Capítulo 29
Rebecca
T engo un mal presentimiento. No sabría decir qué es exactamente, pero la sensación se pega a mi piel como el calor más asfixiante en pleno agosto.
Estoy viviendo como si me encontrara en una burbuja irreal, tan perfecta que no puedo evitar pensar que toda esta felicidad va a estallarme en la cara.
En la universidad lo estoy petando más que nunca, he entregado todos mis trabajos incluso antes de la fecha de cierre.
En las prácticas, me han dado más responsabilidad, encargándome los informes semanales de los pacientes que yo misma le entrego al gabinete de psicología.
Y, en el trabajo, me han dado la enhorabuena.
Varias familias vinieron a buscarme semanas después de reunirse conmigo para decirme que mi plan familiar les estaba ayudando mucho con sus hijos.
En Horizons se toman muy en serio la estabilidad de los niños, cuantos más recursos pueda brindarles a esas personas, mejor.
¿Estrés? No sé lo que es eso, lo tengo todo controlado.
Casi todo, porque mis emociones van a su aire, no las puedo atar y darles una charla de bienestar emocional. Me gustaría protegerme, pero en vez de ir con cuidado, me estoy lanzando al vacío y sin paracaídas.
No sabía qué esperar de Axel, mi torrente sanguíneo se pone a hervir como una olla a presión cada vez que leo o escucho cualquier cosa que venga de él. Pero es que no me ha dado ni un solo motivo para pensar que no está en el mismo punto que yo.
Han pasado semanas y su atención hacia mí solo crece, igual que mis ganas, que lo único que hacen es aumentar como un río con el cauce abierto. Cada día me manda mensajes, me llama o se presenta en mi casa cuando sabe que el cansancio se apodera de mi voluntad. Es atento hasta decir basta.
Hemos adoptado la hermosa costumbre de dormir juntos varios días a la semana, y ahora tengo un cepillo de dientes más en el cuarto de baño por el que mis compañeras de piso no han perdido la oportunidad de cachondearse.
Venera mi cuerpo cada vez, como si nunca lo hubiese tocado.
Está llevando el sexo a un nivel superior que no conocía, donde no existe el egoísmo, dándome tantos orgasmos que no podría elegir qué táctica es mi preferida.
La semana pasada lo llevé a mi club, a conocer el fabuloso mundo del lanzamiento de cuchillos.
Se pasó toda la hora, absorto en cada uno de mis movimientos y, al finalizar, me arrastró hasta el baño haciéndome sudar y gritar bajo sus manos.
Solo de acordarme, me tiemblan las rodillas.
Lo admito, estoy algo obsesionada con él.
Es mejor que me calme y cambie el rumbo de mis pensamientos. Por un momento, he olvidado que estoy en casa de mis padres, en Detroit. Vine hace dos días a pasar Acción de Gracias, sintiéndome muy orgullosa de poder pagarme mi propio billete de avión sin tener que recurrir a ellos.
La tarde de ayer con mamá fue como un chute de optimismo.
Es la persona más histérica que conozco, pero, a la vez, no hay nadie como ella para hacerme sentir bien.
Nuestros planes en estas fechas siempre son los mismos desde que tengo uso de razón: ver películas altamente empalagosas con tramas más que predecibles, montar el árbol de Navidad, discutir de todo lo posible y zamparnos una cantidad obscena de dulces que, por supuesto, no preparamos nosotras ya que ambas somos lo peor horneando.
Anoche cenamos los cuatro solos, todo por cortesía de mi hermano, que es el verdadero cocinero de esta casa, y nos deleitó con recetas dignas de una estrella Michelin.
Aunque Brad sea un incordio, lo echaba de menos.
Después de vivir juntos toda la vida, se me hace raro no tenerlo ahí siempre que quiera, pero nunca lo admitiré delante de él o se pondrá insoportable.
Hoy he tenido tiempo de ir a pescar con mi padre, aunque es una tapadera para irnos a un sitio alejado y practicar tanto mi lanzamiento como su tiro. No podemos permitir oxidarnos, y siempre es mejor cuando lo hago con papá.
Agotada y después de un baño increíble patrocinado por las sales que ha comprado mi madre, Dios la bendiga, me dirijo a mi cuarto de la infancia. Me fijo en la pantalla de móvil que no para de encenderse en mi mesita de noche. He desconectado por completo estos dos días y apenas lo he mirado.
Desbloqueo y deslizo para encontrar un cúmulo de mensajes. Algunos tengo más ganas de contestarlos que otros…
Cara: Por favor, Bec, perdóname. No quería hablarte así
ni decirte todo lo que dije, sabes que no iba en serio.
Cara: No me castigues ignorándome como hacen mis padres…
Sabes que me importas más que nadie, quiero arreglar las cosas.
No me sorprende que Cara me escriba, no es la primera vez que se sobrepasa y luego se arrepiente. Pero esta vez se pasó, yo no hice absolutamente nada para provocar ese comportamiento que, de todas formas, no es justificable.
Creo que me está ocultando algo. Es probable que sus padres le hayan vuelto a prometer mil cosas y, en cambio, la hayan dejado tirada incluso en Acción de Gracias.
Sé que parte de su lucha constante contra el mundo se debe a eso, pero es una persona volátil y dada a la mentira, por lo que también podría haberse peleado con el ligue de turno y ese día decidió pagarlo conmigo.
No puedo ignorarla eternamente, pero le dejaré las cosas bien claras, no quiero que vuelva a repetirse.
Yo: Está bien, cuando llegue a Boston nos vemos.
Cara: ¡GRACIAS! Te echo de menos, nos vemos pronto.
Cierro su chat y abro otro mientras me siento en la cama y me froto la toalla en el pelo. Arrugo el entrecejo leyendo, si hay alguien a quien no esperaba, es a él.
Eric: ¿Qué tal está mi profe favorita? He sacado un
sobresaliente gracias a ti. Me gustaría invitarte a
tomar algo para demostrarte que no soy un idiota.
Me sorprendo a mí misma pensando que en algún momento pudo gustarme.
Yo: ¡Me alegro mucho! No es necesario, te ayudé porque quise.
Eric: Lo sé, pero déjame compensártelo. Después de ni siquiera
invitarte a cenar aquella noche… Me siento fatal, por favor.
Vaya, parece que hoy es el día de las lamentaciones.
Creo que no tiene malas intenciones, considerando que se fue con otra y ni siquiera intentó nada conmigo, podríamos quedar como amigos.
Yo: Bueno…, tomemos algo.
Eric: Eres genial, no te arrepentirás.
¿Te recojo el miércoles a las siete?
Yo: Vale, a esa hora salgo de trabajar, te mando la dirección.
Me salgo de la conversación justo después de mandarle la ubicación de Horizons y acto seguido me saltan los mil mensajes de mis compañeras en Placer Culposo.
Amber: ¿Cuándo volvéis? Me aburroooo aquí sola.
Peyton: Dentro de dos días, quiero aprovechar y estar con mi padre un poco más.
Amber: ¡Dale saludos al señor Morris de mi parte!
Amber: Menos mal que Willow regresa esta noche, los he invitado a él y a Lia a casa.
Peyton: Qué bien, así no nos quemarás el chat más tiempo. ¿Daxton también va?
Amber: Y a ti qué más te da, ¿EH?
Peyton: Nada, eso es justo lo que me importa. Además, me odia.
Yo: ¿Por qué crees que te odia? ¡Yo vuelvo mañana!
Peyton: ¿Que por qué? No me mira, no me habla y parece que le molesta mi mera existencia. Una vez me dirigió un gruñido, ¡como si fuese un perro!
Yo: No es personal, es así con todo el mundo. Salgo con su compañero y apenas me presta atención.
Amber: Pues yo creo…
Peyton: Tú no crees nada, déjalo, me da igual ese tío.
Interesante la reacción de Pey, a ella le da igual caerle bien a la gente.
Justo cuando voy a dejar el móvil en la mesita de nuevo, veo que me falta el mejor mensaje de todos, el que consigue que sonría como una colegiala.
Axel: Buenos días, preciosa. Tengo algo que contarte,
quiero que seas la primera en saberlo.
Me lo envió hace un par de horas, será mejor que lo llame. Quiero saber de inmediato qué tiene que decirme. Hace solo unos días que no lo veo, me dejó personalmente en el aeropuerto, pero siento que quiero correr hasta Boston y saltarle encima como una acosadora.
Me recuesto en la cama y me acerco el teléfono a la oreja para llamarlo, toqueteándome los mechones mojados del pelo. Al segundo tono, oigo su voz y mi estómago reacciona dándome un tirón.
—Nena, ¿tengo que ir a por ti a Detroit? Vuelve ya, te echo de menos.
Me ha llamado NENA. Me derrito. Es oficial, estoy perdida.
No creo que pueda sobrevivir a este chico, va a arrollarme mientras yo me imagino una boda, dos hijos y un perro, como mínimo.
—Me viste hace dos días, bobo —me río—, pero yo también te echo de menos. Vuelvo mañana.
—Menos mal, pensaba que tendría que secuestrarte.
—¡Si tú estás en Chicago! —le reprocho.
—Pero también vuelvo mañana y quiero verte.
—Su voz se ha tornado grave y mi cerebro ronronea en respuesta—.
Así podremos celebrar que me han llamado de la oficina de admisiones para decirme que he pasado a la entrevista final.
Según me han dicho, les ha entusiasmado mi proyecto y Banner quiere conocerme en persona.
—¡Sí! Sabía que lo conseguirías, ya verás como eres el primero en obtener plaza —exclamo, no puedo esconder mi emoción.
Ha invertido una cantidad colosal de horas en ese proyecto, ha sido meticuloso y ha cuidado cada detalle. Lo entregó la semana pasada y, menos mal, porque tenía ojeras como si fueran tatuajes, hasta me empezaba a preocupar lo mucho que estaba fumando últimamente.
—Enhorabuena, cariño —añado.
Me quedo petrificada, no me muevo, no respiro. Me ha salido solo, mi boca lo ha escupido sin pensar.
¡Por Dios, que diga algo! ¿Por qué no responde? Sí, me he colado…
—Cariño, ¿eh? —repite, le noto un deje divertido—. Mmm, me gusta —agrega, y yo suelto todo el aire que estaba conteniendo.
— Rebecca, ¿te queda mucho? Te estamos esperando para jugar al Monopoly. —La voz de mi madre se cuela en mi habitación.
— Un minuto, estoy hablando por teléfono —le respondo a voces separando el móvil de mi cara para no dejar sordo a Axel.
— ¿Con el chico que te tiene babeando? ¿Puedo saludarlo? —Ni loca dejo que se ponga al teléfono, le soltará alguna barbaridad.
—¿Qué chico? —grita mi hermano.
—¿De qué narices habláis? ¿Qué chico? —Y ahora mi padre, que como no sabe español no se había dado cuenta, pero por supuesto mi hermano lo ha dicho en inglés para que se enterara el también.
Estoy jodida, gracias, mamá, ahora no me dejarán en paz.
— ¡Es un amigo, y no estoy babeando! —le contesto de nuevo en español con la esperanza de que mi hermano cierre el pico y mi padre se olvide de esto.
—Qué sexy eres cuando cambias de idioma.
—A ti todo te parece erótico —afirmo, y sonrío como una idiota.
—Todo no, tú —aclara. Siempre me desarma cuando se pone así, que es el noventa por ciento de las veces que hablamos.
—Tengo que irme, me están esperando. Te veo pronto —me despido arrastrando las palabras.
—Estoy deseándolo, cariño.