gofre con plátano y fresas.
—Qué sano eres —suelto, yo pongo cara de ofendida en broma—. Yo voy a pedir una crepe con salsa de chocolate blanco y trocitos de galleta.
—No esperaba menos de ti.
Llamamos al camarero, quien apunta todo a la velocidad de la luz. Añadimos un té matcha para él y un batido de vainilla para mí. Es posible que hoy sufra una subida de azúcar, pero no importa, presiento que va a merecer la pena.
Tardan unos escasos quince minutos en traerlo todo, aunque somos tan ansiosos que en cuestión de media hora nos lo hemos comido todo.
Entre bocado y bocado hemos parloteado informalmente sobre cosas banales y la presión que ambos tenemos este curso con las clases.
Eric se inclina sobre la mesa, acercándose un poco más a mí y colocándome un mechón suelto detrás de la oreja.
El gesto me ha hecho sentir un poco incómoda y él no parece darse cuenta.
—Rebecca, quería pedirte perdón —suspira—. Me siento mal por aquella noche, tendría que haberte invitado a cenar y… pasar más tiempo contigo.
Ay, no, no me gusta por dónde está llevando esta conversación. No me muevo, casi que no respiro, me está empezando a dar el agobio.
—No pasa nada, ya lo he olvidado. Fue un mosqueo tonto, tú ya habías quedado y hecho tus planes —afirmo quitándole importancia al asunto.
—Me equivoqué, no tendría que haberme ido con nadie. Me arrepiento, siempre me has gustado tú —confiesa, y sus ojos se entornan acercándose más hacia mí.
No me da tiempo a reaccionar cuando ancla su mano en mi nuca y choca sus labios con los míos. Me quedo petrificada con la boca cerrada en una línea, mi cuerpo sabe lo que no quiere. Cuando reacciono, lo empujo hacia atrás.
—¡Mierda, Eric! ¿Cómo se te ocurre hacer eso? —Intento controlar el tono de voz para mantenerlo bajo, no quiero montar una escena, este sitio está abarrotado de gente.
—Pensaba que…
—Pensabas mal —le advierto, estoy muy cabreada, joder—. Tengo pareja, estoy con Axel, seguro que ha llegado a tus oídos.
—Creía que solo, ya sabes, habíais tenido algo —se justifica torpemente.
—De nuevo, creías mal —le reprocho de forma hostil—.
Si he venido, solo ha sido porque tenía claro que éramos amigos, pero ya veo que tú buscas otra cosa, y yo ni puedo ni quiero dártelo.
—No paro de pensar en Axel, no tengo ni idea de cómo voy a contarle esto sin que se ponga hecho un animal—.
Lo mejor será terminar lo que sea que tengamos.
—Tampoco es necesario ponerse así —refunfuña resentido.
—Lo dices porque no te importa, pero a mí sí, y mucho —le aseguro, no volveré a pecar de ignorante ni a verme en esta situación, ya no puedo confiar en él—. Eric, de verdad, deseo que todo te vaya genial, pero no vuelvas a buscarme.
Dicho esto, me pongo en pie manteniendo la calma, aunque por dentro los nervios me están comiendo. Esto ha sido un gran error, de verdad pensaba que podíamos ser amigos. Recojo mi bolso y el abrigo bajo su rígido escrutinio, no se molesta en detenerme ni en decir ni una sola palabra.
Encima el tío se ofende, será idiota.
Me dirijo a la barra a pagar mi parte, pero me indican que ya ha sido pagada. Pues genial, no pienso quejarme. Así que me voy sin mirar atrás.
∞∞∞
Acelero el paso, llegando sofocada al restaurante italiano donde hemos quedado.
Mi amiga siempre dice que un yanqui no tiene ni idea de cocina italiana y que todo le sabe mal, pero admite que en este sitio la comida es decente.
Por lo visto, el dueño pasó una temporada en Nápoles aprendiendo y los resultados son excelentes.
Entro quitándome el abrigo, casi sudando, y me dirijo al camarero para que me indique la mesa. Cara todavía no ha llegado, así que voy al aseo a refrescarme.
Hoy me encuentro un poco floja, será porque llevo un día extraño y la situación que he vivido esta tarde me ha provocado malestar.
Cuando vuelvo a mi mesa, la italiana ya está sentada y con una copa de vino en su mano. En cuanto me ve acercarme, se levanta de un bote y me rodea con los brazos.
—¡Cómo te he echado de menos, Bec! —exclama, me está estrujando todos los órganos.
—Vale, pero relaja esa fuerza o me vas a dejar inconsciente —me río intentando zafarme.
—Estás guapísima, por cierto —afirma, siempre tiene un piropo que ofrecer.
—Está bien, Cara, vayamos al grano. —No pienso hacer como si no hubiera pasado nada entre nosotras, como tantas otras veces.
—Sí, eso… —duda, se sienta y vuelve a coger su bebida, apurándola de un trago—. Ya sabes, quería pedirte perdón por mi comportamiento, entiendo que fue intolerable.
—Más que eso, Cara —la corrijo, he de ponerme seria—, me hiciste sentir mal por algo que claramente no estaba haciendo. Nunca te he ignorado, y menos a propósito.
—Lo sé, lo sé. Estaba teniendo una mala semana y lo pagué contigo. El problema era con mis padres —se excusa.
Me atraviesa una punzada de compasión en el pecho. Sé que, aunque no lo admita, le duele mucho cómo la tratan o, más bien, cómo la ignoran. Siempre que ocurre, su actitud se vuelve un poco más cruel con las personas que tiene a su alrededor, pero yo no soy el saco de boxeo de nadie.
—Me gustaría dejar claro que no quiero que vuelva a repetirse —señalo, tomando su mano—. Yo siempre he estado aquí para ti, pero si me alejas tratándome así, no seguiré haciéndolo. —Su expresión se ha vuelto alarmante—. Y te aseguro que no es lo que quiero.
—Oh, Bec, no volverá a ocurrir —asegura, y ahora es ella la que aprieta mis manos sobre la mesa—. Me importas mucho, seré mejor amiga para ti, ya verás.
Me echo hacia atrás en la silla. Ahora las dos parecemos más relajadas. Necesitaba esto, arreglar las tensiones con ella.
—Bien, pues llamemos al camarero para que traiga una botella entera de esa cosa —propongo, y señalo su copa de vino vacía con expresión atormentada—, porque hoy lo necesito.
—¡Cuéntamelo todo!
Y eso hago, como en los viejos tiempos. Me desahogo con mi amiga, contándole todos mis avances con Axel y la relación que estamos construyendo. Le actualizo el estrés en el que se ha convertido mi vida y lo orgullosa que estoy de tenerlo todo controlado.
Ella está más callada de lo normal, no decide compartir mucha información, por lo menos la relevante.
Solo me habla del peñazo que le resultó Acción de Gracias, que no soporta sus prácticas y que está a punto de sobornarlos para acabarlas antes de tiempo.
Se entusiasma más contándome cotilleos sobre las chicas de clase.
Trago aire y abordo el tema que me ha achicharrado los nervios durante todo el día. Nada más mencionar el nombre de Eric, su cuerpo ha rezumado hostilidad y su cara se ha convertido en un cuadro, pero de terror. Sabía que no le terminaba de encajar, aunque no hasta este punto.
—¿Que ha hecho qué? —Planta las manos sobre la mesa con un sonoro golpe—. ¡Será cabrón!
Una reacción un poco desmedida, pero no me sorprende, ella es así de dramática y cuando se trata de mí, se pone en modo protectora.
—Sí, me he quedado en shock , no sabía cómo reaccionar —le explico angustiada.
—Pero entonces…, no te entiendo —se recoloca en su silla mirándome extrañamente—, ¿le has seguido el beso? ¿No dices que te gusta mucho Axel? —cuestiona.
—Lo he apartado en cuanto he vuelto en mí.
—A lo mejor, solo estabas celosa de que se hubiera ido con otra aquella noche, pero en el fondo querías que te prestará atención y has utilizado al de Harvard como tapadera —argumenta.
Se me van a salir los ojos de las cuencas, ¡¿cómo demonios puede pensar eso?! Sabe perfectamente que yo no haría algo así, en todo caso es propio de ella.
—A mí no tienes que mentirme, sabes que puedes contármelo —añade ansiosa.
—Te aseguro que no quiero tener nada que ver con él. Pensaba que podríamos ser amigos, pero ya he comprobado que no —le aseguro, y su lenguaje corporal se relaja.
Esto es ridículo, si ella no me cree, ¿qué va a decir Axel?
—Si tú lo dices…, te creo, tranquila. —No, no me cree, joder—.
Será que estás ovulando y las hormonas te la han jugado —insinúa haciendo un gesto con la mano como intentando restarle importancia al asunto, pero yo he entrado en un bucle de pensamientos muy negativos—.
La semana pasada estuve a punto de sucumbir a un pastelito de chocolate por culpa del dichoso periodo, te entiendo, relájate.
Solo Cara podía hacer una comparación tan absurda; además, si quiere comerse un pastel, debería hacerlo.
Espera un momento…, no es posible.
—¿Qué acabas de decir?
—Que casi me como ese pedazo de calorías vacías…
—No, ¿que tuviste la regla cuándo? —Me estoy mareando.
Desde que la conozco, años, Cara y yo tenemos el periodo muy sincronizado, solemos coincidir en las mismas fechas, a excepción de un día o dos. Por lo que no puede haberlo pasado, ya que yo ni siquiera lo he empezado.
—Creo que fue hace una semana —deduce arrugando los ojos—. ¿Por qué? ¿Qué te pasa? Tienes cara de muerta.
Es un error, se ha equivocado, lo que me está contando tiene que ser del mes anterior. Además, no puede ser, es imposible, yo tomo las pastillas anticon…
¡MIERDA!
Cojo el bolso y lo vuelco encima de la mesa, derramando todo lo que llevo en el interior hasta encontrar mi cartera. Dentro llevo siempre conmigo el blíster con la medicación.
Cara me observa pensando que he perdido la cabeza, hasta que es consciente de lo que estoy haciendo y suelta un grito ahogado de espanto absoluto.
Y no es para menos porque, por más que mire la tableta, el resultado es el mismo.
Me he saltado varias tomas. No me he tomado las pastillas. Y no me ha venido el periodo este mes.
Tengo una falta.
Temblando, me pongo en pie y cojo mis cosas violentamente.
—Tengo que irme —anuncio de forma desquiciada.
—Espera, voy contigo —afirma, y se levanta arrastrando la silla frenéticamente.
Necesito hacerme un test ahora mismo.